Antony Flew

Artículo de octubre

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En mi artículo “Un Peregrinaje de la Razón” (junio 2017, categoría Religión) expuse cuatro de los motivos básicos por los cuales el filósofo inglés Antony Flew (Imagen, 1923-2010) llegó a la conclusión de que Dios existe, cambiando así radicalmente su anterior posición atea. Ellos fueron: porque no existe fundamento que sustente la teoría de la abiogénesis, esto es, que la vida surgió espontáneamente a partir de lo inanimado; porque es absurdo pensar que el maravilloso diseño de la célula haya surgido por casualidad; porque las dimensiones supra-físicas del ser humano solo pueden originarse en una fuente supra-física; y, porque el tema del mal, argumento fuerte del ateísmo para negar la existencia de Dios, nada tiene que ver con ésta última. Estos, entre otros motivos, Flew los explicó en su libro “There is a God”, escrito con el apoyo de Roy Varghese, y publicado el 2007. En este nuevo artículo voy a complementar el mío anterior citando o comentando, en forma algo desordenada tal vez, otros pasajes relevantes  de dicho libro.  

Tres dominios de la investigación científica fueron especialmente importantes para él: ¿Cómo así las leyes de la naturaleza llegaron a existir?, ¿Cómo es que la vida, en cuanto fenómeno, se originó en la no vida?, y, ¿Cómo es que el universo, entendido como todo lo físico que existe, vino a la existencia? (Sección “Pensando como filósofo”). Preguntas que la ciencia no ha podido responder de manera irrebatible, puntualiza, dejando así espacio para que la filosofía y la religión lo intenten.

Así mismo, sostiene que la cuestión filosófica que tampoco ha sido respondida en los estudios sobre la naturaleza y origen de la vida, es la de cómo un universo formado por materia sin mente ha podido producir seres con fines intrínsecos, con capacidad para auto-replicarse, y con una química codificada, agregando luego: “Aquí no estamos tratando con biología, sino con una totalmente diferente categoría de problema”. (Sección ¿Cómo la vida vino a la vida? 

Particularmente desafiantes son sus ideas básicas sobre la selección natural. En cuanto a la variación de los caracteres, sostiene que no se requiere de ventajas competitivas para evitar la eliminación de sus dueños, es suficiente que no se les cargue con desventajas competitivas. Así, cree que la selección natural no produce nada, solo elimina o tiende a eliminar, lo que no es competitivo. Quienes estén familiarizados con este punto de vista, recordarán el ejemplo del cuello de las jirafas: no es que éste se les fue estirando poco a poco, es decir, creando cuellos largos para alcanzar las ramas más altas, simplemente nacieron jirafas con cuellos largos y otras con cuellos cortos, sobreviviendo solo las primeras.

En la sección “The real furniture of the world” aborda el tema de Dios y el espacio-tiempo. Se remite  Brian Leftow, profesor de Oxford, quien dice que al estar fuera del tiempo, hay que colegir que Dios lo hace todo de una sola vez, en un acto único, pues hacer cosas en forma sucesiva implica hacerlas en el tiempo, y Dios está fuera de él. Luego Leftow aclara, siempre según Flew, que lo que ocurre es que tal acto único tiene efectos en tiempos diferentes, por ejemplo, su voluntad es que el sol emerja hoy en el horizonte, que también lo haga mañana, que lo vuelva a hacer al día siguiente, y así sucesivamente. Es decir, la voluntad divina como causa al principio de todas las cosas, más allá de que luego la dinamia de éstas fluya en el tiempo.  Como consecuencia de ello Flew cree que la idea de un Espíritu omnipresente no es incoherente, a condición de que se considere a dicho Espíritu como un agente que, dentro de un continuo espacio-tiempo, ejecuta solo sus intenciones. En mi opinión, esto significaría que una vez concretada la intención de crear vida, es decir, una vez puesta en marcha las leyes que tienen que ver con ella, ésta emerge, se desarrolla y sigue su curso. Así, tampoco desde este punto de vista la evolución darwiniana sería creadora de nada, solo desarrolladora de la intención creativa del Espíritu.

La nueva posición deísta de Flew se retrata con claridad cuando dice que muchos de los más grandes científicos vieron una conexión directa entre sus trabajos científicos y sus afirmaciones acerca de una mente superior, la mente de Dios. Así mismo, cuando declara que: “Ahora creo que el universo fue traído a la existencia por una inteligencia infinita…creo que las complejas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la mente de Dios… creo que la vida y la reproducción se originan en una Fuente divina”. En respaldo a su nueva posición, Flew agrega esta cita de Einstein: “Yo no soy un positivista. El positivismo declara que lo que no pueda ser observado no existe. Esta concepción es científicamente indefendible…”

Algunas de las declaraciones de Flew que constan en el Apéndice B de su libro también merecen tenerse en cuenta para entender el alcance du su conversión. Cree que la encarnación de Dios en Jesús es algo en lo que se puede estar de acuerdo únicamente por creencia, pues no existen “principios generales” que puedan guiarnos en este tema. También cree que no se puede limitar las posibilidades de la omnipotencia de Dos, salvo para producir lo que lógicamente es imposible que se produzca, y que todo lo demás está abierto a su omnipotencia. Y en cuanto al tema de la revelación divina dice que no hay nada como la combinación de una figura carismática, como lo fue Jesús, y un intelectual de primera línea, como lo fue Pablo.

Más allá de que uno esté o no de acuerdo con los motivos por los cuales cambió de posición sobre la existencia de Dios, es digna de elogio su honradez intelectual, que le llevó a ese cambio cuando su consciencia le mostró que estaba equivocado. Y, como él mismo lo reconoció, su viraje hacia el deísmo no fue su único cambio sobre un tema de fundamental importancia: dijo que quienes hubiesen leído su vigorosa defensa del libre mercado se habrían sorprendido al saber que alguna vez fue marxista.

Por último, cabe destacar que su honradez intelectual más bien lo llevó a mantener su posición respecto a otro aspecto fundamental: el de la vida después de la muerte. El caso es que pese a su conversión al deísmo, Flew siguió negando la existencia de una vida después de la muerte. “Por más de cincuenta años no solo negué la existencia de Dios sino también la existencia de una vida después de la muerte”, dice. Y refiriéndose a esta última aclara que se trata de un área en la cual no había cambiado su mente, agregando que no se imaginaba a sí mismo sobreviviendo a la muerte (Introducción).

 

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