Degradación y Cinismo

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 Artículo de noviembre 2018

Degradación y Cinismo

La persistencia de la memoria

 

Once de septiembre de 2001. Imágenes desgarradoras más allá de toda imaginación. Dolor y angustia inenarrables de quienes, en un instante de horror, pierden de la peor manera a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus amigos. Tragedia tan inverosímil que hasta se podría creer que se está viviendo un sueño o una descomunal tramoya al más puro estilo de Hollywood. Pero no es un sueño; es la realidad, la bárbara realidad. Una realidad después de la cual el mundo no habría de ser el mismo, pues implicaba un nuevo descenso del hombre hacia lo sub-humano, hacia lo animal (con el perdón de los animales). Después, el terrorismo biológico, anunciando su ominosa presencia, y extendiendo su amenaza al mundo entero. En suma, un horrible momento de fanatismos, extremismos, intolerancias, odios ancestrales, de degradación de la especie humana.

Pero ahí no termina la tragedia. Hoy, 17 años después, me viene a la memoria la posterior actitud de algunas personas, incluso de algunos denominados intelectuales, que cínica y desembozadamente minimizaron y hasta justificaron los ataques terroristas perpetrados ese día. Un pseudo orientador de la opinión pública dijo en un diario del Ecuador que fue el propio Estados Unidos el culpable de lo que sucedió ese día “y de lo que puede pasar”. En un canal de televisión se aseveró, haciendo gala de un irracional y ramplón reduccionismo, que “cuando desaparezcan las injusticias también desaparecerá el terrorismo”. Periodistas latinoamericanos reunidos en La Habana dijeron que Estados Unidos “responde al terror con el terror”, con lo cual pretendían equiparar el asesinato masivo de miles de inocentes con la posterior acción punitiva antiterrorista. Otros cerraron los ojos a la tragedia de ese día, y sólo tuvieron memoria para recordar el hecho de que, en su momento, Bin Laden fue armado y apoyado por Estados Unidos para combatir al comunismo en Afganistán, con lo cual pasaron a un segundo plano lo que era lo principal de ese momento crítico: la masacre de inocentes.

Más grave aún: hubo quienes, con un nivel de cinismo inaudito, se regocijaron con lo sucedido. Luego de producidos los atentados Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda declararon, con increíble desparpajo, que los que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”, y que agradecían a Alá por el “éxito” de su misión. También fue el caso de los palestinos que salieron a las calles a manifestar su júbilo apenas conocida la noticia de la tragedia. Pero lo más ofensivo fue el caso de una dirigente de los derechos humanos de la Argentina, ¡nada menos que de los derechos humanos!, que manifestó su alegría por la masacre de los miles de hombres, mujeres y niños asesinados (¿se habría sentido igual de alegre si su hijo, su madre o su padre hubieran estado en las torres gemelas?) para luego añadir, en otro increíble alarde de cinismo, que así se expresaba porque “no soy hipócrita”. Pero quien se alegra por la matanza de inocentes, y aún así se llama defensora de los derechos humanos, es inmensa y repugnantemente hipócrita.

Desde luego, tan execrable como la alegría de Bin Laden, de esa señora y de esos palestinos, fue la de quienes manifestaron su regocijo por la muerte de inocentes durante los posteriores bombardeos a Afganistán, argumentando que se trataba de un castigo por el ataque terrorista de Bin Laden. Sea que la muerte de los inocentes en los bombardeos se haya debido a errores tácticos, o a que los talibanes los hubieren usado como escudos humanos, era repulsivo que alguien se alegre de su desgracia. La muerte de inocentes es deplorable y condenable, dondequiera que se produzca, y nadie tiene derecho de alegrarse por ello.

Así pues, el mundo empezó a lucir más degradado y más cínico después de ese 11 de septiembre. Emergió lo peor de la miseria humana: un nuevo y más feroz terrorismo; una pobreza espiritual sin parangón de quienes justificaron el mal, y sobre todo de quienes se regocijaron por sus nuevas y más ominosas manifestaciones. Ahora, en nuestros días, los más recientes acontecimientos terroristas no hacen más que confirmar esa nueva realidad de desprecio absoluto por la vida humana, como son los ataques a civiles, incluyendo los ataques kamikaze, en oriente medio, y los degollamientos públicos perpetrados por ISIS. Uno llega a preguntarse si cuando colapsaron las torres gemelas no empezó también el colapso final de la humanidad del hombre.

La persistente memoria tampoco nos permite olvidar (y qué bueno que así sea) lo que ocurre en materia de degradación y cinismo en escenarios diferentes a los del terrorismo. Hace algunos años la prensa internacional informó sobre la celebración de matrimonios civiles entre homosexuales. Con evidente sentido de orgullo el alcalde de Amsterdam, ciudad donde se realizaron los matrimonios, dijo: “Estamos escribiendo una página de historia; por primera vez en el mundo las parejas de homosexuales tienen la posibilidad de contraer matrimonio civil”. Luego, en medio del aplauso de un centenar de invitados, los contrayentes -tres parejas masculinas y una femenina- se besaron, partieron las tortas y brindaron por su felicidad. Lo que hizo posible todo esto fue una nueva ley, aprobada por amplia mayoría en el Senado holandés, que hizo extensivo el matrimonio civil, hasta entonces reservado a los heterosexuales, a parejas del mismo sexo. Por otra parte, en la misma Holanda se legalizó la prostitución, entre otras razones, por los ingresos fiscales que generará su “formalización”. ¿Qué habría dicho de sus compatriotas Erasmo de Rotterdam (1466-1536), en su célebre “Alabanza de la Estupidez”, al enterarse de semejante “argumento”?

Los homosexuales de Roma realizaron un multitudinario desfile al que llamaron del “orgullo homosexual”. ¿Orgullo de qué? ¿Qué circunstancia noble o virtuosa hay en esa desviación anti natura como para sentir orgullo? Nada noble, desde luego. En esa oportunidad el Papa condenó el homosexualismo al que consideró como contrario al orden natural. La reacción de los homosexuales, que no se hizo esperar, fue la de declarar ofensivas las críticas del Papa.

En muchos otros espacios sociales ese maridaje entre degradación y cinismo se repite hasta la náusea. Un análisis económico elaborado en la República Checa concluye que el consumo de cigarrillos no es una carga para el presupuesto del país, porque -dicen sus autores- “la muerte prematura de los fumadores ayuda a reducir los gastos médicos”. En Ecuador, indígenas andinos anuncian que no permitirán que en sus elecciones seccionales tercien aspirantes blancos o mestizos. Ciudadanos desaprensivos, sorprendidos botando basura en las calles de Guayaquil, se justifican diciendo que lo hacen debido a la “falta de control de las autoridades”. Ciertas acciones y declaraciones de Rafael Correa, durante su larga gestión como Presidente “constitucional del Ecuador (2007-2017), fueron verdaderos monumentos al cinismo, como la de negarse a jurar defender la Constitución durante el acto de su posesión como Presidente; la proclama de que él era el jefe de todas las funciones del Estado, y la de que le metería la mano a la Justicia, como en efecto lo hizo. Y para no perder la costumbre del cinismo, recientemente uno de los que fueron sus ministros, acusado de peculado, fugó al extranjero para no enfrentar a la justicia, y desde ahí, él mismo se dio el lujo de dar la noticia de que lo había hecho. En fin, los ejemplos de tal maridaje podrían alargarse al infinito.

¿Cuáles son los denominadores comunes en este extravagante popurrí de situaciones aparentemente disímiles? La degradación ética y moral claro está, pero también el cinismo. No el cinismo de la escuela filosófica fundada por Antístenes, sino ese extravío moral que, como se ve, ha hundido sus raíces en todas partes. La desvergüenza de la que se hace gala al practicar acciones repudiables, eso es cinismo, según la Real Academia Española de la Lengua. Es una actitud ante la vida que lleva hacia una mayor degradación moral de la que ya existe; que hace tabla rasa de los más caros principios morales; que pretende que se reconozca status de normalidad y de legalidad a más y más prácticas inmorales; una actitud que, en ocasiones disfrazada de pragmatismo, encubre una rendición incondicional ante el mal.

Lo diabólico del cinismo es que con él se contribuye a que en el futuro haya mayores niveles de maldad y de inmoralidad, pues lo que hace es inducir a que la sociedad las tolere más y más; a considerar al mal como algo normal. Si el pecador ya no siente remordimiento por su pecado, si ya no se sonroja al admitir que lo practica, sino que más bien siente orgullo por ello, lo lógico es que también se sienta tentado a practicarlo con más “confianza”, sin ocultarlo sino más bien exhibiéndolo.

Si pone atención a las manifestaciones cínicas de nuestro diario convivir, podrá constatar, estimado lector, cómo esas conductas van ganando terreno en todas partes; cómo, con el mayor desparpajo, se justifica lo injustificable y se desprecia la decencia. Y claro, el cinismo suele ser la actitud a la que se llega luego de practicar otra conducta reprobable: la hipocresía, cuyo tratamiento no estaba previsto para este artículo.

En resumen, la degradación moral y ética ha existido desde siempre, pero en los últimos tiempos parece haber acelerado el paso. La persistencia de la memoria nos alerta sobre tan sombría circunstancia, estimulada por la alfombra de bienvenida que, con no poco cinismo, ciertos espacios de la sociedad le ponen por delante. Pero aun así debemos ser optimistas y no cejar nunca en nuestra búsqueda de la verdad y la justicia, considerando que, gracias a Dios, estas virtudes tienen su propia fuerza, y de nosotros depende que prevalezcan.

 

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