LA VERDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO

 

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LA VERDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO

CONTRADICCIONES Y TENSIONES

 

Frase clave: La crisis climática en contexto

Artículo de noviembre 2019

Categoría en este blog: Otros temas

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“La verdad del cambio climático” es una expresión que suele ser usada para negar la existencia del cambio o para rechazar la idea de que la actividad humana tenga responsabilidad en él. En este artículo la utilizo en un sentido totalmente diferente: el de que hay que considerar la crisis climática en contexto.

Para empezar, y a contravía de quienes lo niegan, el cambio climático es ya una realidad, no una mera teoría. Es que no se puede negar que la temperatura media del planeta está aumentando significativamente, al punto de que ya se habla de temperaturas de hasta 50° C en lugares que nunca antes habían experimentado semejantes niveles[1]; que el hielo marítimo del ártico así como los glaciares de las altas montañas ya se han reducido drásticamente; que el nivel de los mares está subiendo; que la acidificación de los océanos está trastornando la fauna y la flora marítimas, como lo ilustra la muerte de la mayor parte de la Gran Barrera de Coral de Australia; que los incendios forestales son ahora más frecuentes y devastadores; que se está perdiendo mucha biodiversidad terrestre; que los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes e intensos; en fin, que también se está produciendo una desertificación que pone en riesgo la producción de alimentos, y que las masas de migrantes climáticos, con la carga de conflictos sociales que conllevan, son ya una lacerante realidad.

De modo que negar la realidad del cambio climático es una aberración aunque solo sea una minoría la que lo hace. Un ejemplo de esto último -conspicuo por la condición de quien lo dijo- fue el de Ivar Giaever, premio Nobel de física 1979, quien aseguró que el cambio climático es un “no problem”, pues la temperatura del planeta ha sido “sorprendentemente estable”: de 1860 a 2010 la temperatura promedio del planeta subió en apenas una fracción de grado (0,8°). Pero los datos de Giaever difieren notablemente de los que presenta la Organización Meteorológica Mundial[2], según la cual la temperatura media del mundo no solo que subió 1,1°C desde el nivel preindustrial (punto de referencia coherente con el usado por el premio Nobel) sino que en un período subsiguiente tan breve y reciente como 2011-2015 ya lo hizo en 0,2°C. La diferencia parece de poca monta, pero no es así. Volveremos sobre esto último.

Tampoco hay unanimidad respecto a cuánto de este fenómeno es atribuible a la actividad humana. Hay quienes niegan de plano que la actividad del hombre tenga algo que ver con lo que está pasando, y creen que se debe solo a causas naturales no humanas. Pero otros, la gran mayoría, creen que el ser humano tiene gran parte de responsabilidad, sino toda. En 2001 el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU[3] señalaba que había un 66% de probabilidades de que el calentamiento global esté siendo provocado por el hombre, pero solo unos diez años más tarde su estimación subió al 95%. Esto llevó al grupo a concluir que era “extremadamente probable” que la actividad humana sea la causa dominante del calentamiento[4].

No soy experto en la materia ni poseo los elementos de juicio necesarios como para contribuir a aclarar el origen del problema, pero es evidente que la comunidad científica no solo que ya ha llegado a la grave conclusión de “extremadamente probable”, sino que también ha detectado numerosos e importantes aspectos de la actividad humana que con toda seguridad están contribuyendo al cambio climático, tales como el persistente uso del carbón, las emisiones de CO2 por los medios de transportación de mercancías y personas, y la deforestación. Con estos antecedentes y nuestra experiencia diaria, es claro que sí tenemos responsabilidad, y que más allá del debate sobre el origen del cambio climático ahora lo importante y urgente es tener claras cuáles podrían ser las mejores estrategias y acciones a seguir para revertirlo, y actuar en consecuencia, para lo cual hay que considerar la crisis climática en contexto.

El Acuerdo de París (2015) busca dar una respuesta mundial a esta situación, sin perjudicar el desarrollo sostenible ni la erradicación de la pobreza. Fija, como objetivos específicos, limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5°C con respecto a los niveles preindustriales[5] y, en cualquier caso a mantenerlo “muy por debajo” de los 2°C. Ese medio grado, que parece poca cosa, no lo es, pues su ocurrencia causaría nuevos y graves perjuicios a la naturaleza, por ejemplo, la desaparición de todos los arrecifes del planeta.

Aparte de los ya mencionados, el Acuerdo de París no propone objetivos específicos y concretos que sean relevantes, salvo tal vez el compromiso de cada Parte de ser “responsable del nivel de emisiones que se le haya asignado” (art. 4.17) y el de presentar quinquenalmente sus avances en otras tareas de lucha contra el cambio climático, especialmente en las relativas a mitigación y adaptación (art. 4.9 y 14). El resto del Acuerdo es más bien un listado de buenas intenciones, más o menos dispersas que, sin embargo, apuntan al cumplimiento del objetivo de no rebasar las metas de temperatura ya mencionadas.

Ahora bien, la naturaleza polifacética del problema climático dificulta su cabal comprensión, el diseño de las estrategias requeridas y la ejecución de las acciones necesarias. Y claro, mientras no se reconozca la importancia de entender correctamente la naturaleza y el alcance del problema, y se obre en consecuencia, éste seguirá, lenta pero inexorablemente, agravándose.

Lo polifacético del problema climático también da lugar a una variedad de situaciones conflictivas en las que afloran contradicciones y tensiones cuando se trata de encontrar soluciones. A continuación se mencionan sucintamente algunas de esas situaciones.

a)La más abarcante de todas, la que es el telón de fondo de la crisis climática, es sin duda la necesidad de atender las crecientes y variadas necesidades derivadas del aumento de la población mundial. Si bien la tasa de crecimiento poblacional del mundo ha disminuido en los últimos 50 años, la carga poblacional ha seguido creciendo a ritmo muy rápido: de 3.000 millones de seres humanos en 1970 a más de 7.000 millones en la actualidad (2019). Esto significa que debemos preocuparnos no solo por contener el aumento poblacional, sino también de hacerlo lo más pronto posible, antes de que el problema (la carga poblacional) se torne más grave de lo que ya es. Esto conlleva una potencial conflictividad general: la de tener que satisfacer las crecientes necesidades humanas sin dañar nuestra casa común.

b)La ciencia y la técnica estiran la productividad de los recursos naturales, lo cual exige esfuerzos en muchos frentes, incluyendo el financiamiento de actividades de mitigación, adaptación, investigación y desarrollo, entre otras. Además hay que tener en cuenta que los recursos naturales no renovables, y el aumento de la productividad, no son ilimitados. A la larga, aunque sea muy a la larga, se agotan.

c)El control de la natalidad es un mecanismo demográfico idóneo, pero tropieza con objeciones éticas inspiradas en la santidad de la vida. Se trata de una situación típicamente conflictiva, creadora de tensiones. Quizás la solución radique en una idea tan sencilla como ésta: medidas anticonceptivas sí, abortivas no[6].

d)Pero el problema de la sobrepoblación no significa que el esfuerzo deba enfocarse en el control de la natalidad únicamente. Por ejemplo, hay que erradicar la pobreza, y no por motivos éticos solamente, sino también por razones prácticas: está comprobado que su reducción también favorece la disminución del crecimiento poblacional.

e)El aumento poblacional conlleva la necesidad de incorporar nuevas tierras a la producción de alimentos, lo cual, a la larga, significa reducir áreas que más bien debieran mantenerse vírgenes por razones ambientales y de preservación de especies: importante ejemplo de las contradicciones y tensiones que se producen en la lucha por salvar nuestro hábitat.

f)El crecimiento poblacional también exige aumentar más y más los hatos ganaderos, pero eso colisiona con la necesidad de evitar un nuevo deterioro de la capa de ozono.

g)A menudo la disciplina ambiental que se impone desde el poder público choca con intereses sociales y económicos legítimos, especialmente con la necesidad de atender inmediateces por razones de supervivencia, de modo que, por ejemplo, no se puede prohibir a rajatabla que los campesinos más pobres deforesten y quemen lo que no deben deforestar ni quemar, si no se les da alternativas de supervivencia y vida digna. Es una situación en la que la racionalidad colisiona con la justicia, y requiere medidas equilibradas que atiendan las necesidades de los más vulnerables. Es otro claro ejemplo de conflictividad y tensión social.

h)El consumo superfluo y frívolo conlleva consumo irracional de recursos naturales, pero reducirlo a un nivel -no digamos de austeridad pero sí de racionalidad- afectaría al empleo, tanto más cuanto más extendido sea el consumo objeto de la reducción.

i)Es conocido que el consumo masivo del carbón es tal vez la fuente más importante de emisión de CO2 pero su eliminación provocaría una elevación generalizada del precio de los demás combustibles fósiles, lo cual sería favorable a la preservación del ambiente pero perjudicaría la satisfacción de las necesidades humanas inmediatas.

Como se ve, el tema es sumamente complejo; se presenta toda suerte de dualismos que deben ser enfrentados en sus dos vertientes, la deseable y la indeseable, lo cual complica la solución de los problemas climáticos. Entonces, nada de simplismos. Hay que entender la crisis climática en contexto; en su muy amplio contexto. Con perspicacia podemos y debemos encontrar soluciones interdisciplinarias, equitativas, justas y eficientes. Más complejidad aún: en muchos aspectos debe hacérselo a escala planetaria, mediante compromisos vinculantes para todos los países del mundo. La globalización económica muestra con claridad la necesidad de esa clase de compromisos. Por ejemplo: en el marco de la globalización económica la competencia se vuelve especialmente enconada, induciendo a muchos a practicar el “todo vale”, incluyendo prácticas que acrecientan la desigualdad social así como otras que deterioran el medio ambiente. En estas circunstancias la concertación de un “fair play” ecológico a nivel mundial resulta indispensable para evitar los efectos colaterales indeseables de la globalización. Reiterando: el tema del cambio climático es extremadamente complejo; por lo tanto hay que considerar la crisis climática en contexto.

Frente a tan grave problema la actitud individual juega un papel decisivo, y radica no solo en la actitud individual de los seres humanos comunes y corrientes, sino también, y con gran trascendencia, en la de aquellos individuos con poder encargados de tomar decisiones y acciones sobre el medio ambiente. En tratándose de individuos que tienen a su cargo los asuntos públicos, su incidencia es prominente, y lamentablemente suele volverse negativa cuando a la hora de cumplir con sus responsabilidades, no asumen una actitud individual pro vida, una actitud de resistencia a presiones e intereses, y el resultado es que no se hace lo que se debe hacer. Probablemente la actual (2019) posición de USA frente al Acuerdo de París habría sido muy diferente si el Presidente de Estados Unidos hubiese sido Al Gore y no Donald Trump, y otra, también muy diferente, la del gobierno brasileño si el presidente no hubiera sido Jair Bolsonaro sino algún responsable político verde.

El problema nos alcanza a todos, y todos debemos arrimar el hombro para solucionarlo. Lamentablemente muchas personas, por su actitud carente de solidaridad, creen que el asunto no les atañe como individuos, sino a la organización social a la que pertenecen, a sus instituciones, a sus gobiernos. Craso error. Eso equivale a creer que no importa que la conducta individual sea mala con tal que la orientación de la organización social no lo sea. Como dijera Gandhi: “Soñar con sistemas tan perfectos en que nadie necesite ser bueno”. En realidad la forma correcta y más básica de encarar el problema ambiental es desde lo individual, sin perjuicio de hacerlo también, claro está, desde la organización social.

Los recientes movimientos de grandes masas humanas en muchas ciudades del mundo exigiendo a los líderes políticos y empresariales que hagan algo para detener la crisis climática, son bienvenidos, eran necesarios, y trasuntan la creciente preocupación mundial por el futuro del planeta. Pero esos movimientos, pletóricos de emotividad, no son suficientes, son solo una cara de la moneda, la otra, reitero, es la actitud individual. Pero la actitud individual que se necesita es una basada en la sinceridad, en la coherencia con uno mismo. Incoherencia es pronunciarse a grandes voces contra la inoperancia de quienes deben liderar la lucha contra el problema climático, y en lo personal mantener actitudes y conductas que atentan contra el ambiente. Disonancia cognitiva pura y dura es clamar contra la civilización que está destruyendo el planeta y en el plano individual obrar de manera incoherente con lo que se pregona. Disonancia individual es, por ejemplo, reconocer los daños que se está haciendo a los mares por la contaminación de plásticos, y al mismo tiempo seguir consumiendo productos plásticos de un solo uso, o que a la hora de adquirir un coche la emisión de CO2 sea lo que menos se tenga en cuenta.

Una actitud individual generalizada, coherente con la necesidad de conservar el planeta es indispensable, pues sin ella seguiremos agravando el problema. Hace falta una suerte de “viralización” -para usar un neologismo en boga- de una actitud individual ecológica idónea, como una forma de amor cristiano no solo hacia nosotros mismos sino también hacia los que vendrán después.

En su encíclica Laudato Si (2015) el Papa Francisco resaltó la importancia del ejemplo individual: luego de destacar la importancia de las actitudes individuales concretas de preservación ambiental, y de decir que Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas”, agrega que ellas “…derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar”. Cierto, es posible que pensemos que nuestro ejemplo es apenas una gota de agua en el desierto, pero la verdad es que produce frutos “más allá de lo que se pueda constatar”: alguien, en alguna parte, tomó conocimiento de nuestro ejemplo y lo adoptó como guía.

En suma, la discusión sobre el origen del problema climático parece en gran medida intrascendente y superada; lo relevante es que la actividad humana está contribuyendo a él, y eso hay que parar. Por otra parte, para entender cabalmente las situaciones negativas generadas por el cambio climático hay que considerar la crisis climática en contexto, pues todo está conectado. Ello es requisito indispensable para solucionar, de manera racional y justa, las contradicciones y tensiones que a menudo se presentan. ¿Y qué es lo que ahora le falta hacer a la raza humana ante tan grande desafío? Contar con un cuerpo de compromisos básicos en materia ambiental, vinculantes y eficientes, no solamente declarativos, entre las naciones. Pero por sobre todas las cosas hace falta asumir actitudes individuales conscientes de la situación, orientadas a cumplir un deber de consciencia, de consciencia ambiental, aunque otros no las asuman. Actitudes masivas de este tipo serían fuerzas irresistibles que empujarían a la sociedad humana por el buen camino. Los logros tecnológicos presentes y futuros, de los que tanto nos ufanamos, podrían no servirnos para nada si perdemos la batalla contra el deterioro ambiental.

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[1] Más allá de que también se presentan casos opuestos: lugares que experimentan temperaturas más bajas que antes.

[2] Fundada en 1950

[3] IPCC por sus siglas en inglés, es una red científica mundial con 195 países miembros dedicada a estudiar el tema climático. Fue creada en 1988.

[4] Euronews, 2013

[5] El IPCC sitúa la era preindustrial a fines del siglo XIX

[6] Desde luego con razonables excepciones para el segundo punto

 

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