LA ESPIRITUALIDAD DE JESÚS

 

Temas de hoy, temas de siempre

Artículo de septiembre 2019

Categoría: Religión

 

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¿Cuál fue el meollo del mensaje transmitido por Jesús a los hombres? Mucho se ha dicho y se dice sobre su magisterio, ¿pero cuál es la naturaleza, la esencia misma, de su mensaje? Es la espiritualidad. Con razón el historiador español César Vidal considera que quizás lo más impactante de la visión de Jesús es que “… estaba impregnada hasta la médula de una perspectiva espiritual”. En efecto, su magisterio se basa en la necesidad de transformar el interior del hombre, su yo profundo, lo cual implica poner su dimensión espiritual en un plano superior al de su materialidad.

Es significativo que haya escogido la espiritualidad como hilo conductor de su mensaje; era como si hubiese pensado que eso es lo que realmente cuenta. Es significativo que su sermón del monte lo haya iniciado precisamente con una alusión a la espiritualidad: “Felices son los que están conscientes de su necesidad espiritual”.

Pero la espiritualidad de la que Jesús nos habla no es una espiritualidad cualquiera, es una espiritualidad indisolublemente ligada a la Divinidad, a diferencia de otras espiritualidades, algunas de las cuales prescinden de Dios, o peor aún, niegan su existencia como es el caso del ateísmo espiritual.

Jesús nos presenta tres grandes visiones espirituales de la vida, la primera de las cuales se refiere a la existencia de Dios, con lo cual sale al paso del ateísmo de antaño y hogaño, así como del agnosticismo fuerte que cree que no podemos saber si Dios existe. Cada referencia al Padre hecha por Jesús conlleva la afirmación implícita de su existencia, con el añadido de que nadie es capaz de conocerlo salvo el propio Jesús, de la misma manera como solo el Padre conoce quien es el Hijo[1]. Cada vez que Jesús pone de manifiesto su sujeción al Padre reafirma la existencia de Dios. Cada vez que declara ser el Hijo de Dios está expresando la existencia del Padre. Ese clamor suyo en la cruz, de: ¿por qué me has abandonado? también lo hace, de manera dramática. Todos sus dichos registrados en los evangelios, llevaban implícitas afirmaciones sobre la existencia de Dios.

Pero preguntémenos ahora: ¿qué Dios es el que nos presenta Jesús?, ¿el Dios del Antiguo Testamento, muchos de cuyos textos lo muestran como un dios vengativo, cruel y sanguinario? De ninguna manera. Tales textos, que devalúan la idea de Dios, no pueden haber sido inspirados por Él. Es a otro Dios al que se refería Jesús. La siguiente cita de Plotino[2] nos ayuda a entender a qué Dios se refería Jesús. El filósofo creía que “Dios es todo lo que existe y nada de lo que existe; que es la unidad absoluta, necesaria, inmutable e infinita; no es el ser ni la inteligencia; es superior a ambos. Es superior a todas las cosas, incluidas la esencia y la vida. Entraña en su fondo todas las esencias y todas las formas específicas, sin ser ninguna de ellas; es superior a toda determinación y forma; es el UNO” [3] . Plotino está en lo cierto, la idea de Dios, la verdadera idea de Dios, nos desborda, nos abruma; nada que ver con la idea del dios de Spinoza; nada que ver con el dios sanguinario, cruel y vengativo que nos muestran ciertos textos del Antiguo Testamento. Sobre esto último permítaseme agregar que no es razonable pensar que todo el texto bíblico, absolutamente todo, hasta la última coma, haya sido de inspiración divina. Si todo el texto bíblico hubiera sido de inspiración divina, Jesús lo habría cumplido a rajatabla, por ejemplo, habría permitido que los judíos lapidaran a la mujer adúltera; se habría abstenido de ayudar a gente necesitada en sábado; habría recomendado que se diera muerte a los hijos desobedientes y rebeldes[4]. Pero no fue así. Dijo que no había venido a cambiar la ley, pero ¡vaya que sí lo hizo! En realidad vino a comunicarnos la verdadera palabra de Dios, no la que creen los despistados, no la de los fariseos. En realidad, uno de los objetivos de sus enseñanzas era apartarnos de ciertos elementos distorsionantes del Antiguo Testamento, los cuales son producto de los errores de quienes lo escribieron, errores alejados de la verdadera revelación. Ese apartamiento de elementos distorsionantes implicaba separar la paja del trigo, ubicándonos en los campos del espíritu de Dios, especialmente del amor levítico[5] y de la sumisión de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Implicaba alejarnos del pecado, y por lo tanto acercarnos a la salvación. Es interesante que de la lectura de Mateo 1:21 se desprenda que el verdadero sentido de “salvación” es salvarnos de nuestros pecados, y que Jesús “Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados”.

Así pues, el Dios que nos presenta la espiritualidad de Jesús es el Dios verdadero, es aquel cuya imagen no está distorsionada por los errores humanos de ayer y de hoy, que la devalúan. Por eso su magisterio es la mejor manifestación de la verdadera palabra de Dios, y su Mensajero, el camino, la verdad y la vida.

¿Muestra Jesús al Padre como un Dios trascendente y personal? En realidad Jesús no caracteriza directamente a Dios, como sí lo hace, a veces lastimosamente, el Antiguo Testamento. Pero sí lo caracteriza indirectamente, pues al ser inspirados por Él, sus dichos reflejan la personalidad del Padre; son una especie de retrato hablado de Dios, de un Dios personal, pues solo así se entiende que en el sermón del monte Jesús dé tanta importancia a los valores morales, especialmente al supremo valor del amor, que son valores de personas. Por eso, por ser un Dios personal, tiene sentido que seamos su imagen y semejanza; si no fuera un Dios personal sería solo una fuerza impersonal, spinoziana, y nosotros no podríamos ser lo que somos.  

Es verdad que no existe prueba científica de la existencia de Dios, como tampoco de su inexistencia, pero hay indicios que, considerados acumulativamente, constituyen una fuerza persuasiva poderosa respecto a la existencia de Dios. Esto lo podemos advertir en todos los ámbitos de interés de los seres humanos, sean religiosos, filosóficos o científicos. Se trata de indicios ontológicos, cosmológicos y teleológicos, pasando por las sólidas vías de Tomás de Aquino hasta la observación de la naturaleza que hace la ciencia y el sentido común.

La propuesta de amor universal, segunda gran visión espiritual de las enseñanzas de Jesús, es la más clara expresión de su elevada espiritualidad. Al tomar el amor como piedra fundamental no hace falta debate axiológico (sobre los valores) alguno, pues el amor abarca todo lo bueno que podamos hacer por nuestros semejantes; los devaneos teóricos-éticos salen sobrando. Eso sí, hay que tener en cuenta que existen dos clases de amor: uno que es espontáneo, como el amor familiar y el amor romántico; y, otro que no es espontáneo. Si bien se mira, el magisterio de Jesús estuvo volcado hacia el segundo. A este último se lo conoce como amor agape, al cual yo prefiero llamarlo construible para destacar que, aunque no surja espontáneamente es posible generarlo volitivamente en nuestra psiquis. Se trata de una obligación existencial que fue magistralmente sustanciada en el libro de Levítico: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”[6], y ratificada por Jesús más de mil años después. ¿Por qué ese “tienes” que amar? Porque se lo puede construir. Si no se lo pudiera construir, el mandato de amor sería inoficioso pues sería incumplible.

En los 10 mandamientos se perciben dos grupos de ellos: uno que trata sobre la relación de Dios con los hombres, y otro que se refiere a la relación entre éstos últimos. Los del segundo grupo son exigencias insoslayables para cumplir el mandato de construir amor, y la posibilidad de cumplirlo permite entender que tanto Levítico como Jesús hayan proferido la orden de amar.

Por ser espontáneo, el amor-sentimiento existe profusamente entre los seres humanos, no así el amor construible (más allá de que éste también pueda tener matices de espontaneidad). Y, como implícitamente lo destacó el propio Jesús, el amor construible tiene un mérito que el amor espontáneo no lo tiene: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así”[7]. Claro, esos son amores espontáneos que no implican mérito especial alguno, en cambio el construible sí.

En el amor construible hay sabiduría, racionalidad y justicia. ¿Por qué? Porque solo con esa clase de amor podemos tener un mundo realmente mejor, basado en la verdad y la justicia, y sus frutos los recibiríamos por añadidura, más allá de las soluciones organizacionales y regulatorias que establezcamos.

Del diccionario de las palabras griegas más utilizadas en el Nuevo Testamento, de William Barclay[8], transcribo estos esclarecedores párrafos: “Agape tiene que ver con la mente. No es una mera emoción que se desata espontáneamente en nuestros corazones…sino un principio por el cual vivimos deliberadamente. Agape se relaciona íntimamente con la voluntad. Es una conquista, una victoria, una proeza. Nadie amó jamás a sus enemigos; pero al llegar a hacerlo es una auténtica conquista de todas nuestras inclinaciones naturales y emocionales. Este Agape, este amor cristiano no es una simple experiencia emocional que nos venga espontáneamente; es un principio deliberado de la mente, una conquista deliberada, una proeza de la voluntad. Es la facultad de amar lo que no es amable, de amar a la gente que no nos gusta”.

Ejemplos de amor construible los hay muchos y muy variados, desde el trabajo abnegado y casi anónimo de cientos o miles de organizaciones de voluntariado social esparcidas por todo el mundo, hasta casos conocidos y famosos como el de Oskar Schindler, empresario alemán que durante el holocausto judío salvó de los campos de concentración nazis a 1300 de ellos.

El amor universal es lo más importante para el ser humano, lo cual no se contrapone con nuestro interés en otros campos de nuestra existencia, como los de la ciencia y las artes. No es que nuestra curiosidad que nos induce a tratar de comprender y explorar el cosmos, por ejemplo, no sea importante; lo es, pero no hay que perder de vista que hay una prioridad superior a esa, pese a la grandiosidad del cosmos y pese a lo insignificante que lucen los años de existencia de la especie humana frente a los miles de millones de años que existe y que existirá la Tierra, o frente a un espacio cósmico cuyas distancias se miden en millones de años luz. Pese a estas grandiosidades la espiritualidad, en especial el amor construible, es más prioritario. Parece paradójico, pero una existencia plena de nuestra especie, basada en la priorización de una espiritualidad que apunte hacia la verdad y la justicia, es lo más importante, sin que ello signifique abandonar nuestra natural y necesaria curiosidad por conocer mejor el mundo que nos rodea.

La visión de vida después de la muerte física, tercera gran visión espiritual en el magisterio de Jesús, es de la mayor importancia no tanto por los textos que sobre ella se encuentran en los evangelios, que son más bien parcos y poco claros, sino por su connotación de trascendencia.

Lo que realmente importa de esta visión no es tanto la forma o las posibles formas hacia las que se trasciende después de la muerte, sino la existencia misma de la trascendencia, pues ello nos introduce en la noción de que existe algo después de la muerte, otra etapa en el proyecto de Dios para los hombres.

Parecería que los avances tecnológicos de nuestra vida moderna nos están ayudando a captar la existencia de la trascendencia. Por ejemplo: Así como un texto resaltado de word no se pierde pese a haber sido borrado antes de ser “pegado” en su lugar de destino sino que se conserva en la memoria de la computadora, en el “portapapeles”, igualmente el alma, el espíritu, o como quiera llamársele al componente inmaterial del ser humano, que con la muerte deja de estar en la dimensión terrenal de la vida, tampoco se pierde, sino que se conserva de alguna manera, en alguna parte de la memoria cósmica, a la espera de algún ulterior desarrollo previsto por el Creador.

En los evangelios, especialmente en los sinópticos, hay varios conceptos que hacen referencia a la permanencia y trascendencia del componente espiritual. Ahí están, por ejemplo, el reino de Dios; el secreto de éste, que no es asequible a todos; el infierno y su fuego eterno; la vida nueva; la vida eterna; la resurrección de los muertos; la siembra de corrupción y la cosecha de incorrupción; la alusión a cuerpos espirituales; la nueva tierra; la segunda venida de Cristo para juzgar a todos, etc., conceptos todos ellos[9] que de alguna manera conllevan la idea de que hay algo después de la muerte física. Y en eso precisamente radica la importancia de esta visión: en que la terminación de la vida física no es el fin de todo, que hay algo más.

Ahora bien, ¿qué es ese algo? Esta es una de las temáticas bíblicas más necesitadas de interpretación debido al secretismo y a la parquedad de los evangelios respecto a lo escatológico (vida después dela muerte). Podría decirse que, en general, los textos bíblicos dan pie a interpretar ese algo ora como físico ora como espiritual. Quizás una nueva vida terrenal, la cual podría verse como un castigo, pues significaría volver al infierno en el que hemos convirtiendo a nuestro mundo, pero también podría verse como una nueva oportunidad. O quizás una vida exclusivamente espiritual cuyo alcance no nos es dado conocer, al menos por ahora. Pero como quiera que se interprete la trascendencia, como quiera que sea en realidad, lo cierto es que según el mensaje de Jesús, Dios tiene previsto algo para nosotros después de abandonar nuestro cuerpo físico, y eso es lo que verdaderamente importa.

En resumidas cuentas, la espiritualidad es el meollo, el telón de fondo de la misión de Jesús en cuanto emisario enviado a anunciar la palabra de Dios, la verdadera palabra de Dios. Que el precio que hubo de pagar por cumplir con su misión haya sido el acoso, la tortura y la muerte, eso es otra cosa; eso fue producto de la maldad humana, no el objetivo perseguido por Dios. No hace sentido que el Padre hubiera deseado el martirio de su propio hijo. Por eso el término “sacrificio expiatorio”, y otras similares que a menudo se usan para referirse al papel de Jesús, no debe entenderse en sentido ritual, como si hubiese sido enviado en calidad de chivo expiatorio por un dios sediento de sangre al estilo de los dioses paganos que exigían sacrificios humanos para apaciguar su ira.

Por último, hay que decir que en el mensaje de Jesús la fe emerge como un gran eje de espiritualidad. Fe en el Padre y fe en el Hijo[10]. Y razones para tenerla en Jesús sobran: sabiduría profunda que se vislumbra en sus enseñanzas; defensa de la racionalidad y los valores éticos universales; cumplimiento de sus profecías; ejecución de señales milagrosas a la vista de todos; decisión y valentía sin límites para cumplir con su misión, enfrentándose a leyes injustas y a líderes religiosos tercos y ególatras, y todo eso sabiendo de antemano el sacrificio por el que habría de pasar.

—— o ——

[1] Quien nunca dijo de manera clara, paladina y categórica que fuera Dios mismo encarnado.

[2] Filósofo neoplatónico griego (203 DC – 270 DC), probablemente inspirado por el Himno Rig Veda X 129.

[3] Citado por el cardenal Zeferino González Díaz de Tuñón (1831 – 1894)

[4] Deuteronomio 21: 18-21

[5] Levítico: 19:18

[6] Levítico 19: 18

[7] Lucas 6:32 y 33

[8] William Barclay, “Palabras Griegas del Nuevo Testamento”, versión castellana de Javier José Marín, Casa Bautista de Publicaciones.

[9] Mc 4:11; Mc 9:43 y 48; Mc 10:23 y 30; Mt 25: 41 y 44; Lc 17: 20 y 21; Lc 20: 35 y 38; Lc 23:43: Jn 5:29

[10] Como se resume en Juan 14:1

 

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