LA MENTE PRECEDE AL CEREBRO

 

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LA MENTE PRECEDE AL CEREBRO

 Artículo de mayo 2020

Categoría: filosofía

Frase clave: mente y cerebro, célula, Deepak Chopra.

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

La mente precede al cerebro, y no al revés. Esto parece contrario a la razón y a la ciencia, pero no lo es. Es posible que en alguna ocasión yo también haya considerado que es al revés, pero, pensándolo bien, debo admitir que, si lo hice, estaba equivocado.

La célula, y en especial su núcleo, es una de las cosas de la realidad biológica en las que con más claridad se avizora que realmente la mente precede al cerebro. Otra, no menos importante, es la manera cómo la célula se relaciona con su entorno. Veamos estas dos perspectivas.

En el interior del núcleo de la célula hay un total de 46 cromosomas en forma de salchichas, y en cada uno de ellos una cuerda larguísima en forma de espiral, tan larga que si estirásemos las que hay en los 46 cromosomas, juntándolas una a continuación de otra, alcanzarían una longitud aproximadamente igual a la mitad de la circunferencia terrestre. En medios científicos se dice que la acomodación de objeto tan largo en un espacio microscópico, es una portentosa proeza de ingeniería.

La cuerda larguísima que hay en cada cromosoma en realidad está formada por dos hebras enrolladas una alrededor de la otra, unidas por pequeñas barras, a modo de peldaños, de manera que el conjunto se asemeja a una escalera de caracol: es el ADN (ácido desoxirribonucleico). Lo más significativo del ADN está en los peldaños, formados por combinaciones de compuestos químicos que se designan con letras, y así como con solo dos caracteres -punto y raya- el alfabeto morse puede crear infinidad de palabras, la combinación de cuatro letras también forman “palabras”, que a su vez componen “historias” que reciben el nombre de genes. Cada uno de estos últimos constituye una unidad de información. La agregación de genes   forman “capítulos” [1] que constituyen los ya mencionados cromosomas agrupados en 23 pares en el núcleo de cada célula, de modo que, como queda dicho, cada célula contiene un total de 46 cromosomas. En cada par de cromosomas uno de ellos es copia del otro, lo cual implica que también existan dos copias de cada gen (esto evoca las copias de archivos que automáticamente hacen nuestras computadoras cuando trabajamos con ellos). Por otra parte, en cada cromosoma hay cientos de genes, esas secciones del ADN cuya secuencia constituye el genoma, encargados de la transmisión de los caracteres hereditarios.

En términos de letras, el tamaño del genoma es enorme: más de tres mil millones de ellas. Se dice que un gramo de ácido desoxiribonucleico puede almacenar la información contenida en un billón de discos compactos; y, que cada una de las 100 billones de células que componen el cuerpo humano posee un juego completo de instrucciones genéticas.

Lo fascinante del ADN no es solo la variedad y cantidad de información en él contenida; también lo es la función de replicación del propio ADN. Máquinas moleculares denominadas enzimas se desplazan a lo largo del ADN y lo desdoblan en dos; luego toman cada hebra como molde para generar una nueva hebra complementaria, la cual luce como la parte de una escalera que ha sido cortada longitudinalmente por la mitad con sus peldaños colgando de un lado. También es fascinante el hecho de que esta replicación se complemente con la “lectura” y transcripción de la información contenida en el ADN original, mediante un complicado proceso: los genes de éste se activan mediante señales químicas procedentes del exterior del núcleo, y entonces hacen una copia del gen correspondiente valiéndose de una molécula de ARN (ácido ribonucleico, la media escalera) la cual recoge la información del gen y la transporta fuera del núcleo, a un ribosoma ubicado en el citoplasma de la célula, donde es utilizada para sintetizar las proteínas del cuerpo humano.

En resumen, la célula es un maravilloso y muy complejo sistema de almacenamiento de información, procesamiento de datos y replicación.

Pero lo asombroso no es solo su estructura, sino también su funcionalidad y sus complejos y delicados equilibrios. Es sencillamente absurdo creer que esta maravilla sea producto de la materia misma impulsada por el azar y la espontaneidad. Es por demás visible que el diseño que tiene la célula es inteligente y extraordinario, de lo cual necesariamente se colige que alguna mente debe haberlo producido; no que el cerebro haya hecho tal diseño. ¿Cómo iba a hacerlo el cerebro si éste no existía antes de las células que lo conforman? Un primer y claro indicio de que la mente antecede al cerebro.

Pero la precedencia de la mente se pone en evidencia no solo cuando se escudriña en el interior de la célula -en su estructura y funcionalidad- como lo acabamos de hacer, sino también en el segundo caso, esto es, cuando observamos el relacionamiento de la célula con su entorno, como lo vamos a ver a continuación.

Uno de los análisis más lúcidos y convincentes sobre el tema de la precedencia, y en particular sobre el del relacionamiento de la célula con su entorno, es el realizado por el médico-filósofo Deepak Chopra (Nueva Delhi, 1946) en su libro “Conocer a Dios” (2001). En esta obra el autor destaca que en sus inicios el embrión humano (zigoto) no es más que una masa informe de células, peo pronto algunas de éstas, las protocerebrales por ejemplo, empiezan a emitir señales químicas para atraer a otras iguales a ellas. En esta forma las células protocerebrales “viajan para encontrarse entre sí, (y) aunque se topan por el camino con células protocardiacas, protorrenales y protoestomacales, ninguna de ellas se pierde o se confunde de identidad”. Y todo esto las células lo hacen a su debido tiempo, pues son maestras en el control del tiempo; no emiten a destiempo sus señales químicas porque saben esperar “a que sea su hora”.[2]  Actúan como seres vivos que saben lo que tienen que hacer; como seres vivos a los que un poder supremo les ha dotado de mente.

En la misma línea, y bajo el título de “Un patrón invisible rige la formación del cerebro”, una reciente publicación[3] informa que investigadores de la Universidad de Stanford han descubierto el patrón invisible que siguen las neuronas en crecimiento para formar un cerebro. El estudio, publicado en Nature Physics, dice que el cerebro elegido para la investigación fue el de un gusano. Cada neurona, explica el estudio, está rodeada de aproximadamente una docena de otras neuronas, y todas ellas trabajan juntas para realizar las tareas que les corresponde hacer. Para ello siguen ese patrón invisible que se repite una y otra vez en todo el cerebro del gusano hasta formar una red neuronal continua. Coincidentemente, al hablar de los niveles de la realidad, Chopra dice que en el nivel cuántico solo hay energía pura, pero con información inmersa en ella. A la luz de la investigación realizada por los investigadores de Stanford, tal información no es otra cosa que el patrón invisible que ellos descubrieron.

Ahora bien, parecería razonable concluir que si un patrón fue necesario para crear la red neuronal del gusano, mucho más necesario ha de ser un patrón que tenga por objeto crear la red neuronal del cerebro humano. Y entonces surge el tipo de pregunta de siempre: ¿quién o qué provee a las neuronas del patrón o modelo necesario? ¿Las propias neuronas? ¡Pero si ellas no tienen cerebro para hacerlo! ¡Más bien son ellas las encargadas de construirlo! ¡Lo que tienen es información inmersa en la energía que las mueve y direcciona!

Volvamos ahora a Chopra. Además de su propia identidad, que las células la tienen bien clara, también destaca su capacidad de memoria y de aprendizaje. Dice que una célula cerebral de un niño, aunque no esté aún madura, “sabe por adelantado lo que va a ser”, y sigue fielmente su designio en la vida “a pesar de los miles de señales que se están emitiendo a su alrededor”. Estas capacidades de las células le llevan a sostener que “La memoria, el aprendizaje y la identidad preceden a la materia y la gobiernan”.

Yo saco la conclusión, dice Chopra, que “el campo de la consciencia es nuestro verdadero hogar, y que es la consciencia la que contiene los secretos de la evolución, no el cuerpo ni, incluso, el ADN”. Y agrega: “Nuestras mentes son un punto de concentración de esta consciencia cósmica, pero no nos pertenece como una posesión, y del mismo modo que nuestro cuerpo se mantiene junto por la consciencia interior, hay un flujo de consciencia fuera de nosotros”. Dicho de otra manera: los atributos de nuestras células (identidad, memoria y aprendizaje) son nuestra consciencia, la cual es manifestación de una consciencia cósmica que fluye fuera de nosotros, y, a su vez, nuestra mente es punto de concentración de esa consciencia. Además, nuestra consciencia no nos pertenece en posesión, pues deviene de esa consciencia cósmica que fluye en derredor nuestro, y que ha sido dada a nuestras células, es decir, a nosotros.

Ahora bien, cualquiera que sea el término que se utilice para designar el componente inmaterial que forma parte del ser humano (alma, consciencia, mente) lo importante es que no es lo físico -el cerebro- lo que crea lo inmaterial del ser humano, sino lo contrario: es la inmaterialidad la que gobierna lo material. Hay pues una clara precedencia de lo inmaterial respecto de lo material. Pero al conjunto de esos atributos celulares, que Chopra llama consciencia, y que gobierna lo material, yo prefiero llamarlo “mente”, por su connotación de potencia creativa, esto es, algo superior a “consciencia” que es solo la capacidad de reconocer la realidad.  

¿Pero a quién pertenece esa mente que ha sido dada a las células? La pregunta es procedente toda vez que el cerebro, que es la base física de la mente, aún no existe en esa alborada de la vida en que las células hacen lo que deben hacer, y a la hora precisa en que lo deben hacer. Desde luego no pertenece al cerebro que aún no ha sido creado.

Así, todo apunta a que hay algo inmaterial que precede al cerebro. Pero para una mirada somera y light, que no va al fondo de las cosas, la idea de que el cerebro genera la mente parece irrefutable; sin embargo vemos que no es así cuando nos adentramos en el meollo del asunto. Según Chopra la mente es una consciencia local que es parte de una consciencia cósmica. Pero sea que a esta consciencia cósmica se la denomine mente o consciencia, a alguien debe pertenecer, y ese alguien necesariamente tiene que ser una entidad extra natural, espiritual, Dios.

Las partículas de materia viva, las células, reciben de Dios el don de la mente, que les da la conciencia de lo que deben hacer para continuar con el proceso constructivo de la vida hasta llegar a estructuras macro, una de ellas el cerebro. Pero todo esto en relación a los seres vivos solamente; en lo que respecta a los seres no vivos parece lógico pensar que también existe una fuerza que los induce a ser como son, a la que, sin embargo, no me atrevo a calificar de mente o consciencia como lo han hecho algunos filósofos.

Pero insistamos: ¿cómo entender que el cerebro no sea lo que realmente crea la mente, siendo que es la base física de ésta, y siendo que cuando muere el cerebro también desaparece la mente humana, se acaban sus pensamientos? La explicación es que una cosa es la construcción del cerebro con sus capacidades cognitivas y creativas, y otra, muy diferente, su funcionamiento luego de haber sido creado. Una vez construido, un foco puede emitir luz si se hace pasar corriente eléctrica a través de él; no podría hacerlo sin la corriente eléctrica que lo activa. Entonces, el foco y la corriente eléctrica son cosas diferentes. Así mismo el cerebro, una vez creado, produce pensamientos y con ello cierto nivel de consciencia, pero no podría hacerlo sin algo, fuera de él, que lo active: la mente. Es que, repito, cerebro y mente son cosas diferentes, el cerebro es el instrumento; la mente aquello que lo crea, lo activa y le permite construir pensamientos. Suponer que el cerebro crea la mente es como creer que el foco es el que genera la corriente eléctrica.

El hecho de que el cerebro tenga capacidad de pensar no significa que la materia de la que está constituido, por sí sola, haya creado esa capacidad. La capacidad de pensar no le es dada al cerebro directamente, sino a través de las células que lo construyeron. Dicho en otra forma, una cosa es la precedencia en el sentido de que la mente existe antes que el cerebro, y otra muy distinta la relación que se establece entre la mente y el cerebro una vez que éste ha sido creado. Esa relación no es materia de este artículo, pero sí es oportuno destacar la diferencia aquí explicada.

Insisto, ¿quién dio a la células la capacidad de enrumbarse hacia la creación del cerebro en los tiempos y circunstancias precisos, siguiendo un patrón invisible para hacerlo? Tiene que ser algo extra-natural, una mente sobrenatural de índole espiritual.

Por otra parte, la presencia de la mente en nuestros cuerpos ya formados significa que Dios conoce lo interior nuestro, más aún, lo interior de todo cuanto existe en el universo, desde lo más micro hasta lo más macro; desde lo interior de una bacteria hasta lo interior del ser humano; desde una brizna de hierba a una alta montaña. No hay nada en el universo que escape al conocimiento de Dios, lo cual implica, con una perspectiva más amplia, que Dios es inmanente y trascendente al mismo tiempo, sin que ello signifique que nosotros seamos dioses, como sostiene Baruch Spinoza con su panteísta concepto de sustancia.

A ese ente inmaterial -la mente humana- creado por la mente de Dios, se lo denomina de varias maneras: alma, espíritu, o mente mismo, y constituye el componente inmaterial del ser humano. Tampoco es materia de este artículo, pero me adelanto a decir que mi creencia es que ese componente inmaterial sobrevive a la muerte del cuerpo físico, aunque puede no hacerlo en los casos en los que el Creador así lo decida.

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[1] La referencia a “palabras”, “historias”,” capítulos” y “libro”, es solo un recurso idiomático que suele utilizarse con fines didácticos.

[2] Deepak Chopra, en “Conocer a Dios”

[3] Tendencias Científicas, una sección de la revista electrónica Tendencias 21

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