HOMO DEUS

Resumen de HOMO DEUS BREVE HISTORIA DEL MAÑANA de Yuval Noah Harari.

(Estos artículos se publican en la primera semana de cada mes, y son de reproducción total o parcial gratuita, citando al autor).

 

Artículo de septiembre de 2021

 

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“Homo Deus” es un libro interesante por sus descripciones detalladas y bien documentadas sobre el desarrollo científico-tecnológico, pero al mismo tiempo, y aunque parezca contradictorio decirlo, también es insatisfactorio, fantasioso y muy cuestionable.

 Yuval Harari, homo deus, sapiens, biotecnología, algoritmos, ficciones superhumanos.

“Homo Deus. Breve Historia del Mañana” es el título del libro de Yuval Noah Harari publicado en 2016. Los números entre parénesis que constan en este artículo corresponden a las páginas de su edición en español (Editorial Penguin). Así mismo, he intercalado algunos párrafos en letra de menor tamaño en calidad de comentarios puntuales míos.

Harari es también autor del best seller “Sapiens. De animales a dioses”, publicado antes, en 2014. Con “Sapiens” el autor se enfocó en el pasado. Con “Homo Deus”, en el futuro.

La visión con la que en 2016 Harari encara el futuro es una de muy largo plazo, del más largo plazo imaginable me atrevo a decir. Dentro de este larguísimo plazo -dice el autor- la ciencia llegará a la convicción de que todos los organismos son algoritmos, y de que la vida, cualquier tipo de vida, debe entenderse como un mero procesamiento de datos algorítmicos, entre otras cosas. Así mismo, que la inteligencia se desconectará de la consciencia (es decir, inteligencia sin consciencia) y que “algoritmos no conscientes (no humanos) pero inteligentísimos” podrían conocer al ser humano mejor que él mismo.

Al final de su libro reconoce que estas perspectivas del largo plazo generan grandes dudas: ¿Es verdad que solo somos algoritmos? ¿Es verdad que la vida es solo un mero procesamiento de datos? ¿Qué es más valioso la inteligencia o la consciencia? ¿Qué pasará cuando algoritmos no conscientes nos conozcan mejor que nosotros mismos? Estas preguntas, dicho sea de paso, en algo redimen al autor de sus excesivos materialismo y cientificismo que se advierten a lo largo y ancho de su libro.

En efecto, “Homo Deus” refleja un claro fanatismo tecnológico del autor, empezando por la portada, en la que el título tiene como fondo artístico una huella digital, aparentemente humana pero con circuitos electrónicos en vez de líneas digitales. En cuanto al contenido del libro, hay que decir que tiene un sesgo claramente materialista-cientificista que se refleja en los múltiples temas que aborda.

También se caracteriza por la casi nula consideración de la dimensión espiritual del ser humano, como lo revela su visión de lo que será el ascenso de la humanidad. Se trata de una visión absolutamente materialista, según la cual “el ascenso de humanos a dioses” podrá seguir el camino de la ingeniería biológica, de la ingeniería cíborg o de la ingeniería de seres no orgánicos. Redondea esta visión diciendo que en este mismo siglo XXI el objetivo de la humanidad será “adquirir poderes divinos de creación y destrucción, y promover el Homo Sapiens a Homo Deus” (56 Y 59).

Los valores éticos están fuera de su radar, y cuando brevemente los contacta, lo hace de una manera totalmente somera , sin profundizar en lo más mínimo. Eso se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando justifica de manera por demás superficial la infidelidad conyugal, el robo y el homosexualismo (252 y 253).

Al final de su libro el autor advierte que “Todas las situaciones hipotéticas que se han esbozado en este libro deben entenderse como posibilidades más que como profecías” (429). En otras partes de su libro, así como en entrevistas personales, hace la misma aclaración. Sin embargo, resulta difícil entender de ese modo a las “situaciones hipotéticas” esbozadas en el libro, dada la cantidad de acápites que la desmienten, por ejemplo cuando predice, más allá de cuan acertada sea su predicción, que en el siglo XXI los humanos individualmente considerados perderán su utilidad económica y militar, pero que se seguirá encontrando valor en algunos de ellos, los cuales constituirán una nueva élite de superhumanos mejorados (337).

Ya desde el subtítulo de la obra, “Breve historia del mañana” se nota que el libro no es meramente descriptivo de futuros escenarios posibles, pues a más de su contrasentido implícito (¿cómo puede un mañana-futuro ser al mismo tiempo una historia-pasado?) se aprecia que también es de naturaleza conjetural o profética.

Ahora focalizaré mis comentarios en algunos aspectos especialmente relevantes del libro, más allá de que sean o no profecías.

Secuencia evolutiva. En conjunto, los posibles escenarios futuros, esto es, las “no profecías” de Harari, predicen una secuencia de tres pasos evolutivos transicionales del ser humano, más fantásticos que la más fantástica ciencia ficción que uno pueda imaginar: de humano a cíborg (parcialmente humano); de cíborg a no humano (superhumano); y, de no humano a dios. Esto lo resume diciendo que cuando maduren la biotecnología, la nanotecnología y los demás logros de la ciencia, “Homo sapiens alcanzará poderes divinos” (115). Clara profecía.

Nuevo humanismo, nueva religión. “Humanismo” es un término que tiene dos acepciones básicas. La primera: que es una actitud que se basa en los valores humanos. La segunda: igual a la primera pero sin aceptar la existencia de Dios.

Harari adhiere a la segunda, al tiempo que rechaza la primera en la medida que vaya acompañada de la creencia en la existencia de Dios; en la medida que sea una religión que gire en torno a esa creencia; en la medida que “sacralice la vida”, en fin, en la medida que crea que “el universo gira en torno a la humanidad (¿quién puede creer eso?. Eso terminó hace mucho con Copérnico y Galileo). Es que en lo que el autor cree es en un “humanismo evolutivo”, en cuyo marco “el conflicto es algo que hay que aplaudir, no lamentar”, para no impedir el surgimiento del superhombre (283). (Y yo que creía que los conflictos entre los seres humanos, y entre los seres humanos y la naturaleza, había que solucionar, no aplaudir). También dice que el tecnohumanismo, al que él tanto admira, cree que el Homo Sapiens ha terminado su recorrido histórico, y que debemos utilizar la tecnología para crear el Homo Deus. Claras reminiscencias a Nietszche (383-384).                                                                                                                                                                          

No cree en el cristianismo, en el islamismo ni en el hinduismo, a los cuales califica como “religiones oscurantistas” (291), pero sí en que ahora el mundo tiene una nueva religión, una “religión humanista(basada en la segunda acepción de humanismo, es decir, en una religión sin Dios). Se trata -dice- de una religión que venera a la humanidad, y respecto a la cual el mundo espera que “desempeñe el papel que Dios desempeñaba en el cristianismo y el islamismo” (248-249). A esta nueva religión también la denomina “religión de los datos”, o “dataísmo”, por basarse solo en información científica verificable.

Dice que “tecnorreligiones” surgirán en Silicon Valley, donde “gurúes de la alta tecnología están elaborando para nosotros religiones valientes y nuevas que tienen poco que ver con Dios y todo que ver con la tecnología”. (Puedo suponer que las tecnorreligiones serían de solo una minoría tecnófila, y que la mayoría de la gente bien podría seguir apegada a las religiones tradicionales) (399).

Exclusión y diferenciación. Pese al fulgurante desarrollo tecnológico, la exclusión social y las diferencias entre los que más tienen y los que menos tienen seguirá siendo una lacerante realidad: dice, con perspicacia, que aunque la humanidad aspire a la inmortalidad, a la dicha y a la divinidad, la mayoría de los individuos no podrá hacerlo; y que aunque el hambre, la peste y la guerra pierdan prevalencia, millones de seres humanos seguirán teniendo que lidiar con la pobreza, la enfermedad y la violencia. Se puede argumentar -agrega- que mientras siga habiendo un solo niño que muera de desnutrición se deberían centrar todos los esfuerzos en combatir esos males, “pero la historia no funciona así” aclara, en referencia al eterno desacople que hay entre el ser (lo que es) y lo que debe ser (69).

Prevé que en el siglo XXI puede emerger una clase social “inútil” formada por personas sin valor económico o político. Será una clase no solo desempleada sino también “inempleable”, excluida por el empuje del avance tecnológico. Incluso si algunos actualizan sus habilidades para adaptarse a las nuevas circunstancias, pronto se verán abocados a enfrentarse a nuevas circunstancias excluyentes (357-358).

También toca la exclusión social al referirse al cambio climático, tema en el que también se muestra lúcido y certero. Al referirse al cambio climático (242-243) dice que mucha gente tiene fe en que la alta tecnología podrá salvarla (el “arca de Noé tecnológica”) pero que en realidad podrá salvar de la catástrofe que se avecina solo a la casta superior, a los que más tienen, no así a miles de millones de personas, que perecerán. El problema se agrava, agrega, porque esos miles de millones de personas no apoyan medidas de preservación ecológica basadas en desacelerar el crecimiento económico. La desaceleración podría contener el cambio climático, pero no es popular porque del crecimiento económico depende el bienestar de todos.

Ficciones. Lo que el autor llama entidades ficticias o mitos parece tener especial relevancia en su visión del mundo. En esa categoría encaja al Estado, el dinero, las empresas, las marcas comerciales, las naciones, los derechos humanos, entre otras cosas. El valor de estos entes es subjetivo, y depende del valor que la gente les dé, dice el autor. Y ahí se esconde un error de partida: considerar solo el valor que las personas dan a esos entes. Ni por asomo considera su valor en sí. ¿Es que no tienen ningún valor intrínseco los valores morales?, esta clase de preguntas Harari no se hace.

Pero la verdad es que las “entidades ficticias” no son ficticias pues sí existen, solo que no como entes tangibles sino solo inteligibles. En especial, considerar que Dios y la vida también son entidades ficticias, como lo hace, (166) es un error extremo.

A partir de su concepto de entidades ficticias desarrolla otros: el de la “realidad intersubjetiva” y el de la “red de sentido”. Una ficción compartida por una pluralidad de individuos es una “realidad inter subjetiva”; un conjunto de éstas últimas constituye una “red de sentido(porque da sentido a lo que solo es una ficción). Su concepto de entidades ficticias también le sirve para vaticinar que ficciones como la democracia, y el mercado libre podrían quedar obsoletos como los cuchillos de pedernal, cuando la ingeniería genética y la inteligencia artificial desarrollen todo su potencial (307).

¿Qué tan firmes son las redes de sentido? En su respuesta no considera el valor intrínseco que pueda tener (o no tener) una red de sentido, solo considera su cambiante historicidad, pues suelen ser efímeras: se tejen y se destejen, dice. Un ejemplo que da Harari sobre una red de sentido que se desteje es la Unión Soviética, que desapareció en 1991 de un plumazo, con la mera firma del Tratado de Belavezha (167). ¿Y qué hay respecto al sentido de la vida? Creo que ninguna red de sentido hararista puede constituir su verdadero sentido, como lo demuestra el mismo hecho de que con el tiempo pueden destejerse. El verdadero sentido de la vida hay que buscarlo en una dimensión sobrenatural, sobrehumana.

Para el autor del libro la única realidad firme y permanente es la tecnología; su desarrollo es lo único que realmente cuenta en el largo plazo, sobre todo en el larguísimo plazo. Lo demás, incluso la vida y Dios mismo, son puras ficciones, sostiene.

Materialismo. El sesgo materialista del libro es sencillamente apabullante. Dice que el ser humano es solo genes, hormonas y neuronas, y actúa determinado por los procesos electroquímicos que tienen lugar en su cerebro (307). Piensa que el liberalismo, al que califica de religión, cree que el humano tiene libre albedrío, pero que en realidad esos procesos electroquímicos no dejan margen al libre albedrío (312).

En definitiva, expulsa al libre albedrio de su visión del mundo, y con ello también al deber ser. Es que para él, libertad y alma son términos vacíos, carentes de contenido. Todo esto, por cierto, implica que también expulsa de su visión del mundo a toda normativa tendente a regular las conductas, incluyendo las religiosas tipo amarás a tu prójimo como a ti mismo, por ejemplo. Ante esta postura del autor cabría preguntarnos si el determinismo electro químico también elimina la culpa. Eso no lo aclara.

Dada su renuencia a dar la importancia que tiene el deber ser, salvo escuetos pronunciamientos, es de suponer que se siente profundamente entusiasmado por el futuro desarrollo tecnológico del ser humano actual.    

En el marco de su materialismo extremo, Harari da la más grande importancia al algoritmo (secuencia de pasos que deben darse para alcanzar un objetivo). (360) Dice que en las últimas décadas los biólogos han llegado a la firme conclusión de que el hombre es un algoritmo. También dice que incluso las sensaciones y emociones lo son (101-102).

Conclusiones. El libro de Harari provoca sentimientos encontrados: por un lado, admiración por sus descripciones detalladas y bien documentadas relativas al desarrollo científico tecnológico, pero, por otro, rechazo a su sesgo materialista cientificista, con olvido casi total de la dimensión espiritual del ser humano.

Claro que el desarrollo tecnológico avanza a pasos agigantados, y que en el muy largo plazo eso puede conducirnos a resultados insospechados; empero, tratar de avizorar cuales podrían ser esos resultados es un ejercicio que no puede basarse exclusivamente en el materialismo-cientificismo, como lo hace el autor. La dimensión espiritual del ser humano, que podría ser capaz de cambiar el rumbo del desarrollo humano -para bien o para mal- tiene que ser considerada por quien trate de columbrar el futuro. En este sentido, las descripciones y profecías de Harari, al limitarse a lo tecnológico, resultan muy insatisfactorias.  

Se podría creer que, ante el prodigioso desarrollo material que avizora, al punto de convertir al hombre en dios, el libro de Harari constituye una esperanza en el futuro, pero sería una esperanza irracional, pues lo sería solo para una élite privilegiada, para el superhombre nietzscheano, no para los demás, para las grandes mayorías, como se desprende de la exclusión social que el propio autor reconoce.

En fin, un libro interesante por sus descripciones relativas al desarrollo tecnológico, pero al mismo tiempo insatisfactorio, fantasioso y muy cuestionable.

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