Transposición al Futuro

Artículo de enero 2018

La idea de que por culpa del primer hombre (o de la primera pareja humana) el pecado y la muerte entraron al mundo, aparece en varios pasajes bíblicos. Consideremos algunos de ellos, a manera de ejemplos. En Romanos 5:12 el apóstol Pablo dice que por medio de un solo hombre, Adán, el pecado y la muerte entraron en el mundo, “y así la muerte pasó a todos porque todos pecaron”. Y pecamos, deduzco, porque fuimos contaminados con cierta inclinación espiritual para hacerlo, y porque dimos mal uso a nuestro libre albedrío. Esta contaminación pecaminosa hacia el futuro Pablo la confirma en Romanos 5:18 al señalar que el delito de Adán “puso bajo condenación a todos los hombres”. El tema también se toca en Génesis 3:17 donde se registra que Dios dijo a Adán: “ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa” Y en primera de Corintios 15:22 (“… en Adán todos están muriendo”).

Ahora bien, la trascendencia que tiene la frase de Pablo, “todos pecaron”, así como las de los demás textos citados, es evidente. La interpretación obvia que se deriva de todos ellos es que luego del pecado original, y aún antes de que los descendientes de los primeros humanos fuésemos traídos a la existencia, fuimos maculados por ese pecado inicial, recibiendo a manera de impronta, una suerte de pecado en potencia, que se hace explícito (en acto) cuando nuestra conducta se descarrila. Así, todos fuimos contaminados por esa mácula inicial como una imperfección espiritual, como una predisposición al mal, que fue transpuesta al futuro de manera generalizada, esto es, para todos los seres humanos, habidos y por haber, de la misma forma como, en el plano material, ciertas fijaciones genéticas son transmitidas a las generaciones que aún no han sido traídas a la existencia.

Bien, todo esto se desprende de manera lógica de esos textos, y entonces las preguntas subsiguientes son: ¿Por qué? ¿Por qué seres aún inexistentes habrían de cargar con la culpa de los primeros humanos? ¿No colisiona esto con la infinita bondad, justicia y equidad que atribuimos a Dios? Pero, por otra parte, formular esta pregunta ¿no en sí mismo un acto irrelevante, e incluso irreverente, dada la grandiosidad y omnisciencia de Quien, sabiéndolo todo, dispuso que así fueran las cosas? ¿O es que la pregunta sí es válida porque no se trata de un Dios realmente bondadoso y omnisciente? ¿Y por qué la desobediencia de los primeros humanos no persuadió al Creador a reconstruir sus primeras creaturas de modo que éstas fueran incapaces de desobedecerle?

Creo que las eventuales respuestas a tan peliagudas cuestiones hay que enmarcarlas en lo que suele llamarse la idea de Dios. Eso sí, permítaseme primero aclarar el tema. No me estoy refiriendo a la génesis de la idea de Dios, sino a la idea de Dios en sí misma, independientemente de cómo hayamos llegado a ella. No me refiero a si esa idea es solo producto de la actividad cerebral; no a si es innata a la naturaleza humana o si solo es un producto del entorno cultural; no a si se basa en la observación de la naturaleza o en inferencias de otro tipo; no a si se trata de fe pura y dura. Nada de eso. Esos temas son parte de un debate de larguísima data que no viene al caso abordar ahora (lo he hecho en otras oportunidades, como en “Los Indicios de Dios”).

Volvamos entonces a la idea de Dios en sí misma. Creo que la verdadera idea de Dios poco tiene que ver con los dogmas y ritualismos eclesiásticos que a menudo no hacen más que devaluarla. Tampoco con los mitos relativos a Dios, que tienen el mismo efecto, como ciertos textos del Antiguo Testamento que lo presentan vengativo y cruel, capaz de perpetrar las más abominables masacres en las que pagan justos por pecadores, textos respecto a los cuales se me hace muy difícil aceptar que sean de inspiración divina.

Dicho esto, y regresando a las preguntas relativas a la idea de Dios y a la transposición, pienso que nadie puede saber los objetivos a largo plazo que pudo haber tenido el Creador para imponerla. Es que nadie puede pretender que conoce a Dios, sino tan sólo de tener una intuición de su existencia, de su omnisciencia, de su omnipresencia y de su omnipotencia, y sobre todo fe en Él, pero no un conocimiento de su mismidad. Me imagino que si alguien pudiese llegar a conocer el ser de Dios, no podría seguir aquí, tan campante y en sus cabales, para contarlo.

Ahora bien, si la verdadera idea de Dios es así de elevada, mal podríamos conocer sus fines y sus caminos, y en particular, su proyecto de largo plazo para con los seres humanos. En este marco, y en relación al tema de la transposición, no puedo menos que coincidir con el texto bíblico en cuanto a que los caminos de Dios no son necesariamente los nuestros. ¿Y cuáles son esos caminos? Pues simplemente los caminos de Dios, no necesariamente los caminos, métodos y atributos, tal vez de origen mítico, que en ciertas ocasiones le solemos endilgar, como los que la cultura religiosa pretende atribuirle en el Antiguo Testamento. Solo una sana perspicacia puede ayudarnos a entender que no estamos en posición de juzgar los reales caminos de Dios, y por tanto tampoco su transposición del mal al futuro, asunto respecto a la cual solo podemos imaginarnos su significación. Por ejemplo, podríamos imaginarnos que Dios quiso que el hombre sintiese el peso de su desobediencia, pero no solo eso, sino también colocarlo sobre las arenas movedizas del mal, para que, haciendo uso de su libre albedrío, encontrase la forma de superar el escollo, generando, de paso, merecimientos a ser tomados en cuenta en algún proyecto cósmico que Dios pueda haber diseñado para el ser humano. Pero esto es suponer, solo suponer, y eso es lo único que podemos hacer con respecto a la transposición. La verdad última solo Él la conoce.

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