Darwin: honestidad intelectual y dudas existenciales

Temas de fondo, temas de siempre.

Artículo de abril 2018

 

 DARWIN: HONESTIDAD INTELECTUAL Y DUDAS EXISTENCIALES[1]

Es conocido el drástico viraje producido en la vida espiritual de Charles Darwin (1809-1882). Fue creyente la mayor parte de su vida, incluso durante el tiempo que duró su viaje en el Beagle (1831-1836), así como durante aquel en que escribió El Origen de las Especies, en cuyo párrafo final constan estas reveladoras palabras: “Hay grandiosidad en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola…”. Clara prueba de su creencia en la existencia de Dios, sin desconocer que poco después de la publicación de su magna obra en 1859, empezara su viraje hacia el agnosticismo.

La Autobiografía de Darwin permite conocer varios de sus personales puntos de vista en materia religiosa, posteriores a 1859, conforme se desprende del texto autobiográfico propiamente dicho, así como de lo relatado por su hijo Francis en el apéndice II de la Autobiografía. Veamos pues algunos de sus personales criterios.

En carta dirigida a Asa Gray[1] en 1860 rebate el argumento del diseño inteligente de manera bastante simplista: luego de comparar la hipotética muerte de un hombre bueno como consecuencia de un rayo, y la de un mosquito en el pico de una golondrina, concluye que ambos, hombre y mosquito, están en la misma situación apurada, y que: “Si la muerte del hombre y del mosquito no ha sido diseñada, no veo motivos para creer que su primer nacimiento o producción tuviera que estar necesariamente diseñado”. Argumento bastante simplista, pues equivale a sostener que el final de un proceso de vida es suficiente para determinar cuál fue el origen del mismo. En todo caso Darwin no creía que el comienzo de la vida hubiese sido diseñado, pero con la encomiable honradez intelectual que lo caracterizaba, reconoció que no estaba preparado para opinar públicamente sobre religión (y por ende sobre diseño sobrenatural de la vida): “En cierto sentido no estoy dispuesto a expresarme públicamente sobre temas religiosos, ya que no tengo la sensación de haber reflexionado lo bastante en ellos como para justificar su publicación”, decía en 1871 en carta dirigida al Dr. F. E. Abbott.

Sin embargo, en 1873, en carta dirigida a un estudiante holandés, dijo que la imposibilidad de que el universo surgiera por casualidad le parecía “el principal argumento en defensa de la existencia de Dios. Pero nunca he sido capaz de determinar si este argumento tiene validez real”. También dijo que “…aun admitiendo una Primera Causa, la mente sigue anhelando saber de dónde vino, y cómo surgió”, para luego agregar que el tema en sí (la existencia de Dios)”…queda más allá del intelecto del hombre, pero que el hombre tiene que cumplir con su deber”. Esta última frase es significativa, pues implica que aun cuando él mismo no se sentía capacitado para incursionar en el campo metafísico-religioso, reconocía que, en general, el hombre puede y debe hacerlo.

En su Autobiografía también hay otros pasajes que revelan la actitud del autor con respecto a temas religiosos. Pese a la “grandiosidad” que encontró en la idea de que la vida haya sido alentada por el Creador, según lo destacó en el Origen de las Especies, posteriormente consideró que la emoción que siente el ser humano ante la grandiosidad de la naturaleza, es simplemente similar a los sentimientos que despierta la música, y que por lo tanto no puede pesar como prueba de la existencia de Dios. Le parecía “fuerte” el argumento de que la existencia del sufrimiento en el mundo se contrapone a la idea de la existencia de una Primera Causa inteligente, pero, por otro lado, creía que en el mundo, considerado como un todo, hay más felicidad que miseria. Parecería entonces que su segunda posición debilitaba fuertemente la primera.

 Con respecto a la inmortalidad, destaca la creencia de los físicos de su época, de que con el tiempo el sol y todos los planetas se enfriarán y la vida se acabaría. Pero aclara que le resultaba intolerable pensar que el hombre y todos los demás seres vivos “estén condenados a la aniquilación completa después de un progreso tan lento y continuado”, agregando a continuación estas sugerentes palabras: “La destrucción de nuestro mundo no parecerá tan atroz, sin embargo, para los que admiten plenamente la inmortalidad del alma humana”.

 Como ya fue mencionado, fue creyente durante su periplo en el Beagle, sobre todo por la “…la dificultad extrema, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre…como resultado de una casualidad o de una necesidad”. Pero entonces le surgió la duda sobre la idoneidad del cerebro humano para concebir grandiosas concepciones sobre el universo, por lo cual su fe se fue debilitando “muy gradualmente y con muchas fluctuaciones” hasta llegar a la conclusión de que “El misterio del origen de todas las cosas es irresoluble para todos nosotros, y yo debo contentarme en permanecer agnóstico”. ¿Contentarse con permanecer agnóstico? Esa frase dice mucho de la honestidad intelectual de Darwin. En efecto, no habría sido honesto si como científico hubiese afirmado o negado la existencia de Dios. Claro que como ser humano bien podía haber creído en su existencia, como muchos científicos lo han hecho y lo hacen, pero sencillamente no se sintió inclinado a ello. Por eso optó más bien por el agnosticismo, esa actitud que postula la imposibilidad de la mente humana de acceder al conocimiento de lo divino.

 Sin desmedro de su trayectoria científica y de su estupendo trabajo como naturalista, hay que decir que sus apreciaciones en materias diferentes a las de su profesión probablemente estuvieron sesgadas por la rigurosidad de su trabajo científico. En efecto, resulta muy significativo que, luego de reconocer que había sufrido una curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos, reconociese que: “Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina que extrae leyes generales a partir de grandes cantidades de datos”. Alguien con un sesgo profesional tan marcado resulta excelente para el trabajo especializado que realiza, pero no es el más confiable para la reflexión religiosa y filosófica.

En 1879, tres años después de escrita su autobiografía y dos antes de su muerte, continuaba con sus dudas al señalar que no era capaz de determinar si el argumento sobre la imposibilidad de que el universo surgiera por pura casualidad, tuviera validez real. Al respecto reconoció que: “En mis fluctuaciones más extremas nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de Dios. Creo que en general… agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental”.

En carta dirigida a W. Graham en julio de 1881, reconoció haber manifestado su “convicción interna” de que “el universo no es resultado de la casualidad”, para, a continuación, reiterar su desconfianza en la idoneidad del cerebro humano para aceptar conclusión tan grandiosa como la de la existencia de una Causa Inicial, preguntándose si la mente del hombre, “… que se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores, tienen algún valor o son fiables. ¿Se fiaría alguien de las convicciones de la mente de un mono, en el caso de que una mente como la suya pudiera albergar convicciones?”

Entonces, en 1881, un año antes de su muerte, tuvo lugar la que tal vez fue la más patética expresión de sus dudas existenciales. Ese año, y a propósito de si el universo era o no resultado de la casualidad, el duque de Argyll, refiriéndose a algunos trabajos previos de Darwin sobre orquídeas y gusanos de tierra, así como a las estratagemas que existen en la naturaleza para alcanzar determinados objetivos, recordaba haberle dicho que “…era imposible considerarlas (las estratagemas) sin ver que eran el efecto y la expresión de la mente”, para luego agregar que nunca olvidaría la respuesta de Darwin, quien luego de mirarlo fijamente le dijo: “Bien, la verdad es que esto se me plantea de vez en cuando con una fuerza abrumadora; pero otras veces -y sacudió la cabeza vagamente- parece esfumarse”.

Una consecuencia lógica de su agnosticismo habría sido la de rechazar lo que él mismo había sostenido en El Origen de las Especies, esto es, que la selección natural tuviese finalidad, pero nunca lo hizo. Incluso, ya agnóstico, creyó firmemente que los órganos corpóreos y mentales, salvo los que no presentan ventajas ni desventajas para quien los posee, “… han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y, en consecuencia aumentar su número”. La finalidad se ve clara: sobrevivir y multiplicarse.

Un año antes de su muerte Darwin se revela con toda claridad como un ser atrapado por las dudas en temas religiosos. En carta dirigida a W. Graham el 3 de julio de 1881, dice que le cuesta digerir que “… la existencia de las llamadas leyes naturales implica un propósito”, para a renglón seguido admitir que “… carezco de práctica en el razonamiento abstracto, y puede que vaya totalmente desencaminado”. A continuación reitera que su convicción interna es la de que “… el Universo no es resultado de la casualidad”, pero que le surge “… la horrible duda de si las convicciones de la mente del hombre, que se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores tienen algún valor o son fiables”. Atrapado por las dudas, por todos lados.

Por supuesto, el que la evolución tenga finalidad plantea otra cuestión: ¿puede la finalidad haber surgido espontáneamente, sin una inteligencia que la establezca? Darwin no tomó una posición definida respecto a esta cuestión, ni habría sido lógico que lo haga, dada su convicción, ya mencionada en líneas anteriores, de que hay temas que quedan “más allá del alcance del intelecto del hombre”. Así pues, no niega que la evolución tenga un propósito, y admite la posibilidad de que el Universo no sea resultado de la casualidad, y como telón de fondo de ambos asertos, la duda sobre la idoneidad de la mente humana para el tratamiento de temas tan profundos.

 En resumidas cuentas, Charles Darwin fue, en la segunda etapa de su vida, un ser atrapado por las dudas en lo que a religión concierne, lo cual fue una comprensible consecuencia de su honradez intelectual. Y eso es algo digno de ser destacado. Su norma de conducta era no escribir jamás “…una palabra que no creyera en su momento”. Su recta actitud le llevó a no pronunciarse, sobre todo públicamente, sobre cuestiones religiosas. El hecho de que optara por el agnosticismo y no por el ateísmo, es otra prueba de su honestidad intelectual.

Por otra parte, todo esto reafirma algo fácil de entender, aunque algunos no lo quieran aceptar: que la ciencia por un lado, y la religión/filosofía por otro, se desenvuelven en esferas diferentes, y que no son necesariamente contrapuestas sino más bien complementarias. Lo que a veces las vuelve contrapuestas no es la naturaleza de sus ámbitos de interés, sino las frecuentes aberraciones de sus cultores.

[1] Naturalista francés, contemporáneo de Darwin.

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