Un Peregrinaje de la Razón

un peregrinaje de la razon

Durante más de cincuenta años Antony Flew fue el filósofo ateo más conspicuo del mundo, hasta el año 2004 en que sorprendió a todos al declarar que: “Ahora creo que el universo fue traído a la existencia por una Inteligencia infinita. Creo que las complejas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originan en una Fuente divina”.

Su viraje hacia el teísmo no se debió a razones de fe ni de revelación, sino a lo que denominó su “peregrinaje de la razón”, es decir, a su persistente curso de investigación y reflexión, cuyo hilo conductor fue aquella máxima de Platón (“La República”) según la cual, cuando uno opta por un determinado argumento debe seguirlo a donde quiera que él nos lleve, es decir, hasta sus últimas consecuencias. ¿Cómo así un filósofo ateo, siguiendo a rajatabla esa máxima, y utilizando únicamente el razonamiento pudo llegar a la conclusión de que Dios existe? Resulta interesante conocer algunas de las consideraciones específicas que le llevaron a ese resultado.

Con toda razón dijo que no existe fundamento alguno para sostener, como lo hace el ateísmo, que la vida surgió espontáneamente a partir del mundo inanimado (abiogénesis). ¿Cómo puede -se pregunta- un universo sin mente producir seres con fines intrínsecos, con capacidad de auto-replicación, y de manejo de una química codificada? Esto, en efecto, es lo que ocurre con la célula, pero también antes, con la auto-replicación de las moléculas carbonadas. Por otra parte, Flew llama la atención al hecho de que la edad del universo es poco tiempo para que la abiogénesis pudiese haber hecho su trabajo de transformar la no vida en vida.

La célula, esa maravilla con la que empieza la vida, es otra de las cosas que lo persuadieron a creer en la existencia de Dios. De extraordinario diseño, capaz de dar origen a otras formas de vida, la célula es un complejísimo sistema de almacenamiento de información, procesamiento y replicación. Sus genes, conjuntos de instrucciones codificadas, forman la estructura en doble hélice del ADN. Al considerar las implicaciones de todo lo anterior, a Flew le pareció que es sencillamente absurdo “…sugerir que la hazaña del origen de la vida pudiese haber sido lograda por casualidad”.

Particular atención presta a las dimensiones no físicas del ser humano, oponiéndose al reduccionismo materialista de sus ex colegas ateos. Reflexiona sobre cómo llegaron a existir la consciencia, el pensamiento, las percepciones subjetivas, en suma, el yo. De pronto en el período cámbrico -enfatiza- la consciencia se pone de manifiesto y emerge el lenguaje sin un proceso evolutivo previo. Estos fenómenos implican logros que van desde códigos hasta procesamiento de símbolos, búsqueda de objetivos, conceptos y percepciones. La única forma coherente, agrega, de describir estos procesos, es decir que son dimensiones supra-físicas del ser, y lo que es supra-físico solo puede originarse en una Fuente supra-física. La materia no puede producir conceptos y percepciones. Ilustra la separación entre lo físico y lo supra-físico, señalando que las células cambian, incluidas las del cerebro, pero el yo, la mismidad del ser, su “self”, no cambia.

El tema del mal ha sido siempre el argumento fuerte del ateísmo. Si Dios es un Dios de bondad, ¿por qué permite tanto mal en el mundo? Pero para Flew este es un tema que, filosóficamente hablando, es distinto al de la existencia de Dios. Sin perjuicio de coincidir con Flew en este punto, pienso que en este filósofo se repite cierta actitud elusiva que se observa en la mayoría de los filósofos al tratar el tema del mal: la de no hacer diferenciación alguna entre el mal producido por el hombre (mal moral) y el producido por la naturaleza no humana (mal natural). En todo caso, Flew sostiene que para quienes creen en la existencia de Dios, la presencia del mal tiene dos explicaciones alternativas: una vez creado, Dios no interviene en el mundo; o, la de que el ser humano fue creado con libre albedrío, y por tanto con la posibilidad de equivocarse y caer en el error.

Si algo hay que destacar en este filósofo inglés, es su honradez intelectual, que lo llevó a cambiar tan drásticamente hacia una posición contraria a aquella que mantuvo por más de medio siglo, desde los 15 años de edad. Las explicaciones de su cambio las plasmó en su libro “THERE IS A GOD”, escrito con el apoyo de Roy Varghese, y publicado en 2007, que me sirvió de base para este artículo. En la parte final del libro destaca que algunos creyentes dicen haber recibido revelación de Dios. Ese no es mi caso -dice- no he hecho contacto con Dios, “Pero quien sabe qué podría ocurrir en el futuro. Algún día podría oír una Voz diciéndome: ¿puedes oírme ahora?”

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