EL SÍNDROME DE FUNES

Artículo de julio 2019

Categoría: Filosofía

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Jorge Luis Borges cuenta que Ireneo Funes, su personaje de “Funes el Memorioso”, sufrió un cambio asombroso luego de un accidente provocado por un indómito equino. Antes del accidente era un desmemoriado de tomo y lomo, se olvidaba de todo o de casi todo, pero después de ese percance su condición se invirtió por completo. Fue capaz de recordar sin límite alguno todas sus vivencias, todas, por muy antiguas o triviales que hubieren sido; todos sus sueños pasados; todas las formas que tenían las nubes al amanecer, las formas de las crines de un caballo; la forma de las hojas de un bosque, y la forma de cada hoja de un árbol específico; por ejemplo, era capaz de recordar las formas de las hojas de un determinado árbol de cerezo o de uno de manzanas.

Como se ve, sus recuerdos eran de gran especificidad, y no solo material sino también de tiempo. Por ejemplo, con respecto a las nubes podía recordar las formas de las nubes del amanecer del día 30 de abril de 1882; recordar con precisión el tiempo que había pasado desde la última hora, desde el último minuto o desde el último segundo, lo cual le permitía saber la hora exacta de cada momento específico sin necesidad de consultar el reloj, el sol o alguna otra referencia.

El presente le resultaba casi intolerable debido a la nitidez y riqueza de detalles y circunstancias con las que se le presentaban, y luego los recordaba. Aseguraba tener más recuerdos que todos los seres humanos habidos desde que el mundo es mundo.

Pero sus portentosas capacidades de memoria lo habían convertido en algo así como un inválido mental. Su mundo era solo el de los recuerdos de especificidades, como formas, colores, olores, tiempos, circunstancias y cualesquiera otras formas de especificidad, pero era incapaz de pensar, de tener ideas generales, de formular conceptos, de sacar conclusiones, de desarrollar pensamientos sintéticos. Por ejemplo, le costaba comprender que el término perro abarcase toda clase de perros independientemente de que se diferenciasen por raza, color, pelaje, formas y tamaños, pues él más bien recordaba a cada perro específico que había visto en su vida.

¿Y a qué viene todo esto?, ¿acaso hay similitudes entre las vivencias de Funes y las nuestras de hoy en día? Sí las hay, y no por su capacidad de recordar, sino por las especificidades de su memoriosa vida. Veamos.

Las modernas tecnologías de la información nos obligan a focalizar nuestra atención en especificidades, priorizándolas con respecto a las consideraciones generales. ¿Qué especificidades? Hasta las más nimias y comunes: enfocamos nuestra atención en los mensajes recibidos en el celular, en los e-mail, en los whatsapps, en los tweets, en los spots publicitarios, etc, y mucho menos en el tema general de la comunicación y la comprensión entre los seres humanos; en las claves de acceso para salvaguardar nuestra privacidad, y mucho menos en la honestidad y en el respeto al prójimo y a su vida privada; en las noticias sobre robots que realizan con asombrosa precisión tareas de producción de bienes y servicios, pero muy poco en el desempleo planetario, que el Papa Francisco calificó como “una tragedia mundial de estos tiempos”; enfocamos nuestra atención en los mensajes de las redes sociales respecto a funcionarios que de la noche a la mañana aparecen muy orondos en Mercedes Benz último modelo, pero menos en la rampante corrupción que se riega como mancha de aceite por todo el planeta. En fin, el vertiginoso desarrollo de las tecnologías parece empujar nuestra atención hacia especificidades que nos recuerdan a las de Funes; que nos provocan un déficit de atención hacia cosas más importantes; que nos inducen a no dar la debida atención a los asuntos que nos atañe a todos. Funes se acordaba de todo, en cambio a nosotros nos cuesta trabajo recordar todo ese sin fin de cambiantes claves de acceso, códigos de usuario, respuestas de verificación, que nos exige la acción delictuosa de los hackers. Y como no tenemos la memoria privilegiada de Funes, nos vemos obligados a registrarlos en apuntes que cuando los extraviamos es como si nos movieran el piso de nuestro día a día.

Incluso hay ejemplos dramáticos de esta absurda priorización de cosas específicas, en cuyo caso ya no se trata de nimiedades ni mucho menos. Un avión con 79 personas a bordo aterriza con su parte posterior envuelta en llamas (aeropuerto de Moscú, 2019); se despliegan los toboganes delanteros, los pasajeros de atrás pugnan por llegar a ellos pero su avance se ralentiza porque algunos pasajeros delanteros se dedican a filmar videos con sus celulares. Resultado: 13 muertos calcinados. Priorizaron el celular, no la vida de sus semejantes. Durante un black friday cualquiera una avalancha de gente se precipita al interior de un local comercial para aprovechar las rebajas de precios, pisoteando a algunos que tuvieron la mala fortuna de caer al piso. Resultado: muertos y heridos; priorizaron sus ansias consumistas, no el respeto a la vida ajena.

Así pues, el vertiginoso desarrollo de las tecnologías de la información no está exento de amenazas, tales como la de que la priorización de especificidades obnubile nuestra visión de futuro como especie, induciéndonos a restar importancia al curso general de los acontecimientos que afecta nuestras vidas; la de que -como le ocurrió a Funes- el presente se nos vuelva intolerable por la abigarrada masa de información, a menudo excesiva y a veces falsa o ambigua, en base a la cual debemos tomar decisiones; la de que perdamos la capacidad de entender y atender en debida forma aquellos temas que no sean los puramente puntuales o específicos; la de que la montaña de informaciones de las que disponemos nos confunda al punto de que en vez de tomar decisiones responsables y sabias en cuanto especie humana, tomemos las que peor favor le hagan a nuestro futuro común.

Desde luego esto no significa subvalorar la importancia de las nuevas tecnologías, que no son malas por sí mismas, pues por el contrario, tienen potencial para ayudarnos grandemente, como de hecho ya lo están haciendo en muchos campos. Ahí no está el problema; el problema está en nosotros mismos, en el mal uso que a menudo hacemos de ellas; en endiosar lo instrumental, lo superficial, descuidando el fondo de las coas; en volvernos tan dependientes de ellas que nos transformemos en sus esclavos; en fin, en llegar a ser indiferentes ante el curso general de los acontecimientos sociales, priorizando especificidades.

El secreto de la vida está en equilibrar sabiamente lo específico y lo conceptual, lo circunstancial y lo estructural, lo individual y lo colectivo, sin perder la capacidad de reflexionar sobre nuestra humanidad y sus posibilidades futuras; sin dejarnos enajenar por el síndrome que atrapó a Funes y le quitó la capacidad de pensar.

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