SAPIENS

“Sapiens, de animales a dioses”, obra del historiador israelita Yuval Noah Harari.

Temas de hoy, temas de siempre.

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

Artículo de marzo 2019

 

 SAPIENS 

El libro “Sapiens, de animales a dioses”, del historiador israelita Yuval Noah Harari, fue publicado en Español en 2014 (editorial Peguin Random), con el subtítulo “Una breve historia de la humanidad”  (los números ente paréntesis corresponden a las páginas de esa edición). Se trata de una obra muy exitosa en términos de ventas (unos 10 millones de copias hasta el 2018), cuya lectura incluso fue recomendada por el Presidente Barack Obama en 2016. El libro es en realidad una historia heterodoxa de la humanidad, por su sentido crítico, por los sesgos ideológicos con los que la narra, y también porque elucubra sobre un futuro tecnológico inimaginable. Su pomposa visión del futuro explica, al menos en parte, por qué el título de la obra incluye aquello de: “de animales a dioses”.

Uno de los aspectos más valiosos del libro es el carácter profundamente crítico, no meramente contemplativo, con que cuenta algunas vivencias históricas de la humanidad. Esto se puede apreciar, por ejemplo, cuando considera el origen de las guerras, destacando que “No fue la carestía de alimentos lo que causó la mayor parte de las guerras y revoluciones de la historia”; que la Revolución Francesa fue liderada por abogados ricos, no por campesinos hambrientos; que fue en un momento de máxima prosperidad económica (siglo I A. C.) cuando el orden político de la República romana se desplomó en medio de una serie de guerras civiles; que Yugoslavia se desintegró en un terrible baño de sangre en 1991 cuando disponía de recursos para alimentar a toda su población (121-122).

También se puede apreciar la profundidad de su crítica cuando trata el tema del sufrimiento de los animales causado por el hombre, tema que pocos pensadores moralistas lo tienen en cuenta. En la sección “Vida en la cinta transportadora” (375), comenta que “los animales de granja dejaron de verse como criaturas vivas que podían sentir dolor y angustia, y en cambio empezaron a ser tratados como máquinas”, para luego ser producidos en masa en “instalaciones que parecen fábricas”, y su cuerpo modelado según las necesidades industriales”. Los detallados ejemplos que pone al respecto son verdaderamente impactantes.

Por otra parte, también se muestra realista en la narración de otros aspectos de la vivencia humana, como cuando critica los argumentos que se dan para atacar o defender los procesos colonizadores europeos en ultramar (sección “Arañas raras y escrituras olvidadas”). Ahí dice que: ni “llevar los beneficios del progreso” a los pueblos colonizados, ni la motivación de “opresión y explotación” se ajustan por completo a los hechos. “Los imperios europeos hicieron tantas cosas diferentes a una escala tan grande, que se pueden encontrar muchísimos ejemplos que respalden lo que se quiera decir sobre ellos”. Y presenta uno de esos ejemplos: se puede argumentar con fundamento que los colonizadores extendieron la muerte, la opresión y la injusticia, pero también que mejoraron las condiciones humanas con nuevos medicamentos, mejores condiciones económicas y mayor seguridad.

Estos son algunos de los aspectos que podríamos considerar como positivos en el libro de Harari. Pero también tiene de los otros, que nada tienen de positivos, y son producto de una actitud efectista que no escatima exageración alguna con tal de provocar impacto. También son producto de una visión de la historia excesivamente materialista, en la que la espiritualidad casi que se pierde en el olvido. Veamos pues este lado oscuro de la obra.

Su actitud efectista está estrechamente ligada a los mitos, esos relatos que hablan de cosas ficticias, que no existen, y que parecen obsesionar a Harari. Esto se pone de manifiesto cuando dice que “la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto” es la característica realmente “única”, la “más singular”, de nuestro lenguaje (37-38) ¿Puede alguien creer que construir y transmitir mitos sea la característica más singular, o más aún, la ÚNICA de nuestro lenguaje? Pero no solo que él sí lo cree, sino que además aclara que también podemos urdir mitos comunes, tales como “la historia bíblica de la creación… y los mitos nacionalistas de los estados modernos”.  

La obsesión por los mitos le lleva a decir que el Estado, y en general cualquier corporación humana a gran escala, están establecidos “sobre mitos comunes que solo existen en la imaginación colectiva de la gente” (41). El autor parece creer que solo lo tangible, lo que se puede tocar, existe, lo demás es pura fantasía, pura ficción. Así, de un plumazo pretende hacer desaparecer lo intangible, como los pensamientos, los sentimientos, la espiritualidad, los valores, el amor, la emoción estética, las hipótesis, las teorías, etc. Y por si se dude que eso (que lo intangible no existe) es lo que quiso decir, más adelante también afirma que la ONU y los derechos humanos “son invenciones de nuestra fértil imaginación” (46). Atención especial le merecen los “órdenes imaginados”(129), que según el autor son mitos, pero que creer en ellos, es útil. “Los órdenes imaginados no son conspiraciones malvadas o espejismos inútiles”, señala, para luego admitir que “Más bien son la única manera en que un gran número de humanos pueden cooperar en forma efectiva”. De esta manera rebaja a ese ser intangible que es la organización social, a la categoría de mito útil.

Era obvio que tan descocada visión sobre lo intangible habría de conducirlo a un materialismo desbocado. Y eso es precisamente lo que se constata en su libro. Tempranamente (35), al abordar el tema de la revolución cognitiva, ya aparecen indicios de su sesgo materialista, al sostener que más importante que saber sobre las causas de esa revolución es comprender sus consecuencias. Claro, ahondar sobre las causas siempre implica un análisis más profundo que limitarse a los efectos, y esa perspectiva, la de causa-efecto, parece no atraerle.

Su materialismo está anclado a la biología (128-129). Según la biología, argumenta, no existe un Creador, solo un proceso evolutivo ciego desprovisto de cualquier propósito, agregando luego que en biología los derechos no existen, solo existen órganos, capacidades y características. Dice que “Las aves vuelan no porque tengan el derecho a volar, sino porque poseen alas”, para luego informarnos que en biología tampoco existe la libertad (¡vaya, descubrió el agua tibia!). Cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta que considerar la existencia de la libertad desde el punto de vista biológico es absolutamente pueril, dado que no se trata de un ente biológico sino espiritual, inteligible, pero que existe.

También dice que las ciencias de la vida han socavado completamente la creencia en la existencia del alma humana, y que los científicos que estudian los mecanismos internos del organismo humano “no han encontrado el alma de la que se habla” (263). Esto me hizo recordar al escritor inglés C. S. Lewis, quien después de enterarse que un cosmonauta soviético dijera -luego de regresar del espacio- que no había encontrado a Dios, comentó que eso era como si Hamlet buscara a Shakespeare en el ático de su castillo. Buscar el alma en la fisicidad humana luce como el clímax del materialismo del autor.

El libro de Harari no trata solo sobre la historia pasada sino también sobre el futuro tecnológico, terreno en el cual formula suposiciones sobre futuros logros de la ciencia y la tecnología, algunos de las cuales rebasan el campo de la biología, aquel en el que el autor se basó para explicar y criticar el devenir histórico de la humanidad. En la sección 20 del libro (“El final del homo sapiens) dice que los sapiens han sido incapaces de librarse de sus límites biológicos, pero que en los albores del siglo XXI eso ya no es verdad, pues el homo sapiens “… está empezando a quebrar las leyes de la selección natural sustituyéndolas con las leyes del diseño inteligente”. En realidad, el diseño inteligente al que se refiere es solo aquel que hace y puede hacer el ser humano.

Luego, al referirse al debate entre partidarios de la selección natural, y los del diseño inteligente, señala que: “Los biólogos tienen razón acerca del pasado, pero los defensores del diseño inteligente, irónicamente, podrían estar en lo cierto en lo que respecta al futuro”. Eso es otra puerilidad, que valida el diseño inteligente por parte de los humanos sólo en lo que respecta al futuro, no así en lo que concierne al pasado, pero es evidente que desde los albores de la revolución cognitiva los sapiens diseñaron y desarrollaron artilugios que le facilitaron la vida. ¿Acaso no lo hicieron así con las herramientas pétreas que diseñaron y crearon? ¿Y acaso no hicieron lo mismo con aparatos que les permitieron desplazarse por los aires como las aves? Por cierto, esa postura dual de diseño inteligente: sí para el futuro pero no para el pasado, evoca el problema de fondo, el del debate sin fin, aquel de aceptar el diseño inteligente que hacen los humanos únicamente, no el que se observa en la naturaleza, lo cual conlleva cierta disonancia cognitiva, cierta incoherencia, pero claro, eso es un debate que no cabe retomarlo en este espacio, pues requiere perspectivas de otro nivel.

Por último, Harari aclara que la sustitución de la selección natural por el diseño inteligente de los sapiens podría ocurrir de tres campos: 1. Ingeniería biológica. 2. Ingeniería de cíborgs. 3. Ingeniería de vida inorgánica. Con la implantación de genes la ingeniería biológica ha abierto posibilidades inimaginables. Lo mismo dice de la ingeniería de cíborgs, por su capacidad para combinar partes orgánicas con inorgánicas. Por su parte, la tercera ingeniería es capaz de producir seres totalmente inorgánicos, como los programas informáticos y los virus informáticos, “que pueden experimentar una evolución independiente”.

Conclusión.

Sobresale el talante desenfadado y crítico, no meramente contemplativo, con el que el autor narra las vivencias históricas de la humanidad, pero también la actitud efectista con la que lo hace, para lograr lo cual no duda en incurrir en exageraciones, falsedades (128) y contradicciones.

Claramente se percibe en él un sesgo hacia la explicación de la historia humana en función del mito y el materialismo. Ciertamente han existido y existen mitos en abundancia, pero de ahí a caracterizar como mito todo lo intangible, como lo hace el autor, hay un abismo de diferencia. Por otra parte, su aversión a lo intangible lo conduce a un materialismo extremo a la hora de explicar la historia; un materialismo que, por ejemplo, le lleva a identificar la felicidad con el placer, y a rebajar la espiritualidad a la categoría de mito útil (129).

¿Y por qué este artículo sobre el libro de Harari? Simplemente por la necesidad de expresar insatisfacción por el sesgo materialista con que narra la historia de la humanidad, y por ese mensaje subliminal suyo que induce a la gente a dejar de lado la espiritualidad. Soslayarla es un error monumental, basta ver todo lo que ha producido lo mejor de la espiritualidad humana. En fin, diez millones de ejemplares no hacen de este libro un libro ejemplar.

[1] “El Final del Homo Sapiens”

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *