EVOLUCIÓN Y CREACIÓN

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Artículo de febrero 2019

 

EVOLUCIÓN Y CREACIÓN.

Una tercera posición.

Existen dos grandes corrientes de pensamiento respecto a cómo apareció el ser humano sobre la faz de la Tierra: el evolucionismo y el creacionismo. El evolucionismo excluye toda idea de un Creador, pues cree que, más bien, la realidad que percibimos, incluidos nosotros mismos, es producto de procesos evolutivos naturales, espontáneos y azarosos, sin intervención alguna de fuerzas diferentes a las que provienen de la propia naturaleza. Su posición es pues absolutamente atea.

Con respecto a la vida en la Tierra, la línea de tiempo sobre la que el evolucionismo proyecta sus convicciones va de “punta a punta”, por decirlo de alguna manera, esto es, desde la abiogénesis (origen de la vida a partir de materia inanimada) hasta la vida consciente que conocemos hoy en día. El subtítulo del libro “Cosmos” de Carl Sagan[1], que reza: “Una evolución cósmica de quince mil millones de años que ha transformado la materia en vida y consciencia”, retrata muy bien esta corriente de pensamiento, más allá de que su línea de tiempo se remonte al mismísimo big bang.

El creacionismo, en cambio, se basa en la idea de un Creador, y por lo tanto en algo sobre-natural, como lo es una intervención divina, de modo que resulta claramente contrapuesto al evolucionismo. Su línea de tiempo sobre la que proyecta sus convicciones también va de “punta a punta”, y no solo respecto a la aparición y desarrollo de la vida, sino al origen mismo del cosmos. Dentro de este gran marco de referencia creacional, el libro del Génesis sitúa en los dos últimos “días” de la creación, a la creación “según sus géneros” de toda suerte de animales, siendo en uno de esos dos días cuando Dios lleva a cabo un acto de creación ad-hoc del género hombre.

Aunque suene irónico, en “El Origen de las Especies” [2] encontramos un texto extrañamente similar al bíblico “según sus géneros”. En efecto, ahí Darwin explica que “los animales descienden a lo sumo, de solo cuatro o cinco progenitores, y las plantas, de un número igual o menor”, para luego agregar que cuando su teoría sobre el origen de las especies sea generalmente aceptada, las clasificaciones de las especies llegarán a ser genealógicas hasta donde puedan hacerse de ese modo (hasta los 4 o 5 progenitores), “y entonces expresarán verdaderamente lo que puede llamarse el plan de creación”. Claro que después, al volverse agnóstico, “plan de creación”, que implica la existencia de un Creador, pasó a ser una expresión obsoleta en la biografía de Darwin, pero quizás lo mismo no podría decirse de su creencia sobre la existencia de solo “cuatro o cinco progenitores”, pues a este respecto no dijo haber cambiado de opinión.

El libro de Génesis puntualiza y repite una y otra vez, que la creación de animales y vegetales fue hecha según sus géneros. ¿No hay un gran parecido entre lo dicho por Génesis y la afirmación darwiniana de que todos los animales derivan de solo unos cuatro o cinco progenitores, y los vegetales de otros tantos, afirmación de la que no renegó expresamente pese a volverse agnóstico? Creación según sus géneros y derivación de cuatro o cinco progenitores, ¿no son, en el fondo, conceptos altamente similares? El número exacto de los mismos, cuatro o cinco, cuarenta o cincuenta, ¿no es al fin y al cabo algo más bien complementario? ¿No será que la creación de los seres vivos fue hecha, como dice la Biblia, según sus géneros, sin perjuicio de que los animales y plantas así creados, cuatro o cinco, cuarenta o cincuenta, estuvieran sujetos a procesos de adaptación, modificación, diferenciación y selección? Son preguntas que necesariamente surgen de la comparación entre el texto bíblico y “El Origen de las Especies”, respecto a las cuales no hay respuestas satisfactorias y claras, salvo las que se fundamentan en la fe. Desde luego, todo lo anterior es solo un preámbulo pertinente para abordar el tema de la variante, o tercera posición a la que se refiere el subtítulo de este artículo.

Parecería que luego de las consideraciones que sobre el evolucionismo y el creacionismo ortodoxos suelen hacerse, la conclusión lógica debería ser la de que son incompatibles entre sí. Y claro que lo son, pero tal vez no entre aquello de “según sus géneros” y “cuatro o cinco progenitores”, más allá de que Darwin, ya agnóstico, haya mantenido o no su criterio sobre dichos progenitores. Ahora bien, el asunto se vuelve aún más interesante y complejo dado que al creacionismo le ha nacido una variante que si bien no elimina la incompatibilidad creacionista-evolucionista, sí parece atemperarla. Y esa variante aparentemente es defendida por la religión católica, como se verá a continuación.

El razonamiento de la Iglesia católica se resumiría diciendo que Dios creó la materia primordial, la cual evolucionó hasta dar lugar al aparecimiento de todos los seres vivos, incluido el hombre en cuanto ser físico, luego de lo cual infundió en éste una dimensión espiritual que la mera evolución no le había dado. Desde luego esta variante no supone un “punto de partida” de cuatro o cinco progenitores, a partir del cual empieza a funcionar la evolución adaptativa, sino uno más remoto: la abiogénesis (conversión de materia inorgánica en vida). Así, la Iglesia habría aceptado la evolución física de la vida en toda su amplitud concebible, desde la materia primordial hasta el hombre; lo que no habría aceptado es que la parte espiritual del ser humano también haya sido producto del proceso evolutivo natural. ¿Pero realmente la iglesia católica ha aceptado todo esto? Veamos.

En su mensaje a la asamblea plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias (1996), el entonces Papa Juan Pablo II, luego de expresar su satisfacción por el hecho de que el origen de la vida y de la evolución hubiese sido el tema elegido por la asamblea para sus debates, expuso importantes criterios sobre este tema, que los recojo a continuación por tener estrecha relación con el presente artículo.

Recordó que su antecesor, Pío XII, en su encíclica Humani Generis (1950), ya había dicho que no había oposición entre la teoría de la evolución y la fe. El evolucionismo, habría dicho Pío XII, es una hipótesis seria, al igual que su opuesta. Luego Juan Pablo II anota que los nuevos conocimientos llevan a pensar que más que una hipótesis, la evolución es una teoría, aunque -agrega- habría que hablar de teorías evolucionistas, así en plural, debido a la diversidad de las explicaciones que se han propuesto sobre el mecanismo de la evolución. También dice que Pío XII ya había manifestado que el cuerpo humano “tiene su origen en la materia viva que existe antes que él, pero el alma humana es creada inmediatamente por Dios”. Algo así como instilar espíritu en el cuerpo humano, me parece. Al respecto también debo relievar lo que todo esto implica: que el cerebro hace posible la formación de los pensamientos y los sentimientos, pero que es el espíritu que fue instilado en el hombre el responsable de la calidad y de la administración de los mismos. En últimas, esta tercera posición también se basa en la idea de la existencia de Dios, quien se vale de la evolución como instrumento complementario para su magna obra creativa. El elemento decisivo que distingue a la variante sería entonces que mientras el creacionismo ortodoxo cree en la creación divina directa de las dimensiones física y espiritual del ser humano, su variante aceptaría que su dimensión física pudo haber sido creada de manera indirecta, a través de la evolución, no así la espiritual que habría sido producto de una intervención directa de Dios.

La idea de que la evolución pudiera ser responsable de la fisicidad del ser humano, no así de su espiritualidad, pudiera lucir como una solución sincrética, esto es, una combinación de teorías, criterios y actitudes diferentes, sin coherencia sustancial; como una solución inspirada en el preconcebido afán de acerca dos posiciones que, a pesar de ser creacionistas (creación directa la una, e indirecta la otra), son disímiles. De ser así, tal solución no sería seria y no merecería ser tomada en cuenta. Pero el caso es que el acercamiento de la posición creacionista al evolucionismo no parece haber sido el objetivo perseguido, sino el resultado de una confrontación ciencia-revelación, que sugiere que la evolución de los seres vivos es real, aunque no con el alcance que el evolucionismo ortodoxo le pretende dar.

Pero volvamos a Juan Pablo II. Sostiene que las teorías de la evolución que consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva son incompatibles con la verdad sobre el hombre. ¿Por qué? Porque el paso de lo material a lo espiritual (“salto ontológico” lo llamó) no es objeto de una observación que pueda describir y medir las múltiples manifestaciones de la vida, y sin embargo, en ese paso se puede descubrir “una serie de signos muy valiosos de carácter específico del ser humano”.

En resumen, hay dos posiciones básicas respecto al aparecimiento del hombre sobre la Tierra: el evolucionismo y el creacionismo, aunque este último con una variante que morigera, no elimina, la incompatibilidad entre esas dos posiciones, y que constituye la tercera posición a la que se refiere este artículo. Y por cierto el debate evolución-creación también podría tener otro ingrediente: el de considerar a la creación directa de los “géneros”, o especies, o cualquier otra categorización de los seres vivos, como punto de partida de la evolución adaptativa, ingrediente sustentado en la fe.

Y pese a sus diferencias, tanto el creacionismo ortodoxo como su variante (o variantes) conllevan la idea de que el hombre fue creado por Dios, más allá de la manera como lo haya hecho. Es que tanto si el hombre es producto de un acto ad-hoc de creación directa e integral (física-espiritual), cuanto si fue producto de dos instancias diferentes, una física y otra espiritual, con tiempo indefinido de por medio, lo cierto es que en ambas hay el reconocimiento de una Voluntad Cósmica, omnisciente y creadora, que así lo dispuso.

[1] Astrónomo y divulgador científico estadounidense (1934 – 1996)

[2] Charles Darwin, 1859

 

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