EL CENTÉSIMO MONO

Carlos M. Palacios M.

EL CENTÉSIMO MONO

Siempre que se rastrea el génesis de una conducta colectiva se encuentra alguna actitud individual inicial y pionera que levanta vuelo cuando se pluraliza significativamente .

 

 

 

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En junio de 2017 escribí un artículo[1] sobre un experimento que, según se ha dicho, fue realizado en una isla japonesa con una manada de monos. Consistió en proporcionarles camotes con tierra adherida, a fin de dificultarles su consumo.

Uno de los monos encontró la solución al problema: lavar los camotes en un río próximo. Otros hicieron lo mismo, y luego otros más, hasta alcanzar un punto en el que la tendencia se volvió masiva e irreversible. Cuando se llegó al número de individuos con el que se alcanzó esa tendencia, número al que después se lo conoció como el del “centésimo mono”, el resto de la manada se sumó en seguida a la práctica de lavar los camotes.

¿A qué viene el recordar este artículo? Se debe al símil que hay con los mecanismos sociales de propagación de las conductas, como el “efecto demostración”, la imitación y la presión. También lo rememoro porque implícitamente el experimento puso en evidencia la trascendencia de la actitud individual, sobre todo de aquella actitud pionera que  implícita o explícitamente   conlleva una conducta que luego se propaga.

Desde luego, los mecanismos sociales de propagación de las conductas se diferencian entre sí por sus motivaciones específicas. Si bien  la motivación del mono pionero fue la  de  conseguir comida, en los mecanismos de propagación de las conductas humanas las motivaciones  son muy diversas.

Con el perfeccionamiento, abaratamiento y globalización de las comunicaciones, los mecanismos de propagación de las conductas resultaron fuertemente empoderados. Con ello, a su vez, tomó cuerpo el papel crítico de la actitud individual. “Crítico” en el sentido que la Física da a la palabra “crisis”, esto es, momento en el cual se produce un cambio brusco en un sistema, similar al momento en que el centésimo mono llevó sus camotes al río, luego de lo cual los demás lo imitaron. Algo así como la gota de agua que derrama el vaso.

El papel crítico también es importante porque a partir del cambio el todo social ya no es errático, sino predecible. Podríamos imaginar a un conjunto social en el cual una masa crítica, digamos de los dos tercios de su población, llega a comportarse de una determinada manera. La ley de los grandes números nos dirá que aunque la población aumente o disminuya, su comportamiento no cambiará significativamente, será predecible, seguirá siendo de aproximadamente los dos tercios. O los resultados de una elección presidencial, que cuando la masa de votos escrutada alcanza un alto porcentaje respecto al número de votantes, los resultados ya no varían significativamente cuando se completa el escrutinio.

Por otra parte, esa dinámica social, que es echada a andar por una actitud individual pionera, tiene potencial para producir grandes cambios, para bien o para mal. Puede desconocerse en qué punto ocurrirán los momentos críticos o momentos de inflexión, pero están ahí, ocultos, forman parte de la realidad. La leyenda del centésimo mono contiene los elementos que muestran la importancia de la actitud individual, madre de toldas las consecuencias, buenas o malas. ¿Qué elementos? Ahí está su potencial para iniciar y encauzar cambios profundos que alteran la vida del conjunto de individuos. Ahí está la motivación, que es la que mueve a hacer o no hacer algo, motivación que incluso puede ser egoísta, pero que dentro de ciertos límites puede redundar en beneficio del conjunto social. Y si seguimos hurgando, encontraremos que ahí están, aunque difíciles de detectar, las causas de la motivación, que pueden ser de la más variada índole y complejidad, hasta volverlas casi inextricables.  

Cuando concienzudamente se buscan las causas últimas de las motivaciones siempre se llega a la misma conclusión: que la libertad y la voluntad de la que estamos dotados es lo que a fin de cuentas lo explica todo. No hay escapatoria posible. Siempre que se rastrea el origen último de una conducta colectiva cualquiera, más allá de que sea de racionalidad o de irracionalidad, de amor o de odio, de paz o de violencia, siempre se llega a alguna actitud individual inicial, al primer mono, que, gracias a la libertad-voluntad del individuo puede ser buena o mala; una actitud que levanta vuelo cuando por algún motivo se pluraliza significativamente. Así que mucho cuidado con nuestra conducta individual, mucho cuidado con lo que decimos y lo que dejamos de decir, con lo que hacemos y con lo que no hacemos, alguien puede imitarla, y luego otros más, hasta llegar al “centésimo mono” y a continuación ser imitada por todos o casi todos. Entonces grande será nuestra responsabilidad: en hora buena si nuestra conducta pionera  fue buena,  y en mala hora si no lo fue. 

¿Hacia dónde apuntan aquellas cuestionables tendencias éticas del mundo actual que ya han sobrepasado el punto crítico del centésimo mono, o que están a punto de hacerlo? ¿Hacia donde apunta la inversión de los valores éticos, por ejemplo? Y más específicamente, ¿hacia dónde apuntan aberraciones tales como el desamor, el culto a la violencia, el materialismo, la corrupción, las megalomanías económicas y políticas, la banalidad y la hipocresía? A nada bueno por cierto. Apuntan hacia el abismo, hacia la disolución y a la nada.

¿Qué hace que las motivaciones que moldean la actitud de vida de una persona sean nobles y justas, y no abominables e injustas? Más aún ¿qué criterios aplican las personas para dejarse guiar por unas motivaciones  y no por otras? Misterio profundo. Lo que sí está claro es que  necesitamos guías superiores, y para mí las más elevadas son las de Jesús de Nazaret, el Cristo, las cuales son claramente deontológicas, esto es, que se basan en lo que debe ser, en lo que se debe hacer o no hacer, en la obligación ética.

 

[1] http://www.carlospalaciosmaldonado.com/

Artículo: “La actitud individual y el centésimo mono”.

RICOS EN INFORMACIÓN, POBRES EN SABIDURÍA

Artículo de septiembre 2022

 «Nos estamos ahogando en infornación

al tiempo que morimos por falta de sabiduría»

  

La frase anterior, de Edward Osborne Wilson[1], refleja muy bien un mal de nuestro tiempo, y coincide con lo dicho por el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si. En efecto, después de advertir que cuando los medios del mundo digital se vuelven omnipresentes no favorecen el vivir sabiamente, el pensar en profundidad, ni el amar con generosidad, el Papa concluye que:   Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental”.

En cierto sentido también cabe mencionar aquí a Charles Darwin, quien hacia el final de su vida dijo haber sufrido una curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos, y que su mente se había convertido  en una “máquina para extraer leyes generales a partir  de grandes cantidades de datos” (se entiende que se refería a leyes tales como la evolución,  la selección natural y la transmisión de caracteres por herencia), pero no para opinar sobre temas más vastos, como el de la existencia de Dios y el origen del universo (por eso dije “en cierto sentido”). [2]   

Desde luego, y a propósito de Darwin, la calidad y los efectos de la información son cosas que hay que tener en cuenta a la hora de hablar sobre esta última. No es lo mismo la acumulación de información que posee un erudito, como Darwin, que la que tiene un “todólogo”, como tampoco es lo mismo la información que ilumina que la que solo sirve para obnubilar.

Es que la riqueza de información no es mala en sí misma, por el contrario, no solo que es buena y necesaria sino también indispensable para la toma de decisiones racionales y justas. Lo malo aparece cuando obnubila la mente en perjuicio de la espiritualidad y la sabiduría; cuando su efecto dispersivo aparta nuestro interés de las cosas más importantes; cuando se piensa y actúa a espaldas de nuestra espiritualidad con la que también hemos sido creados además de materia. Cuando nos sesgamos hacia el materialismo, cuando subestimamos la espiritualidad, ahí es cuando ocurre lo que Edward Osborne Wilson y el Papa Francisco advierten.

A su vez, el desequilibrio entre información y sabiduría fácilmente puede conducir al cientificismo y al reduccionismo. Los cientificistas creen que los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción (RAE). Así funciona el pensamiento cientificista de mucha gente que acota su vida intelectual y moral exclusivamente a lo que la ciencia le pueda ofrecer.

El cientificismo es reduccionista al creer que solo  en lo  material reside la explicación última de todas las vivencias humanas, inclusive las espirituales. Su reduccionismo llega al extremo  de pretender explicar el comportamiento humano, y con él sus valores, en base exclusivamente a lo material de su ser, a la materialidad y funcionalidad de su cerebro, a las fluctuaciones cuánticas de su materia corporal.

Presumiblemente fue el cientificismo y el reduccionismo lo que llevó al cosmonauta ruso Yuri Gagarín, primer ser humano en abandonar la Tierra, a decir en 1961 que no había encontrado a Dios en el espacio. Hay versiones diferentes respecto a las palabras que utilizó y sobre quien realmente las dijo, pero lo relevante es el simplismo con el que algunas personas encaran el tema de la existencia de Dios, como en este caso en el que se cree que si Dios existiera los ojos humanos deberían ser capaces de verlo. Con razón el escritor inglés C. S. Lewis, al conocer lo dicho por el cosmonauta a su regreso del espacio, comentó que eso era como si Hamlet buscase a Shakespeare en el ático de su castillo.

El cientificismo y el reduccionismo también llevaron a Rosi Braidotti, filósofa italiana autora del libro “The Posthuman” (2013), a decir que el ser humano puede llegar a ser más ético, menos egoísta, y más consciente de las necesidades del prójimo, gracias a prótesis y otros implantes. Otro simplismo, que parece no tener en cuenta las experiencias pasadas y presentes de la especie humana. 

También han llevado a miembros de la Universidad de la Singularidad a asegurar que futuros desarrollos tecnológicos nos volverán más afectuosos y amorosos, y que los robots llegarán a tener sentimientos.

El cientificismo también llevó al filósofo israelita Yuval Noah Harari a decir que cuando maduren la biotecnología, la nanotecnología y los demás logros de la ciencia, el “Homo sapiens alcanzará poderes divinos; que la ciencia llegará a la convicción de que todos los organismos son algoritmos; que la vida, cualquier tipo de vida, debe entenderse como un mero procesamiento de datos algorítmicos; que incluso las sensaciones y emociones son algoritmos; que  la inteligencia se desconectará de la consciencia (es decir, inteligencia sin consciencia); que “algoritmos no conscientes (no humanos) pero inteligentísimos” podrían conocer al ser humano mejor que él mismo; que de hecho los biólogos ya han llegado a la firme conclusión de que el hombre es solo un algoritmo; que “tecnorreligiones” surgirán en Silicon Valley, donde “gurúes de la alta tecnología están elaborando para nosotros religiones valientes y nuevas que tienen poco que ver con Dios y todo que ver con la tecnología”; y,  que Dios y la vida son entidades ficticias. Como es fácil colegir, se trata de conceptos basados en información proveniente de lo físico, no en la sabiduría, que proviene de lo espiritual [3].

Lo dicho. La información no es mala en sí misma, ni más faltaba. Lo malo es la deformación mental a la que puede dar lugar, como son el cientificismo, el reduccionismo y “el deterioro de la riqueza más profunda” del ser humano, para usar las palabras del Papa.

Ahora, al relacionar el cientificismo-reduccionismo con la sabiduría se echa de ver que son dos cosas relacionadas pero diferentes. La ciencia proporciona conocimiento de las cosas, aunque sea provisional, pero la sabiduría es algo superior al conocimiento proveniente solo de los métodos científicos; es entender la vida, sintonizarse con la Realidad. En este sentido, la sabiduría es al conocimiento científico lo que el director de orquesta es a los músicos. La sabiduría, cuya definición formal   -dicho sea de paso- resulta insuficiente para retratarla fielmente, es la que valora y organiza los conocimientos científicos. Pero en el mundo actual el cientificismo menosprecia la sabiduría, sin percatarse que ciencia y sabiduría se necesitan mutuamente. 

Por otra parte, al relacionar la sabiduría con la espiritualidad,  y en especial con el cristianismo, puede verse que un elevado nivel espiritual es necesario no  solo para entender en profundidad los mandamientos de la Ley bíblica sino también para llevarlos a la práctica. Y por cierto, también queda claro que las enseñanzas de Jesús apuntan a la elevación del espíritu de los humanos, a su desarrollo espiritual individual.

Esta es la cruda realidad. Nos hemos vuelto ricos en información pero pobres en sabiduría. A nivel  global, el curso general de los acontecimientos humanos recurrentemente lo confirma.

[1] Entomólogo y biólogo estadounidense.

[2] Autobiografía, 1876

[3] Yuval Noah Harari, “Sapiens” y  “Homo Deus”

 

 

LA SABIDURÍA DE LOS SENCILLOS

(Estos artículos se publican la primera semana de cada mes, y son de reproducción total o parcial gratuita, citando al autor).

Artículo de agosto de 2022

La sabiduría es al conocimiento científico lo que el director de orquesta es a sus músicos. La sabiduría es la que valora y organiza los conocimientos científicos, pero el cientificismo la subestima, sin percatarse que ciencia y sabiduría se necesitan mutuamente.

El evangelio de Mateo tiene textos algo extraños, relacionados con el tema de este artículo. Dice que Jesús reconvino a algunas ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros (Corazin, Betsaida, Capernaún)[1], reprochándoles que “si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho entre ustedes, ya hace tiempo que se habrían vuelto a Dios…”. A continuación el evangelista coloca otro texto según el cual Jesús habría agregado: “Te alabo Padre, señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste a los sabios y entendidos” [2].

 

De la proximidad del segundo texto con el primero se colige que hay una relación entre la reconvención a esas ciudades y lo que afirmó luego: que Dios muestra cosas a unos y las esconde a otros.  Mostrar cosas a unos y escondérselas a otros, parece implicar cierta discriminación.

Aquellas ciudades, que a pesar de haber sido testigos de los milagros, no se volvieron a Dios, son comparables con los sabios y entendidos que a pesar de conocer mucho no son capaces de elevarse y captar el mensaje de Jesús. La discriminación ameritaría alguna reflexión que está más allá del tema central de este artículo, pero aparte de eso, es obvio que el hecho de que los seres humanos tengan sensibilidades y capacidades diferenciadas incide en la clase de mundo que tenemos. Ahora bien ¿Qué es mejor, una humanidad con sensibilidades y capacidades igualitarias o diferenciadas? De momento me limito a decir que lo dicho en esos y en otros textos bíblicos significa que hay casos en que los pequeños y sencillos captan ciertas cosas, en tanto que los eruditos no.  

Lo que sí debo plantear es esto: ¿Qué debe entenderse por sencillos? (o “pequeñuelos” según otras traducciones). Hay que entender esta expresión en un amplio sentido: el de que comprende a gente sencilla, humilde, como los pescadores que entendieron el sentido del mensaje y acompañaron a Jesús, y a cualesquiera otras personas de limpio corazón aunque no fueran materialmente sencillos ni humildes, pero que captaron el alcance del mensaje y también siguieron al Maestro (como el caso del rico Zaqueo). ¿Y cuál es la diferencia de actitud que hay entre los sencillos y los otros (los “sabios y entendidos”)? Creo que los primeros son individuos con un virtuosismo real, y los segundos con uno meramente nominal, reconociendo, eso sí, que en uno y otro caso se presentan excepciones, esto es, que no necesariamente un sencillo es un virtuoso real, ni un cultivado un virtuoso meramente nominal.

¿Y qué es virtud, y sobre todo, qué debe entenderse por virtud real y nominal? El tema no es nada fácil. Entre las múltiples acepciones de virtud que registra la RAE, las que mejor cuadran para lo que viene más adelante, son: a) “Disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales, como el bien, la verdad, la justicia y la belleza”; y, b) “Acción virtuosa o recto modo de proceder”. Todo eso sin descartar otras acepciones que se incluyen en las virtudes cardinales y teologales, como prudencia, justicia, fortaleza, templanza, fe, esperanza y caridad. En suma, no hay una definición que pueda expresar en pastilla todo aquello que evoca la palabra virtud, pero es reconocible cuando uno se topa con alguien que la practica, como reconocería a un paquidermo, aunque no pueda definirlo si se topa con uno de ellos en la calle.

En mi opinión, la nota más saltante de la virtud real de un individuo es la de ser sincero consigo mismo y obrar en consecuencia. La más importante sí, pero no suficiente por sí sola. Debe ir acompañada por otras actitudes edificantes, propias del desarrollo espiritual individual, que lo induzcan a hacer cosas buenas y a rechazar las malas. Ha de ser humilde en vez de soberbio; honesto en vez de corrupto; veraz en vez de mendaz; auténtico en vez de hipócrita; prudente en vez de temerario; de mente abierta en vez de dogmático; piadoso en vez de rencoroso; justo en vez de injusto; racional en vez de irracional, inocente en vez de malicioso; lento para la ira en vez de iracundo; en suma, debe saber controlar sus impulsos y sus pasiones, debe saber administrar sus pensamientos y sentimientos. Y es el conjunto de todas estas actitudes y formas de pensar y actuar las que constituyen la verdadera virtud, la virtud real, y por ende la verdadera sabiduría.

¿Y qué es la virtud nominal? Es una etiqueta que se aplica uno mismo, o que nos la aplican otros, como una especie de distinción honorífica, como un doctorado honoris causa, más allá de que estas distinciones sean o no concordantes con lo que hay en el yo profundo del individuo. Cuando Jesús criticaba las actitudes excesivamente eruditas, formalistas y esnobistas de “sabios e intelectuales”, así como las de los líderes religiosos de esa época, instruidos, altivos, orgullosos de su conocimiento de la ley y los profetas, pero duros de corazón, estaba criticando ese tipo de “virtud” formal o nominal. Virtud formal o nominal también es la actitud soberbia de aquellas personas que por su inteligencia, información y conocimientos que poseen, llegan a creerse dueños de la verdad, razón por la cual siempre están objetando lo que otros hacen o dicen; siempre están buscándole la quinta pata al gato, como se dice, y terminan confundiendo a la gente y confundiéndose a sí mismos.

Ahora bien, lo más importante que Jesús estaba destacando en aquella ocasión era que hasta en los más humildes de los seres humanos, los “sencillos” o “pequeñuelos”, existe una capacidad de asimilación y manejo de sabiduría, que eventualmente puede ser superior a la de los más cultivados. Los más cultivados pueden ser los más inteligentes y bien informados, pero no necesariamente los más sabios. Pero todo lo dicho no significa que el sencillo, el pequeñuelo, no se equivoque; de hecho suele hacerlo cuando, por ejemplo, acepta como verdaderas cosas que solo son mitos o leyendas[3]. Incluso puede voluntariamente incurrir en actos impropios, por eso aclaré que no todo hombre sencillo es necesariamente un virtuoso real. Lo que significa la expresión de Jesús no es que el sencillo sea siempre un ser bueno y puro, sino que él también tiene la capacidad de tener y demostrar sabiduría, verdadera sabiduría, sentido común, que en ocasiones no la tienen los más ilustrados. El cuento “El Traje Nuevo del Emperador” de Hans Christian Andersen, ilustra muy bien este punto: los sastres embaucadores le dijeron al rey que el inexistente traje era tan fino que solo los inteligentes podrían verlo, por lo cual todos aseguraban que lo veían para no pasar por estúpidos, hasta que un pequeño niño, un pequeñuelo, al ver al rey gritó: “¡Pero si está desnudo!”.

Tampoco significa que los más cultivados, los más informados, no puedan ser sabios; pueden serlo, a condición de que abran su mente. Ahora bien, al cientificismo de nuestro tiempo también le atinge la crítica de Jesús. Una de las acepciones de cientificismo que registra la RAE es la de “Doctrina según la cual los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción”. Esta definición muestra fielmente cómo funciona el pensamiento cientificista de mucha gente que acota su vida intelectual y moral exclusivamente a lo que la ciencia les pueda ofrecer. Pero he aquí que la naturaleza humana y la vida misma ofrecen mucho más que eso. En su afán de entender las cosas el alma de los no cientificistas no se satisface con solo la ciencia; necesita algo más, y entonces emergen las creencias. El punto de debate respecto a las creencias no es si son científicas o no, el punto es, más bien, la plausibilidad que puedan mostrar. Muy distinto es que en los círculos científicos se debata únicamente en el plano científico, eso es normal, pero no puede pretenderse que eso mismo sea siempre aplicable a las creencias o a la filosofía.

El reduccionismo extremo es una forma igualmente extrema de cientificismo, que asume que el conocimiento solo puede darse en base al método científico. El reduccionismo llega al extremo de pretender encontrar en lo material la explicación última a todas las vivencias espirituales del ser humano. Pretende vaticinar el comportamiento humano, y con él sus valores, en base exclusivamente a lo material de su ser, a la materialidad y funcionalidad del cerebro, a las fluctuaciones cuánticas de su materia corporal.

Con respecto a la sabiduría, es conocida la frase de Edward Osborne Wilson[4], que refleja muy bien un mal de nuestro tiempo, y que tiene que ver con la dualidad de virtudes real y nominal: “Nos estamos ahogando en información al tiempo que morimos por falta de sabiduría”. Así mismo, cabe destacar lo dicho por el papa Francisco en su encíclica Laudato Si. Después de advertir que cuando los medios del mundo digital se vuelven omnipresentes no favorecen el vivir sabiamente, el pensar en profundidad, y el amar con generosidad, concluye que: Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental”.

Ahora, al relacionar el cientificismo con la sabiduría se echa de ver que son dos cosas relacionadas, pero diferentes. La ciencia proporciona conocimiento de las cosas, aunque sea provisional, pero la sabiduría es algo superior al conocimiento proveniente solo de los métodos científicos; es entender la vida, sintonizarse con la realidad. En este sentido, la sabiduría es al conocimiento científico lo que el director de orquesta es a los músicos. La sabiduría, cuya definición formal -dicho sea de paso- resulta insuficiente para retratar fielmente la sabiduría de Jesús, es la que valora y organiza los conocimientos científicos. Pero en el mundo actual el cientificismo menosprecia la sabiduría, sin percatarse que ciencia y sabiduría se necesitan mutuamente.

[1] Mateo 11: 20-24

[2] Mateo 11:25

[3] Un ejemplo contemporáneo es la percepción de algunas personas sencillas, alimentada por mitos que escucha por ahí, de que el alunizaje en nuestro satélite natural (Programa Apolo) fue falsificado, pese a las sólidas pruebas científicas de que fue real.

[4] Reconocido entomólogo y biólogo estadounidense.

 

 

 

EL PODER ENGAÑOSO DE LAS RIQUEZAS

EL PODER ENGAÑOSO DE LAS RIQUEZAS.

El apego excesivo a las riquezas engaña, confunde y distorsiona los valores éticos. Razón tenía Jesús al decir que el amor por las riquezas engaña.

Artículo de julio 2022

Hace más de 2000 años Jesús alertó contra el poder engañoso de las riquezas que impide a los seres humanos, entre otras cosas, captar el sentido profundo de su mensaje, y en el caso de captarlo, los induce a ignorarlo, porque “el amor por las riquezas los engaña”[1]. El de las riquezas, desde luego, no es el único poder que engaña y obnubila, hay otros que también lo hacen, pero por ahora voy a enfocarme en el primero solamente. Seguir leyendo →

LAS SIETE FASES DE DIOS

Un gradual acercamiento a Dios. Un esfuerzo por acercarnos a un imposible: conocer quién es ?

En su libro “Conocer a Dios”, el médico y filósofo indio Deepak Chopra explica que hay 7 fases de acercamiento a Dios. Se trata de vivencias que condicionan la visión que tienen los humanos de la divinidad. En cada fase las vivencias que son dinámicas, no estáticas, dan lugar a una determinada visión de Dios, de modo que el Dios imaginado en cada fase está determinada por las vivencias específicas de cada una de ellas. Es la respuesta que se dan los propios individuos a sus vivencias e inquietudes de cada fase, respecto a Dios. Eso sí, hay que aclarar que el Dios al que el filósofo se refiere en cada una de esas fases no necesariamente es el Dios en el que él cree, sino el Dios que, según el autor, es imaginado por su otredad, por la otredad de Chopra. Se entiende que, en el fondo, “¿Quién es Dios?” es la pregunta que se intenta responder en todas estas fases. Seguir leyendo →

SOBRENATURAL

Abril 01/2022

                              

No es racional ni plausible negar que lo sobrenatural existe, y por ende que existe aquello que es el summum de la sobrenaturalidad: Dios.

 

 

Empiezo por aclarar a qué me refiero con “sobrenatural”, término que en la lengua española se define como aquello que trasciende los límites de la naturaleza (RAE). Con esta palabra me voy a referir a aquellos sucesos que realmente los trascienden, no a los que fingen hacerlo pero que en realidad son solo ilusión, ficción, mito, charlatanería. Es pues acerca de lo genuinamente sobrenatural sobre lo que voy a tratar en este artículo. Seguir leyendo →

COHERENCIA

COHERENCIA [1]

Carlos Palacios. Realidad, verdad y vida.

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La incoherencia es de necios, y de sabios la coherencia. Pero también es de sabios el entender que no toda incoherencia es irracional y mala, y que no toda coherencia es racional y buena.

La falta de sindéresis y coherencia fue objeto de críticas por parte de Jesús, como cuando en respuesta a la acusación de que expulsaba demonios por medio de Beelzebub -el gobernante de los demonios- dijo que todo reino dividido contra sí mismo viene a parar en desolación. Es decir, el demonio expulsando demonios: en eso consistía la falta de coherencia que Jesús echó en cara a sus acusadores.

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RESPONSABILIDAD

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Uno de los campos en el que la responsabilidad individual de los seres humanos es particularmente importante y trascendente, es el ambiental. Por cierto, si bien el actual daño ambiental que sufre el planeta es mayormente causado por los seres humanos, también hay daños ambientales que son ocasionados por la naturaleza no humana, más allá de que la insensatez humana a menudo los agrava. Seguir leyendo →