Perspicacia

Artículo de febrero 2018

El sentido de las cosas.

Perspicacia es aceptar lo bueno venga de donde venga, y rechazar lo malo, también venga de donde venga. Esa es mi filosofía de vida. Suena sencillo, pero no lo es. Me obliga a ser sincero conmigo mismo a la hora de decidir si algo es bueno o malo. Sincero para admitir que la realidad es lo que es, independientemente de cómo yo me la represente. Sincero para reconocer que necesito ayuda de otros para juzgar correctamente. Sincero para aceptar mis errores y no pavonearme por ahí por mis supuestos aciertos.

La tarea no es sencilla porque, además, la humanidad ha puesto toda clase de obstáculos para el acceso a la verdad -y con ella al bien- al punto de casi invisibilizarla. ¿Qué clase de obstáculos? Cánones, costumbres, tradiciones, ideologías, prejuicios, modas, mentiras puras y duras, etc., etc. Necesitamos que alguien nos ayude a depurar la verdad de toda esa hojarasca que la oculta. Necesitamos la guía de hermanos superiores, sobre todo del más grande todos: Jesús de Nazaret.

Al leer y releer los evangelios percibo que el mensaje de Jesús, en lo que a las relaciones interpersonales concierne -que es el ámbito al que principalmente se enfoca este artículo- descansa sobre un sustrato de sabiduría difícil de asimilar, a diferencia de su mensaje mismo, tan fácil de entender. Una sabiduría que parece pivotear en torno a la necesidad de, con buen criterio, captar el real sentido de las cosas, sin quedarse en la superficie de ellas ni en su inmediatez. Una sabiduría que, entre otros aspectos, es de naturaleza dialéctica, pues considera en su real dimensión la importancia de lo poco y de lo mucho; de lo grande y de lo pequeño; de lo legal y de lo justo; de lo sagrado y de lo profano; de la razón y de lo que “sale del corazón”.

Una sabiduría que da preeminencia a los valores superiores, entre ellos la justicia, de modo que, por ejemplo, cuando la ley colisiona con la justicia, Jesús opta por ésta última, sin dudarlo ni un instante. Esta opción por la justicia se basa, precisamente, en una sabia dialéctica que cabe aquí destacar. Se trata de que, basándonos en la definición de la Real Academia Española, podemos decir que es un proceso intelectual que permite llegar, a través del significado de las palabras, al sentido profundo de lo que con ellas se quiere comunicar. Cuando manda dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, Jesús está poniendo en práctica esa dialéctica: su opción clara y contundente en favor de la justicia, expresada en varias otras partes de su mensaje, no le impide reconocer que tenemos obligaciones mundanas y divinas. Y por supuesto, cuando se produce colisión entre ambas, su mandato es hacer que prevalezcan las segundas. Al fin de cuentas la sabiduría se basa no solo en los principios y valores generalmente aceptados, sino también en sus excepciones.

Voy a poner dos ejemplos que ayudan a entender el alcance de esa clase de sabiduría. Al referirse a la oscuridad que hay en nuestro ser, Jesús dice que si más bien la consideramos como luz, entonces “¡qué negra será la oscuridad misma!” (Sermón del monte, Mateo 6:22-23). Entonces surge la inevitable pregunta: ¿Y qué es la oscuridad misma? Mucho se podría divagar sobre la mismidad de las cosas, esto es, de las cosas en sí mismas, de la oscuridad misma en este caso. Pero lo cierto es que si lo que consideramos luz es solo oscuridad, ésta se enraizará y agrandará en nuestro ser, y se volverá permanente, es decir, será una gran oscuridad. ¿Por qué? Porque si nuestro yo nos incita a no admitir que en nuestro interior hay oscuridad, si no luz, entonces nos habituaremos y fortaleceremos eso que en el fondo es oscuridad y que a nosotros nos parece luz. Lo que Jesús nos está diciendo con esto es que la realidad es susceptible de ser percibida erradamente por el ser humano. Y ¿cuál es esa realidad que puede ser percibida errada y distorsionadamente? Puede ser tanto la realidad material como la inmaterial, la física como la meramente inteligible. En el plano ético, la percepción errada de la realidad nos induce muchas veces a penar que lo que es malo en sí mismo es bueno, y lo que es bueno en sí mismo es malo. La casuística de percepciones erradas de la realidad, en ese y en otros planos, podría prolongarse al infinito, por decirlo de alguna manera, de modo que lo único que podemos hacer es reconocer que la posibilidad de errar es algo intrínseco a nosotros, un algo con el que tenemos que convivir. Si no consideramos con perspicacia lo que nuestros sentidos nos transmiten; si no tenemos en cuenta que a veces las cosas no son lo que parecen ser, y aceptamos lo que prima facie nuestros sentidos nos muestran, corremos el riesgo de llegar a tener una representación equivocada de la realidad. Pero ojo, también el no hacer caso a lo que nuestros sentidos nos dicen puede conducirnos al despeñadero. También hay muchos casos en los que las cosas sí son lo que parecen ser. Si veo un animal emplumado que parece pato, que camina como pato, y que hace cuac, cuac, ese animal es realmente un pato. De modo que siempre tenemos por delante dualidades que desafían nuestra perspicacia para juzgar las cosas. Perspicacia es lo que se necesita para separar el acierto del error, la sabiduría de la ignorancia.

Otro caso. La idea de que por culpa del primer hombre (o de la primera pareja humana) el pecado y la muerte entraron al mundo, aparece en varios pasajes bíblicos. Consideremos, por ejemplo, Romanos 5:12, versículo en el cual Pablo dice que eso es lo que ocurrió, por medio de un solo hombre, Adán, “y así la muerte pasó a todos porque todos pecaron”. La trascendencia que tiene la frase “todos pecaron” es evidente, pero requiere alguna interpretación. Significa que luego del pecado original, y aún antes de que los descendientes de los primeros humanos fuésemos traídos a la existencia, fuimos maculados por ese pecado inicial, recibiendo a manera de impronta, una suerte de pecado en potencia, que se hace explícito (en acto) cuando nuestra conducta se descarrila. Así, todos fuimos contaminados por esa mácula inicial como una imperfección espiritual, como una predisposición al mal, que fue transpuesta al futuro de manera generalizada, esto es, a todos los seres humanos, habidos y por haber, de la misma forma como, en el plano material, ciertas fijaciones genéticas son transmitidas a las generaciones que aún no han sido traídas a la existencia. Pero ¿por qué? ¿Por qué seres aún inexistentes habrían de cargar con la culpa de los primeros humanos? ¿No colisiona esto con la infinita bondad, justicia y equidad que atribuimos a Dios? Pero, por otra parte, formular esta pregunta ¿no es en sí mismo un acto irrelevante, e incluso irreverente, dada la grandiosidad y omnisciencia de Quien, sabiéndolo todo, dispuso que así fueran las cosas? ¿O es que la pregunta sí es válida porque no se trata de un Dios realmente bondadoso y omnisciente? ¿Y por qué la desobediencia de los primeros humanos no persuadió al Creador a reconstruir sus primeras creaturas de modo que éstas fueran incapaces de desobedecerle?

Las respuestas más razonables a las preguntas anteriores serían aquellas que se basen en el reconocimiento de que nuestros caminos no son los caminos de Dios. En efecto, este reconocimiento conlleva aceptar la posibilidad de que, aunque no podamos entender el proceder de Dios, tal proceder sea lo que más nos convenga, sobre todo para el largo plazo, a la manera como el proceder enérgico y punitivo de los padres pueda no ser comprendido por el pequeño hijo que lo sufre, y no obstante ser lo mejor para él. Dentro de esta amplia perspectiva, el libre albedrío del que estamos dotados juega un papel fundamental al permitirnos construir, pese a todas las adversidades y pese a todas nuestras dudas y confusiones, los méritos espirituales que el proyecto divino pueda requerir para nuestra salvación. Comprendo que la idea del merecimiento con miras a la salvación podría no compaginar con ciertos textos bíblicos, según los cuales la salvación viene solo por la gracia divina y no por nuestras obras. Pese a ello, pienso que el merecimiento personal es, en el marco del proyecto que Dios pueda tener para la humanidad, un componente lógico que no cabe desestimar.

Pero entones me surge otra duda. ¿El que nuestros caminos no sean los caminos de Dios significa que, basándonos en Timoteo 3: 15-17, hemos de considerar a todos los textos bíblicos como inspirados por Dios, bajo el argumento de que, aunque algunos nos parezcan absurdos, son los caminos de Dios? ¿Aunque el mandato dado a los padres, en el Antiguo Testamento, de matar a sus propios hijos, nos parezca absurdo, inhumano, sanguinario y cruel, había que aceptarlo en aquellos tiempos en razón de que los caminos de Dios y del hombre son diferentes? Me parece que falta alguna explicación lógica y comprehensiva, tal vez proveniente de fuera de la cultura religiosa, que nos permita despejar estas dudas. En lo que a mi concierne, y hasta que tenga alguna otra explicación más convincente, seguiré pensando que no todos los textos bíblicos son de inspiración divina. Probablemente algunos tengan orígenes míticos. Hasta entonces seguiré creyendo que la Biblia no ES la palabra de Dios, sino que EN la Biblia está la palabra de Dios. Dos cosas que, si bien se mira, son enteramente diferentes.

He ahí pues algunas dualidades a las que nos enfrentamos, y a las que solo una sana perspicacia nos permitiría juzgar sabiamente. Los caminos de Dios no son los nuestros, cierto, pero cuidado con las ruedas de molino que, mal usando el nombre de Dios, algunos intentan hacérnoslas tragar.

Muchos seres humanos tenemos fe en Dios, pero no olvidemos que la mayoría de los alemanes tuvieron una fe ciega en Hitler durante los años de su ascenso político. Entonces, la fe en sí misma no es buena ni mala, sino según lo bueno o malo que sea aquello en lo que se tiene fe. Y ahí es donde interviene la perspicacia, la cual, empero, es solo una herramienta de la que se vale el individuo para elegir. Y no hay reglas absolutas para elegir, sino que tenemos que lidiar con alternativas y circunstancias. En últimas, la actitud individual es lo que finamente cuenta, pues ella es la que tanto puede guiarnos hacia la verdad y la justicia como hacia pretextos para ignorarlas. La más idónea actitud es aquella que, frente a las dualidades a las que frecuentemente nos enfrenta la vida, no toma posiciones inamovibles, militantes con una u otra alternativa, pero tampoco deriva hacia un relativismo acomodaticio que cierra los ojos para no ver la realidad, sino intereses y prejuicios personales.

En fin, lo que he tratado de relievar en este artículo, es la necesidad de mantener la mente abierta. Abierta y alerta para, con perspicacia, enrumbar siempre la proa hacia la búsqueda de la verdad. La escurridiza verdad.

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *