SUECIA Y LA PANDEMIA

Temas de hoy, temas de siempre

(Estos artículos se publican la primera semana de cada mes)

Artículo de octubre 2020

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 Se trata de una decisión, la de Suecia, que tiene cierta carga de implicaciones éticas, como sería ésta: que en el fondo significa decidir quienes han de vivir y quienes no. Desde este ángulo, la estrategia seguida por la mayoría de los países, de hacer desde el principio de la pandemia todo lo que estuviere a su alcance para salvar vidas, parece más transparente, más ética, más humana.

La actual pandemia se diferencia de las anteriores por el contexto de globalización en el que está teniendo lugar, y por la casi completa universalización de su indeseable presencia. También se diferencia porque nunca antes el movimiento internacional de personas había contribuido tanto a propagar una plaga como ésta, al punto que, salvo unos pocos territorios, toda la humanidad es ahora víctima de este virus.

En este contexto la Estrategia de Suecia frente a la pandemia resulta atípica respecto a la que han seguido los demás países, y por consiguiente es importante considerar qué resultados ha dado, entre otros aspectos. 

El Covid 19 resultó ser algo malo, muy malo, no solo por las muertes que directamente ha causado, sino también porque ha obligado a castigar lo bueno. Ha obligado a sacrificar el desarrollo económico, el empleo, la satisfacción de las necesidades básicas, y en especial, ha obligado a perjudicar una necesidad tan básica como es la alimentación, al extremo que en algunas regiones del planeta están empeorando las ya existentes hambrunas, ese horror y vergüenza que desdibuja la racionalidad y dignidad de nuestra especie.

Sin embargo, no falta quienes creen que algo bueno va a dejar esta pandemia: la revalorización de la vida familiar, y quizás también un nuevo sentido de disciplina social. Sin embargo, me temo que si eso ocurre sea solo temporal, o que simplemente no ocurra. Pasado lo peor, sobre todo cuando las vacunas y tratamientos que se están desarrollando den buenos resultados, como estoy seguro que darán, la calidad espiritual de la gente volverá a ser como antes. Es que la elevación de lo espiritual requiere de algo más que una pandemia.

De las experiencias que nos está dejando el Covid 19 debemos aprender que no se trata solo de derrotarlo, sino también de prepararnos para futuras plagas, y de que, para enfrentarlas, debemos estar material y espiritualmente mejor preparados. Futuras pandemias es una realidad con la que tenemos que convivir, conclusión a la que se llega cuando se consideran las pandemias pasadas y nuestras actuales idiosincrasias y nuestros estilos de vida. En este punto cabe recordar que Jesús ya predijo que habrían e venir grandes calamidades como “…grandes terremotos y hambres y enfermedades en diferentes lugares…” (Lucas 21:11) calamidades que, obviamente, incluyen las pandemias (que, a diferencia de las epidemias, son de carácter global)  

El futuro nos exige sensatez, precaución y cautela, en los más diversos órdenes tanto de la esfera pública como de la privada. La precaución, que deberá formar parte de las agendas socio-económicas futuras de los gobiernos, es indispensable en diversos ámbitos de la acción pública. Uno de ellos, aunque parezca remota su relación con el problema, es el financiero, en el cual la máxima keynesiana de ahorrar en épocas de vacas gordas para gastar en las épocas de vacas flacas (como la recomendación de José, en Egipto, para los 7 años de abundancia y 7 de escasez), es la más apropiada, a más de ser de puro sentido común.

En mi país, el Gobierno de Rafael Correa Delgado, cuya personalidad era una diabólica mezcla de hipocresía y cinismo, hizo todo lo contrario a lo que exige la sensatez, la precaución y la cautela, convirtiéndose en un claro ejemplo de lo que no se debe hacer. Dilapidó a manos llenas los recursos que tuvo a su disposición durante los años de las vacas gordas, dejando gravemente comprometido el futuro del país para los momentos difíciles. Y no solo eso, sino que al final de su mandato tuvo la desfachatez de proclamar a los cuatro vientos que le había dejado “la mesa servida” al gobierno que le sucedió, cuando la realidad es que lo que dejó servido fueron problemas y más problemas, incluyendo corrupción y más corrupción. El aciago período correísta (2007-2017) dejó sus huellas no solo en el campo financiero, sino también en muchos otros, entre ellos, el institucional. Correa se proclamó jefe de todas las funciones del Estado, haciendo así tabla rasa de la división de poderes, con todas las negativas consecuencias que es fácil imaginar. Todo eso, sumado a la corrupción rampante que se desató en su gobierno, fue determinante para que el país no estuviese preparado para afrontar crisis como la actual; para que no contase con los recursos necesarios para enfrentar la pandemia, todo lo cual sumió a la gente en el desempleo, la desesperación y la desesperanza.  

Por cierto, el futuro también exige sensatez, precaución y cautela en el nivel individual. Las experiencias de la crisis por la que estamos pasando debieran servir para concientizar a la población acerca de sus responsabilidades individuales. Lamentablemente en no pocos casos las personas no estuvieron en el nivel de responsabilidad en que debían estar, y el resultado fue facilitar la propagación del virus.

En este marco general en el que se desarrolló la pandemia llama la atención la atípica estrategia con la que Suecia ha hecho frente a este mal. El aislamiento y el distanciamiento social, aplicado por la mayoría de los países, demostraron ser medidas convenientes para combatir al virus. Suecia, empero, ha seguido una estrategia diferente, caracterizada por la confianza en el comportamiento de su población. En efecto, el aislamiento y el distanciamiento social no fueron impuestos de manera obligatoria, pero una parte de su población las puso en práctica voluntariamente. Incluso, muchos restringieron el uso de sus vehículos particulares y de transporte público, y optaron por el teletrabajo.

Pero hay algo mucho más complejo y delicado. La estrategia sueca también se basó en la idea de alcanzar cierto grado de inmunidad colectiva, o “inmunidad de rebaño”, que se produce cuando la mayoría (algunos creen que basta con solo el 40%) de una comunidad se vuelve inmune al virus, obstaculizando así su propagación. Las autoridades también habrían considerado que si se establecía un confinamiento obligatorio para todos, salir de él podría tener un costo en vidas muy alto debido a que los rebrotes podrían darse con una tasa de mortalidad más alta que la inicial al no contarse aún con la inmunidad de rebaño.

Ahora bien, ¿cuál ha sido el resultado de esta estrategia? Esto es algo que está en debate. De acuerdo a fuente OMS/BBC, a mayo de 2020 Suecia, país de unos 10 millones de habitantes, registró 3.600 fallecidos, en tanto que sus vecinos Dinamarca, Noruega y Finlandia, que en conjunto suman unos 17 millones de habitantes, y que sí impusieron confinamiento, registraron solo 1.000 muertos en total, esto es, menos de un tercio de los que se registraron en Suecia.

Otro significativo dato: actualmente Suecia tiene una tasa de mortalidad de 36 fallecidos por cada 100 mil habitantes, y Ecuador con 6.200 fallecidos a la misma fecha, que sí ha aplicado confinamiento y distanciamiento social obligatorios, tiene una tasa igual a la de ese país. También a efectos comparativos: la tasa de mortalidad a nivel mundial está actualmente en aproximadamente 13 fallecidos por cada 100 mil habitantes, conforme a cifras de la Universidad Johns Hopkins. Tanto Suecia como Ecuador están bien por arriba de esta tasa.

A la luz de estos resultados la pregunta obligada es: ¿cuál ha sido entonces la ventaja del modelo sueco en cuanto a defender la vida? Parece que la visión de las autoridades suecas se ha enfilado al largo plazo, esto es, a la posibilidad de que, con una perspectiva de tiempo amplia, y con fuertes rebrotes en los demás países, los resultados finales les den la razón.

Podría argumentarse que al haber mantenido funcionando su economía, el país escandinavo habría tenido menos pérdidas económicas que los países que mantuvieron las suyas a media llave o menos. Sin embargo, las predicciones de sus propias autoridades son más bien pesimistas, al proyectar una caída de la economía del 10% para el 2020, y una tasa de desempleo equivalente a aproximadamente el doble de la del 2019, según medios digitales.

Una de las razones de este desempeño económico es el hecho de que en un mundo globalizado las economías nacionales no son inmunes a las crisis que ocurren en el entorno mundial. Las empresas exportadoras suecas sintieron el remezón externo, como es el caso de la Volvo, así como las del sector servicios, especialmente hoteleras. Desde luego, no hay que descartar que al final del día la caída de su PIB resulte menor que la de sus países vecinos, Dinamarca, Finlandia y Noruega, pero eso está aún por verse.  

Pero he aquí que, más allá de la economía, hay una delicada consideración ética que no se puede pasar por alto. Una cosa es buscar deliberadamente la inmunidad de rebaño, como parece que lo hizo Suecia desde el principio, y otra que ella se produzca espontáneamente como ha ocurrido en otros países. Es posible que la cantidad de personas que adoptaron voluntariamente medidas de precaución en ese país no haya sido suficiente, y que la pérdida de vidas que se produjo podría haber sido menor de haberse adoptado medidas obligatorias desde el principio. Pero lo más importante es que el no haber tomado medidas obligatorias desde el principio pudiera haber sido para buscar deliberadamente la inmunidad de rebaño, lo cual implicaba haber decidido respecto a quiénes habrían de estar más expuestos a morir, es decir, los de los primeros días de la pandemia, cuando aún no se había producido la inmunidad de rebaño, y quienes habrían de estar menos expuestos, esto es, los postreros, cuando esa inmunización ya estuviese presente.

Se trata de una decisión que tiene una carga de implicaciones éticas, como sería esta: la de que en el fondo significa decidir quienes han de vivir y quienes no. Desde este ángulo, la estrategia seguida por la mayoría de los demás países, de hacer desde el principio de la pandemia todo lo que estuviere a su alcance para salvar vidas, parece más transparente, más ética, más humana. Mantener en buen funcionamiento la economía es bueno, pero no hay que perder de vista que hay algo éticamente más prioritario: salvar vidas.

A la presente fecha, en varios países europeos ya se ha hecho presente el rebrote del virus, como temían las autoridades de Suecia, pero aún así, y aunque el rebrote no ocurra en ese país, la preocupación ética seguiría presente. En todo caso, una estrategia equilibrada, que se aleje de los extremos, pero priorizando la defensa de la vida, parece ser la más aconsejable. Al menos esto es lo que nos enseña esta grave crisis.

 

 

 

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