TRANSICIONES CUÁNTICAS

“Conocer a Dios. El viaje hacia el misterio de los misterios” (2001), escrito por Deepak Chopra, es un libro fascinante, con cuya lectura me he sentido muy a gusto, salvo en algunos pasajes sobre aspectos más bien de forma. El presente artículo ofrece comentarios sobre lo esencial de su contenido -en especial sobre lo que podríamos llamar transiciones cuánticas– aunque no me he eximido de exponer algunas ideas de mi propia cosecha. Y por supuesto, estos comentarios no agotan, ni de lejos, los que se podrían hacer sobre tan rico cúmulo de ideas expuestas por el filósofo. 

Los niveles de la realidad. Para Deepak Chopra la realidad tiene “capas”, como las de las cebollas, que partiendo de lo más somero hacia lo más profundo son: la realidad material, perceptible por los cinco sentidos; el campo cuántico, energía pura pero con información inmersa en ella; y, el campo “virtual”, inmortal y con potencial creativo infinito.

Destaca que físicos eminentes, a más de Einstein, se han aventurado a explorar la posibilidad de que el nivel cuántico sea una transición hacia Dios, hacia el campo virtual, que “… no tiene tiempo ni espacio, ni energía”.

Luego de considerar la visión de Chopra sobre la realidad, basada en las tres capas, siento la necesidad de esbozar lo que es mi propio entendimiento de ella, admitiendo, eso sí, que la realidad es lo que es, más allá de lo que yo crea que es. Y en cuanto a la visión misma del ilustre filósofo, debo decir que concuerdo con ella, salvo, entre otras cosas, en lo que respecta al uso del término virtual para referirse al tercer nivel, pues aunque el término calce bien en la visión de algo que, según Chopra, es más profundo que las mismísimas fluctuaciones cuánticas, podría dar lugar a confusiones por la connotación de “existencia solo aparente” que tiene el término virtual en el uso corriente. Con ello, cualquier cosa más profunda que las fluctuaciones cuánticas no tendría existencia real, solo aparente, y eso sería una visión equivocada, sin base de sustentación, y evidentemente eso no es lo que quiso decir Chopra.

Además, y lamentablemente, el filósofo usa el término virtual en forma ambigua, toda vez que lo hace para referirse tanto a las partículas de energía, como para lo que existe antes de ellas, esto es, lo que existe a más profundidad. Por todo eso, para referirme a ese algo anterior a las partículas cuánticas, prefiero Dios, entidad espiritual creadora de todas las cosas.

Desde otro ángulo, a algo o a alguien debe pertenecer el espíritu, esa presencia que conforme al mismo Chopra está dotado de razón y llena todo el campo virtual. Ahora bien, los seres humanos, hechos a semejanza de su creador, también tenemos espíritu, pero el espíritu de Dios, su espíritu santo, es absolutamente superior, y no cabe poner en un mismo saco a esas dos espiritualidades como sucede cuando se dice que lo espiritual llena todo el campo o nivel virtual.

Dicho esto paso a explicar mi visión de la realidad (o quizás debiera decir de la Realidad, para significar que incluyo a Dios).

Al igual que Chopra -en cuanto a ir de lo más somero a lo más profundo- concibo la realidad como constituida por estos tres niveles o “capas”:

  • Nivel material. Perceptible por los cinco sentidos.
  • Nivel cuántico.
  • Nivel de la divinidad, Dios, creador de todas las cosas, nivel al que Chopra denomina “campo “virtual.

 

El nivel de Dios es un nivel espiritual absoluto. Es necesario precisar e identificar así a este nivel ante la necesidad de responder no solo a la pregunta de a quién pertenece la espiritualidad de este nivel sino también, reitero, al hecho de que los seres humanos también poseemos espíritu.

¿Definición de Dios? Imposible. Dios es inefable. Nadie puede decir que ha conocido a Dios, y andar por ahí tan campante como si nada. Por eso la única definición que cabe de lo divino es aquella que parece no decir nada, pero lo dice todo: es ese “Yo soy el que soy” revelado por Dios a Moisés. Existencia, consistencia (consistir en) y nombre, todo en tan corta y inextricable expresión.

Ahora bien, resulta evidente que a partir del nivel cuántico hay dos transiciones: hacia lo material y hacia lo divino. Se trata de dos transiciones cuánticas cuyas flechas apuntan en direcciones opuestas: hacia lo más somero la primera, y hacia lo más profundo la segunda, cuya separación la hago aquí solo con fines expositivos, toda vez que en realidad están estrechamente imbricadas, como podrá apreciarse a continuación.

Transiciones cuánticas hacia lo material. En el nivel cuántico la materia resulta ser inmaterial, solo energía pura. Un pulular, aparentemente caótico, de puntos parpadeantes de energía que aparecen y desaparecen en espacios vacíos en los que solo esos puntos existen: son las fluctuaciones cuánticas, que “pueden producir un universo”, según Stephen Hawking. Se trata de una energía constituida por partículas virtuales que aparecen y desaparecen supuestamente de forma espontánea y aleatoria.

Este espacio vacío en el que no hay nada salvo energía pura, es decir, ese extraño nivel en el que las partículas cuánticas destellan millones de veces por segundo, y que siendo partículas también son ondas, me empujan hacia otros niveles. En efecto, me obliga a peguntarme no solo qué es lo que origina esa energía, sino también a suponer que el aparente caos de las partículas parpadeantes no puede ser tal, dado que a fin de cuentas esas partículas de energía pura es lo que produce y sustenta la realidad tangible que conocemos, configurando así un extraño dualismo en el que en el ámbito micro-cuántico reina la aleatoriedad y la incertidumbre, en tanto que en el de la física clásica lo que reina son las predictibilidades y las certezas.

Como dice Chopra, el mundo cuántico no obedece a las leyes físicas ordinarias. Pero aun así es lógico suponer que persigue objetivos, que es teleológico, y eso nos conduce inexorablemente fuera de todo lo natural conocido. En efecto, ¿de dónde surgió esa plétora de partículas virtuales parpadeantes “capaces de crear un universo”? ¿De la nada absoluta?, ¿y qué las motoriza y direcciona hacia lo macro? En ese escenario se insinúa un momento clave de la creación. Es que esa danza de puntos parpadeantes de energía debe seguir modelos preestablecidos, o como sugiere Chopra, esos puntos deben tener información inmersa en ellos, de modo que su aleatoriedad sea solo aparente. Por lo tanto también se vislumbra que esos modelos trazan los pasos que deben seguir las partículas, pues solo así es concebible que partículas sin masa, puramente energéticas, puedan parir el mundo macro que conocemos. Solo la existencia de modelos de organización de las partículas cuánticas puede explicar que la incertidumbre cuántica pueda producir las certidumbres del mundo macro.

¿Y cómo se explicaría la presencia de los modelos energéticos? Eso es todo un desafío y un misterio, pues ¿qué puede ser anterior a la energía pura, que sea causa de ésta? Difícil saberlo, pero aún así, algo debe haber; algo capaz de diseñar los modelos y ponerlos a funcionar, porque no es lógico suponer que esos puntos de energía por sí solos puedan hacerlo. Debe haber una entidad que lo haga, una entidad de la cual se puede columbrar su existencia, no así su consistencia, es decir, su esencia.

El libro de Chopra también toca otro momento clave de creación al que ya me referí en un artículo anterior (“La Mente Precede al Cerebro”, de abril 2020). Es otro momento que también me impulsa hacia lo espiritual, hacia mi tercer nivel, el más profundo, sobre el que hablaré más adelante. En ese artículo destaco que las células reciben del nivel espiritual-Dios, el don de la mente, lo cual les da consciencia de lo que deben hacer tanto en su propio interior como en su interacción con el entorno, para avanzar en el proceso constructivo de la vida hasta llegar a las estructuras macro, como el cerebro por ejemplo.

Ahora, regresando al nivel cuántico en su conjunto, ¿qué hacen las partículas-energía, parpadeantes y sin masa, con el don recibido, para producir algo como el mundo físico que conocemos? ¿Qué eventos se supone que tienen que producirse para que ocurra la transición del campo cuántico al material? Voy a imaginarme que lo que primero ocurre es que esas partículas adquieren o producen masa, lo cual implica la formación de estructuras tridimensionales por muy diminutas que sean las dimensiones de las primeras estructuras, esto es, de las partículas sub atómicas.

También puedo imaginarme que a partir de ese momento los eventos posteriores van ganando en especificidad, conforme lo exige la inmensa variedad de objetos físicos que existen en el mundo, y que las dimensiones tridimensionales van haciéndose mayores conforme se avanza en el proceso de producir el mundo macro.

Pero no dejemos de lado el mundo micro antes de considerar que las micro estructuras así creadas, como átomos y moléculas, y antes, las subatómicas, tienen cierta funcionalidad que les permite desempeñarse de determinadas maneras, y no a tontas y a locas como lo sería si no la tuvieran. Por ejemplo, las partículas sub atómicas deberán generar fuerzas que les permitan mantenerse unidas, así como otras que les permitan rechazarse mutuamente; las partículas subatómicas también deberán producir direccionalidades para que unas orbiten alrededor de otras, así como para que los átomos sean capaces de entrelazar sus electrones para producir la diversidad de materiales que conocemos.    

A estas alturas ya se va perfilando la obligada pregunta: ¿pueden las partículas de energía pura auto impulsare y auto direccionarse -sin intervención de causa extra natural alguna- para llevar adelante la transición que va de las fluctuaciones cuánticas a los objetos gobernados por la física clásica?

La pregunta se vuelve más acuciante cuando avanzamos un poco más por el camino de la transición, esto es, hacia los cuerpos físicos directamente perceptibles por nuestros sentidos. Este asunto lo traté en el citado artículo “La mente precede al cerebro”, en lo que respecta a los seres vivos. Ahí destaco que la célula es un complejísimo sistema de almacenamiento de información, procesamiento de datos y replicación, pero que lo asombroso no es solo su estructura, sino también su funcionalidad y sus complejos y delicados equilibrios. Algunas de las células que forman el embrión humano (zigoto) subraya Chopra, empiezan a emitir señales químicas para atraer a otras iguales a ellas, y aunque se topan en el camino con otras que no lo son, ninguna de ellas se pierde o se confunde de identidad. Y todo esto las células lo hacen a su debido tiempo, pues son maestras en el control del tiempo; no emiten a destiempo sus señales químicas; saben esperar “a que sea su hora”. Luego agrega que una célula cerebral de un niño, aunque no esté aún madura, “sabe por adelantado lo que va a ser”, y sigue fielmente su designio en la vida “a pesar de los miles de señales que se están emitiendo a su alrededor”. Así que la pregunta sobre si las partículas de energía pura pueden auto impulsare y auto direccionarse sin intervención extra natural, es filosóficamente válida, y válida también su respuesta: no pueden.

La transición de lo cuántico hacia lo divino. Esta es la transición en la que la existencia de Dios es más claramente perceptible.

En líneas anteriores nos preguntamos si las partículas cuánticas podrían autogobernarse para generar los objetos macro en los que impera la física clásica. Ahora toca decir que es sencillamente absurdo creer que todas estas maravillas tangibles sean producto de la materia en sí misma, gobernada exclusivamente por el azar y la espontaneidad. Es por demás visible que en todo esto hay un extraordinario diseño inteligente, de lo cual necesariamente se colige que alguna mente debe haberlo producido. ¿Pero qué mente pueden tener esas partículas sin masa, pura energía, que les permita diseñar y construir estructuras que las enrumbe a la fisicidad? Y por cierto, lo mismo podemos decir de los saltos de los electrones, que hacen posible los enlaces atómicos, y con ello el surgimiento de la gran variedad de materiales que existen en la naturaleza.

En líneas anteriores también mencioné que las partículas cuánticas, sin masa, deben tener información que les permita seguir modelos energéticos que a su vez las enrumben hacia la construcción del mundo tangible. Chopra, al hablar de la información inmersa en la energía aclara que esto no es nada nuevo, pues para los físicos la información impregna toda la naturaleza. Pero, digo yo, ¿quién puso ahí toda esa información, organizada en modelos energéticos teleológicos, esto es, que persiguen determinados fines? Otro acercamiento a Dios.

Deepak Chopra equipara aquello que explica la presencia de modelos energéticos, es decir, Dios, con la mera existencia a nivel virtual (¿pero, pregunto yo, existencia de qué o de quién?): “A nivel virtual no hay ni energía, ni tiempo ni espacio (nótese que en esta cita ese “virtual” es en realidad algo distinto a la virtualidad de las partículas puramente energéticas: es algo anterior a ellas). “Sin embargo”, continúa Chopra, “este aparente vacío es el origen de cualquier cosa que puede medirse (,) como energía, tiempo y espacio, del mismo modo como una mente en blanco es el origen de todos los pensamientos. Isaac Newton tenía el convencimiento de que el universo era literalmente la mente en blanco de Dios y que todas las estrellas y galaxias eran su pensamiento”[1]

Según Chopra la humanidad pasa por siete fases de crecimiento espiritual -de acercamiento a Dios- en la última de las cuales percibe a Dios como la existencia, el ser puro. “El Dios de la fase siete -agrega- es tan intangible que no hay cualidades con las que podamos definirlo…”, para luego aclarar que “Por muy desierto que pueda hacerse este vacío, aún existe, y esto es suficiente para dar nacimiento al universo”. Esto refuerza mi creencia de que Dios está en todas partes; que es una entidad espiritual que todo lo llena. Y que es inefable.

Conclusión. Ese extraño nivel de la realidad, el del mundo cuántico, representa todo un desafío cognitivo para el ser humano, que Chopra lo aborda con inteligencia y autoridad. Desafío, porque a partir de él el lector se ve abocado a plantearse preguntas sobre cómo ese nivel, donde reina la incertidumbre, pueda generar una transición cuántica hacia el nivel en que vivimos, en el que imperan las certezas determinadas por un entramado de causas y efectos. Pero al mismo tiempo se ve obligado a adentrarse más en esa transición y plantearse preguntas en otra dirección, más peliagudas, sobre el génesis último del mundo cuántico.

La conclusión básica que se puede sacar de todo lo expuesto por el filósofo, es que del ensamble de las dos transiciones cuánticas resulta, inexorable, la noción de la existencia de Dios, de un Dios absolutamente inefable pero inescapable.

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[1] Deepak Chopra en “Conocer a Dios”, sección 3, fase siete.

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