Cuestión de Actitud

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Artículo de septiembre 2018

Cuestión de Actitud

Carlos M. Palacios Maldonado

 

“Los grandes problemas de la humanidad nunca se resolvieron por leyes generales, sino siempre únicamente por renovación de la actitud del individuo”. Esta cita de Carl Gustav Jung es lo más cercano al enfoque del ensayo “Cuestión de Actitud”, de mi autoría, y de reciente publicación, que trata sobre las relaciones interpersonales. En este artículo se resume lo esencial del libro, que se lo puede ver siguiendo el enlace supra.

Lo individual es absolutamente decisivo en el comportamiento del todo social, más importante y decisivo que cualquier ideología, normatividad o estructura organizativa que pretenda disciplinarlo y encauzarlo. En cambio, los estudios tradicionales a menudo se basan en manifestaciones sociales generales y colectivas; en el curso general de los acontecimientos humanos; en lo organizativo; en fin, en lo macro; lo cual no está mal, salvo que soslayan lo principal: la actitud individual. La visión de Pierre Teilhard de Chardin, y la de Francis Fukuyama, sobre el porvenir humano y sobre la democracia liberal, respectivamente, son claros ejemplos de análisis macro. De ninguna manera, sin embargo, desconozco la necesidad e importancia de lo macro, de lo organizacional y normativo, pero como complemento de lo individual, nunca como sustituto.

En el mundo de las actitudes individuales existe un ciclo tipo “feed-back”, con fases de interioridad, exterioridad y retroalimentación, que trabajan de manera imbricada. Las actitudes personales se desarrollan en el plano de lo individual, pero inciden en lo colectivo así como lo colectivo lo hace en lo individual. La primera fase es interna al individuo, pertenece exclusivamente a su vida interior, y nadie más que él conoce sus virtudes y defectos, sus miedos y esperanzas, sus fortalezas y debilidades. Su personal actitud permanece ignota para los demás hasta cuando el sujeto, ya en la segunda fase del ciclo, la hace explícita a través de su conducta.

Existen factores pre-sociales y sociales responsables de la formación de las actitudes individuales. El factor pre-social es algo inherente a nuestra humanidad; es un conjunto de objetos psíquicos de los que estamos naturalmente dotados, como inteligencia, emotividad, estados de ánimo y sentido de lo divino (sensus divinitatis). También intervienen, y muy poderosamente, los factores sociales, como se explica en la fase de externalidad, pero lo que finalmente define y da forma a la actitud individual es la voluntad del sujeto.

En la segunda fase, la de externalidad, las actitudes individuales se vuelven conductas, que son perceptibles por el otro, incluso cuando no se manifiesten abiertamente sino de manera sutil y subrepticia, y se propagan a través de ciertos mecanismos sociales denominados dominó, demostración y presión. El efecto dominó se produce en forma casi inevitable; el efecto demostración se basa en la imitación; y, el efecto presión en cierta necesidad práctica de someterse a ella. La tercera fase del ciclo, la de retroalimentación, que es consecuencia de la segunda, transmite sus desarrollos e influencias a la primera, reiniciándose así el ciclo. Es que en la segunda fase germinó una dinámica de intersubjetividad que incidió sobre las actitudes individuales.

Las tres fases del ciclo tienen lugar en un mismo individuo, raíz de todo lo grupal. Se trata, simplemente, de momentos diferentes en la sique del individuo. Existe una dinámica estrechamente ligada a la capacidad de la segunda fase, de retroalimentar a la primera, lo cual muestra sus efectos en la tercera. Esta dinámica está dada por un hecho cuantitativo crítico al que se llega cuando una gran cantidad de individuos practica una conducta común, razón por la cual su influencia sobre la interioridad se vuelve irresistible o casi irresistible. Esta dinámica está descrita en la obra utilizando como símil el conocido relato del “centésimo mono”, por su valor para explicar, en el ámbito social, la teoría de la masa crítica.

El mundo de las actitudes de vida –un tipo de actitud general y permanente en el individuo- muestra grandes contrastes. Mucha gente tiene actitudes positivas, buenas, que se ponen de manifiesto no solo en circunstancias especiales de sufrimiento colectivo, catástrofes naturales por ejemplo, sino también como modo de vida permanente. Pero infelizmente las actitudes malas se pluralizan demasiado, al punto de que no es posible avizorar cuáles podrían ser las que prevalezcan en el largo plazo, de suerte que lo único que nos queda es la incertidumbre. La pluralización excesiva de las malas actitudes, es una suerte de pluralización asimétrica que se debe a varios factores, entre ellos el hecho de que el mal ofrece, en tanto que el bien exige. Lo cierto es que debido a esa asimetría el escenario colectivo es el del bien –desafiante por ser exigente- en lento o estancado desarrollo, y el del mal -seductor por todo lo que ofrece- en rápido crecimiento. Consecuencia de esto es que la pluralización asimétrica no permite términos medios: si no mejoramos, empeoramos.

El libro detecta y explica los cinco problemas más graves que enfrenta la raza humana: el crecimiento poblacional, definido no solo por su ritmo de crecimiento sino también por la carga poblacional en términos de cifras absolutas; el problema ambiental, con sus ominosas manifestaciones, no solo para futuro sino ya presentes en la actualidad; la corrupción, vasta, desbocada y global; las adicciones, esa afición compulsiva y recurrente al uso de sustancias (adicción a sustancias) y a comportamientos reprobables (adicción conductual); y, el de la violencia, especialmente la que se origina en el poder político y en lo ideológico-religioso. En cada uno de estos grandes problemas el libro explica la importancia y el papel que juega la actitud individual.

Como todo sistema, la sociedad humana está sujeta a una dinámica entrópica, más aún si se tiene en cuenta la gran diversidad de actitudes que tienen los individuos, la cual propicia la entropía. Hay factores que la empoderan y otros que se oponen a ella, pero a fin de cuentas es la actitud individual el factor decisivo que moldea al conjunto social, favoreciendo en unos casos u ofreciendo resistencia a la entropía, en otros. Por cierto, las actitudes individuales de quienes establecen y manejan lo organizacional, también cuentan, y mucho, en el comportamiento del todo social.

Las actitudes individuales tienen la tendencia a borrar las diferencias ideológicas entre los sistemas político-sociales: unas buenas, solidarias y suficientemente pluralizadas actitudes individuales podrían morigerar grandemente las fallas del capitalismo, especialmente las de orden social excluyente. Ese mismo tipo de actitudes, igualmente pluralizadas, podrían mejorar significativamente todos los órdenes de una sociedad socialista, incluso en el campo técnico-económico. Por el contrario, unas malas pero muy pluralizadas actitudes individuales anulan o tienden a anular las ventajas de los sistemas político-sociales: en el sistema capitalista la ventaja que significa dar rienda suelta a la creatividad de la gente, se desdibuja ante los problemas de toda índole que generan los egoísmos individuales y de grupo. En el sistema socialista las malas y muy pluralizadas actitudes, sobre todo de quienes ejercen el poder político, convierten en puramente caricaturesco el ideal de justicia social, y son responsables del atraso del pueblo y del abuso de ese poder. Es que los “ismos” (capitalismo, socialismo, relativismo, materialismo) adolecen de debilidades y vulnerabilidades intrínsecas para acercarse a la verdad, debido a que las actitudes individuales que en ellos se fundamentan, también adolecen de esas mismas taras.

Aunque el todo tenga atributos que sus partes individuales no los tengan no puede existir desvinculado de lo que son sus partes. Una cosa es que el todo tenga atributos que sus partes individuales no los tienen, y otra muy distinta es que el todo tenga atributos contrarios a los de sus partes individuales. Afirmar lo primero es correcto; afirmar lo segundo, absurdo.

Hay varios paradigmas del deber ser provenientes del entorno social que pugnan por infiltrarse en nuestras psiquis, los cuales no necesariamente apuntan hacia el bien. Los hay aquellos que buscan la verdad y la justicia, pero también hay de los otros. En este escenario el individuo considera no solo sus propias experiencias, percepciones, creencias y convicciones, sino también esos insumos externos, y, haciendo uso de su voluntad y libre albedrío, los adopta, los adapta a su propia idiosincrasia, o simplemente los ignora, todo eso durante su fase de interioridad.

Al no contar con suficiente perspicacia para elegir correctamente nuestra actitud de vida; al estar sumidos en un mar de relativismos y de dudas, una guía superior y confiable resulta ser de importancia crucial. Entonces surgen preguntas desafiantes, una de ellas la de si existe alguna actitud individual modélica, con respecto a las relaciones interpersonales, que emerja de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, y la respuesta es que sí, que emerge inequívoca, clara e insoslayable del conjunto de su magisterio, y lo más importante: que sin una vasta pluralización de ella jamás podremos tener un mundo de relaciones interpersonales que, en su conjunto, sea realmente mejor y más justo. Su ética se eleva por sobre las estructuras éticas humanas, de modo que su mandato de amor, piedra angular de su mensaje respecto a las relaciones interpersonales, llega a abarcar todo lo bueno que podamos hacer en favor del prójimo, más allá de lo que digan las teorías éticas humanas, como las del consecuencialismo y la deontología.

No es coincidencia entonces que el mensaje de Jesús, en lo que concierne a las relaciones interpersonales, apunte hacia la elevación espiritual individual de todos. El Maestro coloca al desarrollo espiritual individual en el centro mismo de las soluciones sociales, muy por arriba de las soluciones organizacionales. También nos transmite la idea de que, visto el papel protagónico de lo individual, lo fundamental es la lucha personal de cada quien consigo mismo, a fin de disciplinar sus pensamientos y sentimientos.

El gran desafío al que se enfrenta la humanidad, relacionado con la actitud individual, es el de que las actitudes que busquen mejorar el mundo han de cumplir con un requisito de unanimidad, sin el cual no se podrán alcanzar sus objetivos. Para alcanzarlos será necesario que todos o casi todos los seres humanos se imbuyan de esa clase de actitudes. Aceptar lo bueno venga de donde venga, y rechazar lo malo, también venga de donde venga, y siempre buscando la verdad y la justicia, es, para decirlo redondamente, la mejor y más racional actitud de vida, la que nos conecta con el proyecto cósmico de Dios. Suena sencillo, pero en la práctica no lo es.

En definitiva, el meollo del libro es la idea de que, para bien o para mal hay una relación inescapable entre la actitud individual y el comportamiento del conjunto social. Las pretendidas transformaciones sociales hacia el bien mediante arbitrios organizacionales exclusivamente, son solo “sueños de perro” si no se sustentan en actitudes individuales que apunten en esa dirección. Y no los puede solucionar porque lo que ocurre en el orden social es que su conjunto no puede ser aquello respecto a lo cual sus partes sean opuestas. Además, para alcanzar el objetivo del bien común es necesario que las actitudes individuales buenas se generalicen a tal punto que no dejen espacio a las malas. Si la generalización de las buenas actitudes no se logra, tampoco es posible lograr el bien común.

Este es el contenido básico del libro comentado, cuyo autor aspira a que algún valor inspirador pueda tener.

 

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