El conocimiento inútil

Temas de hoy, temas de siempre.

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

Artículo de octubre 2018

El filósofo y periodista francés Jean-Francois Revel (1924-2006) escribió en 1988 el fascinante ensayo político cuyo título encabeza el presente artículo, ensayo que fue publicado en español un año después por Editorial Planeta. Según mi interpretación, su idea-fuerza es la siguiente: el ser humano se siente naturalmente inclinado a profesar alguna ideología que satisfaga su necesidad de una visión global del mundo. No tener una ideología sería resignarse a tener solo explicaciones fraccionadas del mundo que le rodea, y eso le resulta insuficiente. Es por eso que los hombres crean o adhieren a, ideologías. Empero, su militancia con su ideología llega a ser tan fuerte, que a menudo a ella supedita la búsqueda de la verdad, de modo que no es la verdad la que prevalece sobre su ideología sino exactamente lo contrario.

La enorme cantidad y variedad de información disponible en el mundo actual -continúa la idea fuerza del autor- vale solo en tanto y en cuanto se adecúe o respalde la ideología escogida; el resto se pasa por alto, se lo deforma, se lo escamotea, se lo transforma en conocimiento inútil. Con una documentación demoledora el autor muestra cómo muchos periodistas, intelectuales, maestros, y por supuesto muchos políticos, subordinan la verdad a su ideología. Este modelo deformador de la verdad es evidente en el campo político y social. En el campo de las ciencias experimentales la situación es diferente por la naturaleza misma de las materias estudiadas, no porque los investigadores científicos sean incapaces de supeditar la búsqueda de la verdad a su ideología, pues algunos sí lo son; lo que pasa es que la naturaleza de la esfera en la que se mueven, se los impide, o al menos los desestimula a hacerlo.

Teniendo en cuenta estas opiniones previas cabría ahora hacernos estas preguntas: ¿sigue habiendo conocimiento inútil?; ¿aún se escamotea la verdad o se la deforma para ponerla al servicio de la ideología? Lamentablemente las respuestas siguen siendo sí. Para demostrarlo bastaría considerar un par de ejemplos relevantes: el Socialismo del Siglo XXI latinoamericano, en lo político, y la destrucción de nuestra casa común, en lo ambiental.

El Socialismo del Siglo XXI se expresa en las dictaduras que de manera embozada han surgido en los últimos años en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Se trata de regímenes autoritarios que repiten graves errores del pasado pese a las negativas experiencias ya vividas anteriormente. Y pese al conocimiento de las incontrovertibles ventajas de la democracia, como son las derivadas de la soberanía de la voluntad popular, del imperio de la ley, de la división de poderes y del respeto a los derechos humanos, esas dictaduras, disfrazadas de legalidad y legitimidad, concentraron el poder en torno a líderes populistas y sus grupos, sometiendo al imperio de su voluntad todas las funciones del Estado, lo cual devino en atropellos a las libertades y a los derechos humanos; anulación del pluralismo ideológico; abolición de la alternancia política; manipulación de los procesos electorales; violación de las Constituciones; elusión de la rendición de cuentas; y, por si le faltaran pulgas al perro, una corrupción rampante que corroe las entrañas mismas de la organización social.

En su libro “Dictaduras del Siglo XXI”, Oswaldo Hurtado, ex presidente del Ecuador, analiza en detalle el accionar de estas dictaduras. Al empezar su obra registra esta cita textual, imposible de olvidar, del entonces Presidente Rafael Correa, un sátrapa que gobernó al Ecuador del 2007 al 2017 bajo la égida del Socialismo del Siglo XXI: “… el Presidente de la República, escúchenme bien, no es solo el jefe del poder ejecutivo, es jefe de todo el Estado ecuatoriano”; un descarado rechazo a la independencia de las funciones del Estado, a la Constitución y a las leyes. Sus secuaces no tardaron en apoyarlo diciendo, con el mismo descaro y cinismo, que los poderes del Estado eran solo funciones del poder Ejecutivo. Me apoyo en el libro de Hurtado para destacar el caso de Correa porque es representativo de lo que ha ocurrido con las otras dictaduras del Siglo XXI, siempre disfrazadas de constitucionalidad.

Hurtado destaca los “logros” de tan siniestro personaje: amedrentó a los medios de comunicación; pisoteó la libertad de expresión; atosigó hasta la saturación al pueblo ecuatoriano con propaganda de corte fascista al estilo de Joseph Goebbels; en su gobierno se entronizó una corrupción alucinante, como lo demuestran las investigaciones que se iniciaron después de su salida del poder, forzada por sus propios errores. Mención especial amerita su uso del poder para tratar de enriquecerse personalmente, como lo ilustra la descomunal indemnización de 80 millones de dólares que exigió a un periodista y al diario en que escribía, por el supuesto daño moral que dizque le había ocasionado un artículo de opinión del periodista, indemnización que de haberse concretado lo habría convertido en multimillonario de la noche a la mañana. En suma, ultrajó a la democracia hasta el infinito, y como telón de fondo, una total y absoluta falta de transparencia en las acciones de su gobierno, y el subsecuente tsunami de corrupción.

¿Dónde está la conexión de estas dictaduras con el conocimiento inútil? En el hecho de que quienes auparon en el poder a estos malandrines, y luego los respaldaron incondicionalmente, repitieron los graves errores del pasado europeo, pese al conocimiento que se tenía de sus consecuencias. Hurtado lo dice claramente: el modelo seguido por estos dictadores disfrazados de demócratas, de arremeter contra las instituciones democráticas una vez instalados en el poder, no fue invento de Hugo Chávez y sus imitadores, sino que se remonta a Hitler y Mussolini en el siglo XX. Y así como de nada sirvió la experiencia europea, de nada tampoco sirvieron las experiencias vividas durante las dictaduras sufridas por varios países latinoamericanos en la década de los setenta, como Chile, Argentina y Brasil, con sus secuelas de prisiones, ejecuciones y exilios.

El otro ejemplo de la inutilidad a la que se condena al conocimiento adquirido por la sociedad, cuando no conviene a las ideologías y a los intereses creados, es lo que está ocurriendo con el entendimiento y manejo de los mayores problemas que enfrenta la raza humana: el crecimiento poblacional, el problema ambiental, la corrupción, las adicciones y la violencia.

En el caso del crecimiento poblacional, definido no solo por su ritmo de crecimiento sino también por la carga poblacional en términos de cifras absolutas[1], actuamos como si no supiéramos que nuestras fuentes de recursos naturales son finitas, como lo proclama la propia esfericidad del planeta. Por supuesto que la ciencia y la tecnología estiran la productividad de esos recursos, pero bien sabemos que tal estiramiento no puede ser infinito. Fincar nuestras esperanzas en la posibilidad de colonizar otros mundos con recursos para nuestra vida, sería un salto al vacío. El libro de Génesis da cuenta de nuestra obligación de cuidar el jardín[2], el nuestro, porque ¿qué sentido tendría salir a buscar otros jardines si al mismo tiempo destruimos el nuestro?

Sobre el problema ambiental, estrechamente relacionado con el anterior, hay informes de Naciones Unidas que concluyen que las actividades humanas son las principales causantes del cambio climático, el mismo que hacia fines del presente siglo supondría, si no se toman medidas eficaces a nivel planetario, un calentamiento global de hasta 2.5 grados sobre el nivel preindustrial. Por ello el Acuerdo de París (2016) fijó como meta que para esas fechas tal crecimiento se ubique, más bien, por debajo de los 2 grados centígrados. Lamentablemente no faltan aquellos que desinforman a la gente acerca del tema ambiental, incluso sosteniendo que el cambio climático no existe. Al Gore denunció que hay científicos que “… están recibiendo dinero de las empresas del carbón y el petróleo a cambio de estar dispuestos a decir que el calentamiento global no existe” y que ciertos individuos, financiados por Exxon Mobil, ofrecieron “… diez mil dólares por cada pseudo estudio o artículo que cuestionase los descubrimientos de la comunidad científica” [3]. Conocimiento inútil, por causa de los intereses creados, sobre lo que le está sucediendo a nuestro planeta.

Mucha gente se hace de la vista gorda frente a la corrupción, vasta, desbocada y global, pese a saberse que existe muy extendida, y que corroe las entrañas de la organización social. Esa actitud lleva a ciertas sociedades a estirar sus márgenes de tolerancia a la corrupción; a aceptar conductas corruptas a cambio de que se hagan obras de interés público. Según Latino-barómetro 2016, corporación de derecho privado, casi el 40% de los consultados ese año sobre si aceptan la corrupción de los gobiernos si éstos solucionan otros problemas de sus respectivos países, respondieron que sí, e incluso, en varios países centroamericanos y del Caribe, el sí, con niveles superiores al 50%, superaba largamente al promedio regional. Conocimiento inútil, por razones “prácticas”, de los efectos corrosivos de la corrupción.

Las adicciones, que constituyen otro gran problema del mundo contemporáneo, son aficiones desmedidas, recurrentes y compulsivas al consumo de ciertas sustancias (adicción a sustancias), así como a las prácticas, igualmente recurrentes y compulsivas, de conductas no necesariamente relacionadas con el uso o consumo de sustancias (adicción conductual). Los diagnósticos que se hacen respecto a las causas de las adicciones suelen ser excesivamente reduccionistas: en el caso de la adicción a substancias a menudo reducen el análisis a solo factores materiales, generalmente de base neurobiológica; y en el caso de la adicción conductual, a factores sociales que afectan a gente común y corriente, a la que se considera simplemente enferma, con lo cual se sustituye el juicio moral por el diagnóstico médico. En esta forma los diagnósticos minimizan o abiertamente pasan por alto algo que se conoce desde siempre: la importancia de lo moral y volitivo en la lucha contra las adicciones.

Por último, el problema de la violencia, especialmente la que se origina en el poder político, en lo ideológico-religioso y en la delincuencia. En todo caso, el denominador común a todo tipo de violencia es la irracionalidad, pues siempre busca obtener algo por la fuerza, la violencia y el terror, no por razonamiento. Con toda la carga de experiencia que conlleva el haber pasado por dos guerras mundiales y tantas otras locales, los seres humanos aún jugamos al armamentismo irresponsable y a someter al adversario por la fuerza. El ejemplo más reciente fue el enfrentamiento verbal entre Donald Trump y Kim Jong-un, dictador de Corea del Norte, quien amenazó con atacar a Estados Unidos con proyectiles nucleares de largo alcance, y de Donald Trump, presidente de éste último, quien le respondió con desmesura al afirmar que, de ser atacado su país o sus aliados, destruiría totalmente a Corea del Norte. Fue un enfrentamiento que bien pudo habérseles salido de las manos, provocando una nueva hecatombe mundial, lo que felizmente no ocurrió.

En resumen, y respondiendo a las preguntas iniciales de este artículo: no hay duda que aún hay conocimiento inútil; que aún se escamotea la verdad, o se la deforma para ponerla al servicio de las ideologías y de los intereses creados, cualesquiera que ellos sean. Mario Vargas Llosa, en su reciente obra “La Llamada de la Tribu” se refiere a este problema, como parte de sus comentarios al libro ya comentado de Revel (La conaissance inutile). Según el Nobel peruano, la tesis de Revel se puede resumir así: no es la verdad sino la mentira la fuerza que mueve a las sociedades de nuestro tiempo… “El prodigioso desarrollo del conocimiento y de la información que está al alcance de aquellos que quieran darse el trabajo de aprovecharla, no ha impedido que quienes organizan la vida de los demás y orientan la marcha de la sociedad sigan cometiendo los mismos errores y provocando las mismas catástrofes, porque sus decisiones continúan siendo dictadas por el prejuicio, la pasión o el instinto antes que por la razón, como en los tiempos que (con una buena dosis de cinismo) nos atrevemos todavía a llamar <bárbaros>”. Lúcido resumen de lo que quise transmitir en este artículo.

[1] Aunque la tasa de crecimiento poblacional del mundo ha disminuido en los últimos 50 años, la carga poblacional ha seguido creciendo a ritmo rápido: de 3.000 millones de seres humanos en 1970 a 7.500 millones en la actualidad (2018).

[2] Génesis 2:15

[3] Al Gore, “El Ataque Contra la Razón”, 2007 (cap. La Crisis del Carbono)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *