LIBERTAD Y VOLUNTAD

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(Estos artículos se publican la primera semana de cada mes)

LIBERTAD Y VOLUNTAD

Elementos claves de la actitud individual

 Artículo de septiembre 2020

http://www.amazon.com/author/carlospalacios/

¿Cómo debería ser la actitud individual de las personas para que sea coherente con el ascenso integral del ser humano, esto es, con un ascenso ecléctico espiritual-material? ¿Cómo deberían interactuar la libertad y la voluntad en la construcción de la actitud individual? Obsérvese que estas preguntas no se ubican en el plano meramente organizacional de la sociedad sino en el de la conducta individual. Antes de todo eso, repárese que en toda actividad humana hay siempre una actitud individual que, basada en la voluntad y la libertad, la impulsa y direcciona, para bien o para mal.

Lo individual es absolutamente decisivo en el comportamiento del todo social; más importante y decisivo que cualquier ideología, normatividad o estructura organizativa que pretenda disciplinar y encauzar las conductas. En la actualidad el ordenamiento social se basa en lo normativo-institucional, lo cual está bien, pero no puede garantizar por sí solo el ascenso de la especie humana. Es que, para bien o para mal, hay una relación inescapable entre la actitud individual y el comportamiento del conjunto social. En últimas, la clave para una vida comunitaria mejor está en cada uno de nosotros mismos.

Las malas actitudes individuales suelen echar a perder las utopías político-ideológicas en las que a menudo se basan las soluciones organizacionales. En el sistema capitalista la ventaja que significa dar rienda suelta a la creatividad de la gente, suele desdibujarse ante los problemas de toda índole que generan las actitudes individuales excesivamente egoístas. En el sistema socialista las malas actitudes, sobre todo de quienes ejercen el poder político, convierten en puramente caricaturesco el ideal de justicia social, y son responsables del atraso de sus pueblos y del abuso del poder. Por supuesto, la democracia ayuda a corregir esas taras sociales, pero siempre desde el plano de lo organizativo-institucional.

Dicho esto toca ahora preguntarnos sobre qué bases ha de construirse una actitud individual que sea funcional a los objetivos superiores del hombre, al destino luminoso al que aspiramos. Esas bases no son otras que la verdad y la justicia. A continuación consideremos algunos temas con ellas relacionados.

La realidad. El individuo ha de estar consciente que el conocimiento total y pleno de la realidad cósmica es algo que está fuera de su alcance, y que, por lo tanto, ha de aceptar que la realidad es lo que es, más allá de lo que piense que es.

El ser humano tiene ante sí tres posibles respuestas a la pregunta de qué es la realidad:

  • La realidad es como yo la veo
  • La realidad para mí, es como yo la veo
  • La realidad es como es.

La primera es claramente irracional. La segunda es puro solipsismo. Solo la tercera es racional, y tiene como antecedente, entre otros que eventualmente podrían existir, a ese “yo soy el que soy” con el que Dios contestó a la pregunta de Moisés sobre su nombre.

Consecuentemente, la actitud individual ha de tener cierta dosis de humildad ante lo inextricable de la realidad global, sin que ello signifique en modo alguno que deba resignarse a no avanzar en el conocimiento de la realidad. De hecho, parcelas cada vez mayores de la realidad van siendo penetradas por la curiosidad humana.

La verdad. La actitud individual ha de estar orientada a la búsqueda de la verdad y solo la verdad (vale decir, a la búsqueda de lo que es la realidad). Ello implica no incurrir en explicaciones superfluas, como es el caso del discurso seductor que habla mucho y no dice nada, o casi nada, al cual más bien hay que rechazarlo cuando se vislumbre que solo es una forma irresponsable de encarar la realidad y de ocultar la verdad. Estrechamente ligado a lo anterior está el no ceder a la tentación de caer en aquellos simplismos que suelen presentase como sólidas expresiones de sabiduría, que en el fondo también son solo formas irresponsables de explicar la realidad. Muy ligado al discurso seductor está el efectismo, esa práctica lingüística que, al igual que el discurso seductor, lo que busca no es la verdad, sino la admiración de parte de los otros.

Un ejemplo de actitudes específicas que no buscan la verdad sino objetivos menores -a veces inconfesables- es la cerrada defensa que suele hacerse de la filosofía posmoderna. En efecto, hay quienes celebran que el objetivo primordial de ésta no sea el ser útil, no el de buscar la verdad, sino simplemente el de estimular la pluralidad discursiva y el litigio.

Hay espacios sociales plagados de actitudes que no buscan la verdad sino solo objetivos estrechos y a menudo faltos de moralidad y ética, por ejemplo en el campo de la práctica política, en el que los intereses personales o de grupo suelen prevalecer sobre cualquier otra consideración, aunque claro, disfrazados de nobles intenciones. Son prácticas que a menudo se traducen en la más rampante y abyecta corrupción, efecto y causa al mismo tiempo del denominado efecto demostración.

Jesús dijo que él era el camino, la verdad y la vida. Al incluir “el camino”, estaba significando que seguir sus enseñanzas conduce a la verdad y a la vida, y que, en consecuencia, la actitud individual que busque la verdad ha de ser fiel a su magisterio.

Ante todo, la actitud individual ha de ser espiritual, por eso el Nazareno bendijo a quienes son “conscientes de su necesidad espiritual”. Y además de amar a Dios, primer deber del ser humano, ha de amar al prójimo como a sí mismo, lo cual conlleva la obligación de construir volitivamente amor, un amor superior al amor espontáneo; por eso sentenció: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario?, hasta los pecadores se portan así… y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario?… también los pecadores se portan así”. En estos versículos de Lucas (6:32-34), que en definitiva nos piden amar a los que no son de los nuestros, está la base del amor construible. Entonces, en su búsqueda de la verdad, la actitud individual ha de ser una actitud proclive a construir amor.

En el fondo, todas las enseñanzas de Jesús se relacionan con la búsqueda de la verdad, solo que la del amor universal se destaca por su universalidad y trascendencia. Consejos específicos como el de ser sencillos y responsables en el uso del lenguaje (que tu signifique sí, y que tu no signifique no); el ser sinceros y transparentes, no hipócritas como los fariseos; el ser coherentes consigo mismos (la viga en el ojo propio), son ejemplos de esta clase de consejos, tan estrechamente vinculados a la verdad. Es que solo la pureza de espíritu nos acerca a la verdad.

Honestidad intelectual. La actitud individual ha de ser fiel consigo misma. Ha de seguir el hilo de la reflexión o de la investigación, que emprenda, con independencia de hasta donde esto le conduzca. Un genuino compromiso con la verdad es decisivo para actuar de esta manera, pues es ese compromiso el que obliga al individuo a ir hasta las últimas consecuencias. No tener la verdad por norte convierte a ese “ir hasta las últimas consecuencias” en una expresión hueca y caricaturesca que con mucha frecuencia la profieren ciertos políticos. Pero también hay prístinos ejemplos de honestidad intelectual, como los de Charles Darwin y Antony Flew.

Darwin fue creyente incluso durante su periplo en el Beagle, sobre todo por la “…la dificultad extrema, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre…como resultado de una casualidad o de una necesidad” (El Origen de las Especies). Pero después, ya en la segunda etapa de su vida, se convirtió en un ser atrapado por las dudas en lo que a religión concierne, producto de lo cual su fe se fue debilitando hasta recalar en el agnosticismo.

Su honradez intelectual (reconoció que su actividad científica había debilitado su capacidad para el pensamiento abstracto) lo llevó a no pronunciarse públicamente respecto a cuestiones religiosas y a abrazar el agnosticismo, esa visión que postula la imposibilidad de que la mente humana pueda acceder al conocimiento de lo divino. No cayó en el ateísmo. Caer en él es algo que bien podría haber ocurrido dada su fecunda trayectoria científico-naturalista, pero no lo hizo. Su norma de conducta era no escribir jamás “…una palabra (en la) que no creyera en su momento” (autobiografía).

Otro caso. Durante más de cincuenta años el inglés Antony Flew (1923-2010) fue el filósofo ateo más conspicuo del mundo, hasta el 2004 en que sorprendió a todos al declarar que: “Ahora creo que el universo fue traído a la existencia por una Inteligencia infinita”.

Su viraje hacia Dios no se debió a razones de fe ni de revelación, sino a lo que él denominó su “peregrinaje de la razón”, es decir, a su persistente curso de investigación y reflexión científica, cuyo hilo conductor fue aquella máxima de Platón (“La República”) según la cual, cuando uno opta por un determinado argumento debe seguirlo a donde quiera que él nos lleve, es decir, hasta sus últimas consecuencias.

Dijo que no existe fundamento alguno para sostener, como lo hace el ateísmo, que la vida surgió espontáneamente a partir del mundo inanimado (abiogénesis). Se maravilló ante la estructura y funcionalidad de la célula, ese organismo de extraordinario diseño capaz de dar origen a otras formas de vida. Entonces le pareció sencillamente absurdo “…sugerir que la hazaña del origen de la vida pudiese haber sido lograda por casualidad”. Destacó que, de pronto, en el período cámbrico, la consciencia se pone de manifiesto y emerge el lenguaje sin un proceso evolutivo previo. El tema del mal ha sido siempre el argumento fuerte del ateísmo, pero para Flew este es un tema que, filosóficamente hablando, es distinto al de la existencia de Dios.

Estas son algunas de las razones que lo llevaron a cambiar tan drásticamente hacia una posición contraria a aquella que mantuvo por más de medio siglo, desde los 15 años de edad. En la parte final del libro “There is a God”, del cual fue coautor, destaca que algunos creyentes dicen haber recibido revelación de Dios. Ese no es mi caso -dice- no he hecho contacto con Dios, “Pero quien sabe qué podría ocurrir en el futuro. Algún día podría oír una Voz diciéndome: ¿puedes oírme ahora?”

Como puede verse, la honestidad intelectual llevó a Darwin y Flew por caminos contrapuestos: al primero, de la creencia en Dios al agnosticismo, y al segundo, del ateísmo a la creencia en Dios, pero el denominador común de ambos fue una sólida honradez intelectual, sin incurrir en disonancia cognitiva alguna.

Variedad solucional. La actitud individual ha de estar abierta a considerar todos los caminos posibles que se presenten para enfrentar las situaciones que la vida nos pone por delante. Es lo que yo llamo variedad solucional. Se trata de que, para acercarse a la verdad, no cabe adoptar posiciones dogmáticas; no cabe ver el mundo en blanco y negro, sin matices, como lo hacen los simplistas y los fanáticos, que se creen dueños de la verdad, sino abrir la mente a toda posibilidad plausible.

En toda actividad de investigación, cualquiera que sea su campo, el tener en cuenta la variedad solucional es conditio sine qua non, condición indispensable, inexcusable, en esa clase de actividad. Es inimaginable que, por ejemplo, en la investigación científica se la pasare por alto. Lo mismo es aplicable a los problemas sociales, en cuyas soluciones siempre tiene una importancia decisiva.   Obviamente, cuando los problemas surgen del relacionamiento interpersonal, también tienen una multiplicidad de posibles soluciones, no siendo lógico ni razonable ignorarlas sin antes haberlas considerado en su real valor. Y menos lógico aún si el soslayarlas obedece a prejuicios inconfesables.

Por otra parte, somos libres para escoger las opciones que se nos presentan, siempre que estemos ciertos de que no distorsionan la verdad y la justicia, pues si lo hacen no son opciones propiamente dichas, y hemos de hacerlas a un lado. Por cierto, la variedad solucional pierde legitimidad cuando no se basa en la necesidad sino en un relativismo acomodaticio que esconde protervos fines. O cuando se inspira en un negativismo destructivo. Persona negativa es aquella “que siempre tiene un problema para cada solución” (“sí, pero…”), frase atribuida a Albert Einstein, ilustra muy bien este caso.

Aunque parezca contradictorio con lo dicho sobre la multiplicidad de opciones, en ciertas ocasiones puede ser cierto que una solución única sea la mejor para solucionar de tajo un problema, o al menos la más razonable. Cuando esto ocurre es probable que optar por otra u otras lo único que haga es embrollar más las cosas, desviando la atención del meollo del problema.

Pero también se puede errar si se opta por una única solución siendo que otras o una combinación de otras pueden ser una mejor opción. La propuesta de ser “astutos como las serpientes e inocentes como las palomas” al mismo tiempo, denota que en ocasiones, cuando los fines son honorables, es conveniente y necesaria una razonable actitud ecléctica.

La temática aquí tratada nos lleva a la de los valores absolutos, de la ética básica, de aquellos valores que habitan en el fondo del alma humana aunque a menudo sofocados por factores culturales de muy diferente índole. Esos son los valores a los que ha de supeditarse la actitud individual, pero otra vez se asoma la aguafiestas variead solucional: es posible que a veces esos valores deban ser soslayados en aras de consideraciones superiores de justicia y verdad; por eso, más que de valores absolutos, habría que hablar de valores universales. Las relatividades hay que manejarlas con perspicacia y responsabilidad, como cuando los valores éticos y morales difieran según circunstancias de tiempo y lugar, evitando así caer en relativismos inmorales y acomodaticios.

Un ejemplo hipotético de diversidad solucional. Imagínese amigo lector que usted presencia cómo Jesús, látigo en mano, echa del templo de Jerusalén a vendedores y compradores mientras les recrimina a gritos haber hecho de la casa de su Padre una cueva de ladrones. ¿Cómo reaccionaría usted?

Puede que le parezca una actitud prepotente, propia de quien se cree dueño de la verdad. Podría pensar que esa forma violenta de reaccionar es propia de hombres comunes y corrientes, no de Jesús. Recordaría que el propio Jesús diría más tarde, en el sermón del monte, que los de genio apacible heredarán la tierra. Pero pronto se sentiría incómodo con esos pensamientos, pues sabe bien de quién se trata.

También le parecería que hay incoherencia entre lo que está presenciando y lo que después diría el propio Jesús, cuando aseguró que el que se enoje con su hermano será condenado. ¿Acaso esos mercaderes no son también sus hermanos? Algo no cuadraba; estas aparentes incoherencias lo confundirían a usted.

Por otra parte, ¿qué podría haber de malo en una actividad lícita, como es el comercio, que proporciona unos modestos ingresos a personas que tal vez no tenían otra forma de ganarse el pan de cada día? Bueno, ¿pero es que acaso jamás de los jamases debe usarse violencia, cualesquiera que sean las circunstancias? ¿Es que el principio de no violencia es absoluto y no admite excepciones? Luego de pensarlo concienzudamente tal vez usted admita que hay casos en los que el uso de la violencia se justifica. ¿Pero por qué Jesús no se limitó a ordenarles que se vayan de ahí sin causarles perjuicios materiales ni azotarlos? Le costaría trabajo responderse a sí mismo a esta pregunta, pero finalmente concluiría que en este caso la opción por la violencia estaba rodeada de circunstancias que no podía ignorarlas.

Y entonces las consideraría con sinceridad. ¿Que parecía la actitud de quien se siente dueño de la verdad? Bueno sí, ¿pero no era el mismo Jesús quien se identificó como el camino, la verdad y la vida? No había incoherencia alguna. Jesús es nada menos que el Mesías, pensaría, el Hijo de Dios, y la presencia de mercaderes en la casa de su Padre debía haberle resultado particularmente ofensiva. Por otro lado, tampoco se trataba de un templo cualquiera; era el más importante santuario de Israel que, construido por Salomón unos mil años atrás, contuvo originalmente el Arca de la Alianza, y aunque luego fue destruido fue reconstruido después. En fin, pensaría que ante el irrespeto de los mercaderes tal vez sí era necesario dejar sentado un precedente enérgico, un rechazo vívido que no se olvidase jamás.

Además, ¿de qué violencia estamos hablando? se preguntaría. Pensaría en las bestiales violencias cometidas por los seres humanos contra otros seres humanos antes y después de Cristo, comparada con las cuales la acción de Jesús lucía apenas como una reprimenda. ¿Acaso no hay ocasiones en que los padres se ven obligados a reprimir duramente a sus hijos, incluso por el propio bien de ellos, se preguntaría?

Dudas, y más dudas es a lo que esta experiencia lo habría expuesto. Entonces reconocería que todo problema de relacionamiento entre seres humanos tiene una multiplicidad de aristas y soluciones, y que no es lógico ignorarlas sin antes haberlas considerado en su real valor. Y menos lógico aún si el soslayarlas obedeciese a prejuicios no válidos. Pero otra vez las dudas: le parecería que aunque parezca contradictorio con tal multiplicidad, en ciertas ocasiones una solución única podría ser una opción razonable para solucionar de tajo un problema interpersonal. Claro que Jesús tenía más de una solución a la mano, pero probablemente consideró que cierta violencia restringida era la solución más apropiada dadas las circunstancias, pensaría. Pero también se preguntaría si acaso Jesús no estaba violentando los derechos humanos de los mercaderes. Tal vez sí, pero enseguida pensaría que cuando se abusa de los derechos hay que aplicar correctivos.

Sus reflexiones le llevarían al tema de los valores absolutos. Pensaría que veces esos valores deben ser soslayados en aras de consideraciones superiores de justicia y verdad. Pero inmediatamente advertiría el peligro de caer en un relativismo malsano. Reconocería entonces que las relatividades hay que manejarlas con perspicacia y responsabilidad, sin caer en relativismos inmorales y acomodaticios.

Su conclusión final sería que los problemas interpersonales pueden tener una la multiplicidad de opciones y soluciones. Habría aterrizado en la variedad solucional.

A estas alturas, y luego de este ejemplo, debemos preguntarnos: ¿cómo se debe proceder ante la variedad solucional? Es fácil embrollarse cuando uno trata de encontrar fórmulas definitorias, patrones, cánones. Por eso no se me ocurre mejor respuesta que la muy obvia de que cada situación problemática puede ser diferente, y que lo que cuenta para solucionarla racionalmente es la actitud de vida con la que se la enfrente. Pienso que una actitud de vida orientada a la verdad y a la justicia sería la más idónea para lidiar con la multiplicidad de opciones que nos presenta la enjundiosa variedad solucional.

Libertad y voluntad. El ser humano individual ha de estar consciente de la importancia que tienen su libertad y su voluntad, las cuales debe manejar con perspicacia y responsabilidad, sin caer en el libertinaje. La libertad de la que estamos dotados es una libertad intrínseca a nuestro ser, que nos permite elegir nuestra conducta. Se trata de una libertad básica en el sentido de que si bien somos libres para elegir la acción a seguir, en ciertas circunstancias nuestra libertad de elección puede ser solo un mero deseo de elegir, sin que realmente podamos hacerlo, como sería el caso de que al momento de ocurrir un terremoto estuviéramos en prisión, sin posibilidad de ponernos rápidamente a salvo.

También en el sentido de que hay casos en los que un sentimiento es tan fuerte que acaba por sofocar la capacidad de razonar inteligentemente antes de elegir nuestra conducta. Si estamos en la vía pública al momento de ocurrir el sismo, es posible que pongamos pies en polvorosa a toda prisa, sin reflexión alguna. Ejemplos adicionales de esta sofocación abundan en la vida social, especialmente en las relaciones interpersonales.

El individuo también ha de estar consciente de que en su yo profundo se libra una permanente confrontación entre el bien y el mal, y que es su voluntad la que dirime. Es que el papel que juega la voluntad en nuestras vidas es decisivo. De ella depende que resistamos el mal, incluso disciplinando nuestros propios pensamientos y sentimientos, o de que no lo hagamos.

La voluntad está al final de una cadena que se inicia con la libertad, bajo cuya égida el individuo se enfrenta al dualismo bien-mal que hay en su ser; continúa con la consciencia de las consecuencias que conlleva el dualismo, y con el papel de la responsabilidad a la hora de decidir. Dicho en otras palabras: el ser humano goza de libertad para decidir si se orienta hacia el bien o hacia el mal, lo cual implica acercarse a la verdad o no, y si actúa responsablemente o no. Ahí, al final de esta cadena, su voluntad decide el curso de acción a seguir.

Conclusión. La actitud individual es decisiva para el ascenso integral -espiritual y material- del ser humano, siendo la libertad y la voluntad la substancia de la que está hecha.

La actitud individual y el todo social están inescapablemente ligados, por eso la libertad y la voluntad individuales han de manejarse de tal manera que casen con ese gran objetivo que es el ascenso integral del hombre, para lo cual han de atenerse a principios racionales y básicos, como los aquí mencionados. Si esa casación no se produce, o se produce solo en un escaso número de personas, el ascenso integral de la especie humana en su conjunto seguirá siendo -como reza el dicho popular- solo un “sueño de perros”.  

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