SUEÑOS DE PERRO (2) La utopía socialista-comunista

Artículo de enero 2021.

Caída de la Unión Soviética, Karl Marx, utopía socialista, actitudes individuales.

(Artículo reproducible total o parcialmente citando el nombre del autor).

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

…la caída de la Unión Soviética confirma que si las actitudes individuales de todos, no se alinean con la realidad, la verdad y la justicia, las esperanzas de tener una sociedad mejor siguen siendo solo sueños de perro, por muy imaginativas y perfeccionadas que sean las soluciones organizacionales que se establezcan.

Antecedentes (1). Las actitudes individuales tienen la tendencia a diluir las diferencias reales entre los sistemas político-sociales: unas buenas, solidarias y suficientemente pluralizadas actitudes individuales podrían morigerar grandemente las fallas del capitalismo, especialmente las socialmente excluyente. Ese mismo tipo de actitudes, pluralizadas de la misma forma, podrían mejorar significativamente y hacer viable una sociedad socialista.

Por el contrario, unas malas y muy pluralizadas actitudes individuales anulan o tienden a anular las proclamadas ventajas de cada uno de los sistemas político-sociales: en el sistema capitalista la ventaja que significa dar rienda suelta a la creatividad de la gente se desdibuja ante los problemas de toda índole que generan los excesivos egoísmos individuales y de grupo; en el sistema socialista las malas y muy pluralizadas actitudes, sobre todo las de restricción de las libertades y de los derechos humanos por parte de quienes ejercen el poder político, convierten en puramente caricaturesco el ideal de justicia social, y son responsables del abuso del poder y del atraso de los pueblos.

Es que, debido al subdesarrollo espiritual individual, los “ismos” (capitalismo, socialismo, liberalismo, estatismo, etc.), tienen debilidades y vulnerabilidades intrínsecas que les impiden, en la práctica, acercarse a la verdad y a la justicia. El impedimento se explica porque, al nivel individual, las actitudes adolecen de esas mismas debilidades y vulnerabilidades, que se transmiten al conjunto. Al fin y al cabo toda organización social depende de las actitudes individuales, y si éstas fallan, todo el edificio organizativo también falla.

Aunque el todo tenga atributos que sus partes individuales no los tengan no puede existir desvinculado de lo que sus partes son. En efecto, una cosa es que el todo pueda tener atributos que sus partes individuales no los tengan, lo cual es cierto, y otra muy distinta que el todo tenga atributos contrarios a los de sus partes individuales. Afirmar que el todo puede tener atributos que sus partes no los tengan es correcto, pero que puede tener atributos contrarios a los de sus partes es sencillamente ilógico.

La disolución de la Unión Soviética en 1991 es uno de los ejemplos más conspicuos de cómo las actitudes individuales influyen en el comportamiento del todo social. No digo que las actitudes individuales fueran la única causa del colapso del país socialista más grandes del mundo, pues hubo factores desencadenantes, concretos y visibles, que coadyuvaron a la caída. Pero en el fondo, bien en el fondo, el origen de todo fueron las actitudes individuales iniciales, empoderadas por otras posteriores, como lo veremos más adelante.

Peo empecemos por los sucesos inmediatos, concretos y visibles, que desencadenaron la crisis de la URSS. La glasnost (apertura, transparencia) y la perestroika (reforma estructural de la economía) de Gorbachov; la desintegración del poder central de la URSS; la caída del denominado Bloque del Este formado por países aliados de la URSS, como Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Alemania del Este, entre otros; el desgaste político y económico para la URSS que significó la guerra de Afganistán, la ausencia de señales provenientes de un inexistente mercado interno sin las cuales no era posible el éxito económico del país por muy frondosa que hubiese sido su planificación central; la ineficiente burocracia (nomenklatura) junto a su nepotismo y a su corrupción; las cuotas de producción impuestas a las empresas que propiciaron toda clase de engaños y falsedades, fueron factores y situaciones que, entre otros de la misma naturaleza, coadyuvaron a la emergencia de graves problemas productivos, estancamiento y posiblemente hasta retroceso económico, todos ellos anteriores a 1991, año en que se disolvió la URSS. En todas esas situaciones hubo actitudes responsables de la caída.

Algunos aspectos fundamentales de la economía soviética sencillamente no funcionaron: el abastecimiento energético básico, que atravesaba graves dificultades en los años 80; el estancamiento de la producción siderúrgica y petrolera; la obsolescencia de las plantas de generación eléctrica y las líneas de transmisión, así como su falta de mantenimiento (como lo demuestra el accidente nuclear de Chernóbil en 1986); el estancamiento de la producción de cereales; el calamitoso estado de los equipos relacionados con la agricultura; en fin, los problemas de distribución de ciertos alimentos, como patatas, azúcar, remolacha y frutas, que generaban acaparamientos y escaseces.

Pero entonces surge la pregunta del millón: ¿pudieron estos factores coadyuvantes ser las causas últimas, primigenias, por las que el socialismo soviético no pudo funcionar como sus ideólogos previeron? ¿Hubo causas más profundas, más allá de los problemas circunstanciales, inmediatos, como los ya mencionados? Las respuestas hay que buscarlas en las actitudes individuales de los estamentos orientadores y decisorios de la Unión Soviética: los ideológicos, los políticos y los administrativos.

Los ideólogos. Los ideólogos cerraron los ojos a la realidad profunda; no intentaron acercarse a ella sino que buscaron imponer su ideología. En el mejor de los casos los motivaba su utópica e incompleta visión de la sociedad, tan alejada de la realidad, tan sesgada a la sociología con olvido de la psicología y de las idiosincrasias individuales. Era un sesgo que, en el fondo, privilegiaba la voluntad de poder de Nietzsche por sobre el psicologismo de Jung (Jung: “Los grandes problemas de la humanidad nunca se resolvieron por leyes generales, sino siempre únicamente por renovación de la actitud del individuo”).

Visto este escenario, bien cabe preguntarnos primeramente cuál pudo haber sido la actitud de los ideólogos. Y me refiero en especial a la actitud primigenia, a la actitud personal. Debe haber sido una actitud psicológica muy básica, muy genética (en el sentido de constituir el génesis, el antecedente, de otras actitudes posteriores y complementarias). Con un poco de perspicacia podemos imaginarnos cuál pudo haber sido esa actitud, la actitud del “centésimo mono (2).

Para averiguarlo pensemos en el ideólogo más destacado de esta corriente utópica, Karl Marx (1818-1883), cuyo interés teórico se centró en la situación de la clase obrera universal y la lucha de clases, lo que le llevó a desarrollar las ideas básicas de su “socialismo científico”. ¿Cuál pudo haber sido su actitud inspiradora?

Debió haber sido una actitud monotemática que lo indujo a considerar casi que con exclusividad la situación de la clase obrera universal, y lo que con ella directamente se relacionara. Debió haber sido una actitud de ensimismamiento y envanecimiento intelectual, posiblemente hasta con menosprecio por quienes pensasen diferente; una actitud de cerrada militancia con su verdad, propia de quienes se creen poseedores de la verdad. Pudo no haber pasado del ámbito personal, y sin mayores consecuencias sociales, pero las circunstancias históricas del momento fueron decisivas para que alcanzara la trascendencia que tuvo.

Esta actitud le habría impedido prestar suficiente atención a otros aspectos de la realidad social. Su sesgo hacia lo sociológico le habría inducido a no prestar mucha atención a lo sicológico, a lo que ocurre en las profundidades del yo, donde toda actitud y conducta se origina. Esa y otras áreas de la realidad no habrían sido objeto de suficiente atención por parte del filósofo, lo cual le habría impedido tener una visión más comprehensiva y realista de las cosas. Las ramas le habrían impedido ver el bosque.

Ese sesgo dio como resultado una mirada acotada de la realidad, lo que fatalmente desembocó en irrealidad. Su concepto de que toda ganancia capitalista es un robo (plusvalía) es una clara manifestación de las distorsiones de la realidad que esa actitud provocó.

Los políticos. Veamos ahora la actitud de los políticos. Omnubilados no solo por la ideología sino también por el poder, los políticos socialistas se creyeron con derecho a controlarlo todo. Tal fue la obsesión por el control, que echaron mano de todos los medios de presión imaginables, incluyendo los campos de prisioneros (gulags), la tortura y la ejecución. El mundo no debiera olvidar jamás que, por ejemplo, durante el gobierno de Stalin se asesinó a más de 600.000 seres humanos en la denominada Gran Purga (1937-1938), y tampoco el genocidio del bosque de Katyn en la Unión Soviética (1940), en el que se asesinó a más de 20.000 personas, sobre todo si se confirma que fue cometido por el régimen soviético (no hay unanimidad al respecto pues algunos lo atribuyen a los nazis).

La falta de realismo de la ideología que los guiaba obligó a los políticos socialistas a modificar el conocido aforismo de Marx de: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, que resumía los ideales del comunismo utópico, por el de: “De cada uno según su habilidad y a cada uno según su trabajo”.

La entidad emblemática del estamento político fue el poderoso Politburó político, máximo órgano de gobierno del partido comunista de la URSS. Los más connotados líderes socialistas fueron miembros de él, entre ellos Lenín y Stalin. El Politburó se disolvió en 1991.

El afán de controlar todos los aspectos de la vida política, social y económica, fue la actitud que guió y dio forma al accionar del nivel político. George Orwell retrató muy bien este proceder de los políticos soviéticos, representándolos mediante la figura dictatorial de “el gran hermano”, en su conocida novela “1984”.

Los administradores. Era de esperarse que los sesgos ideológicos y políticos se reflejasen en la administración de los asuntos públicos. Y eso es exactamente lo que ocurrió. El afán de controlarlo todo resultó en estatismo, dirigismo y en la generación de una frondosa burocracia con su interminable retahíla de autorizaciones, sellos, procedimientos de identificación, etc.

La estatización de los medios de producción fue tal vez la consecuencia más destacada de las actitudes controlistas del estamento administrativo. Esta forma de administrar los asuntos públicos dio como resultado no pocos problemas. En las empresas estatales hubo baja calidad y productividad de su producción, y desperdicio de recursos.

A más de no tener el interés y el cuidado propio de quien arriesga lo que es de su propiedad, los administradores públicos introdujeron otro ingrediente: el de sus intereses personales, que la posición que ocupaban les permitía satisfacer. Muchos de ellos velaban más por sus propios intereses que por los del pueblo. Para alcanzar sus propios fines, y para consolidar el control, abrumaban a la sociedad con toda suerte de procedimientos burocráticos.

Por último, la actitud del pueblo llano. Lo único que podía hacer el pueblo era defenderse lo mejor que podía, bien sea con absoluta sumisión al orden establecido, o con reacciones individuales de resistencia que no significasen arriesgarse demasiado. Ejemplo del primer caso fue el de los trabajadores que se esforzaban hasta el agotamiento para producir más, a fin de percibir más ingresos: los llamados “héroes del trabajo socialista”. Ejemplo del segundo fue el de los que ralentizaban su trabajo e incluso saboteaban la producción.

En resumidas cuentas: la experiencia soviética confirma una vez más que si las actitudes individuales de todos, no se alinean con la realidad, la verdad y la justicia, las esperanzas de tener una sociedad mejor siguen siendo solo sueños de perro, por muy imaginativas y perfeccionadas que sean las soluciones organizacionales que se establezcan.

(1) Ver mi artículo SUEÑOS DE PERRO 1, de noviembre 2020

(2) Se explica en mi artículo “Sueños de perro (1)” de noviembre 2020. Se trata de un supuesto experimento que muestra cómo la acción imaginativa de un solo individuo (un mono de una isla japonesa) pudo propagarse hasta convertirse en una costumbre generalizada de todos ellos.

 

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