LA ACTITUD CONTEMPLATIVA Y LA NUBE DEL DESCONOCIMIENTO

Cuando es genuina, la actividad contemplativa del espíritu es la mejor vía de acercamiento místico a Dios, tanto así que el anónimo autor del documento analizado llega a decir que es lo que más agrada a Dios.

Introducción. En mis lecturas desordenadas (como también lo son mis artículos mensuales) me topé con una referencia al documento o libro -no sé cómo llamarlo- “La Nube del Desconocimiento” (o “La Nube del No-Saber”), de un autor inglés anónimo del Siglo XIV, por lo que me referiré a él simplemente como el “autor”. El libro, de 67 páginas y 75 capítulos cortos, tiene el formato de una carta dirigida a un joven amigo suyo, de 24 años, también anónimo.

El autor, probablemente un monje cartujo, católico, a juzgar por sus frecuentes referencias a dogmas, sacramentos y otras prácticas de la Iglesia Católica, así como por otras referencias documentales, utiliza la palabra nube en el sentido de oscuridad en alusión a nuestro desconocimiento acerca de quién es Dios.

Y, penosamente, solo dentro de esa oscuridad, dice el autor, se puede intuir a Dios, es decir, solo dentro de la ignorancia que tenemos de cómo es Él podemos barruntar su esencia. O para ponerlo en palabras del propio autor: se puede sentir a Dios, pero no pensar en Dios, sentencia en la cual “pensar” significa tratar de entender, mediante la razón, cómo es Él.

El presente artículo expresa mi personal entendimiento del contenido del documento, pero si al lector le interesa conocerlo más a fondo, le recomendaría que lo lea directamente. Tiene una riqueza expositiva que me resulta muy difícil emularla en el presente artículo, por lo que solo pretendo destacar sus partes más importantes, comentándolas en ciertas ocasiones, y citando capítulos especialmente relevantes en otras. Se puede conseguir el documento, sin costo, y en formato PDF, ingresando su título en Google (preferiblemente Google Chrome)

La actividad contemplativa. El eje alrededor del cual gira el documento es la actividad contemplativa, y dentro de ella, el amor.

El libro describe el alcance que puede llegar a tener la actividad contemplativa del espíritu, tan diferente a la vida activa, mundana, hasta transformar en “casi divino” a quien la practica. Es que en la verdadera y genuina contemplación la persona se vuelve una con Dios, en sentido espiritual. Dios es espíritu, y la comunión con Él, que trasciende toda representación terrena, es posible, agrega el autor.

Hay momentos en que el alma contemplativa se ve libre de toda preocupación material, e incluso de algunas espirituales, y se encuentra totalmente absorta en el ser mismo de Dios, en su esencia, agrega. En esos momentos el sujeto contemplativo se trasciende a sí mismo haciéndose casi divino, pero siempre por debajo de Dios. Todo esto, que consta en el capítulo 67, es lo que mejor define la condición de quien logra llegar a la cima de su experiencia contemplativa, según el autor.

Durante la actividad contemplativa, el sujeto no está físicamente en ninguna parte, lo cual equivale a estar en todas espiritualmente para acercarse a Dios, dice el autor (cap.68). Pero como la actividad espiritual la realiza un ser físico, quizás lo que quiso expresar el autor es que la actividad contemplativa  se proyecta sobre algo no físico y en consecuencia uno se ubica en un campo puramente espiritual. Por otro lado, cuando oran, dice, los contemplativos raras veces oran con palabras, y cuando lo hacen, lo hacen con pocas.

¿Quiénes son aptos para emprender la actividad contemplativa? Según el anónimo autor, lo son “todos los que se han apartado sinceramente del mundo y han dado (dejado) de lado las preocupaciones de la vida activa” (cap.27). Me parece radical y exagerado este criterio, y es probable que al considerarlo contextualmente se encuentre que lo que quiso decir haya sido otra cosa, algo así como que son aptos quienes son capaces de abstraerse total y temporalmente de las preocupaciones de la vida activa.

El autor dice que la actividad contemplativa del espíritu es la que más agrada a Dios, pero advierte que existen falsificaciones de ella tales como ensueños y fantasías, la cuales se originan en un espíritu presuntuoso, curioso o romántico, en tanto que el puro impulso de búsqueda de Dios se origina en un corazón sincero y humilde.

El papel del amor. Lo que busca la actividad contemplativa es acercarse a Dios y entender el sentido de la vida, pero, explica el personaje, no se puede intuir o percibir a Dios por conocimiento, sino solo por amor, por su amor a nosotros y por nuestro amor a Él.

Ahora bien, para entender el papel que desempeña el amor en la actividad contemplativa es necesario entender qué es el amor humano hacia Dios, sobre lo que volveré más adelante. (Y no toco el tema del amor de Dios a los humanos para no meterme en honduras mayores, por ahora). Lo que sí tengo claro es que, según el autor, la nube del desconocimiento se interpone entre el humano y su Creador.

No se puede pensar en Dios tal cual es, es decir, en su esencia. Se puede conocer lo creado por Él, pero no a Él mismo. El pensamiento no puede comprender a Dios, por eso en la contemplación es mejor apartarse de lo que se puede conocer, y concentrarse en amar a Dios. Se lo puede alcanzar mediante el amor, pero no mediante el pensamiento. Dios puede ser amado pero no pensado, reitera nuestro anónimo autor.

El amor humano es básicamente un sentimiento espontáneo, se lo siente o no se lo siente y punto. Pero también hay otra clase de amor generalmente llamado agape, que se lo puede construir en base a circunstancias diversas, tales como las relacionadas con la gratitud, la afinidad, la misericordia, el temor reverencial, etc. En todo caso parece que este tipo de amor es la base de la actitud contemplativa.

Por supuesto que hay humanos cuyo amor a Dios es absolutamente espontáneo, pero sobre el que hay que hilar más fino es sobre el otro, el construible. Este último hay que entenderlo en su más amplio sentido: de apego hacia quien nos creó y nos ha hecho actores y partícipes de su proyecto cósmico. Ese apego es el que explica por qué los que no sienten amor espontáneo por el Creador, sí pueden construirlo.

Pero también creo que el apego a Dios no significa necesariamente desapego del mundo; total, mundo y humanos en el mundo, fimos creados por Dios. El apego a Dios funciona en alto grado en la contemplación, y el apego al mundo en el plano mundano, pero si este último se hace en términos de respeto a la verdad, la razón y la justicia, no tiene por qué ser considerado como opuesto al apego a Dios. Simplemente el apego a Dios y el apego al mundo funcionan en esferas diferentes.

Conclusión. El documento comentado ofrece sorprendentes perspectivas respecto a nuestro relacionamiento con el Dios verdadero, no con el circunscrito a dogmas, tradiciones, ritos y formalidades. Y en cuanto a la esencia divina, me doy cuenta que ratifica la representación del Dios verdadero que tengo profundamente grabada en mi mente: un Dios espiritual y omnisciente, absolutamente metafísico, lo más metafísico que uno se pueda imaginar, e inefable; un Dios de cuya esencia solo tenemos esa inextricable auto identificación revelada por Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”.

Las reflexiones que suscita el documento van al fondo de nuestras preocupaciones existenciales, y tienen como eje central a la actividad contemplativa, y dentro de ella, al amor, espontáneo o construido, del ser humano hacia su Creador.  Cuando es genuina, la actividad contemplativa del espíritu es la mejor vía de acercamiento místico a Dios, tanto así que el anónimo autor del documento analizado llega a decir que es lo que más agrada a Dios.

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