CAMBIO CLIMÁTICO: LA PRUEBA DECISIVA

Artículos mensuales de reproducción total o parcial gratuita (citando al autor).

Artículo de marzo de 2021

Cambio climático, calentamiento global, efecto invernadero, emisiones de CO2, temperatura media global.

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

                 Nos estamos aproximando a la hora de la verdad. A la hora en la que, llegados al borde del abismo, tendremos que enmendar nuestro comportamiento global, o llegar a ser lo que otros seres vivos ya son por culpa nuestra: una especie en extinción.

Consideraciones generales. La decisión de poner a prueba al ser que creó es lo más relevante del proyecto de Dios para con nosotros. La prueba, y el desafío que ella implica, han sido siempre inseparables compañeros del viaje existencial del ser humano.

¿En qué ha consistido la prueba? En ver si el hombre es capaz de usar racionalmente el libre albedrío con el que lo trajo a la existencia. ¿Qué debíamos haber entendido por uso racional? Básicamente, usar nuestro libre albedrío para construir amor universal, esto es, amor al Creador, a nuestros prójimos y a la naturaleza que Él puso en torno nuestro para que la utilizásemos pero también para que la cuidásemos[1]

Pero la realidad global, es decir, la naturaleza humana y la no humana, así como el espacio y el tiempo, resultó ser de una complejidad alucinante, desconcertante, y por eso mismo atrajo poderosamente nuestra atención. En especial, la naturaleza física nos fascinó, al punto de que muchos han optado por buscar casi que exclusivamente en ese campo las explicaciones a sus vivencias diarias, en una clara visión materialista.

Y es precisamente la naturaleza física el campo en el que se nos presenta uno de los mayores desafíos, sino el mayor: el del cambio climático. Es la prueba decisiva, el todo o nada de la humanidad frente a la cual la pandemia actual, que tarde o temprano la ciencia derrotará o al menos minimizará, luce como un problemilla menor.

Desafíos organizacionales. Es tal la envergadura del problema climático que bien harían los gobiernos en darle toda la atención que amerita. Con toda razón el Reino Unido ha instado al grupo de países más influyentes (G-7) a convertir el cambio climático en el eje central de sus decisiones económicas y financieras, lo cual por cierto es exigible a todos los países del mundo.

El sentido común nos dice que siendo múltiples los efectos de la crisis climática, multifacética e interdisciplinaria también tiene que ser su solución. No se puede, por ejemplo, encarar el grave problema del agotamiento de los recursos naturales sin abordar el igualmente grave problema del crecimiento de la población mundial; tampoco se puede encarar el problema del consumo irracional, sin considerar el impacto que su reducción tendría sobre el empleo.

Nuestro pequeño planeta es finito en cuanto a capacidad de proveer recursos para la vida, como su propia esfericidad lo proclama. Por supuesto que la ciencia y la tecnología estiran esa capacidad, pero a la corta o a la larga eso tiene su límite.

Fincar nuestras esperanzas de largo plazo en la posibilidad de colonizar otros mundos sería un salto al vacío, que ni siquiera cabría tenerlo en cuenta como escape a la catástrofe climática que estamos provocando. La exploración y colonización de otros mundos no es mala en sí misma, por el contrario es útil y provechosa, pero sería perniciosa si solo fuera un escapismo irresponsable y sin solidaridad para los que se queden en la Tierra; sí solo es expresión de una inclinación predatoria que, cual plaga de langostas, impulse al ser humano a depredar mundos para abandonarlos luego.

Lo multifacético del problema, a su vez, demanda la cooperación de todos, personas y naciones, y eso a nivel planetario. Por eso es tan necesario encontrar consensos globales respecto a las medidas específicas que se deben aplicar.

Las bonificaciones por el uso de productos y servicios verdes constituye una herramienta práctica y efectiva para estimular y activar la cooperación, pues el estímulo económico motiva grandemente a la gente. Un naciente ejemplo es el estímulo económico a los campesinos para que utilicen energía solar en lugar de deforestar, y sus buenos resultados se irán haciendo evidentes conforme se avanece en los programas de sustitución energética.. En el fondo, ese tipo de bonificaciones constituyen un esfuerzo colectivo que hace la sociedad a través de sus impuestos para solucionar el problema climático. Así es como hay que verlas, no como un gasto intrascendente.  

El cambio climático también conlleva un grave problema de irreversibilidad, con las puntualizaciones que obviamente deben hacerse. Una de ellas, la más evidente, es la de que si no atajamos el problema a tiempo, su corrección será mucho más grave, mucho más difícil de lograrla, y mucho más costosa.

Los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU son aún más ominosos. Dicen que, de no mitigarlos a tiempo, la mayoría de los efectos del cambio climático persistirán durante muchos siglos, y tal vez milenios, y que de hecho ya están ocurriendo cambios irreversibles en varios ecosistemas, tales como la selva amazónica, la tundra antártica, los glaciares y los arrecifes de coral.

La temperatura media global del planeta ya subió en 1°C con respecto al nivel preindustrial[2], y de acuerdo a esos mismos informes, lo que podemos aspirar en el presente siglo ya no es volver a los niveles preindustriales, es decir, a solucionar de raíz el problema, sino solo a que su aumento se limite al 1.5°C, el mismo que se prevé alcanzar muy pronto: entre 2030 y 2052.

Para detenernos en ese 1.5°C sin llegar a los 2°C (que conllevaría peores problemas climáticos) tenemos que hacer grandes progresos en la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero. Por ejemplo, para no sobrepasar el 1.5°C, o sobrepasarlo en forma reducida, las emisiones de origen humano tendrían que reducirse nada menos que en un 45% en solo 9 años más, esto es, el 2030, con respecto a los niveles del 2010[3]. En ese marco general relativo a los gases de efecto invernadero, para evitar sobrepasar ese 1.5°C las emisiones de dióxido de carbono, principal emisión causante del calentamiento global, debe comenzar a disminuir “mucho antes del 2030”. Así de perentorio es el problema.

Llegados a este punto acude nuevamente a mi memoria la dramática y visionaria advertencia que hiciera el jefe indio Seattle en 1855, respecto al riesgo de que llegue un momento en que, debido al mal trato que ya se estaba dando a la tierra en aquel año, la vida ya no sea propiamente vida, sino un mero sobrevivir; un momento en que se marque “el final de la vida y el inicio de la supervivencia”[4]

Desafíos individuales. La actitud individual es absolutamente decisiva en el comportamiento del todo social, más importante y decisiva que cualquier ideología, normatividad o estructura organizativa que pretenda disciplinar y encauzar los comportamientos. Es que aunque el todo tenga atributos que sus partes individuales no los tengan, no puede existir desvinculado de lo que son sus partes.

Una cosa es que el todo tenga atributos que sus partes no los tengan, y otra muy distinta que el todo tenga atributos contrarios a los de sus partes individuales. Imaginemos una gran orquesta algunos de cuyos miembros siguieran partituras contrarias a las que sigue el conjunto: la orquesta no podría funcionar. Afirmar que el todo puede tener atributos que sus partes no los tengan es correcto; afirmar que puede tener atributos contrarios a los de sus partes, absurdo.

En el mundo moderno muchas personas son proclives al inmediatismo, es decir, a no traspasar los límites de la experiencia inmediata; a no reflexionar sobre el largo plazo y en especial sobre el milenario devenir de la especie humana en su conjunto. El nuestro es un mundo poco afecto a considerar la importancia mediata que tiene la trascendencia de las cosas.

El mundo de las actitudes muestra grandes contrastes, desde aquellas buenas y edificantes, hasta aquellas otras que reflejan lo peor de la naturaleza humana. Como todo sistema, la sociedad humana está sujeta a una dinámica entrópica respecto a la cual unas actitudes se oponen a ella, y otras la empoderan, pero a fin de cuentas son las actitudes individuales las que determinan el grado de entropía de la sociedad.

Conclusiones. Debemos entender que no podremos solucionar la crisis climática solo con arbitrios organizacionales, sino que éstos deben complementarse con un drástico cambio de las actitudes de todos, y a nivel global. La actitud individual juega un papel decisivo, y radica no solo en la actitud individual de los seres humanos comunes y corrientes, sino también, y con gran trascendencia, en la de aquellos individuos con poder, encargados de tomar decisiones y acciones que de una u otra manera afectan al ambiente.

Por otro lado, la naturaleza polifacética del problema climático dificulta su cabal comprensión, el diseño de las estrategias requeridas y la ejecución de las acciones necesarias. Y claro, mientras no se entienda correctamente la naturaleza y el alcance del problema, y se obre en consecuencia, éste seguirá, lenta pero inexorablemente, agravándose.

Entonces, nada de simplismos, nada de ideologías reduccionistas y minimalistas. Hay que entender la crisis climática en su muy amplio contexto. Con perspicacia podemos y debemos encontrar soluciones interdisciplinarias, equitativas, justas y eficientes. Más complejidad aún: en muchos aspectos las soluciones tienen que ser adoptadas a escala planetaria, mediante compromisos vinculantes para todos los individuos y naciones, sino, no funcionan,

En fin, estamos ante la prueba decisiva de la humanidad: una prueba que deviene del hecho de haber sido creados dotados de libre albedrío. Nos estamos aproximando a la hora de la verdad, a la hora en la que, llegados al borde del abismo, debemos enmendar nuestro comportamiento global o llegar a ser lo que otros seres vivos ya lo son por culpa nuestra: una especie en extinción.

[1] Génesis 2:15

[2] Temperatura media gobal en el período 1850-1900

[3] Resumen del Informe del Grupo de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, de 2018                                                                                

[4] Carta de Seattle al Presidente Franklin Pierce de los Estados Unidos, 1855, instándole a preservar la naturaleza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *