Ciencia y Metafísica

Artículo de noviembre

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

Lejos de demostrar que el mundo se auto generó sin intervención de Causa sobrenatural alguna, o que sea “infinitamente viejo” como sostienen algunos divulgadores de las ciencias, lo cierto es que, aunque parezca insólito, la ciencia de punta nos orilla hacia la búsqueda metafísica del origen del universo. Es que la ciencia suele verse obligada a forjar saltos conjeturales, suposiciones, hipótesis y teorías, para sortear las exigencias que le impone su método, el de la comprobación empírica, y poder así seguir avanzando. Esto sugiere que no hay que subestimar la importancia de la reflexión filosófica y teológica, lo cual no significa que, por contra, haya que subestimar la de la ciencia.

En realidad, la ciencia y la filosofía no deben ser vistas como expresiones culturales antagónicas, sino como complementarias. A este respecto, un punto que amerita especial comentario es que la religión no puede rechazar las verdades científicas, especialmente cuando los rechazos religiosos no son más que grotescas aberraciones fundamentalistas; pero también cabe tener en cuenta un importante matiz que tienen las ciencias, como es el de que el hallazgo científico también puede tener cierto halo de incertidumbre debido a su eventual provisionalidad, esto es, a que su validez pueda ser solo temporal hasta que un nuevo hallazgo científico lo modifique, o lo invalide. En corto: más allá de las debilidades de la una y de la otra, ciencia y filosofía no son excluyentes. Son complementarias.

Todo esto no hace más que confirmar la pertinencia del diálogo entre ciencia y religión, el cual, creo, debe basarse en ciertos principios básicos como son: primero, que ciencia y religión son esferas diferentes, desde las cuales el ser humano busca acercarse a la verdad; segundo, que el pensamiento básico del creyente racional es que el mundo se explica mejor con la idea de Dios que sin ella, en tanto que el del ateo es que tal idea es innecesaria; y, tercero, que tanto no son excluyentes las dos esferas, que incluso hay científicos que son creyentes y creyentes que también son científicos.

Con referencia a las teorías científicas de punta cabe resaltar que la creencia en la existencia de un Creador y de un diseño inteligente sale fortalecida con las incursiones que a partir del conocimiento científico hacen las suposiciones, las hipótesis y las teorías, en procura de  horizontes más amplios que los que le permite el método científico. Probablemente el ejemplo más significativo en la actualidad sea el caso de la teoría cuántica (TC). Ella implica que la realidad es dual, en el sentido de que lo micro-cuántico y lo macro de la física clásica se muestran totalmente disímiles; en la que en lo mico-cuántico hay incertidumbre, ubicuidad, múltiples y simultáneas historias, mientras que lo que se observa en lo macro-clásico son certezas, predictibilidad e historias únicas. ¿Cómo explicar la disimilitud? ¿Hay conexión entre esos dos planos de la realidad dual, o se trata de compartimentos estancos? Este es el gran desafío de la TC.

En efecto, la TC expone ideas que chocan con nuestra experiencia con las leyes de la física clásica, como la idea de que el observador modifica el estado de las partículas subatómicas, o la de que éstas existen en varios estados al mismo tiempo (el gato vivo y muerto -al mismo tiempo- del experimento mental de Schrodinger). Pero bien sea que las partículas existan en varios estados y que nuestra sensibilidad sólo sea capaz de captarlo en uno de ellos, o que exista en uno solo, determinado por nuestra observación, lo cierto es que alguna ley de la naturaleza, complejísima, sería la que determinaría que así funcione la realidad cuántica, en cuyo caso las preguntas de siempre seguirían presentes: ¿cómo así surgió esa ley o esas leyes, quién las creó, cómo así vinieron a ser parte de la realidad? Y lo más importante: los requerimientos de diseño también serían mucho más exigentes; éste tendría que ser mucho más inteligente y complejo de lo que requeriría la realidad clásica, y eso haría más necesaria que nunca la existencia de un Creador-Diseñador, y menos creíble la idea de que el mundo existe “porque sí”.

¿Se imagina estimado lector lo exigente que sería un diseño según el cual los sistemas de partículas existan en varios estados simultáneamente, o más aún, que esos estados fueran cambiantes al influjo de nuestra mirada? ¿Se imagina lo exigente del diseño si la multiplicidad de estados del plano micro se replicase en el plano macro? Esto último implicaría la presencia de millones de universos existiendo al mismo tiempo, según los físicos cuánticos.

He ahí un claro ejemplo de cómo la idea creacionista sale bien parada con los desarrollos de las nuevas teorías científicas, y de cómo el acercamiento a lo metafísico no solo que resulta lógico, sino necesario, conforme la ciencia se acerca a sus límites metodológicos. La eterna pregunta sobre la vida siempre nos dejará insatisfechos si para responderla solo nos asimos a la ciencia, dejando de lado el vasto campo de la sabiduría. Cuando desde el ateísmo se dice que la vida empezó “porque sí”, o que el origen de esa maravilla que es la célula, con su estructura y funcionalidad increíblemente complejas y precisas, fue casual y contingente, o que el origen del cosmos tampoco requiere explicación alguna porque es “infinitamente viejo”, según expresión de Carl Sagan, se está dando una explicación que no explica nada, una explicación que no satisface al espíritu humano, que necesita bastante más que eso.

 

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