EL MISTERIO DEL UNIVERSO

Temas de hoy, temas de siempre

Artículo de julio 2018

Carlos M. Palacios Maldonado

 

Perplejidad es lo que sienten muchos, en especial los evolucionistas, ante la espontaneidad con la que actúan las leyes de la naturaleza. Y es que, aun aceptando la espontaneidad como principio básico de la naturaleza, el hombre no puede evitar plantearse interrogantes sobre las causas por las que las leyes naturales actúan de esa manera.

¿Cuál es la causa de que las leyes de la naturaleza funcionen de manera espontánea? ¿Por qué en el campo de la evolución biológica funcionan espontáneamente leyes tales como las de la herencia; de la variación debida a las condiciones de vida de las especies; de la lucha por la vida; de la divergencia de caracteres; de la extinción de las formas de vida menos perfeccionadas; y, por supuesto, de la selección natural? ¿Ha surgido en forma espontánea esa espontaneidad, o es que Alguien les confirió esta característica? Estoy consciente de la respuesta que daría el ateísmo a estas preguntas: diría que son inoficiosas, por el mismo hecho de ser espontáneas; que no hay que buscarle causas a lo que es espontáneo. Pero esta sería una respuesta que siendo formalmente correcta, no respondería nada, que dejaría intactas nuestras dudas existenciales.

Charles Darwin, luego de señalar que todo ser orgánico se reproduce en forma muy rápida, al punto que, “si no es destruido, estaría pronto cubierta la Tierra por la descendencia de una sola pareja”, admite, con la honradez intelectual que lo caracterizaba, que “Las causas que contienen la tendencia natural de cada especie a aumentar son oscurísimas”.

Más adelante surgieron teorías que pretendían complementar la de Darwin, pero sin explicar las causas últimas. Una de ellas fue la de Herbert Spencer, filósofo evolucionista del Siglo XIX, ejemplo de perplejidad ante el misterio del universo. Su pensamiento en cuanto al origen de las especies rechaza la idea de la creación especial (creación por especies), en tanto que defiende con fuerte convicción el desarrollo de la vida por evolución, pero no puede explicar las causas últimas del proceso evolutivo. En efecto, cuando de explicar la causa de la evolución se trata, no puede estructurar respuesta alguna, limitándose a decir que “El último misterio queda tan oculto como antes”, como se verá más adelante.

Buscando algún principio de aplicación general que explique la marcha universal de las cosas, así como la causa de tal principio, nuestro filósofo admite la probabilidad de que exista una causa común del desarrollo progresivo del mundo físico (desarrollo que va “de lo homogéneo a lo heterogéneo”), y lo formula así: “Toda fuerza activa produce más de un cambio: toda causa produce más de un efecto”. Más tarde él mismo le dio una forma más sencilla: “todo cambio va seguido de otros muchos”. Esto, que podría considerarse como una teoría complementaria a la de Darwin, la ilustra proporcionando muchísimos ejemplos de cómo una causa produce más de un efecto. Estos ejemplos, muy variados, van desde lo más sencillo, como cuando dos cuerpos chocan y se produce no solo un efecto mecánico sino también sónico, hasta lo más complejo, como cuando el enfriamiento de la Tierra primitiva produjo una gran variedad de efectos geológicos y hasta geodésicos (achatamiento del planeta). Y va mucho más allá de eso, pues cree que su teoría también es aplicable al progreso social. Todo eso explica claramente el principio propuesto por Spencer, ¿pero qué hay de la causa de tal principio?

En este punto también cabe destacar que esta teoría, la de que toda causa produce múltiples efectos, está en la misma línea de pensamiento de Darwin, quien creía que “… los animales descienden, a lo sumo, de cuatro o cinco progenitores, y las plantas de un número igual o menor”, esto es, que pocos sujetos producen muchos efectos. Pero Spencer no puede vislumbrar la causa última de todas estas causas y efectos, no puede vislumbrar algo más grande que lo explique todo, desde el comienzo. Por eso termina perplejo diciendo que: ”Después de cuanto hemos dicho, el último misterio queda tan oculto como antes. El conocimiento de todo lo que es explicable no puede facilitarnos otra cosa que una luz más clara para ver lo mucho inexplicable que detrás existe”. En otras palabras su teoría de que toda causa produce múltiples efectos (obvia, por cierto), tiene valor para explicar el fenómeno (lo que se muestra de manera sensible), no el noúmeno (lo que no se muestra de manera sensible aunque sí puede hacerlo de manera inteligible). Y agrega que a cada nuevo descubrimiento el verdadero hombre de ciencia “se convence más profundamente de que el universo es un problema insoluble”. [1]

Veamos otro ejemplo de lo arcano, esta vez desde el ángulo de la información que pulula por todo el universo. En la semilla que da origen a un árbol o en el óvulo fecundado que da origen a un ser humano, o en las células a partir de las cuales se forma un ser clonado, o quizás en alguna instancia anterior, parece ya estar registrada la información necesaria para que el ser vivo se forme, crezca y se desarrolle; para que dé frutos, se reproduzca; y, para que finalmente decline, envejezca y muera. También está registrada la información necesaria para el aprovechamiento de los elementos del entorno que son necesarios a su metabolismo, como el agua, el aire, la luz solar, los elementos del suelo, los alimentos. Pero la ciencia no nos explica cómo así existe toda esa información, en el sitio y la oportunidad precisos. ¿Quién la puso allí?

En cuanto al cosmos en su conjunto, hacemos nuestros mejores  esfuerzos en busca de una teoría que unifique las cuatro fuerzas que actúan en la naturaleza, a saber: la fuerza gravitatoria que actúa en toda partícula con masa; la electromagnética, que lo hace sobre partículas cargadas eléctricamente; la fuerza nuclear fuerte, que trabaja en el núcleo del átomo; y, la fuerza nuclear débil, repulsiva, que se hace sentir sobre los electrones. La presencia de la gravedad es especialmente perceptible en el mundo macro del cosmos; la de la fuerza electromagnética en cuerpos macro menores; y, las otras dos en el campo subatómico.

Así pues, la teoría de campo unificado que afanosamente se busca, ha de ser capaz, para ser aceptable, de unir teorías de campo diferentes (campo: espacio de magnitudes medibles, que puede ser descrito en términos de intercambio de partículas). El supuesto es que con una teoría así se podría explicar la naturaleza y comportamiento de cualquier clase de materia (Wikipedia). Por cierto, la teoría de campo unificado tropieza con otra incógnita, relativa a su naturaleza: ¿Es una teoría de fuerzas o más bien de deformación del espacio-tiempo?, tema extremadamente complejo que no cabe intentar siquiera tratarlo aquí, y que tampoco estoy en capacidad de hacerlo.

Cambiemos ahora de nivel de análisis y aterricemos en nuestro propio yo. Al percibir la dualidad cuerpo-espíritu que hay en cada uno de nosotros no podemos menos que sorprendernos y hacernos las preguntas de siempre: ¿de dónde venimos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿cuál es destino de la especie humana? Así, una mirada hacia nuestro propio yo también nos sume en la sorpresa y la perplejidad. Esta misma reacción nos causa el conocimiento de nuestra fisicidad. Tiempo atrás la ciencia descubrió que el ser humano no es, desde el punto de vista genético, tan especial como se creía. Sus 30 mil genes superan en apenas 300 a los de un ratón; la mitad son iguales a los de la mosca del vinagre, y un tercio, a los de la levadura. Entonces ¿en qué radica la diferencia entre el hombre y otros seres vivos? Compartimos con ellos mucha materialidad, no solo la de los genes, pero solo hasta ahí llegan las semejanzas.

Desde el ámbito de la propia ciencia, y a propósito de la construcción del mapa genético humano, se ha dicho, aunque parca y marginalmente, algo que es de una importancia monumental relacionado con lo anterior: la diferencia está en el modo como los genes interactúan. En el hombre se combinan de una manera diferente a como se combinan en los animales. La mera existencia del material genético no explica por qué los genes actúan en una forma y no en otra. ¿Y qué hace que en el hombre se combinen de una manera diferente a como lo hacen en otros seres vivos? Hay algo más, que no alcanzamos a comprender; algo que hace que los genes del hombre impartan instrucciones al organismo de una forma muy diferente a como lo hacen los de una mosca. Todo esto también nos lleva a una situación a la que a menudo se ve abocada la ciencia: la perplejidad ante las nuevas perspectivas que abre la propia investigación científica.

Así pues, estamos ante el misterio del universo, como siempre lo hemos estado. Y como lo demuestran los anteriores ejemplos, se trata de un misterio que los humanos encaramos de diferente manera: unos, no creyentes, lo hacen con perplejidad, pero con la esperanza de algún día desentrañarlo. Otros, creyentes, lo hacemos simplemente con la convicción de que la explicación última del universo radica en Quien lo ha creado. “El tiempo dirá quien tuvo la razón” es una formulación consoladora que ni siquiera puede garantizarnos eso.

[1] Herbert Spencer (1.820 –1903), “Creación y Evolución”, capítulo “La naturaleza necesaria de la causa del progreso”

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