RICOS EN INFORMACIÓN, POBRES EN SABIDURÍA

Artículo de septiembre 2022

 «Nos estamos ahogando en infornación

al tiempo que morimos por falta de sabiduría»

  

La frase anterior, de Edward Osborne Wilson[1], refleja muy bien un mal de nuestro tiempo, y coincide con lo dicho por el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si. En efecto, después de advertir que cuando los medios del mundo digital se vuelven omnipresentes no favorecen el vivir sabiamente, el pensar en profundidad, ni el amar con generosidad, el Papa concluye que:   Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental”.

En cierto sentido también cabe mencionar aquí a Charles Darwin, quien hacia el final de su vida dijo haber sufrido una curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos, y que su mente se había convertido  en una “máquina para extraer leyes generales a partir  de grandes cantidades de datos” (se entiende que se refería a leyes tales como la evolución,  la selección natural y la transmisión de caracteres por herencia), pero no para opinar sobre temas más vastos, como el de la existencia de Dios y el origen del universo (por eso dije “en cierto sentido”). [2]   

Desde luego, y a propósito de Darwin, la calidad y los efectos de la información son cosas que hay que tener en cuenta a la hora de hablar sobre esta última. No es lo mismo la acumulación de información que posee un erudito, como Darwin, que la que tiene un “todólogo”, como tampoco es lo mismo la información que ilumina que la que solo sirve para obnubilar.

Es que la riqueza de información no es mala en sí misma, por el contrario, no solo que es buena y necesaria sino también indispensable para la toma de decisiones racionales y justas. Lo malo aparece cuando obnubila la mente en perjuicio de la espiritualidad y la sabiduría; cuando su efecto dispersivo aparta nuestro interés de las cosas más importantes; cuando se piensa y actúa a espaldas de nuestra espiritualidad con la que también hemos sido creados además de materia. Cuando nos sesgamos hacia el materialismo, cuando subestimamos la espiritualidad, ahí es cuando ocurre lo que Edward Osborne Wilson y el Papa Francisco advierten.

A su vez, el desequilibrio entre información y sabiduría fácilmente puede conducir al cientificismo y al reduccionismo. Los cientificistas creen que los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción (RAE). Así funciona el pensamiento cientificista de mucha gente que acota su vida intelectual y moral exclusivamente a lo que la ciencia le pueda ofrecer.

El cientificismo es reduccionista al creer que solo  en lo  material reside la explicación última de todas las vivencias humanas, inclusive las espirituales. Su reduccionismo llega al extremo  de pretender explicar el comportamiento humano, y con él sus valores, en base exclusivamente a lo material de su ser, a la materialidad y funcionalidad de su cerebro, a las fluctuaciones cuánticas de su materia corporal.

Presumiblemente fue el cientificismo y el reduccionismo lo que llevó al cosmonauta ruso Yuri Gagarín, primer ser humano en abandonar la Tierra, a decir en 1961 que no había encontrado a Dios en el espacio. Hay versiones diferentes respecto a las palabras que utilizó y sobre quien realmente las dijo, pero lo relevante es el simplismo con el que algunas personas encaran el tema de la existencia de Dios, como en este caso en el que se cree que si Dios existiera los ojos humanos deberían ser capaces de verlo. Con razón el escritor inglés C. S. Lewis, al conocer lo dicho por el cosmonauta a su regreso del espacio, comentó que eso era como si Hamlet buscase a Shakespeare en el ático de su castillo.

El cientificismo y el reduccionismo también llevaron a Rosi Braidotti, filósofa italiana autora del libro “The Posthuman” (2013), a decir que el ser humano puede llegar a ser más ético, menos egoísta, y más consciente de las necesidades del prójimo, gracias a prótesis y otros implantes. Otro simplismo, que parece no tener en cuenta las experiencias pasadas y presentes de la especie humana. 

También han llevado a miembros de la Universidad de la Singularidad a asegurar que futuros desarrollos tecnológicos nos volverán más afectuosos y amorosos, y que los robots llegarán a tener sentimientos.

El cientificismo también llevó al filósofo israelita Yuval Noah Harari a decir que cuando maduren la biotecnología, la nanotecnología y los demás logros de la ciencia, el “Homo sapiens alcanzará poderes divinos; que la ciencia llegará a la convicción de que todos los organismos son algoritmos; que la vida, cualquier tipo de vida, debe entenderse como un mero procesamiento de datos algorítmicos; que incluso las sensaciones y emociones son algoritmos; que  la inteligencia se desconectará de la consciencia (es decir, inteligencia sin consciencia); que “algoritmos no conscientes (no humanos) pero inteligentísimos” podrían conocer al ser humano mejor que él mismo; que de hecho los biólogos ya han llegado a la firme conclusión de que el hombre es solo un algoritmo; que “tecnorreligiones” surgirán en Silicon Valley, donde “gurúes de la alta tecnología están elaborando para nosotros religiones valientes y nuevas que tienen poco que ver con Dios y todo que ver con la tecnología”; y,  que Dios y la vida son entidades ficticias. Como es fácil colegir, se trata de conceptos basados en información proveniente de lo físico, no en la sabiduría, que proviene de lo espiritual [3].

Lo dicho. La información no es mala en sí misma, ni más faltaba. Lo malo es la deformación mental a la que puede dar lugar, como son el cientificismo, el reduccionismo y “el deterioro de la riqueza más profunda” del ser humano, para usar las palabras del Papa.

Ahora, al relacionar el cientificismo-reduccionismo con la sabiduría se echa de ver que son dos cosas relacionadas pero diferentes. La ciencia proporciona conocimiento de las cosas, aunque sea provisional, pero la sabiduría es algo superior al conocimiento proveniente solo de los métodos científicos; es entender la vida, sintonizarse con la Realidad. En este sentido, la sabiduría es al conocimiento científico lo que el director de orquesta es a los músicos. La sabiduría, cuya definición formal   -dicho sea de paso- resulta insuficiente para retratarla fielmente, es la que valora y organiza los conocimientos científicos. Pero en el mundo actual el cientificismo menosprecia la sabiduría, sin percatarse que ciencia y sabiduría se necesitan mutuamente. 

Por otra parte, al relacionar la sabiduría con la espiritualidad,  y en especial con el cristianismo, puede verse que un elevado nivel espiritual es necesario no  solo para entender en profundidad los mandamientos de la Ley bíblica sino también para llevarlos a la práctica. Y por cierto, también queda claro que las enseñanzas de Jesús apuntan a la elevación del espíritu de los humanos, a su desarrollo espiritual individual.

Esta es la cruda realidad. Nos hemos vuelto ricos en información pero pobres en sabiduría. A nivel  global, el curso general de los acontecimientos humanos recurrentemente lo confirma.

[1] Entomólogo y biólogo estadounidense.

[2] Autobiografía, 1876

[3] Yuval Noah Harari, “Sapiens” y  “Homo Deus”

 

 

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