FUNDAMENTOS DE LA ÉTICA

En este artículo se comenta el debate epistolar sobre ética en el fin del milenio que tuvo lugar en 1995 entre el filósofo y novelista Umberto Eco y el Arzobispo de Milán Carlo María Martini. El primero enfatiza sobre el proceso de formación de la ética, en tanto que el segundo lo hace sobre los fundamentos éticos en sí mismos. Al final del comentario se cambia el enfoque de fundamentos dado por los dos personajes, por el de referentes, con lo cual se aterriza en el magisterio ético de Jesús de Nazaret.

Temas de hoy, temas de siempre

Artículo de mayo 2019

Categoría: resúmenes y comentarios de libros

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En marzo de 1995 se dio inicio a un sustancioso diálogo entre el filósofo y novelista italiano Umberto Eco (1932-2016) y el Arzobispo de Milán, Carlo María Martini (1927-2012), sobre la ética en el fin del milenio. El diálogo, que se llevó a cabo mediante epístolas trimestrales entre los dos personajes, fue comentado por seis personas más, escogidas para esa tarea. El diálogo y los comentarios fueron recogidos en el libro “En qué creen los que no creen” (editorial Planeta, 1998). El presente artículo comenta sobre los fundamentos de la ética, uno de los dos temas centrales del diálogo (el otro fue sobre el Apocalipsis).

En el fondo las posturas de Eco, auto definido como religioso laico, y Martini, príncipe de la iglesia católica, no son excluyentes, y más bien parecen coincidir, solo que el primero destaca el proceso de formación de los valores éticos, en tanto que el segundo lo hace respecto a los fundamentos éticos en sí mismos.

“La dimensión ética comienza cuando entran en escena los demás”, así resume Eco su pensamiento, denominando luego “ética natural” a una ética laica que solo en presencia ajena “permite intuir que tenemos alma”. El reconocimiento del papel de los demás, agrega, es el producto de un crecimiento milenario, dejando entrever así una visión evolucionista trasplantada al campo de la ética.

Ciertamente no se entendería la ética sin la otredad, es decir, sin los otros, pero eso no es suficiente para explicar la sustancia de la ética. Más aún, el propio Eco reconoce que hay “momentos excepcionales” en los que ciertas culturas aprueban toda clase de maldades debido a que restringen el concepto de la otredad a la tribu o a la etnia, considerando a los de afuera, a los “bárbaros”, como seres inhumanos. No obstante, pienso que hay motivos de sobra para considerar que los hechos malvados no se circunscriben a la restricción del concepto de otredad, sino que la realidad es mucho más variopinta, como cuando tales hechos se producen al interior del propio grupo, el de los nuestros, al punto que la flecha del proceso milenario de concienciación y desarrollo espiritual al que se refiere Eco parece más bien invertirse, apuntando a lo entrópico, al caos.

Por otro lado, si la ética nace cuando entran en escena los demás, cabría entones preguntarse cuáles son las consideraciones que toman en cuenta los seres humanos para ir formándola durante ese proceso milenario. Para Eco la consideración más importante es la necesidad de respetar los derechos de los demás, incluyendo el derecho a pensar y hablar, consideración que solo emerge cuando entran en escena los demás (“por fortuna el Edén se puebla en seguida”, dice) y agrega que incluso el mandamiento cristiano de amor será anunciado, y fatigosamente aceptado, solo cuando los tiempos estén lo suficientemente maduros. Evolucionismo ético.

Eco cierra su última epístola con conciliadoras palabras. Dice que la ética natural, que está animada por una profunda religiosidad, puede salir al encuentro de los principios de una ética fundada sobre la fe en la trascendencia, fe que no deja de reconocer que los principios naturales han sido esculpidos en nuestro corazón sobre la base de un programa de salvación.

Lo más importante del diálogo epistolar entre los dos personajes fue el concepto de “vida divina comunicada al hombre” -superior a la vida física y psicológica- “de la que todos los hombres y las mujeres son llamados a formar parte”, expuesto por Carlo María Martini. ¿Cuál es ese concepto? El arzobispo no abunda en detalles, pero tal vez no era necesario, pues se lo intuye: es el concepto de una vida que solo con la muerte del cuerpo físico se puede completar, se puede volver plena (más allá de concreciones ontológicas de esa plenitud, ya en la segunda etapa de la vida, que solo Dios conoce). Así el concepto de vida comunicada al hombre (tal vez debió haber dicho “asequible al hombre”) sería un continuo físico-espiritual.

En este punto Martini conecta su razonamiento sobre la vida comunicada al hombre con los fundamentos éticos, al preguntarse cuál sería la justificación última de los principios éticos, y responderse él mismo con una pregunta-respuesta: “¿Qué cimienta la dignidad humana sino el hecho de que todos los seres humanos estén abiertos a algo más elevado y más grande que ellos mismos?” “Estar abiertos a algo más elevado que ellos mismos”, esa es la clave de los fundamentos éticos según Martini, y marca una gran diferencia con el pensamiento de Eco.

El arzobispo complementa la idea de estar abiertos a algo más elevado que ellos mismos cuando trata sobre lo que se denomina “elección moral justa”. Se pregunta qué es lo que está implicado en una decisión justa, por ejemplo, de no decir una mentira porque está mal, sino más bien decir la verdad porque está bien. Lo que está implicado, agrega, es la idea del bien como rectitud, integridad y belleza, no como algo meramente útil. En últimas, “lo que está implicado es el sentido de la vida”, añade. Esta reflexión es, al menos parcialmente, afín a la idea de la ética natural de Eco.

Ahora bien, es de suponer que la conexión entre el concepto de vida ampliada, esto es, de vida física más cierto plus que solo Dios conoce, y los fundamentos éticos, habría de incidir profundamente en estos últimos, en el sentido de que la conexión no habría de dar por resultado una ética puramente deontológica, es decir, de lo que se debe hacer y de lo que no se debe hacer, sino en algo superior a eso, algo más proactivo, como el amor.

Martini también hace una conexión entre la ética y la verdad. La ética por sí misma es frágil, dice, y agrega: “La verdad es el remedio para esa fragilidad del bien con la que nos topamos constantemente en nuestra experiencia diaria”. Aparte de la vinculación de la ética con la verdad no aborda otros fundamentos éticos pero, otra vez, quizás no era necesario, pues están meridianamente claros en el magisterio de Jesús, y eso me lleva a la última parte de este artículo.

Si cambiamos el enfoque de “fundamentos” al de “referentes” el tema ético y moral se vuelve más comprensible, asequible y sencillo. Ahí emerge fresco y radical el referente inmerso que es el magisterio de Jesús de Nazaret, sin negar que también hay otros referentes válidos. El valor del referente de Jesús radica no solo en su contenido sino también, y acaso principalmente, en la naturaleza de quien lo expuso. En todo caso, ¿cuáles son sus rasgos básicos, aparte de esto último?

Conforme se avanza en su examen se experimenta la sensación de estar ante algo indisolublemente ligado a la verdad, y se comprende que no en vano el Maestro dijera no solo que él era el camino, la verdad y la vida, sino también que la verdad libera. Nos hace libres porque nos permite calar en lo más profundo de las relaciones interpersonales, en la mismidad de la verdad social, y eso nos libera de dogmáticas visiones de la vida relacional entre seres humanos, a las que estamos atados.

También se percibe que su ética es muy superior a la de los hombres; que se eleva por sobre las estructuras éticas humanas; que no es solo deontológica sino que abarca todo lo bueno que podamos hacer en favor del prójimo. Como lo señaló Martini: lo ético no se reduce a solo lo deontológico, sino que “su rasgo más fascinante consiste en conducir al hombre hacia una vida justa y lograda, hacia la plenitud de una libertad responsable”

Sorprende gratamente el manejo que Jesús hace del concepto de amor. Le da un enfoque ampliado, muy ampliado, que comprende no solo aquel amor que se siente espontáneamente sino también, o principalmente, aquel otro que se puede construir, más allá de que Jesús no haya utilizado esta palabra. El amor construible es pensamiento y voluntad, y está indisolublemente ligado a la verdad. Toda la sabiduría subyacente en su magisterio parece resumirse en la construcción de amor. Es que Jesús aborda el tema de las relaciones interpersonales a un nivel superior a aquel en que lo hacen los filósofos moralistas. Con todo lo fascinante que pueda ser la búsqueda de los fundamentos de la ética, lo cierto es que las enseñanzas de Jesús no solo que los contiene sino que los rebasa.

Jesús no predicó la violencia sino la paz. No dijo: “maten a los infieles” ni nada que se le parezca. Si bien el desalojo a los comerciantes del templo fue una acción física enérgica y dura, no fue ni de lejos una acción de violencia que atentase contra la integridad de aquellas personas; pareció más bien una reprimenda. El ministerio de Jesús no fue de imposición violenta ni mucho menos, sino de convencimiento y advertencia, sin llegar a extremismos conceptuales.

A propósito del desalojo de los comerciantes, la actitud de Jesús parece ser dialéctica (tema que prácticamente no fue abordado por Eco y Martini), pues considera en su real dimensión las relatividades de la realidad: la importancia de la pasividad y de lo enérgico, de lo poco y de lo mucho, de lo grande y de lo pequeño, de lo legal y de lo justo, de lo sagrado y de lo profano, de la razón y de lo que “sale del corazón”.

Pero más allá de estos rasgos generales de su ministerio, ¿dónde están los fundamentos éticos específicos, puntuales y claros de su mensaje? ¿Pero es que hace falta decirlo? Ahí, en el sermón del monte está toda la ética natural que argumentaba Eco, y en el amor, todo lo que necesitamos para mantenernos abiertos a ese algo más elevado y más grande que nosotros mismos, del que hablaba Martini.

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