IDENTIDAD DE JESÚS

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 IDENTIDAD DE JESÚS

Artículo de abril de 2021

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    El ser de Jesús de Nazaret es de origen remoto. Es la Palabra que encarnó y vivió entre nosotros. No fue Dios mismo, pero sí su más grande emisario.

 

 AUTO IDENTIFICACIÓN.

Si hay algo meridianamente claro en los Evangelios sobre la identidad de Jesús, es el hecho de que él nunca dijo, de manera paladina, expresa, clara y directa, que fuera Dios mismo. Por el contrario, la mayoría de sus dichos sobre sí mismo revelan una clara intención de mostrar que no lo era, sino que él y el Padre eran entidades diferentes, aunque unidas.

 

En efecto, cuando se refirió a sí mismo lo hizo recurrentemente, repetitivamente, como “hijo del hombre”, lo cual pone de manifiesto su convicción de que esa expresión era la que mejor definía su identidad. Si hubiese sido Dios mismo, encarnado, ¿por qué habría de usar una expresión claramente incompatible con la idea de ser Dios, como ésta, la de ser el hijo del hombre? Esa expresión, así como la de ser el Hijo de Dios, excluyen la idea de que Jesús sea Dios encarnado.

Ahora bien, aunque no se identificara como Dios mismo, y aunque tan reiteradamente dijera que era el “hijo del hombre”[1], era consciente de su superior naturaleza. No se identificaba como Dios, pero sí como alguien que no era de este mundo; como alguien que ya era antes de que el mundo existiese; como hombre fuera de lo común; como hombre de índole superior, sobrenatural. Claro, es que realmente fue el hombre más grande de todos los tiempos. “Señor del Sábado es lo que el Hijo del hombre es”, aclaró en cierta oportunidad, significando con ello que estaba por encima de preceptos considerados inamovibles[2]. También dijo: “Antes que Abrahán viniese a existir, yo he sido”[3], con lo cual él mismo ubicaba su ser en un plano definitivamente sobrenatural: junto a Dios, al principio de todas las cosas, conforme al evangelio de Juan.

IDENTIFICACIÓN CONTEXTUAL.

Cierto es que hay expresiones bíblicas puntuales que, consideradas aisladamente, se prestan a ser interpretadas en el sentido de que Jesús es Dios, como en Juan 12:45 cuando el Mesías dice: “el que me ve, ve al que me ha enviado”, lo cual no necesariamente significa que era quien lo envió, sino que era fiel reflejo de Él. O como cuando algunas versiones de la Biblia se refieren a Jesucristo como el “Hijo único que es Dios”, expresión que no solo que no la recogen todas las versiones de la Biblia, sino que tampoco puede ser considerada separadamente del de los versículos anteriores al versículo 18 de Juan 1 donde consta esa expresión. Probablemente otros personajes bíblicos también hayan dicho que Jesús es Dios, como Pablo en Romanos 9:5, cuando dijo que el Mesías es Dios sobre todas las cosas. Por cierto, también hay expresiones puntuales que implican lo contrario, es decir, que no es Dios, como la del mismo Pablo cuando expresó la más clara diferenciación entre Dios Padre y Jesucristo; entre Dios y el Señor[4].

La identidad de Jesús se aclara cuando se hace una interpretación contextual del texto bíblico. Es entonces cuando se aprecia que la idea   de unión con el Padre, y la idea de que viendo a Jesús se ve a Dios, no pueden interpretarse en el sentido de que el Hijo sea al mismo tiempo el Padre. La idea de unión de entidades diferentes emerge muy clara en los Evangelios; se trata de una unión que no es fusión (ser parte constituyente de Dios) sino inmediación (estar estrechamente ligado a Dios).

En realidad, lo lógico es tratar de entender el tema en forma contextualizada. No digo que las citas bíblicas puntuales no tengan valor, ni más faltaba. Lo que digo es que cuando la razón lo exige hay que considerar los textos puntuales a la luz del sentido general de las cosas. ¿De qué valen citas puntuales que digan o sugieran que Jesús es Dios, si el mismo Jesús nunca lo dijo, y más bien repitió una y otra vez que era el hijo del hombre? Al respecto, y como lo destaqué recientemente (cita 1), en el libro de Ezequiel, entre otros textos, la expresión “hijo del hombre” se refiere a un ser humano, no a Dios.

JUAN 1.

De alguna manera el texto bíblico configura a un gran hombre; grande desde una perspectiva puramente humana, pero principalmente desde otra: la del capítulo 1 del libro de Juan. Esta es una perspectiva que pone de relieve la índole sobrenatural de Jesús, la de un ser de remoto origen sobrenatural que encarnó, vivió entre nosotros, sufrió por nosotros, y nos dejó un mensaje inmenso, aunque sencillo y claro, que se resume en el concepto de amor universal: amor a Dios y amor al prójimo.

El origen remoto, profundo y sobrenatural de Jesús se revela con grandiosa proyección cósmica en el primer libro de Juan, que empieza de esta manera: “En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios”. Él estaba en el principio con Dios”.

Por cierto, el estar con Dios y ser Dios es una inconsistencia, pues las dos circunstancias no pueden darse al mismo tiempo. Cierta traducción de la Biblia (Traducción del Nuevo Mundo) parece querer solucionar la contradicción utilizando la palabra “Dios” en un caso y “dios” en otro, así: “En (el) principio la Palabra era, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era un dios”[5] En la misma línea de uso de mayúscula y minúscula, dicha traducción también lo identifica como “dios unigénito”[6] En ambos casos, con la palabra dios se estaría aludiendo a un ser espiritual superior, muy superior a cualquier otro ser espiritual, pero aun así de nivel inferior a Dios, es decir, entidad diferenciada de Dios mismo.

Sin embargo, cabría otra interpretación, tal vez más plausible, para desvanecer la inconsistencia: la de que solamente en el principio la palabra era Dios, toda vez que aún no se había desprendido de Él, o aún no había sido engendrado por Él (más adelante volveré sobre el término engendrado), pero que después pasó a simplemente estar con Dios, y a tener su propia identidad.

¿Qué identidad? La Palabra habría sido el portador, el vector, del logos divino, lo cual explicaría las subsiguientes afirmaciones de Juan. Una: “Por medio de él Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él.” Es decir, nada fue hecho sin la codificación de lo que ya existía en la mente infinita de Dios, estando en la Palabra esa codificación, siendo la Palabra el vector a través del cual el mundo fue hecho. La otra afirmación de Juan: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad”. Esto es coherente con la anterior afirmación de Juan, toda vez que la vida, en potencia y/o en acto, es consustancial al mundo creado mediante la Palabra. Es decir, ahí, en la Palabra, estaban concentrados todos los saberes últimos del mundo y de la vida, a la manera como en una semilla subyacen apretujadas las instrucciones necesarias para el nacimiento, desarrollo y funcionamiento de una gigantesca sequoia.

Vuelvo ahora al término “engendrado”. Un fragmento del credo católico dice que Jesucristo fue “Engendrado. No creado.” El engendrar implica que engendrador y engendrado son entidades diferenciadas, aunque de la misma naturaleza, como un bebé humano es una entidad diferente a su padre, aunque de la misma naturaleza. En el caso de Jesucristo y su Padre la naturaleza compartida tendría que ser la divina, pero aún así algo debe diferenciarlos, dado que son entidades distintas, siendo, además, una causa de la otra. Entonces ¿qué es ese algo? Pues simplemente algo que no conocemos pero que debe existir, pues además hay una relación de causa a efecto entre las dos entidades.

Juan 1:12-13 dice que a quienes creen en Jesucristo se les concede el privilegio de llegar a ser hijos de Dios engendrados por Éste. Esto significaría que no solo la Palabra fue engendrada por Dios[7], sino que también los humanos que creen en Cristo pueden llegar a serlo. Y desde luego, en este último caso los humanos hijos de Dios también son entidades diferentes a Dios, aunque engendrados, creados, por la mente infinita de Dios a través de la Palabra. La pregunta entonces sigue en pie: ¿qué es ese algo que hace la diferencia entre el Padre y el Hijo que fue engendrado por Él? El grado de divinidad, tal vez, como lo sugieren los términos Dios y dios usados por la versión bíblica ya mencionada: uno, divinidad absoluta, otro, divinidad subordinada al primero. Entonces, el uso de los términos Dios y dios (Versión Nuevo Mundo) tal vez sí tenga sentido.

LA IDENTIDAD DE LA PALABRA VISTA A TRAVÉS DE SU VIDA TERRENAL.

Ahora ya estamos en posición de avanzar hacia una racional y contextual comprensión de la identidad de la Palabra encarnada.

Una de las cosas que mejor marcan la naturaleza sobrenatural de Jesús de Nazaret, sin ser Dios mismo, es, en el plano de su existencia terrenal, la gran cantidad y variedad de milagros que realizó, como para que no cupiera duda alguna respecto a la naturaleza de quien los hizo. Los críticos de Jesús han lucubrado mucho sobre sus milagros, desde diversos ángulos analíticos. Lo han hecho, por ejemplo, con respecto a la pregunta de si un milagro es realmente una transgresión a una ley natural, o no; a si se los puede considerar como verdaderamente milagros a la luz del conocimiento científico actual; a si los de Jesús fueron milagros o prodigios; a si la fe de los beneficiarios de sus milagros fue el factor determinante de su realización, etc. Son temas que pueden ser importantes, pero no para los efectos de formarnos una idea de la identidad de Jesús. Sencillamente fueron acontecimientos fuera de lo común, fuera del curso natural de las cosas, que maravillaron a la gente de su tiempo como maravillarían a la gente del nuestro si los presenciaran hoy en vivo y en directo, como se dice.

Mi punto de interés, respecto a los milagros de Jesús es, más bien, el de si ocurrieron en realidad, dado que este aspecto también ha sido frecuentemente objeto de lucubraciones. Hay al menos tres consideraciones básicas que dan pie a pensar que, en efecto, ocurrieron.

La primera es que no hay noticias de que algún contemporáneo de Jesús hubiese alguna vez denunciado, en esa misma contemporaneidad, como fraude, algún milagro de Jesús, o que simplemente dijera que no los hizo. Tal vez una excepción sea aquel pasaje que narra cómo Jesús devolvió la vista a un ciego de nacimiento, ocasión en la cual algunas personas sugirieron veladamente que había algo así como un fraude, pues el hombre no era el mismo que todos conocían como ciego de nacimiento, sino uno que “… se le parece[8]. Aparte de eso, lo único que los textos bíblicos han registrado al respecto, es que los enemigos de Jesús dijeron que hacía los milagros por el poder de Belcebú, pero sin negar que se hubieran producido.

La segunda consideración, complementaria a la anterior, es que los Evangelios fueron escritos cuando contemporáneos de Jesús aún vivían, y por lo tanto también podían haber denunciado sus milagros como fraudulentos, o simplemente como inexistentes, rechazando así lo escrito por los evangelistas, pero tampoco hay noticias de que algo de esto hubiese acontecido.

La tercera es que la cantidad y variedad de milagros realizados minimiza cualquier margen de duda que pudiera haber. No es lo mismo dudar de algún hecho aislado presentado como milagro, que dudar de un corpus de muchos y muy variados acontecimientos prodigiosos, que van desde el exorcismo hasta el control de las aguas de un embravecido mar[9].

No obstante estas tres consideraciones básicas, sí ha habido posiciones posteriores al primer siglo de la era cristiana que han rechazado la posibilidad de que los milagros de Jesús realmente hubieran sucedido, siendo la más simplista la de que Jesús no existió, y por lo tanto tampoco sus milagros. Los que así piensan suelen justificar su postura diciendo que los escritores de los Evangelios no lo conocieron personalmente, pero ese es un muy indigente argumento, que supone, nada más y nada menos, la invalidez de los métodos y recursos de los que se valen los historiadores para registrar cómo fue nuestro pasado.

Ciertas tradiciones del siglo II D.C. sostenían que los milagros de Jesús fueron producto de magia y hechicería, con las cuales él buscaba fama personal. Pero obsérvese que con esto no negaban que los milagros hubiesen ocurrido, sino que fueron producto de una motivación egoísta.

Otros rechazos a la existencia de los milagros se forjaron al calor del racionalismo del siglo XVIII, como el de que fueron inventados por quienes los narraron, con el interés de que el cristianismo se extendiera. Pura especulación, pura palabrería, nada de pruebas, o al menos indicios de pruebas objetivas y concretas. Es fácil y cómodo cuestionar los milagros de Jesús desde la posterioridad, pero lo esencial es que su contemporaneidad jamás lo hizo. Definitivamente nada desvirtúa la realidad y la importancia de los milagros de Jesús, que lo identifican como un ser fuera de este mundo, como el Hijo de Dios.

Ahora, para redondear esta visión respecto a la identidad de Jesús, debo admitir que ciertas actitudes suyas resultan algo extrañas en un ser superior, de origen sobrenatural, aunque no tan extrañas si se tiene en cuenta que mientras vivió entre nosotros fue un ser humano, “hijo del hombre”.[10] El Jesús que conocieron nuestros antepasados era Cristo, pero también era Jesús de Nazaret, el Jesús humano.

El que haya tenido imperfecciones, si realmente hubiesen sido tales, sería lógico, pues en él operó no solo su sobrenaturalidad -por eso su sabiduría profunda, sus poderes y su extraordinaria valentía- sino también su humanidad, por eso ciertas actitudes suyas propias de un ser común y corriente, por ejemplo, aquella de advertir que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos, simbolismo no solo exagerado sino también confuso, dado que, al llamado de Jesús, el rico Zaqueo cambió prontamente su actitud de vida apegada a las riquezas, reorientándola hacia la solidaridad y la justicia[11], y haciéndose seguidor de Jesús; o su radical veto al divorcio[12], que únicamente lo levanta en el caso de unión ilegal[13], posición radical que no admite otras circunstancias excepcionales.

Pero, por otro lado, hay que admitir que no es racional abordar el tema de sus supuestas imperfecciones a la manera como lo haríamos con cualquier hijo de vecino. Dada su arcana y sobrenatural sabiduría, no podemos estar seguros de que lo que a nosotros nos podrían parecer imperfecciones realmente hayan sido tales. Y si lo hubieran sido, serían absolutamente irrelevantes frente a la inmensidad de su obra salvadora.

EPÍLOGO.

En síntesis, Jesús fue un ser de remoto origen espiritual que encarnó y vivió entre nosotros. No fue Dios mismo, pero sí el más grande de sus emisarios.

Al indagar sobre la identidad de Jesús, mi intención fue simplemente la búsqueda de la verdad por la verdad, y esto, a su vez, debido a esa innata inclinación del ser humano a conocer la verdad en sí de las cosas.

Pero ahora, para terminar, tengo que decir que más allá de que Jesús haya sido el Hijo de Dios encarnado, o Dios mismo encarnado, hay una verdad suprema, inobjetable, que probablemente sea más importante que un debate sobre la identidad de Jesús, y es esta: cualquiera que sea la verdad sobre la identidad de Jesús, lo cierto es que Dios se preocupó, y presumiblemente se preocupa, por nosotros, sus creaturas. Si no fuera así, ninguna de las dos alternativas, Dios encarnado o Palabra encarnada, se habría hecho realidad, y lo que pasó no habría pasado.

[1] En Daniel 7:13-14 se habla de alguien viniendo en las nubes “como un hijo de hombre” a quien le fueron dados “gobernación y dignidad y reino”, sin identificarlo con el Padre, aunque sí como alguien que tiene acceso a Él. Así mismo, en el libro de Ezequiel, que es uno de los textos bíblicos donde más se utiliza la expresión “hijo del hombre”, se puede apreciar que ésta se refiere a un ser humano (el propio Ezequiel), no a Dios.

[2]Mateo 12:8

[3]Juan 8:58

[4] 1 Corintios 8:6 (“…para nosotros hay un solo Dios, el Padre… y hay un solo Señor, Jesucristo”). También Filipenses 2:6 (Jesucristo no consideró “que debiera ser igual a Dios”)

 

[5] Juan 1:1 (Traducción del Nuevo Mundo)

[6] Juan 1:18 (Traducción del Nuevo Mundo)

[7] Algunos le han dado este alcance al versículo 1:13 de Juan (nota al pie de este versículo en la Biblia de Estudio de Sociedades Bíblicas Unidas).

[8]Juan 9:8-12

[9]No menciono el milagro de la resurrección del propio Jesús, como es creencia del cristianismo, pues plantea una muy trascendente interrogante: ¿milagro de quién, de Jesús -que estaba muerto- o de Dios? Obviamente esta pregunta también presupone la diferenciación de identidades.

[10] A propósito de esto, cabe señalar que Pablo, en Romanos 3:8 dice que Dios envió a su hijo “en semejanza de carne pecaminosa”.

[11] Lucas 19: 1-9

[12] Lucas 16:18

[13] Mateo 19: 9

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