La Actitud Individual y el Centésimo Mono

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Tal vez el amable lector recuerde la historia atribuida a Lyall Watson, biólogo sudafricano, quien en su libro “Lifetide: a Biology of the Unconscious” (1979) relató un supuesto experimento realizado con monos que habitaban una isla japonesa, a los que se ofrecía camotes. A los animalitos les encantaban los camotes, pero los rechazaban por la tierra que se les adhería, hasta que a uno de ellos se le ocurrió lavarlos. Al darse cuenta del beneficio de esta práctica, el número de monos que la siguieron fue creciendo poco a poco, hasta llegar a ser una cantidad considerable. Luego, un individuo más, al que simbólicamente le llamaron el centésimo mono, también siguió el ejemplo, y entonces, de pronto, todos los demás monos de la isla empezaron a lavar los camotes. El ejemplo inicial de un solo individuo había sido replicado por muchos otros, hasta alcanzar una masa crítica (el centésimo mono) que, a su vez, influyó sobre el comportamiento individual de los que aún no lo habían hecho. El resultado fue que casi todos los monos de la isla lavaban los camotes. El relato tiene una segunda parte, de dudosa veracidad, según la cual se habría observado que, al mismo tiempo, los monos que habitaban otras islas también empezaron a lavarlos, a pesar de no haber tenido contacto con los de la primera.

Otros escritores popularizaron la historia que, como puede apreciarse, tiene dos partes claramente diferenciadas: la primera referida a lo ocurrido en una isla, y la segunda que lo hace extensivo a las demás islas de la zona. Otras personas calificaron como falsa a esta historia, rechazando que pudiera tener algún valor científico. No conozco si el experimento y sus resultados realmente existieron, y, en caso afirmativo, si tuvieron algún valor científico o no. Lo que sí cabe resaltar es que la primera parte del relato tiene un innegable valor alegórico respecto a algo que ocurre todos los días: la pluralización de las conductas. La mención al centésimo mono hay que tomarla solo como una parábola explicativa del momento en que una determinada conducta alcanza una masa crítica de individuos que la practican, generando así una conducta unánime a partir de una actitud que inicialmente fue de un solo individuo: aquel al que se le ocurrió lavar los camotes. Se trata de una mecánica similar a la de la gota adicional que hace rebosar el vaso.

En la primera parte del relato subyace una explicación de cómo operan los procesos de pluralización de las conductas: la conducta de un individuo influenciando sobre su entorno, y la de éste sobre la conducta individual, produciéndose así un círculo virtuoso (o vicioso, según el caso).

En otras palabras, es la ley de los grandes números la que determina que se alcance la masa crítica y luego la absoluta predominancia de la conducta común, y también cierta irreversibilidad, que puede volverse reversible solo si se producen circunstancias o eventos extraordinarios. Todo eso, a su vez, produce estabilidad del todo social en cuanto a que todos o casi todos actúan de una manera común, para bien o para mal, según el caso, y los pocos no practicantes de la conducta común predominante, no tienen la fuerza suficiente para cambiar la realidad orgánica y funcional del todo social.

Como se ve, para arribar a la irreversibilidad es necesario primeramente alcanzar una masa crítica de individuos que actúen de esa manera común, que no disminuya, y que más bien desencadene la predominancia absoluta de la conducta común. Se trata de algo muy importante porque a partir de él el comportamiento del todo social ya no es errático, sino predecible: se alineará con el comportamiento predominante. Podríamos imaginar a un conjunto social en el cual una masa crítica, digamos del 66% de su población, se comporta de una determinada manera. La ley de los grandes números nos dirá que aunque la población aumente, no menguará tal porcentaje, sino que se estabilizará o se hará absolutamente predominante.

 Parecería que algunos comentaristas del relato asumen que esta mecánica grupal sirve para la propagación de las mejoras culturales exclusivamente, llegando inclusive a suponer la existencia de un campo de fuerza espiritual que empuja a la masa de individuos hacia tales mejoras. No he encontrado explicaciones que sustenten esta suposición, por lo cual prefiero pensar que tanto puede servir al bien como al mal, según las actitudes individuales en las que se origine esa mecánica social.  

Corresponde ahora dejar de lado ese enfoque desolador pero realista de la ambivalencia hacia el bien o hacia el mal, y reflexionar sobre otro orientado solo hacia el bien. ¿Cómo tendrían que funcionar el centésimo mono y por ende la masa crítica, para que el conjunto humano pueda orientarse hacia el bien; para que pueda producirse un ascenso espiritual de la especie humana en su conjunto.

Como es obvio, el quid del asunto está en el grado de pluralización que puedan alcanzar las actitudes individuales orientadas al bien. De nada valdría que un único individuo modelase de esa manera su actitud, para luego visibilizarla a través de su conducta. En realidad su actitud no sería objeto de pluralización alguna; permanecería como una singularidad. Ya en el contexto social, su solitaria conducta tendría que competir con muchas otras de diferente cariz, incluso adversas. Entonces, la actitud buena inicial no tendría posibilidades de propagarse mientras no sea emulada por otra u otras. Empieza a tener esas posibilidades cuando otro u otros individuos, observando lo bueno que es lavar los camotes, deciden cambiar su actitud individual y adoptan la misma conducta del primero. Solo entonces estaremos ante una naciente pluralidad. Pero aun así, aunque emerja alguna pluralidad, si se estanca el número de individuos con buena actitud, en una corta cantidad de ellos, la sociedad en su conjunto no se orientará hacia el bien, salvo unos pocos individuos.

Ahora bien ¿de qué depende que la pluralidad buena siga creciendo? ¿Qué explicaría que se pluralicen más las actitudes buenas que las malas? Pregunta recurrente, que se fundamenta en una visión existencial reduccionista, que busca explicaciones circunstanciales para la presencia del bien o del mal. Las respuestas que suelen darse a esta pregunta también son recurrentes, y con la misma visión reduccionista, ofrecen explicaciones circunstanciales de orden familiar, cultural, religioso, genético, económico, etc. Pero cuando concienzudamente se buscan las causas últimas, siempre se llega a la misma conclusión: que la libertad y la voluntad de la que estamos dotados es lo que a fin de cuentas lo explica todo. No hay escapatoria posible. Siempre que se rastrea el origen último de una conducta colectiva cualquiera, más allá de que sea de racionalidad o de irracionalidad, de amor o de odio, de paz o de violencia, siempre se llega a alguna actitud individual inicial, al primer mono, que, gracias a la libertad-voluntad del individuo puede ser buena o mala; una actitud que levanta vuelo cuando por algún motivo se pluraliza.

Lo que sí cabe ahora es subrayar que no es posible el desarrollo espiritual colectivo sin desarrollo espiritual individual. Esta es la semilla a partir de la cual el desarrollo espiritual colectivo puede prosperar y fructificar. El desarrollo espiritual integral del conjunto social pasa necesariamente por la actitud individual. Ese es su prerrequisito. Sin un cambio para bien en la actitud individual, y sin su necesaria pluralización, no es posible el ascenso de la sociedad humana en su conjunto. Siguiendo la parábola: solo cuando el centésimo mono desencadena una corrida colectiva hacia el bien, se alcanza la plenitud buena en el conjunto social. Así pues, la condición para la orientación social hacia el bien es doble: primero, que alguno o algunos individuos pioneros desarrollen la actitud buena; y, segundo, que esa actitud buena se pluralice y crezca hasta sobrepasar la frontera del centésimo mono. 

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