RELACIÓN PERSONAL

Relación personal

Temas de hoy, temas de siempre.

Artículo de agosto 2020

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

  1. Introducción.

Sin intermediarios, simplemente entre tú y yo; siendo yo lo que soy: solo yo, sin más. Y siendo tu aquel “yo soy el que soy”, magistral síntesis de tu existencia, tu esencia y tu nombre. Así, sin intermediarios, que suelen ser espurios en unos casos o simplemente no idóneos en otros. ¿Soberbia inaudita, absurda, delirante tal vez? No, porque solo aspiro a una relación personal límpida, sin ruidos culturales que interfieran, y sin aberraciones que distorsionen mi naturaleza más básica o la arcana e inextricable naturaleza tuya. Entonces, nada de soberbia absurda y delirante. Además, mi yo representa al nosotros, no al de todos por supuesto, pero sí al nosotros de aquellos que son de limpio y sincero corazón, y sienten la necesidad de una relación personal renovada, racional, abierta y clara, contigo. No pretendo que dialogues conmigo, eso sí sería soberbia inaudita. La forma de comunicarte con tus creaturas es de tu absoluta incumbencia, de tu absoluta soberanía. Solo pretendo una reflexión unilateral sobre tu existencia, y en especial sobre mi relación personal contigo. Tampoco pretendo saltarme a la garrocha a Jesús, por el contrario, siendo él tu mensajero, reconozco que él es un intermediario idóneo, el más idóneo que uno pueda imaginar, y que mi relación personal contigo se ha de basar siempre en su magisterio.

  1. Tu existencia.

Mi experiencia de vida no ha estado exenta de indiferencia respecto a tu existencia, e incluso de dudas, lo digo con pesadumbre y remordimiento, pero ahora, en mis años finales, reconozco que ha sido abrumador el cúmulo de indicios de tu existencia que he acopiado durante mi vida, al punto que aquellas dudas, que por momentos se volvieron acuciantes, se transformaron en fe absoluta. Y no me ruborizo por haber llegado a la fe por la vía del razonamiento, de ese razonamiento que me permitió percibir los indicios de tu existencia, pues al fin y al cabo, si me diste capacidad de raciocinio es natural y coherente que la haya utilizado. Eso sí, admiré, tal vez con algo de envidia, a aquellos cuya fe la han adquirido espontáneamente, directamente, sin razonamiento demostrativo alguno, sino como un preciado don recibido desde lo alto.

Entre los indicios que más me persuadieron puedo mencionarte mis observaciones de la naturaleza, que me maravillaron, especialmente de la naturaleza viva, ocasiones en la cuales también me maravillé ante el funcionamiento de mi propio cuerpo. Entendí entonces cuánta razón tenía el salmista cuando dijo: “Te elogiaré porque de manera que inspira temor estoy hecho maravillosamente”. Por cierto, los indicios no fueron solo esos; hubo muchos más y de muy diversa índole. Lo decisivo fue que al considerarlos acumulativamente me orillaron inexorablemente hacia la convicción absoluta de tu existencia.

Mi convicción resultó firme como la roca. Observar las penurias sin fin causadas por el propio ser humano no pudieron persuadirme a negar tu existencia, pero sí a percatarme que el mal uso del libre albedrío ha sido el gran causante de injusticias, pobrezas, guerras, asesinatos, genocidios, terrorismo, tiranías, en fin, de tanto dolor y sufrimiento. Tampoco pudieron hacerlo las penurias causadas por la naturaleza no humana, como terremotos, tsunamis, inundaciones, huracanes, etc. Simplemente reconocí que en la naturaleza no humana hay cosas que no comprendo, que nos causan daño, y otras que me producen desasosiego, como la necesidad existencial de los animales de devorarse unos a otros para sobrevivir, más aún, la de entender que nosotros mismos somos la cúspide de esa cruel cadena alimenticia devoradora. Todo esto me sumió en la perplejidad y el desasosiego, pero no me llevó a negar tu existencia, sino a admitir que no comprendo por qué organizaste el mundo de esa forma cuando bien pudiste haberlo hecho de otra. ¿O es que deliberadamente dejaste que el Maligno metiera sus garras en la organización del mundo? Y si fue así ¿por qué lo permitiste? ¿Para ponernos a prueba tal vez? Eso no lo sé; eso solo tú lo sabes, pero aun así no me siento tentado a dudar de tu existencia.

Ha habido momentos en los que al contemplar la grandiosidad de tu creación me he comparado con una crisálida que, posada en la hoja de un árbol, intenta entender el ser de las estrellas, y al no logarlo piensa que algún día, al convertirse en mariposa, podrá hacerlo. Ya pasamos por esa fase, nuestra tecnología ya nos convirtió en mariposa, pero no hemos llegado a conocer tu esencia, tu ser. Y creo que jamás durante nuestra vida terrenal podremos hacerlo.

Y, cosa curiosa, a pesar de sentirme como insignificante mota de polvo en la inmensidad de tu creación, incapaz de entenderlo todo, peor aún de conocer tu esencia, y a pesar de no saber si repararás en mí, persisto en enfilar mis plegarias hacia ti. ¿Por qué lo hago? Bueno, básicamente por mi fe en ti, pero además porque ciertas experiencias me inducen una y otra vez a vislumbrar lo absoluto: tú Señor, mi creador. Se trata de fugaces momentos de luz en los que soy capaz de atisbar con claridad tu absolutez. Son vivencias que suelen manifestarse en formas cotidianas de gran vivacidad: en la majestuosidad de un amanecer, en la fragancia de la tierra mojada por la lluvia, en la exquisitez de una flor abriéndose a la vida, en la ternura con la que una madre acaricia a su tierno hijo y en la inocente mirada de éste; en fin, en la belleza natural de nuestro mundo; y, por supuesto, también en la visión del cosmos, que hoy nuestra pujante tecnología nos permite atisbar.

Y el hecho de que consiga intuir tu absolutez a partir de vivencias tan básicas, fortalece aún más mi fe en ti. Pero bien sé que la subjetividad de estas experiencias propicia comentarios adversos en algunos. Hay quienes consideran que la emoción que siente el ser humano ante la grandiosidad de la naturaleza es simplemente similar a los sentimientos que despierta una hermosa sinfonía, y que por lo tanto, según ellos, no puede pasar como prueba de tu existencia. Pero entonces me pregunto Señor, ¿por qué la contemplación de la naturaleza induce a unos a pensar en ti, y a otros a que su emoción es simplemente similar a la que sentirían al escuchar una bella melodía? ¿Por qué a unos los anima a intuir tu existencia, en tanto que a otros solo a tomar consciencia de lo bello? En todo caso, Señor, creo que la percepción de lo absoluto de tu ser a partir de vivencias básicas, es razonable, mismo que sean momentos emotivos de naturaleza muy diferentes, al punto que podrían no ser comparables.    

III. Jesucristo.

He comprendido que el magisterio de Jesucristo es la llave maestra para entender el substrato de tus mandamientos, y también para iluminar mi relación personal contigo, apartando de mi mente tantas ideas superficiales provenientes de mi entorno social, que en nada han contribuido para que yo pueda comprender el sentido de tus mandamientos, ni el sentido de mi propia vida. Las enseñanzas del Maestro me han aclarado cuál es tu voluntad con respecto a lo que debe ser mi actitud de vida. Es algo relacionado con sus cuatro visiones básicas sobre la verdad y la vida: tu existencia, el amor universal, la trascendencia y la fe.

He llegado a comprender que cada referencia a ti hecha por tu Enviado ratificó tu existencia, y conllevó la comunicación de tu palabra, tu verdadera palabra, sin las distorsiones generadas por los errores humanos de siempre, que la devalúan. La impronta que todo eso dejó en mí es la de que eres un Dios inefable que desborda mi entendimiento, que me abruma, no obstante lo cual mi consciencia y mi corazón me dicen que nada tienes que ver con el dios que imaginan los panteístas, ni con el dios sanguinario, cruel y vengativo que nos muestran algunos textos del Antiguo Testamento, tan contradictorios estos últimos con las enseñanzas de Jesucristo.

Jesús no te caracterizó directamente, pero indirectamente sí, pues al ser inspirados por ti, sus dichos reflejan tu personalidad, son una especie de retrato hablado de ti. Y entonces me he visto ante un Dios que siendo inefable debe también ser reconocido como un Dios personal, pues solo siendo personal se entiende que en el sermón del monte Jesús haya dado tanta importancia a los mandamientos morales-personales, especialmente al supremo valor del amor. Por eso, porque eres un Dios personal, tiene sentido que seamos tu imagen y semejanza; si no lo fueras serías solo una fuerza impersonal, spinoziana, y nosotros no podríamos ser tu imagen y semejanza.    

Es cierto que no existe prueba científica de tu existencia, al menos por ahora, como tampoco de tu inexistencia, pero hay indicios que, considerados acumulativamente, constituyen una fuerza persuasiva poderosa respecto a tu existencia. Esto lo he podido advertir en todos los ámbitos de las vivencias humanas, sean religiosos, filosóficos o científicos.

Entendí que Jesús fue enviado por ti para transmitirnos tu palabra, tu verdadera palabra, a fin de que seamos salvos, y entonces me inquieté al no tener claro el sentido de la salvación, sujeta a tantas interpretaciones mundanas. Comprendí que el verdadero sentido de la salvación, que él nos lo aclaró, fue algo tan sencillo y básico como el de que ella deviene del alejamiento del pecado. Jesús “salvará al pueblo de sus pecados”, registran los evangelios.

No hace sentido que hayas deseado el martirio de tu propio hijo, como parecen creer algunos, eso no me lo creo. Por eso el término “sacrificio expiatorio”, y otras similares que a menudo se usan para referirse al papel de Jesús, no lo entiendo en sentido ritual, como si hubiese sido enviado en calidad de chivo expiatorio por un dios sediento de sangre al estilo de los dioses paganos que exigían sacrificios humanos para apaciguar su ira. Su martirio, si me permites decirlo, fue simplemente producto de la maldad y la ceguera humanas.

¿Cómo entender que Jesús nos haya salvado del pecado? ¿Acaso no seguimos sumidos en él? Creo que el magisterio y el sacrificio de Jesús no nos salvó ipso facto y para siempre del pecado, sino que nos volvió salvables al habernos enseñado el camino a seguir para ser salvos, para apartarnos del pecado, pero la salvación misma depende de que sigamos ese camino y, por supuesto, de tu voluntad, de tu gracia. Un camino que no es nada fácil seguir, pues no se trata simplemente de cambiar nuestras acciones, de malas a buenas, sino de cambiar lo más profundo de nuestro ser, de nuestra espiritualidad, de nuestra forma de ser, de nuestras actitudes de vida. Entendí que una persona puede ser buena, generosa y amable con los suyos, y sin embargo, por lo bajo practicar el mal contra otros y contra ti. Es que lo formal y visible no garantiza por sí solo el alejamiento del pecado y la obtención de la salvación; lo único que lo logra es el renunciamiento al pecado en lo más profundo de nuestras almas, y nuestra sujeción a tu voluntad, y para eso es necesario desterrar para siempre de nuestras vidas al Maligno, que nos quiere uncidos a su yugo.

También entendí que la propuesta de amor universal, segunda gran visión y enseñanza de Jesús, vuelve inoficioso todo debate axiológico, pues el amor abarca todo lo bueno que podamos hacer por nuestros semejantes. Los devaneos teóricos salen sobrando. Eso sí, hay que tener en cuenta que existen dos clases de amor: uno que es espontáneo, como el amor familiar y el amor romántico, y otro que no es espontáneo. Creo que el magisterio de tu Enviado estuvo volcado hacia el segundo, al que me gusta denominarlo construible, pues no solo que es posible generarlo volitivamente desde nuestro yo profundo, sino que si no fuera posible construirlo, si no fuera construible, tu mandato de amar a todos sería incumplible. Y Como implícitamente lo destacó Jesús, esa clase de amor tiene un mérito que el amor espontáneo no lo tiene. Entonces acude a mi mente lo que él dijo: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así”. Claro, esos son amores espontáneos que no implican mérito especial alguno, en cambio el construible sí, ¿verdad Señor?

El amor universal es lo más importante para el ser humano, el cual pienso que no se contrapone con nuestro interés en otros campos de nuestra existencia. No es que nuestra curiosidad, que nos induce a tratar de comprender y explorar el cosmos, por ejemplo, no sea importante; lo es, pero sin perder de vista que hay una prioridad superior a esa. Pese a la grandiosidad de tu creación física, la espiritualidad, en especial el amor construible, debe ser lo más prioritario en nuestras vidas. Es que la existencia plena y de largo plazo, cósmica, de nuestra especie, basada en la priorización de una espiritualidad que apunte hacia la verdad y la justicia, parece ser lo más importante de tu proyecto. Porque claro, si nos creaste, para algo será, algún proyecto debes tener en mente respecto a nosotros. ¿Estoy en lo cierto Señor?

La visión de vida después de la muerte física, tercera gran visión espiritual de Jesús, es de la mayor importancia no tanto por los textos que sobre ella se encuentran en los evangelios, que son más bien parcos y poco explicativos, sino por su connotación de trascendencia, y eso me basta. En efecto, lo que realmente importa de esta visión no es tanto la forma o las posibles formas hacia las que se trasciende después de la muerte, sino la existencia misma de la trascendencia, pues ello nos introduce en la noción de que existe algo después de la muerte, otra etapa de tu proyecto. Creo Señor que el espíritu, o como quiera llamársele al componente inmaterial del ser humano, que con la muerte deja de estar en la dimensión terrenal de la vida, no se pierde sino que se conserva de alguna manera, en alguna parte de la memoria cósmica, a la espera de algún ulterior desarrollo previsto por ti. Pero como quiera que se interprete la trascendencia, como quiera que sea en realidad, lo cierto es que según el mensaje de Jesús, tienes previsto algo para nosotros después de abandonar nuestro cuerpo físico, y eso es lo que verdaderamente cuenta.

En el mensaje de Jesús, la fe, su cuarta visión y enseñanza básica, emerge como un gran eje de espiritualidad. Fe en el Padre y fe en el Hijo. Y razones para tenerla en el propio Jesús sobran. Sabiduría profunda que se vislumbra en sus enseñanzas, que es dialéctica, dual, pues considera en su real dimensión la importancia de lo poco y de lo mucho, de lo grande y de lo pequeño, de lo legal y de lo justo, de lo sagrado y de lo profano, de la razón y de lo que “sale del corazón”. Pero no solo sabiduría, también: defensa de la racionalidad y de los valores éticos universales; cumplimiento de sus profecías; ejecución de señales milagrosas a la vista de todos; decisión y valentía sin límites para cumplir con su misión, enfrentándose a leyes injustas y a líderes religiosos tercos y ególatras, y todo eso sabiendo de antemano el sacrificio por el que habría de pasar. Sobran Razones para la fe en él.

Llegó un momento en el que me resultó inaceptable pensar en ti como el dios violento y sanguinario de ciertos textos bíblicos, que incluso van a contravía del amor universal exigido tempranamente en el mismo texto bíblico, y ratificado después por Jesús. Son textos que ciertamente no pueden haber sido inspirados por ti. No niego que hayas inspirado a tus profetas, lo que digo es que ciertos textos no pueden haber sido inspirados por ti, no solo por su injusticia y su crueldad sino también por las contradicciones que tendríamos que enfrentar si los aceptáramos como de inspiración divina.

No he podido evitar sentirme incómodo con la parafernalia eclesial de dogmas humanos, liturgias, formalidades y hasta aberraciones que se usan para rendirte culto, aunque claro, también admito que en no pocos casos las formalidades son solo sencillas expresiones de fe, que no hacen mal a nadie. Por eso, mi incomodidad no deviene de las formalidades en sí mismas, sino de observar cómo tan a menudo la religiosidad parece limitarse a solo esas manifestaciones, descuidando lo de fondo.

IV Concusión.

Decidí entonces reflexionar sobre cómo vivir mi vida delante de ti, no sobre cómo eres, pues bien sé que eres inefable, y, además, ya revelaste a Moisés lo arcana que es tu identidad. Con respecto a tu esencia, me bastan las intuiciones generales que tengo sobre ti, como las de tu omnisciencia, omnipotencia y ubicuidad, por ejemplo. Es que lo más importante, creo, es entender cómo quieres que tus creaturas vivan. Pensé que la respuesta a cómo vivir mi vida debía buscarla en el magisterio de tu Enviado, y así lo hice, con la idea preconcebida de que tal respuesta tendría que ser sencilla, al alcance de todos, pero sustancial. Entonces me percaté que ya tenía conmigo la respuesta: que el meollo del asunto es, por una parte, la internalización en lo profundo de mi ser de las cuatro grandes enseñanzas espirituales que nos ofreció Jesús; y, por otra, coherencia y paz entre mi consciencia y lo que hago; entre lo que creo y lo que en verdad practico; entre mi acatamiento formal de tus mandatos y mi real actitud de vida. Toda mi formalidad religiosa no serviría de nada si no hago lo que predico; si solo vivo para las apariencias, o peor aún, si me contradigo. Esto, pensé, sería lo que realmente cuente para construir esa relación personal que anhelo tener contigo; una relación prístina, en la que tu dispones todas las cosas y yo me esfuerzo por entenderlas en su significación profunda, y por acatarlas. Y otra vez, ¿estoy en lo cierto Señor? No es un pedido de respuesta, ni más faltaba. Es solo un reflejo de mi más cabal sinceramiento contigo a estas alturas de mi vida.

———— o ———–

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *