SUEÑOS DE PERRO. LA UTOPÍA INALCANZABLE (1)

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(Estos artículos se publican la primera semana de cada mes)

Artículo de noviembre 2020

Palabras clave: capacidades y responsabilidades, actitud y conducta, degradación moral, utopía.

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En tanto los seres humanos no enrumben su actitud individual hacia la verdad y la justicia, los sueños de tener una sociedad mejor, más espiritual y solidaria, más inspirada en esos valores, más cósmica, seguirán siendo solo eso, sueños. Sueños de perro.    

 Capacidades y responsabilidades. En Mateo 25:14-23, entre otros versículos bíblicos, se trata acerca de las responsabilidades que conllevan las capacidades de las que estamos dotados. Lo de Mateo es una parábola en la que Jesús nos muestra la relación existente entre capacidades y responsabilidades, a propósito de los dineros que el amo que se va de viaje deja encargados a sus empleados. Lo que implícitamente destaca esta parábola es la responsabilidad que conllevan nuestros actos, es decir, la responsabilidad con la que debemos usar nuestras capacidades.

En 1875 Karl Marx propuso su conocido aforismo: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, que resumía los ideales del comunismo utópico. Era una fórmula que supuestamente propendía a la igualdad social en la etapa comunista de la sociedad (etapa profetizada por Marx), igualdad que significaba que a todos se les trataría por igual.

¿Se inspiró el filósofo en esos versículos bíblicos? Quizás. Además de esa parábola, en Hechos 4:32-36 se ve cómo la organización del grupo apostólico encargado de difundir el mensaje cristiano se basaba en la idea de que ninguno de ellos pensase que sus cosas fueran exclusivamente suyas, sino más bien de todos ellos: “… quienes tenían terrenos o casas los vendían, y el dinero lo ponían a disposición de los apóstoles, para repartirlo entre todos, según las necesidades de cada uno”. Obsérvese que en estos versículos la repartición está ligada exclusivamente a las necesidades de cada uno, sin mención expresa de sus responsabilidades, cosa que sí se vislumbra en el aforismo de Marx, por aquello de “según sus capacidades”.

Repárese también que de estos últimos versículos no se desprende que esas prácticas distributivas debiesen ser de aplicación general a toda sociedad humana, pues se refiere solo a un grupo de seres humanos abocados a cumplir una especialísima misión, la difusión del mensaje cristiano. Sin embargo, el espíritu solidario que subyace en esas prácticas es de la mayor importancia para la organización de la sociedad, y no cabe pasarlo por alto.

¿Qué importancia tienen estos textos bíblicos y marxistas, ideológicamente tan diferentes? La importancia radica en que tratan de asuntos que siendo individuales, como son las capacidades y las responsabilidades individuales, trascienden al plano de lo colectivo, más allá de que lo digan explícitamente o no. Por lo tanto, trascienden no solo en cuanto a la satisfacción de las necesidades sino también respecto a la asunción de responsabilidades. Esa es su importancia. Es que no podría ser de otra manera. No podría esperarse que funcionase racionalmente, con apego a la verdad y la justicia una sociedad que no exigiese responsabilidad a sus miembros individuales. Derechos y obligaciones necesariamente van de la mano.

Repercusiones de la conducta individual. Lo individual repercute naturalmente, inevitablemente, en lo social, de similar manera a como lo muestra el supuesto experimento[1] realizado con monos que habitaban cierta isla japonesa, a los que se les ofrecía camotes (papa dulce). Se lo conoció como el experimento del centésimo mono, el cual habría demostrado que la iniciativa de un solo individuo de la comunidad de monos, la de lavar los camotes antes de comerlos para eliminar la arena adherida que tenían, fue suficiente para cambiar para siempre la costumbre de todos los simios de la comunidad, la de rechazar comerlos.

Según se dijo entonces, cuando el número de monos que siguió el ejemplo del primer mono alcanzó cierta masa crítica (figurativamente: cuando el centésimo mono lo siguió), el ejemplo se propagó rápidamente a los demás, y la comunidad entera hizo suya la nueva costumbre de lavar los camotes antes de comerlos.

Por cierto, esta dinámica de la comunidad simiesca es comparable con lo que sucede en la comunidad humana. La responsabilidad individual del ser humano consiste en que, en alguna medida y de alguna manera, la conducta individual incide en el comportamiento del todo social, y éste, a su vez, retroalimenta lo individual. Siempre que se rastrea el origen más remoto de una conducta colectiva cualquiera, más allá de que sea de racionalidad o de irracionalidad, de amor o de odio, de paz o de violencia, siempre se llega a alguna conducta individual inicial que luego se pluraliza.

Distorsiones y complicaciones. El ser humano ha distorsionado los valores éticos complicándolo todo. Esto, que se origina en la esfera individual, también complica y distorsiona el comportamiento de la sociedad en su conjunto, lo cual, a su vez, retroalimenta al nivel individual, configurándose así un malsano círculo vicioso. En el mundo actual sobran ejemplos de distorsión de valores a través de esa mecánica. Solo mencionaré algunos, conspicuos.

El 11 de septiembre de 2001, atroz momento de fanatismo, extremismo, intolerancia, odio y degradación, que marcó un nuevo descenso del hombre hacia lo sub-humano, es tal vez el más dramático ejemplo de distorsión de valores, y no solo en el acto mismo sino también en sus consecuencias. Y por si fuera poco, atisbos de terrorismo biológico, ya presentes por aquellos días, insinuaban una eventual y futura escalada.

 Las distorsiones éticas posteriores al 11-S (las retro alimentaciones) tampoco se hicieron esperar. Algunos denominados intelectuales, cínica y desembozadamente minimizaron y hasta justificaron los ataques terroristas perpetrados ese día. Periodistas latinoamericanos reunidos en La Habana dijeron que Estados Unidos “responde al terror con el terror”, pretendiendo equiparar el asesinato masivo de miles de inocentes con la posterior y necesaria acción punitiva antiterrorista. Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda, con un nivel de cinismo inaudito, se regocijaron con lo sucedido, declarando, con increíble desparpajo, que los que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”, y que agradecían a Alá por el “éxito” de su misión. También fue el caso de los palestinos que salieron a las calles a manifestar su júbilo apenas conocida la noticia de la tragedia. Una dirigente latinoamericana de los derechos humanos (¡nada menos que de los derechos humanos!) manifestó su alegría por la masacre de los miles de hombres, mujeres y niños asesinados, alegando, en otro increíble alarde de cinismo, que “yo no soy hipócrita”. En fin, emergió una degradación ética sin parangón en quienes justificaron el mal, y sobre todo en quienes se regocijaron por sus nuevas y más ominosas manifestaciones. Proceso de degradación que, además, muestra el potencial de propagación que tuvo el 11-S.

Desde luego, la distorsión de los valores también se da en escenarios diferentes al del terrorismo. Al igual que en otros países, en Holanda se legalizaron los matrimonios civiles entre homosexuales. Con evidente sentido de orgullo el alcalde de Amsterdam, ciudad donde se realizaron los primeros matrimonios, dijo: “Estamos escribiendo una página de historia; por primera vez en el mundo las parejas de homosexuales tienen la posibilidad de contraer matrimonio civil”. Por otra parte, en la misma Holanda se legalizó la prostitución, entre otras razones, por los ingresos fiscales que generaría su “formalización”. Los homosexuales de Roma realizaron un multitudinario desfile al que llamaron del “orgullo homosexual” (¿Orgullo de qué?, ¿qué circunstancia noble o virtuosa hay en esa desviación anti natura como para sentir orgullo?) En esa oportunidad el Papa condenó el homosexualismo al que consideró como contrario al orden natural (¿lo seguirá condenando ahora?). La reacción de los homosexuales, que no se hizo esperar, fue la de declarar ofensivas las críticas del Papa.

La distorsión de los valores se da en otros muchos y variados ámbitos sociales. Un análisis económico elaborado en la República Checa concluye que el consumo de cigarrillos no es una carga para el presupuesto del país, porque, dicen sus autores, “la muerte prematura de los fumadores ayuda a reducir los gastos médicos”.

En esa misma línea de desprecio a la vida está el caso de Taro Aso, viceprimer ministro en el gobierno japonés de Shinzo Abe. En 2013 sugirió a los ancianos de su país “que se den prisa en morir” para que el Estado no tenga que pagar su atención médica, asegurando que él mismo se sentiría mal si su tratamiento médico lo pagase el gobierno. Para los ancianos que no pueden alimentare por sí solos inventó un cruel y despectivo epíteto: “gente de tubo” (elmundo.es /The Guardian). Tiempo más tarde, cuando el mal moral que sus palabras produjeron ya estaba hecho, reconoció que su lenguaje había sido “inadecuado”. ¡Vaya eufemismo!

El desprecio por la vida de las personas de avanzada edad que algunos de estos ejemplos revelan, forman parte de una macabra dualidad, cuyos elementos se sitúan al comienzo y al final de la vida: el aborto y la ancianidad, y en ambos, la siniestra idea de elegir la muerte ajena como solución a problemas de los demás.                                                                                   

Distorsión también hay en otros ámbitos. Indígenas andinos del Ecuador anunciaron que no permitirán que en las elecciones seccionales tercien aspirantes blancos o mestizos, postura claramente excluyente y anti histórica. Ciudadanos desaprensivos, sorprendidos botando basura en las calles de Guayaquil, se justifican diciendo que lo hacen debido a la “falta de control de las autoridades”. Ciertas acciones y declaraciones de Rafael Correa, durante su larga gestión como presidente (dictador en los hechos) del Ecuador (2007-2017), fueron verdaderos monumentos a esa grave distorsión de valores que es el cinismo, como su proclama de que él era el jefe de todas las funciones del Estado, y la de que le metería la mano a la Justicia, como en efecto lo hizo.

La degradación ética y moral es el denominador común de todas estas aberraciones, a menudo producto de retro alimentaciones producidas bajo muy diversas circunstancias. Entre esas aberraciones está el cinismo, esa desvergüenza de la que se hace gala al practicar acciones repudiables. Es una actitud ante la vida que lleva a una mayor degradación moral de la que ya existe; que hace tabla rasa de los más caros principios éticos; que pretende, y suele lograrlo, que se reconozca status de normalidad y de legalidad a más y más prácticas inmorales. Lo diabólico del cinismo es que con él se contribuye a que en el futuro haya mayores niveles de maldad y de inmoralidad, pues induce a que la sociedad las tolere más y más, a considerar al mal como algo normal. Y entonces, si el pecador ya no siente remordimiento por su pecado, si ya no se sonroja al admitir que lo practica, sino que más bien siente orgullo por ello, lo lógico es que también se sienta tentado a practicarlo con más confianza, sin ocultarlo, sino más bien exhibiéndolo. Si pone atención a las manifestaciones cínicas de nuestro diario convivir, podrá constatar, estimado lector, cómo esas conductas van ganando terreno en todas partes; cómo, con el mayor desparpajo, se justifica lo injustificable y se desprecia la decencia. Es que todas esas desviaciones éticas tienen un potencial de propagación -a la manera del centésimo mono- hasta niveles que no podemos prever.

Conclusión. La degradación moral y ética ha existido desde siempre, pero en los últimos tiempos parece haber acelerado el paso. Nuestra persistente memoria nos alerta sobre tan sombría circunstancia, estimulada por la alfombra de bienvenida que, con no poco cinismo, ciertos espacios de la sociedad le ponen por delante a esa degradación. Y entonces surge la pregunta de fondo: ¿aun así podemos llegar a tener una sociedad mejor?

La respuesta resulta obvia: en tanto los seres humanos no enrumben su actitud individual hacia la verdad y la justicia, los sueños de tener una sociedad mejor, más espiritual y solidaria, más inspirada en esos valores, más cósmica, seguirán siendo solo eso, sueños. Sueños de perro.

[1] Lyall Watson, biólogo, “Lifetide: a Biology of the Unconscious”, 1979)

 

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