Actitud Individual y Medio Ambiente

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Artículo de septiembre

Laudato Si es una encíclica comprometida con el cuidado de nuestra “casa común”, y por ende con el futuro de la humanidad. Tiene el mérito de poner el tema ambiental en relación directa con la dimensión espiritual de cada individuo, con su consciencia y su responsabilidad individual, delineando así la forma correcta y más básica de encarar el problema ambiental: desde lo individual.

Aunque parezcan no estar relacionados, el magisterio de Jesús de Nazaret y el problema ambiental sí lo están. Una  de las notas más relevantes de su magisterio, o tal vez la más relevante, en lo que a convivencia humana se refiere, es sin duda la importancia que, de manera explícita o implícita, dio a la conducta individual, punto que aparece omnipresente en todo su mensaje, y siempre con una connotación extremadamente abarcadora y profunda. Es que las conductas individuales son los ladrillos con los que la dinámica social construye y configura el cuerpo social, orientándolo hacia el bien o hacia el mal, según las corrientes idiosincráticas prevalecientes.

¿Y qué corriente prevalece en la actualidad respecto al problema ambiental? Muchas personas, lamentablemente, creen que el asunto no les atañe como individuos, sino a la organización social a la que pertenecen, a sus instituciones, a sus gobiernos. Grave error. Eso equivale a creer que no importa que la conducta individual sea mala con tal que la organización social no lo sea. Como dijera Gandhi: “Soñar con sistemas tan perfectos en que nadie necesite ser bueno”. O Carl Gustav Jung, cuando en 1916 decía que “Los grandes problemas de la humanidad nunca se resolvieron por leyes generales, sino siempre únicamente por renovación de la actitud del individuo”. O León Tolstoi con su conocido pensamiento: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. O José María Velasco Ibarra, ex presidente del Ecuador: “¿queréis revolución?, hacedla primero en vuestros corazones”.

 Por eso resulta tan acertada la responsabilidad que la encíclica atribuye al individuo, sin perjuicio, claro está, de la que le corresponde a la organización social. Particularmente gratificante resulta la importancia que atribuye al ejemplo individual: luego de destacar la importancia de las actitudes individuales concretas de preservación ambiental, y de decir que Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas”, añade que “No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente”. Cierto, es posible que pensemos que nuestro ejemplo es apenas una gota de agua en el desierto, pero la verdad es que produce frutos “más allá de lo que se pueda constatar”. Alguien, en alguna parte, tomó conocimiento de nuestro ejemplo y lo adoptó como guía. Luego la encíclica agrega: “el desarrollo de estos comportamientos nos devuelve el sentimiento de la propia dignidad, nos lleva a una mayor profundidad vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo”.

A propósito de lo anterior, en el sepulcro de un obispo anglicano, en una catedral de Inglaterra, consta un largo epitafio que habla de los frustrados sueños que el difunto obispo tuvo en vida, de cambiar al mundo, y que termina con estas palabras: “En mi lecho de muerte, por fin, descubrí que si yo hubiera empezado por corregir mis errores y cambiarme a mí mismo, mi ejemplo podría haber transformado a mi familia. El ejemplo de mi familia tal vez contagiara a la vecindad, y así yo hubiera sido capaz de mejorar mi barrio, mi ciudad, el país y -¿quién sabe?- cambiar el mundo”.

 Eso sí, llama la atención que la encíclica no trate la dualidad crecimiento poblacional-finitud de los recursos naturales, que tanta incidencia tiene sobre el medio ambiente. El punto es que, más allá de lo bien o mal que utilicemos los recursos de la Tierra, y más allá de cuánto la técnica permita optimizarlos, son finitos, y si el crecimiento poblacional continúa al ritmo actual, en algún momento nuestra imprevisión nos pasará factura, una factura mayor a la que ya nos está pasando. En este tema la encíclica se limita a reiterar la oposición de la Iglesia al aborto, postura que es éticamente correcta pero que evidentemente no aporta solución conceptual alguna al problema que implica esa dualidad. Por lo demás, Laudato Si es un texto lúcido que busca despertar nuestra adormecida conciencia ambiental, sobre todo la individual, aquella que decide sobre nuestras “pequeñas acciones cotidianas”.

Sobre el problema ambiental  hay informes de Naciones Unidas que concluyen que las actividades humanas son las principales causantes del cambio climático, el mismo que hacia fines del presente siglo supondría, si no se toman medidas eficaces a nivel planetario, un calentamiento global de hasta 2.5 grados sobre el nivel preindustrial. Por ello el Acuerdo de París (2016) fijó como meta para tales fechas, ubicar ese crecimiento, más bien, por debajo de los 2 grados centígrados.

Lamentablemente, Lo que se observa es que aún no hay una clara y generalizada consciencia social sobre tres cruciales asuntos: la finitud de nuestras fuentes de recursos naturales, la necesidad de alcanzar a la brevedad la población estacionaria mundial, y el problema de la carga poblacional.

En primer lugar, nuestro pequeño planeta es finito en cuanto a capacidad de proveer recursos para la vida, como lo proclama su propia esfericidad. Por supuesto que la ciencia y la tecnología estiran esa capacidad, pero no es menos cierto que tal estiramiento no puede ser infinito, dada la finitud planetaria. Fincar nuestras esperanzas en la posibilidad de colonizar otros mundos sería un salto al vacío, que ni siquiera cabría tenerlo en cuenta.

En segundo lugar, no solo debemos preocuparnos por la necesidad de contener el aumento poblacional, sino también de alcanzar la población estacionaria mundial lo más pronto posible, de modo que ese nivel no tenga lugar cuando la población ya sea exageradamente mayor a la actual, y el problema sea aún más grave de lo que ya es.

En tercer lugar, la carga poblacional y sus efectos sobre la disponibilidad de recursos naturales, tema estrechamente vinculado al de la población estacionaria. El punto se puede apreciar al tener en cuenta que aunque la tasa de crecimiento poblacional del mundo ha disminuido en los últimos 50 años, y eso por cierto es esperanzador, la carga poblacional ha seguido creciendo a ritmo rápido: de 3.000 millones de seres humanos en 1970 a más de 7.000 millones en la actualidad (2017).

Estas realidades, finitud, necesidad de arribar a la población mundial estacionaria, y creciente carga poblacional, no se han enraizado aún en la consciencia de la gente, y, sobre todo, en la consciencia de quienes tienen la responsabilidad organizativa y normativa para enfrentarlas.  Lo que quiero destacar con todo esto es que el desarrollo espiritual individual, y con ello las actitudes individuales, es indispensable para entender y atender a cabalidad estos problemas. Y por supuesto, no se trata de aplicar soluciones que atenten contra la vida, eso nunca (salvo raras excepciones médicas), sino de aquellas que, respetándola, permitan que la especie humana controle su destino, y eso no es posible sino partimos desde lo más básico: el desarrollo espiritual individual, que es lo único que puede inducir a los individuos a actuar con responsabilidad.

El problema ambiental corresponde a aquellos casos en que, si bien el todo (el conjunto social planetario en este caso) no puede tener los atributos que sus partes (los seres humanos individualmente considerados) no los tienen, puede llegar a tenerlos si sus partes llegan a ser lo que deben ser. Esto quiere decir que aunque la humanidad deteriore el ambiente, eso puede revertirse si todos o casi todos los individuos cambian de actitud y lo cuidan.

Frente a este gran problema, el carácter decisivo de lo individual se hace patente cuando se considera no solo la actitud individual de los seres humanos comunes y corrientes, sino también la de aquellos individuos con poder, encargados de tomar decisiones y acciones regulatorias sobre el medio ambiente. La incidencia de estos encargados será negativa si a la hora de cumplir con sus responsabilidades históricas, no asumen una actitud individual de resistencia a los intereses y presiones de orden ideológico, económico, político o grupal, provenientes del entorno, que obstaculizan la adopción de las medidas necesarias para contener primero y revertir después el daño que estamos causando a nuestro planeta. Lamentablemente la actitud individual de no pocos reguladores y organizadores no es la adecuada: ceden ante los sesgos, intereses y presiones, incluyendo los suyos propios, y el resultado es que no se hace lo que se debe hacer. Por eso es tan importante y decisiva la actitud individual de los líderes con poder cuando del cambio climático se trata. Probablemente la actual (2017) posición de USA frente al Acuerdo Climático de París habría sido muy diferente si el Presidente de Estados Unidos hubiese sido Al Gore y no Donald Trump.

Y por supuesto, esa actitud individual no se da solo en quienes de una u otra forma detentan poder, también en los demás individuos, en los seres humanos comunes y corrientes, en los cuales las buenas prácticas ambientales no se pluralizan como debieran hacerlo. En los supermercados me ven como bicho raro cuando voy con mis bolsas de compras reutilizables, evitando así tanto plástico que tan abundantemente se reparte en esos lugares.

En el caso de los humanos comunes y corrientes, así como en el de los reguladores-organizadores, falta una consciencia clara de que la especie humana se encuentra ante una encrucijada existencial: la de que hay que priorizar lo ambiental por sobre los intereses grupales de cualquier tipo, y por sobre las inmediateces de cualquier orden.  Pero el asunto no es sencillo; es mucho más complejo de lo que parce pues a menudo la disciplina ambiental colisiona con otros intereses sociales y económicos legítimos, especialmente con la necesidad de atender ciertas inmediateces que tienen lugar por razones de supervivencia, de modo que, por ejemplo, no se puede prohibir a rajatabla que los campesinos más pobres deforesten y quemen lo que no deben deforestar ni quemar, si no se les da alternativas. En esta forma, por muy buena actitud individual que se tenga hacia el ambiente, se termina perjudicándolo. Es que el problema es interdisciplinario y global, y hay que afrontarlo en esa forma, pero para ello hay que partir, en todos los niveles, de una actitud individual adecuada en quienes tienen poder para regular y organizar el cuerpo social.

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