¿LA BIBLIA ES LA PALABRA DE DIOS?

 

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¿LA BIBLIA ES LA PALABRA DE DIOS?

Una respuesta ecléctica.

 

Artículo de abril 2019

Categoría: religión

 

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

Contradicciones, inconsistencias, versículos polémicos, oscuros y contradictorios, inducen a dudar que la totalidad de la Biblia sea la palabra de Dios, y en consecuencia también a dudar de su confiabilidad, así como a formular preguntas incómodas sobre la Biblia. En 2 Timoteo 3:16 Pablo dice: “Toda escritura está inspirada por Dios…” Dada su absolutez, esta sentencia significaría que todo el texto bíblico, Antiguo y Nuevo Testamento, de la A a la Z, ha sido inspirado por Dios, sin excepción alguna; que todos los escritores de la Biblia, cuarenta aproximadamente, recibieron esa inspiración, y todos ellos fueron fieles a ella a la hora de redactar sus textos, de modo que sus escrituras son confiables y útiles “para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud…”

¿Es creíble la rotunda afirmación de Pablo? Pero primeramente: ¿por qué esta pregunta? ¿Es que acaso hay motivos para dudar? Creo que sí los hay, más allá de que solo sean dudas razonables que, lo reconozco, deben parecer inaceptables para aquellos cuya fe es tan firme que no pueden dar cabida a tales dudas. Respeto profundamente esa fe, pero también siento que debo ser fiel a mi actitud de vida: la búsqueda de la verdad. El caso es que hay numerosos hechos y circunstancias, errores y contradicciones, narrados en la propia Biblia, que inducen a albergar dudas razonables respecto a que la totalidad del texto bíblico sea de inspiración divina. A continuación citaré algunos ejemplos.

Aberraciones, errores e inconsistencias. Empiezo por el caso tal vez menos importante pero más evidente y claro. En 1Corintios 7:25 Pablo dice: “En cuanto a las mujeres no casadas no tengo ningún mandato especial del Señor, pero doy mi opinión…”. Siguiendo el principio paulino de que toda escritura es inspirada por Dios, tendríamos que entender que lo dicho por Pablo en ese versículo también fue de inspiración divina, es decir, que Dios lo inspiró para que dé su opinión sobre las mujeres no casadas. ¿Tiene esto sentido? ¿No sería más lógico que Dios le hubiese inspirado, no para que diese su opinión personal, sino para que transmitiese directamente lo dispuesto por Él con respecto las mujeres no casadas? En cualquier caso, es evidente que lo dicho por Pablo sobre las mujeres no casadas no pudo haber sido de inspiración divina, toda vez que expresaba solo la opinión del apóstol. Su opinión misma no fue inspirada, más allá de cuál haya sido el contenido de ésta.

Otros ejemplos conllevan significados mucho más profundos, como es el caso de las plagas enviadas a Egipto, para obligar al Faraón a dejar salir a los israelitas de su país, las cuales atormentaban a todos por igual, buenos o malos. Particularmente cruel fue la última, aquella en la que Jehová mata a todo primogénito de Egipto, humano o animal, excepto a los de los israelitas. ¿Es que acaso no había gente buena entre la población no israelita? Ni siquiera el propio relato bíblico afirma tal cosa, como lo hizo en el caso de Sodoma . Resulta odiosa la comparación, pero hay que decir que tal estrategia es la misma que utilizan los malvados de hoy para obligar a un tercero a hacer o no hacer algo. Cada vez que un secuestrador amenaza con matar a sus rehenes, está aplicando la misma estrategia. Cuando Al Qaeda asesina a miles de inocentes en las torres gemelas de Nueva York para obligar a Occidente a someterse a una ideología que no era la suya, está actuando de la misma manera. Entonces, ¿pudo haber sido inspirado por Dios un relato que habla de hacer sufrir por igual a justos y pecadores, incluso a los animales, para forzar a un tercero, el Faraón, a actuar de determinada manera?

Otro ejemplo: la conquista de Palestina por los hebreos, según lo muestra el libro de Josué. Este libro y los hechos mismos en él narrados habrían sido inspirados por Jehová, según se desprende de lo dicho por el propio libro, y después por Pablo. El libro de Josué es el relato de cómo los hebreos masacraron a la población de Palestina hasta conquistarla (¿o reconquistarla?), con el visto bueno de Dios; de cómo los hebreos triunfadores en las batallas no hacían prisioneros, ni se limitaban a convertir en esclavos a los vencidos, como ellos mismos lo fueron en Egipto, sino que a hombres, mujeres y niños los pasaban por las armas; de cómo en las batallas ni los caballos de los vencidos se salvaban, pues los desjarretaban, cortándoles los tendones; de cómo el propio Jehová supuestamente participaba en las contiendas matando directamente a muchos enemigos de Israel [1]; y, de cómo Dios ordenó a Israel no dejar a nadie vivo en las batallas [2], incluso supeditando su apoyo a los hebreos, a que éstos maten a todos sus enemigos sin hacer prisioneros [3]. ¿Fue de inspiración divina tanta violencia extrema, o fue solo un mito hebreo para justificarla? Se me hace muy cuesta arriba aceptar lo primero.

Otro ejemplo, que a su vez pudiera ser la más clara inconsistencia y contradicción bíblica, es la que se refiere a la orden, supuestamente dada por Jehová a los padres de hijos tercos y rebeldes para que los maten a pedradas, según consta en Deuteronomio 21:18-21. ¿Pero es que semejante barbaridad pudo haber sido inspirada por Dios? Esa atrocidad es total y absolutamente contraria al posterior mensaje de Jesús, de amar al prójimo, así como de perdonarlo cuantas veces sea necesario. Si perdonar al prójimo en general es lo que Jesús enseñó, ¿Cómo es que Jehová ordena matar a los propios hijos solo por ser desobedientes, tercos y rebeldes? Entonces, ¿es razonable que tan grande inconsistencia en el texto bíblico sea producto de la inspiración divina? De ninguna manera. El hecho de que en Deuteronomio y en otros libros del Antiguo Testamento se muestre el lado enérgico, y en ocasiones violento, de Dios, no parece significar que todo lo escrito en la Biblia sobre esas facetas del Creador sea de inspiración divina; algunos textos no parecen serlo, pues no solo que son inhumanos, crueles, sanguinarios y anti-natura, sino que, como se ve, también son incoherentes con   las enseñanzas de Jesús.

Volvamos ahora a Pablo. Si de inconsistencias se trata, tampoco se puede dejar de mencionar el consejo dado por él, de “no pensar más de lo que está escrito”[4], consejo que conlleva una auto-limitación incompatible con la natural capacidad de razonar libremente del ser humano.

Otra duda surge del relato sobre la orden que da Dios a Abraham de matar a su primogénito Isaac y ofrecerlo en holocausto. Independientemente de que Dios haya detenido la mano de Abraham justo cuando iba a sacrificar a su hijo, ¿es razonable pensar que haya querido someter a semejante sufrimiento a Abraham? Basta que uno se ponga en el lugar de éste para comprender su sufrimiento. Y si de probar su fe se trataba, ¿no bastaba con someterlo a una prueba diferente, por ejemplo, alguna similar a las que fue sometido Job? Hay quienes justifican esta situación diciendo que ella prefigura la crucifixión y muerte del Hijo de Dios, pero hay una enorme diferencia: Dios no ordenó a los hombres que maten a Jesús -como lo hizo con Abraham respecto a su hijo- ellos lo hicieron por propia voluntad. También hay quienes arguyen que como el sacrificio no se consumó, no hay nada que objetar, pero ocurre que lo sustancial del asunto está en la orden misma no en el sacrificio que nunca se llevó a cabo. No veo razón para endilgar a Dios actitud tan cruel como la de ordenar a un padre que mate a su propio hijo para ofrecerlo en holocausto, orden más cruel aún que la que supuestamente daban los dioses paganos, de sacrificar seres humanos para asegurar buenas cosechas a sus creyentes. Y aun cuando Abraham hubiese sabido, sin dudas en su corazón y su mente, que finalmente no mataría a su hijo, su sufrimiento psíquico al tener que estar dispuesto a matarlo, y al hacer los preparativos y levantar el arma para hacerlo, habría sido enorme.

Por otra parte, este relato tampoco está libre de inconsistencias y contradicciones: ¿Cómo es posible que Dios haya castigado duramente a Caín por haber matado a su hermano, y tiempo después haya ordenado a Abraham que hiciera lo mismo con su primogénito, más allá de que luego le haya dado la contraorden de no hacerlo?

Otra duda, aunque menos dramática, surge por las reiteradas afirmaciones de que Jesús era descendiente de David, pese a que el propio Jesús las rechazó. En los evangelios de Mateo y Lucas constan largas genealogías que muestran que José, padre putativo de Jesús, desciende de David, pero obviamente eso no demuestra que Jesús sea descendiente de David, dado que José no fue su padre biológico. ¿Entonces cómo es posible que Lucas, en Hechos 13:23, repita el mismo error al decir que: “Uno de los descendientes de este mismo David fue Jesús, a quien Dios envió para salvar a Israel, como lo había prometido”? El propio Jesús rechazó tal descendencia cuando dijo: ¿Cómo puede el Mesías descender de David, si David mismo lo llama Señor? (Mateo 22:45). ¿Cómo puede semejante error bíblico ser de inspiración divina? Como se puede apreciar, no solo error sino también inconsistencia, incoherencia y contradicción es lo que se observa en los textos bíblicos atingentes a este tema.

En Deuteronomio se registran órdenes inconcebiblemente homicidas, supuestamente inspiradas por Dios, totalmente contrapuestas al posterior mensaje de amor, perdón y misericordia, de Jesús. Ahí se encuentra, por ejemplo, la orden de matar sin falta y sin compasión al hermano, al hijo, o a la esposa que intenten desviar a su pariente hacia otras creencias religiosas; la orden de segar la vida al hombre que, con presuntuosidad, se niegue a escuchar a un sacerdote o a un juez; la ya mencionada orden de no dejar con vida, durante la invasión a la tierra prometida, a “ninguna cosa que respire”; la orden de matar por lapidación a las mujeres que no puedan probar que eran vírgenes antes del matrimonio; y, como ya se mencionó, la orden de matar por lapidación a los hijos que sean tercos, rebeldes, glotones o borrachos. ¿Es razonable creer que estas órdenes fueran inspiradas por Dios?

El texto bíblico también registra la orden supuestamente dada por Jehová, de que el que cause daño a alguno de su pueblo tiene que sufrir el mismo daño que hizo: el conocido ojo por ojo, diente por diente [5]. Lo que llama la atención de esta orden no es solo su rigurosidad, sino también su absolutez, pues no deja espacio al perdón ni a la consideración de circunstancias atenuantes. También llama la atención que esta orden ya constara en el Código de Hammurabi, del siglo 18 AC (“Ley del Talión”).

Estas y varias otras inconsistencias, contradicciones y aberraciones me inducen a dudar que la Biblia toda sea la palabra de Dios, y a pensar que lo más apegado a la verdad podría ser que EN la Biblia está la palabra de Dios, y que nos corresponde a nosotros los humanos, con sana perspicacia, entresacarla. Entresacarla de entre errores, mitos y fantasías en los que pueden haber incurrido sus escritores. Y frente a posiciones extremistas de negar la veracidad de la Biblia toda (por ejemplo la de quienes dicen que Jesús nunca existió), y la de aceptarla sin el más mínimo reparo, cabría la posibilidad de otra alternativa, que la intuyo, y que por brevedad la llamaré hipótesis ecléctica, que la resumiría así: la Biblia no ES la palabra de Dios, pero la contiene.

Antes de terminar esta sección es justo decir que en el Nuevo Testamento no se generan tantas ni tan importantes dudas como en el Antiguo, y que, en cualquier caso, no son tan significativas como las de éste último.

Contra-argumentos. Podríamos clasificar en dos grupos los argumentos que se opondrían a la hipótesis ecléctica. En el primero (argumentos generales) encontramos el que dicen que la palabra de Dios no viene dada por los textos bíblicos en sí mismos, sino por la revelación que hace el Espíritu Santo respecto a lo que esos textos significan. Es decir, que el texto bíblico no vale por sí mismo sino por la interpretación que de ellos haga el Espíritu Santo (así en mayúsculas para significar su deidad en la que creen los trinitarios). Pero si todos, absolutamente todos los textos bíblicos, fueran de inspiración divina, su contenido esencial no admitiría cambio alguno, salvo que Dios mismo (el Espíritu Santo conforme el paréntesis anterior) decidiese modificarlo. Si no ocurriera esto último, no cabrían modificaciones aunque haya contenidos aberrantes. Así, el argumento de la interpretación por el Espíritu Santo se vuelve una especie de candado que impide que desde la razón humana se pueda discrepar con el texto bíblico, por mucho que algunas de sus partes atenten contra la sana razón. Por otro lado, ¿adonde encontrar la interpretación del Espíritu Santo? ¿En algún texto escrito por el propio Espíritu Santo? ¿En algún texto elaborado por mentes humanas inspiradas? ¿Mentes de quien o de quiénes? ¿La de cada uno de los seres humanos comunes y corrientes?

También pertenece a este grupo un argumento que sostuviera que la hipótesis ecléctica no es correcta porque sería contrario a textos bíblicos tales como: “Así dice el Señor”, “Dijo Dios”, “Habló Dios”, “Así dijo Jehová”, “El Espíritu del Señor habló”, etc. Sería una argumentación desde la Biblia misma, es decir, desde lo que, precisamente, se está poniendo en duda; sería tratar de despejar una duda aceptando sin más lo que es motivo de ella. El candado que impide el ejercicio de la razón.

Otro argumento es aquel que sostiene que la hipótesis ecléctica (desde luego nadie la denominan así, salvo el autor de este artículo) promueve la incertidumbre en los creyentes. ¿Pero promueven certezas las aberraciones y contradicciones? En realidad son éstas las que promueven incertidumbres pues no hacen más que generar dudas respecto a si los textos bíblicos son realmente inspirados por Dios, incluso respecto a la existencia misma de Dios, y esto último sí que corresponde a palabras mayores, pues induce a algunos a optar por el ateísmo o por el agnosticismo.

También existe otro argumento, radical, que sostiene que a la Biblia hay que aceptarla en su totalidad, o rechazarla igualmente en su totalidad; que es todo o nada; se es creyente o no creyente; nada de medias tintas. Se trata de un argumento maniqueo que subvalora la racionalidad propia del ser humano con la que ha sido creado, la cual nos induce a reaccionar cuando percibimos irracionalidad en nuestro entorno, más allá de que la percepción y la reacción sean muy heterogéneas entre los seres humanos. El argumento, así mismo, peca por inconsistencia con la natural inclinación humana a conocer el porqué de las cosas (el porqué de esas crueles órdenes) y a buscar la verdad.

También podría haber otro argumento que complemente al manqueo: el de los misterios que celebra la iglesia. Sin embargo, refugiarse en este argumento para justificar lo injustificable resulta inaceptable. Así mismo, podría decirse que aunque un texto no parezca ser de inspiración divina, es revelación, la cual nadie puede cuestionar. En realidad, no cuestiono los conceptos sinónimos de inspiración y revelación en sí mismos, sino el abuso que significaría utilizarlos para, otra vez, justificar lo injustificable.

También hay otro que insiste en que todo lo dicho en la Biblia es inspirado por Dios, incluso lo que parece que no, debido a que cada época tiene circunstancias especiales, que requieren guías divinas igualmente especiales. ¿Pero cuáles podrían haber sido esas circunstancias especiales y diferentes que justifiquen tanta iracundia y crueldad, tanta insania asesina, como para ordenar a los padres matar a sus propios hijos por el solo hecho de ser tercos y desobedientes, por ejemplo? Tal parece que ciertos escritores bíblicos endilgaron pasiones humanas al Creador, sin nada que lo justifique. Es entendible que toda época tenga sus propias circunstancias, pero la verdad es que este argumento, que no arroja luz sobre tales circunstancias, que no ofrece nada que justifique apoyarse en ellas, que carece de cualquier sustancia que lo sustente, es inadmisible, pues solo sirve para dar cabida a cualquier a cosa; para justificar lo injustificable. Este argumento es propio de quienes creen que Dios solo es potencia, no bondad ni omnisciencia[6].

Otro argumento es el de que la hipótesis ecléctica implica tener que definir subjetivamente qué partes de la Biblia son inspiradas por Dios, y cuáles no. Sin embargo el problema de la subjetividad sería real solo si se tratara de llegar a consensos sobre lo que es inspirado por Dios, y lo que no. Pero ese no es el caso; no se trata de construir una nueva Biblia. De lo que se trata es de contribuir a que cada quien atesore en su corazón y en su mente lo que, con buena fe, perspicacia y amor a la verdad, encuentre plausible en la Biblia.

Hay otro grupo de argumentos a los que podríamos llamar de efecto bumerán, pues contribuyen, más bien, a reforzar la hipótesis ecléctica. Uno de ellos es el que dice que las dificultades para entender la palabra de Dios radica en los errores cometidos por los copistas a través de los siglos. Es fácilmente entendible este argumento, debido a que las copias hechas antes de la invención de la imprenta tuvieron que hacerse una por una, multiplicando así las ocasiones de errar [7]. Este argumento no hace más que reforzar la hipótesis ecléctica, pues si hubo errores, aunque hayan sido sólo de forma, éstos bien pudieron haber afectado a la sustancia de lo tratado. En nuestros lenguajes modernos la mala ubicación de una coma, su presencia o su ausencia, puede ser suficiente para cambiar sustancialmente el sentido de lo que se escribe.

También se dice que Dios no “dictó” a cada escritor bíblico su parte, solo lo inspiró, lo cual, siendo perfectamente entendible, también abona en favor de la posibilidad de que lo escrito no haya sido fiel a la inspiración recibida. También es un argumento bumeran.

En conclusión, la hipótesis ecléctica, esto es, la de que la Biblia no ES la palabra de Dios, pero que la contiene, es un acercamiento a la verdad. No pone en duda la existencia de Dios; se limita sugerir que algunas partes de la Biblia, sobre todo del Antiguo Testamento, pueden no haber sido inspiradas por Él. En consecuencia, tampoco pone en duda que otras partes del Antiguo Testamento sí lo hayan sido, sobre todo aquellas que convergen hacia Jesús, como el mandato de amor, por ejemplo [8] y los diez mandamientos, y ni hablar de poner en duda las propias enseñanzas del Maestro.

La hipótesis tampoco debiera herir la susceptibilidad de los creyentes, sino más bien reforzar su fe, pues en el fondo se trata de una defensa racional de Dios, toda vez que cuestiona aquellos textos que distorsionan la verdadera idea de Dios, de los cuales suele valerse el ateísmo para negar su existencia misma.

Po último, no propugna la construcción de una nueva Biblia determinando qué textos son inspirados por Dios, y cuáles no. Se trata, simplemente, de contribuir a que cada quien asimile de la mejor forma posible la verdadera la palabra de Dios.

[1] Josué 10:11

[2] Josué 10:40

[3] Josué 7: 2-13

[4] 1Corintios 4:6

[5] Levítico 24:20. Este libro es del siglo 16 AC.

[6] Manlio Sgarambo (en la sección “Coro “ de: ¿En qué Creen los que no Creen?

[7] Un ejemplo que suele citarse (aunque algunos lo hacen bajo la suposición de plagio) es el capítulo 37 del libro de Isaías escrito 732 años A.C., repetido exactamente igual, 200 años después, en el capítulo 19 del libro 2Reyes escrito por Jeremías en 580 A.C.

[8] Levítico 19:18

 

 

 

 

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