Relaciones Interpersonales y Magisterio de Jesús

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Artículo de julio.

A diferencia de lo que ocurre con sus enseñanzas, es muy difícil, sino imposible, conceptualizar la sabiduría de Jesús respecto a las relaciones interpersonales.  La profundidad y riqueza de su sabiduría exigen un esfuerzo intelectivo para tan solo otear su vastedad, no digamos para entenderla en su significación cósmica. Es una sabiduría que, entre otros aspectos, es de naturaleza dialéctica, pues considera en su real dimensión la importancia de lo poco y de lo mucho; de lo grande y de lo pequeño; de lo legal y de lo justo; de lo sagrado y de lo profano; de la razón y de lo que “sale del corazón”.  Desde otro ángulo, sus enseñanzas calan profundo en aquello que realmente importa, sobre todo para el largo plazo, sin quedarse en la superficie de las cosas ni en su inmediatez.

Sus enseñanzas nos hacen libres porque nuestro cabal entendimiento y fidelidad a ellas nos permite, entre otras cosas, ir a lo más profundo de las relaciones interpersonales, esto es, a la mismidad de la realidad social. Y eso nos libera de las dogmáticas visiones de vida relacional entre seres humanos, a las que estamos tan acostumbrados.

Toda vez que Jesús dijo que él era la verdad, el camino y la vida, cabría preguntarnos ¿en qué consiste esa verdad, en el campo de las relaciones interpersonales? Es una verdad que dimana de la sabiduría profunda que sus palabras exudan. Una sabiduría radical (mandato de amar, de construir amor) pero también ecléctica (asumir lo mejor, lo más justo, de las posibilidades que se nos presentan en nuestra vida de relación con los demás).

De sus enseñanzas claramente se desprende que Jesús consideraba que hay valores superiores, entre ellos uno que es muy superior a la ley: la justicia. Por eso, cuando la ley colisiona con la justicia opta por ésta última, sin ninguna duda. Su ética se eleva por sobre las estructuras éticas humanas. Su mandato de amor abarca todo lo bueno que podamos hacer en favor del prójimo, más allá de lo que digan las teorías éticas de los hombres, como las del consecuencialismo  y la deontología.

Jesús coloca el desarrollo espiritual individual en el centro mismo de las relaciones interpersonales, y por ende de las soluciones sociales, muy por arriba de las soluciones organizacionales. Si quisiéramos resumir su mensaje, en lo que a esas relaciones concierne, podríamos decir que su principal advertencia fue la de que sin un desarrollo espiritual individual, el todo social no puede aspirar a desarrollarse de modo integral y satisfactorio, pues el todo no puede ser lo que sus partes no lo son.

Jesús también nos transmite la idea de que, visto el papel protagónico de lo individual, lo fundamental es la lucha personal de cada quien consigo mismo: una lucha para disciplinar los pensamientos y los sentimientos. El amar al enemigo, el perdonar cuantas veces sea necesario, el ser lentos en cuanto a ira, son casos en los que el fondo del asunto es una permanente lucha al interior de nuestro propio yo.

Sus advertencias proféticas sobre la degradación de los valores morales son absolutamente coherentes con la abominable realidad que vivimos todos los días. La elevación de nuestro desarrollo espiritual individual, con una clara preeminencia sobre lo material, se ha vuelto más necesaria que nunca. En el mundo actual la prioridad está invertida: primero lo material, lo prosaico, lo banal, después lo espiritual, sin darnos cuenta que en esa inversión es donde reside la raíz de todos nuestros problemas.

Desde luego, las enseñanzas de Jesús respecto a las relaciones entre los seres humanos presentan muchas otras facetas, todas ellas de la mayor importancia a la hora de intentar acercarnos a su sabiduría social. Facetas que no pueden ser explicadas en el breve espacio de un artículo como éste, tales como las relativas a: que se puede y se debe construir amor (de ahí su mandato de amar al prójimo); la preeminencia de la justicia sobre la ley; la importancia de la conducta actual del ser humano (más allá de lo bueno o malo que antes haya sido); la necesidad de disciplinar nuestros pensamientos y sentimientos; el rechazo frontal a la hipocresía, la doble moral y el doble discurso; el rechazo a la incoherencia malsana (de ahí su parábola sobre la precariedad del reino dividido); la sabiduría intrínseca de los pequeños y los sencillos; la prevención frente a los falsos profetas, etc.

En suma, una enseñanza luminosa sobre el fondo mismo de las relaciones interpersonales. Una enseñanza fácil de entender, pero sustentada en una sabiduría profunda muy difícil de aprehender.

 

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