EVOLUCIÓN INEXPLICABLE

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EVOLUCIÓN INEXPLICABLE

Artículo de octubre 2019

Categoría: filosofía

 

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

Empiezo este artículo poniéndome en el papel de Perogrullo para declarar solemnemente que lo inexplicable es aquello que no se puede explicar. Según la RAE (Real Academia Española), el que algo no se pueda explicar significa que no se puede “Dar a conocer la causa o motivo de algo”. Traigo esto a colación porque el meollo de la visión evolucionista extensa, es decir, de aquella que se proyecta no solo sobre lo biológico sino sobre muchos otros campos, es el de la espontaneidad, poniendo así a ésta como explicación suficiente de lo inexplicable.

Espontaneidad es lo que hay en la casualidad, el desorden y el azar, bajo cuyo imperio se inicia la vida por abiogénesis (vida a partir de materia inanimada). Espontaneidad es lo que hay en la desintegración de las moléculas primitivas y en el reagrupamiento de sus fragmentos para formar moléculas auto replicantes. Espontaneidad es lo que hay en la formación de las células eucariotas (con núcleo) y de su ADN, y sobre todo en el funcionamiento de este último. Y por supuesto, espontaneidad es lo que hay en el origen darwiniano de las especies. Todo esto según el evolucionismo.

Y si pasamos de lo biológico a la formación y funcionamiento del cosmos a partir del big bang, desde la visión evolucionista extensa, encontramos que también la espontaneidad es lo que se aduce para explicar los procesos cósmicos. Espontaneidad es de lo que se echa mano para explicar esa súbita expansión de la singularidad que, según dicen los físicos, creó no solo lo material sino también el tiempo y el espacio. Espontaneidad es a lo que también se recurre para explicar la presencia universal de la gravedad, esa fuerza misteriosa que se resiste a ser explicada pero que tantas cosas explica. Pero ocurre que la espontaneidad, tan enraizada en la corriente evolucionista, extensa o no, es solo una idea que soslaya el tema de fondo: el de las causas y sus efectos.

Es hora entonces de volver sobre el tema de la causalidad, pero no de una causalidad cualquiera, no de la causa que prima facie es observable en los fenómenos, sino de la causalidad profunda, la causalidad primordial, la que está al principio de toda cadena de causas y efectos. Obviamente que para quienes han hecho de la evolución el eje central de su pensamiento existencial, el tema les resulta inoficioso, pues para ellos los procesos  evolutivos son por definición -naturalmente- espontáneos, por lo que preguntar por las causas profundas les parece un sinsentido. Pero he aquí que la idea general de espontaneidad es en gran medida vulnerable ante el avance de la propia ciencia, vista la rica experiencia de ésta respeto a fenómenos que inicialmente aparentaban ser espontáneos pero que después se descubrió que tenían causas concretas bien definidas, como en el ejemplo que pongo más adelante.

Dicho esto debo ahora señalar que hay dos casos diferentes respecto a la posibilidad de explicar científicamente las causas de los fenómenos. Un primer caso es el de aquellos fenómenos para los cuales la ciencia ya ha explicado y demostrado sus causas, así como aquellos otros para los cuales presumiblemente es solo cuestión de tiempo para que la ciencia logre explicar sus causas. Fue solo cuestión de tiempo, por ejemplo, echar por tierra la Teoría de la Generación Espontánea, aceptada desde Aristóteles, según la cual la vida podía brotar espontáneamente de materiales orgánicos en descomposición, como: gusanos, de la carne podrida; ranas, del lodo; moscas, de las frutas podridas; etc., hasta que Louis Pasteur demostró, a mediados del siglo 19, la imposibilidad de la generación espontánea o autogénesis, en razón de que siempre hay algo en los materiales orgánicos en descomposición que es la causa de la emergencia de la vida (huevecillos depositados por insectos vivos, por ejemplo).

Pero hay un segundo caso, mucho más complejo, con respecto a la posibilidad de explicar científicamente las causas últimas de los fenómenos. Se trata del caso relativo a fenómenos para los cuales solo cabe preguntarnos si algún día la ciencia será capaz de descubrir sus causas primordiales. ¿Será capaz de descubrir qué fuerza fue la que les confirió el carácter de auto replicantes a las moléculas resultantes del reagrupamiento de los fragmentos de las primeras moléculas simples que habían en la atmósfera primitiva? ¿Será capaz de descubrir qué fue lo que motorizó y direccionó el accionar de esas moléculas auto replicantes de nuestro lejano pasado para crear las células, y a éstas para crear organismos más complejos? ¿Será capaz de encontrar evidencia empírica que explique qué es lo que impulsa y direcciona el trabajo de las máquinas moleculares del ADN que replican información, y luego la almacenan y la transportan? ¿Será capaz de encontrar una explicación científica verificable respecto a qué es lo que dio origen a la singularidad original y luego a la dinámica cósmica del big bang? ¿Será capaz de explicar científicamente qué había antes del big bang? ¿Serán los científicos del futuro capaces de entender todos estos misterios, o será que “por más que miren no vean y por más que oigan no entiendan”?[1]

Más aún, aunque se ofreciere explicaciones científicas sobre todo esto, no habría seguridad de que respondan a la verdad, a la inextricable y profunda verdad, sobre tan arcanos y escurridizos temas, dado que frecuentemente los conocimientos científicos resultan provisionales cuando surgen nuevos conocimientos que los desmienten.

La ausencia de explicación científica sobre las causas primigenias se puede apreciar aún más claramente cuando se considera la secuencia de los procesos evolutivos biológicos básicos en su conjunto, los mismos que según la teoría de la evolución dieron por resultado la vida tal como la conocemos hoy, para luego preguntar cuál fue la causa primordial que desencadenó esa secuencia, la impulsó y la direccionó. Para ello hay que partir de algún punto procesal inicial que supondré es la abiogénesis molecular, aunque claro, uno podría ubicarlo mucho más atrás, por ejemplo, en el primer agrupamiento de átomos para formar moléculas. Describo a continuación la secuencia seguida por ese conjunto de procesos evolutivos biológicos básicos, aunque de manera extremadamente simplificada, basándome en lo que el propio evolucionismo naturalista sostiene.

  1. Los relámpagos y la luz solar ultravioleta descompusieron en fragmentos las moléculas simples existentes en la atmósfera terrestre primitiva.
  2. Los fragmentos se recombinaron formando nuevas y más complejas moléculas con capacidad para auto replicarse. (¿Qué los empujó a hacerlo? ¿Qué fue lo que les dio esa capacidad?)
  3. Grupos de las nuevas moléculas se unieron para formar células también dotadas de capacidad de auto replicarse. Las células resultaron ser organismos vivos muy complejos, similares a fábricas. Las células vegetales se encargaron de la fotosíntesis, esto es, de la conversión de la luz solar, el agua y el dióxido de carbono en hidratos de carbono y oxígeno; las de la sangre combinaron el alimento con el oxígeno para producir energía.
  4. Aparece el ácido desoxiribonucleico (ADN) en el núcleo de las células, formado por dos hebras enrolladas una alrededor de la otra y unidas por pares de compuestos químicos básicos (nucleótidos).
  5. Se forman agrupaciones (genes) de nucleótidos que contienen las instrucciones químicas codificadas necesarias nada menos que para la construcción y funcionamiento de un organismo vivo.
  6. Máquinas moleculares (enzimas) se desplazan a lo largo del ADN desdoblándolo en dos, duplicando su contenido. Esta replicación se complementa con la transmisión de información que hace otro ácido nucleico, el ARN mensajero, en respuesta a señales químicas procedentes del exterior del núcleo.
  7. Plantas unicelulares se unieron en grupos para producir los primeros organismos pluricelulares. Después las plantas realizaron una tarea monumental: modificaron la composición de la atmósfera volviéndola amigable para la vida animal.
  8. Durante un período de aproximadamente 50 millones de años (cámbrico) se produce una gran proliferación de nuevas formas de vida, dejando atrás la era de las algas microscópicas que habían dominado el escenario de la vida durante muchos millones de años.
  9. La vida vegetal de los mares colonizó tierra firme apareciendo entonces una gran variedad de animales terrestres, hasta que hace solo unos pocos millones de años apareció el hombre.

Es de todo este conjunto de procesos biológicos, y de cada una de sus fases, de lo que se dice que fue espontáneo. Quienes han hecho de la evolución el eje central de su pensamiento se esmeran en explicar sus mecanismos, y en tratándose del evolucionismo extenso, no solo sus mecanismos sino también sus ámbitos de aplicación, ámbitos que, en conjunto lo abarcarían todo, no solo lo biológico. En cambio, los que se oponen a la evolución lo hacen con argumentos fragmentarios, como el de la teoría de la complejidad irreducible que cuestiona la evolución biológica aduciendo que ciertos organismos son tan complejos que no pueden haber evolucionado a partir de otros más simples.

Sobre eso discuten tirios y troyanos, sobre aspectos periféricos de la evolución, no sobre lo fundamental, que en el campo biológico es esto: ¿cuáles son sus causas últimas, sus causas primordiales, digo mejor, su causa primordial?, ¿qué es lo que motoriza y direcciona la evolución?, Por ejemplo, ¿qué es lo que origina, explica y direcciona la adaptación misma (no simplemente los mecanismos de la adaptación) de los picos de los pinzones de las islas Galápagos para adaptarse a las condiciones específicas de las islas en que habitan? Eso fue consecuencia de la ley de la selección natural, responde el evolucionismo. Cierto, pero eso es quedarse a medio camino, porque ¿qué determina que tal ley exista?, ¿qué la impulsa y direcciona? Esto dicho de la evolución meramente adaptativa, por ejemplo, la de los picos de los pinzones. Y ni qué decir de la otra evolución mucho más estructural, más abarcante, ya no solo adaptativa, que según el evolucionismo parte de la materia inerte (abiogénesis) para crear las especies, incluyendo al hombre, o para decirlo en palabras de Carl Sagan: “Una evolución cósmica de quince mil millones de años que ha transformado la materia en vida y consciencia”[2]

Resulta absolutamente lógico que cuando las explicaciones científicas verificables sobre las causas últimas no son encontradas, ni hay visos de que en un futuro previsible lo sean, la mente humana opte por buscarlas en el plano sobrenatural, un plano en el cual las cosas no pueden verificarse usando el método científico. Creo que la ciencia nunca podrá probar, mediante métodos experimentales, tema tan arcano como el de qué había antes del big bang, por ejemplo. Deberemos entonces orientar nuestra atención a lo sobrenatural. Ahora bien, buscar las respuestas en el plano sobrenatural inevitablemente nos empuja hacia el tema de la existencia de Dios, la Causa (aquí sí con mayúscula) primordial, tema que, a su vez, nos obliga a enfilar la atención hacia muy diferentes campos, ya no solo sobre el biológico, con lo cual surge otra perspectiva, la de considerar acumulativamente los numerosos y variados indicios que hay sobre la existencia de Dios en muy diferentes campos, como el ontológico, el cosmológico y el teleológico, todos ellos basados en la razón y la observación de la naturaleza, incluyendo los sólidos argumentos de Tomás de Aquino.

Este proceso reflexivo que va de lo natural a lo sobrenatural, y que me parece inescapable, nos lleva siempre al desafío existencial-individual de tener que decidir si aceptamos o no en nuestro fuero interno la existencia de Dios, la cual se presenta como única forma de explicar lo inexplicable. Hacerlo en base a la espontaneidad es contentarse con una explicación del tipo “así pasa cuando sucede”, otra vez a lo Perogrullo. ¿Pero es que acaso por sí solo el caos puede producir orden, y el azar certezas?, ¿es que acaso el rumbo hacia la complejidad no conduce más bien a la entropía en vez de al orden? Lo cierto es que en los procesos evolutivos biológicos antes resumidos hay fuerza y dirección: siempre hacia adelante y hacia algo, lo cual hace que tales procesos no se detengan ni se desvíen; es como un viento a favor, fuerte y definido, que provee empuje y dirección a la nave de la vida.

Desde luego, la fe, que para muchos surge al sumergirse en ese proceso que va de lo natural a lo sobrenatural, o fuera de él para muchos más, es un atajo en la búsqueda de la verdad, que cuando no se aparta de la racionalidad tiene su propio valor, y no cabe subestimarlo.

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[1] Marcos: 4-12

[2] Carl Sagan, “Cosmos”

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