Amor Construible

Artículo de agosto

En el idioma griego existen tres palabras para referirse a tres clases de amor espontáneo: eros, relacionado con el amor romántico o pasional; storge, relacionado con el amor familiar; y, philia, relativo al afecto entre amigos. Pero hay una cuarta palabra para referirse a una clase de amor que no es espontáneo: agape, (que es un amor construible),  utilizada en el texto griego, idioma original del Nuevo Testamento.

Y precisamente sobre el término agape transcribo estos esclarecedores párrafos tomados del diccionario de palabras griegas utilizadas en el Nuevo Testamento, de William Barclay: “Agape tiene que ver con la mente. No es una mera emoción que se desata espontáneamente en nuestros corazones (como pudiera suceder en el caso de fi.li.a), sino un principio por el cual vivimos deliberadamente. Agape se relaciona íntimamente con la voluntad. Es una conquista, una victoria, una proeza. Nadie amó jamás a sus enemigos; pero al llegar a hacerlo es una auténtica conquista de todas nuestras inclinaciones naturales y emocionales. Este Agape, este amor cristiano no es una simple experiencia emocional que nos venga espontáneamente; es un principio deliberado de la mente, una conquista deliberada, una proeza de la voluntad. Es la facultad de amar lo que no es amable, de amar a la gente que no nos gusta”.

Ahora bien, en lo que a las relaciones interpersonales de refiere, el magisterio de Jesús de Nazaret se resume en esa clase de amor precisamente, que  prefiero llamarlo construible, porque esa es la característica de ese amor agape: se lo puede construir, y al ser construible se lo puede exigir como mandamiento, como lo hizo Jesús de Nazaret. Los amores espontáneos, en cambio, no necesitan mandamiento alguno para existir, para ser.

Sin entrar a discutir el peliagudo tema de si es o no posible amar al enemigo, que amerita una reflexión aparte, debo subrayar que a diferencia del amor espontáneo, que está ligado al sentimiento, el construible lo está al pensamiento, como lo destaca Barclay. No es de naturaleza sentimental sino producto de la voluntad y de la capacidad de decisión. Tiene mucho que ver con la justicia, pero tiene algo más: calor humano construido. Está estrechamente vinculado a la moral, pero es por algo más que por mera moralidad que alguien decide imbuirse de ese valor. Es esencialmente un ejercicio de comprensión de la condición del prójimo; un esfuerzo deliberado por tratar de entender sus motivaciones y sus circunstancias; por tratar de ponerse en sus zapatos; una forma especial de empatía. La voluntad de construirlo es el elemento básico e imprescindible. La buena consciencia, la solidaridad, la empatía, la tolerancia, la hospitalidad, el buen ejemplo, y tantas otras actitudes virtuosas, contribuyen a su construcción.

Richard Dawkins, destacado biólogo británico, ateo, autor de “El Gen Egoísta”, 1976, dice que: “Por más que deseemos creer otra cosa, el amor universal y el bienestar de la especie en general son conceptos que simplemente no tienen un sentido evolutivo”. Sin entrar a discutir el alcance de la evolución biológica, me parece que si el amor construible no emerge espontáneamente como producto de esa evolución, como dice Dawkins, entonces el mandamiento cristiano de amor tiene plena razón de ser.

Por ser espontáneo, el amor-sentimiento existe profusamente entre los seres humanos, no así el amor construible (más allá de que éste también pueda tener matices de espontaneidad). Y, como lo destacó el propio Jesús, el amor construible tiene un mérito que el amor espontáneo no lo tiene: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así”.

El constructor de amor ha de ser bondadoso, veraz, valeroso y confiable, y, por otra parte, ha de estar exento de las taras morales que aquejan al hombre común y corriente. ¿Está presente en la gente de nuestro tiempo esa condición? Desde luego que sí, pero no vastamente, como lo exige el mandato de Jesús, sino escasamente. Es que para practicar esta clase de amor es preciso ser un espíritu grande y fuerte, a la manera de Gandhi, a quien por eso mismo sus compatriotas lo reconocieron como “Mahatma”, esto es, alma grande, alma fuerte. Y no hay proliferación de almas grandes; lo que prolifera es una actitud acomodaticia, inducida por la irresponsabilidad y el egoísmo.

¿Ejemplos de amor construible? Dramáticos fueron los que tuvieron lugar durante las tragedias del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. Alrededor de 3000 muertes produjeron los atentados terroristas perpetrados por Al Qaeda ese aciago día, 343 de las cuales fueron las de los heróicos bomberos neoyorquinos que salvaron la vida de muchos. ¿Qué los impulsó a obrar de esa manera? La solidaridad con las víctimas; la necesidad de cumplir con un deber de conciencia, aún a costa de sus propias vidas. ¡Qué difíciles momentos de decisión habrán tenido que afrontar para cumplir con ese deber! Momentos de dramática construcción de amor. Y ni qué decir de los pasajeros del cuarto avión, pilotado por terroristas suicidas que trataban de  estrellarlo contra Washington para producir miles de muertes más. Pasajeros igualmente heróicos que se enfrentaron a los terroristas, producto de lo cual la aeronave se estrelló en campo abierto en Pensilvania evitando zonas pobladas. ¿Qué los indujo a obrar de esa manera sabiendo que en el intento iban a morir? Otra vez el amor construible en instantes de suprema angustia, pero también de supremo valor. Instantes de decisión desesperada de luchar hasta el final para evitar la masacre de inocentes ciudadanos. Esa heróica arenga, “let´s roll”, pronunciada con infinito valor por uno de los pasajeros en los momentos finales del drama, debe haber quedado por siempre grabada en el alma del pueblo estadounidense.

Desde luego, casos de amor construible se dan en niveles mucho menos conspicuos que los comentados. El voluntariado social es un buen ejemplo: esas personas de buena voluntad que dedican su tiempo a ayudar a los más necesitados, sin esperar nada a cambio, son constructores de amor. El niño que ofrece unas moneditas a un indigente, es un precoz constructor de amor. Es posible que algunos casos que aparentan ser amor construible, en realidad no sean tal, sino amor espontáneo. Si la obra social de la madre Teresa de Calcuta obedeció a un espontáneo sentimiento de amor hacia sus semejantes, entonces fue algo superior al amor construible; pero si se basó en el propósito de cumplir un deber de conciencia, entonces fue una de las más bellas y elevadas expresiones de amor construible. Lo que hace que el amor construible sea tal, es el hecho de que se base en la necesidad de cumplir un deber de conciencia.

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