VOLVER AL PASADO, REDEFINIR EL FUTURO

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VOLVER AL PASADO, REDEFINIR EL FUTURO

Artículo de enero 2020

Categoría:    Filosofía

Frase clave: Revalorizar la ética, la familia, la naturaleza, la vida.

 

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

 

Pues sí, volver a las cosas buenas del pasado, a lo mejor de ellas, para revalorizarlas y para no repetir errores, en especial los más recientes, y así entrar con buen pie en el futuro profundo. ¿Qué cosas buenas son esas que valorizábamos en el pasado, y que ahora las estamos relegando al ático de las cosas inservibles? Para decirlo en corto: valorizábamos los valores éticos, la familia, la naturaleza, la vida. De esto trata el presente artículo.

No es que en el pasado hayamos sido buena gente, no. Siempre hemos sido proclives a practicar el mal; siempre ha habido maldad y abuso, y siempre con maldad, con saña. Lo que pasa es que ahora estamos no solo repitiendo pretéritos pecados sino que también somos más creativos para multiplicarlos y sobre todo, para magnificarlos, enancados en la tecnología. Ya no se trata solamente de que fulano chantajee a zutano; se trata de que un hacker, sentado frente a su computadora, puede chantajear a millones de personas de todas partes del mundo, por ejemplo.

Es claro que el nivel de espiritualidad está en declive, asediado por un creciente materialismo. Hay quienes paradójica e ingenuamente creen que gracias a prótesis y otros implantes el ser humano puede llegar a ser mejor, menos egoísta, más ético[1]. Es una forma simplista y materialista de entender la naturaleza humana. Por el contrario, las cosas que el humano actual hace con el apoyo de los artilugios tecnológicos que ya posee, lo muestran menos ético, más egoísta y menos consciente de las necesidades de la gente que lo rodea. Desprecio por la vida, incluso de la propia; nuevos ropajes con los que viste al mal moral (mal causado por el hombre); corrupción en todos los niveles sociales; guerras despiadadas inspiradas en la intolerancia; ansias desmedidas de protagonismo y poder; crímenes ecológicos; demencial frenesí por el dinero; etc., eso es lo que se ve en el mundo actual. Claro que hay actitudes opuestas, algunas muy conspicuas, pero el punto es que, a nivel planetario, el desfase hacia el mal moral es abrumador.

En el mundo del siglo XXI, las más aberrantes formas de degradación moral son cada vez más aceptadas. Incluso a algunas de ellas no solo que se les da status de legalidad, sino que además les ponemos alfombra roja de bienvenida. Conductas antaño reprobables, adquieren hoy visos de «normalidad» cuando son practicadas por la mayoría. Es como si se pensase que si una conducta inmoral es practicada por uno o por pocos individuos, es reprobable, pero si es practicada por todos o casi todos, entonces se vuelve normal y aceptable.

Hay que rescatar la espiritualidad. Ante todo, es necesario volver la atención al mandato de amor de Jesucristo. ¿A qué clase de amor? A un amor que, a diferencia del amor espontáneo ligado al sentimiento -como el amor romántico- se base en la razón y se lo construya. Este amor construible no es de naturaleza sentimental sino producto de la voluntad. Es comprensión de la condición del prójimo; es un esfuerzo deliberado por tratar de entender sus motivaciones y sus circunstancias, de ponerse en sus zapatos. El rescate de la espiritualidad pasa, como es lógico, por la revalorización de los valores en los ámbitos ético, estético y religioso.

La responsabilidad es un valor muy venido a menos, tanto en el plano personal como en el colectivo. Esto se puede apreciar al considerar, por ejemplo, la crisis climática en la que el mundo se está sumergiendo. Con respecto a los problemas ambientales, ya en el siglo XIX existía temprana preocupación, como se aprecia en la muy conocida e inspiradora carta dirigida por el jefe indio Seattle al presidente Franklin Pierce (en 1855) respecto a temas que ahora son de gran actualidad. Con sus sencillas pero hermosas palabras, el jefe indio le advirtió a Pierce sobre la explotación irresponsable de la tierra, la contaminación por desechos producidos por el hombre, e incluso la contaminación visual y acústica. Increíble, pero ya en esos años un personaje supuestamente inculto percibía lo pernicioso de esos problemas. Después nos olvidamos de sus advertencias, y dejamos que los problemas ambientales escalen a niveles que hoy nos asustan, con el agravante de que muchas personas, lamentablemente, creen que el asunto no les atañe como individuos, sino solo a la organización social a la que pertenecen, a sus instituciones, a sus gobiernos, a sus empresas.

La honestidad intelectual, la coherencia, el nobleza obliga, es otro valor venido a menos. Un ejemplo: a pesar de haber sido creyente en su juventud, posteriormente Charles Darwin fue presa de grandes dudas respecto a la existencia de Dios, por lo cual optó por el agnosticismo, esa actitud que postula la imposibilidad de la mente humana de acceder al conocimiento de lo divino. No habría sido honesto consigo mismo si, dadas las dudas que tenía, hubiese afirmado o negado la existencia de Dios. Claro que bien podía haber creído en su existencia, como muchos científicos lo han hecho y lo hacen hoy en día, pero sencillamente no se sintió inclinado a afirmarla, como tampoco a rechazarla. Uno puede estar o no de acuerdo con la actitud de Darwin respecto a lo divino, pero lo que no se puede desconocer es su honestidad intelectual. Hoy la honestidad intelectual no está de moda, a muchos les importa un rábano ser intelectualmente deshonestos. Los casos de falsificaciones, incoherencias, contradicciones, etc., abundan. A muchos no les importa caer en disonancia cognitiva. Son caraduras.

Antaño el cinismo no era tan común como lo es ahora; la gente sentía vergüenza cuando incurría en alguna falta reprochable, o cuando era un tercero el que la cometía; había la cultura de la vergüenza. Hoy mucha gente parece no sentirla. Con motivo de la barbarie del 11 de septiembre de 2001 se produjo una serie de manifestaciones de cinismo inaudito en todo el mundo. Algunos “intelectuales” la minimizaron y hasta la justificaron. Hubo gente que sostuvo que fue el propio Estados Unidos el culpable de lo que sucedió ese día. Otros, haciendo gala de un reduccionismo impresionantemente ramplón, dijeron que “cuando desaparezcan las injusticias también desaparecerá el terrorismo”. Periodistas latinoamericanos reunidos en La Habana dijeron que Estados Unidos “responde al terror con el terror”, pretendiendo equiparar el asesinato masivo de miles de inocentes con la posterior acción punitiva antiterrorista. Otros cerraron los ojos a la tragedia de ese día, y sólo tuvieron memoria para recordar el hecho de que, en su momento, Bin Laden fue armado y apoyado por Estados Unidos para combatir al comunismo en Afganistán, con lo cual pasaron a un segundo plano lo principal de ese momento crítico: la masacre de inocentes.

Luego de producidos los atentados Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda declararon, con increíble desparpajo, que los que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”, y que agradecían a Alá por el “éxito” de su misión. También fue el caso de los palestinos que salieron a las calles a manifestar su júbilo apenas conocida la noticia de la tragedia. Pero lo más ofensivo fue el caso de una dirigente de los derechos humanos de la Argentina, ¡nada menos que de los derechos humanos!, que manifestó su alegría por la masacre de los miles de hombres, mujeres y niños (¿se habría sentido igual de alegre si sus hijos, su madre o su padre hubieran estado en las torres gemelas?), para luego añadir, en otro obsceno alarde de cinismo, que así se expresaba porque “no soy hipócrita”. Pero quien se alegra por la matanza de inocentes, y aún así se llama defensora de los derechos humanos, es inmensa y repugnantemente hipócrita.

Desde luego, tan execrable como la alegría de Bin Laden, la de esa señora y la de esos palestinos, fue la de quienes manifestaron su regocijo por la muerte de inocentes durante los posteriores bombardeos a Afganistán, argumentando que se trataba de un castigo por el ataque terrorista de Bin Laden.

Así pues, el mundo empezó a lucir más desgarrado, más degradado y más cínico después de ese 11 de septiembre. Emergió lo peor de la miseria humana: un nuevo y más feroz terrorismo; una pobreza espiritual sin parangón de quienes justificaron el mal, y sobre todo de quienes se regocijaron por sus nuevas y más ominosas manifestaciones. Uno llega a preguntarse si cuando colapsaron las torres gemelas no empezó también el colapso final de la humanidad del hombre (aunque claro, en la historia de la humanidad ha habido otros casos iguales o peores).

La persistente memoria tampoco nos permite olvidar (y qué bueno que así sea) lo que ocurre en materia de degradación y cinismo en escenarios diferentes a los del terrorismo. Hace algunos años la prensa internacional informó sobre la celebración de matrimonios civiles entre homosexuales. Con evidente sentido de orgullo el alcalde de Amsterdam, ciudad donde se realizaron los matrimonios, dijo: “Estamos escribiendo una página de historia; por primera vez en el mundo las parejas de homosexuales tienen la posibilidad de contraer matrimonio civil”. Luego, en medio del aplauso de un centenar de invitados, los contrayentes -tres parejas masculinas y una femenina- se besaron, partieron las tortas y brindaron por su felicidad. Por otra parte, en la misma Holanda se legalizó la prostitución por los ingresos fiscales que generará su “formalización”. ¿Qué habría dicho Erasmo de Rotterdam (1466-1536) de sus compatriotas holandeses en su célebre “Alabanza de la Estupidez”, al enterarse de semejante “argumento”?

 Los homosexuales de todo el mundo realizan multitudinarios desfiles a los que llaman de “orgullo homosexual”. ¿Orgullo de qué? ¿Qué circunstancia noble o virtuosa hay en esa desviación anti natura como para sentir orgullo? Nada noble, desde luego. En cierta ocasión el Papa Francisco condenó el homosexualismo al que consideró como contrario al orden natural. La reacción de los homosexuales, que no se hizo esperar, fue la de declarar ofensivas las críticas del Papa. Cinismo puro y duro.

 En muchos otros espacios sociales ese maridaje entre degradación y cinismo se repite hasta la náusea. Un análisis económico elaborado en la República Checa concluye que el consumo de cigarrillos no es una carga para el presupuesto del país, porque -dicen sus autores- “la muerte prematura de los fumadores ayuda a reducir los gastos médicos”. En Ecuador, indígenas andinos anuncian que no permitirán que en sus elecciones seccionales tercien aspirantes blancos o mestizos. Ciudadanos desaprensivos, sorprendidos botando basura en las calles de Guayaquil, se justifican diciendo que lo hacen debido a la “falta de control de las autoridades”. Ciertas acciones y declaraciones de Rafael Correa, durante su larga gestión como Presidente supuestamente constitucional del Ecuador (2007-2017), fueron verdaderos monumentos al cinismo, como la de negarse a jurar defender la Constitución durante el acto de su posesión como Presidente constitucional; la proclama de que él era el jefe de todas las funciones del Estado, y la de que le metería la mano a la Justicia, como en efecto lo hizo.

El cinismo adquiere ribetes apocalípticos cuando de manipular inocentes se trata. ¿Hay un denominador común entre acciones aparentemente tan diferentes, como el secuestro de una persona y el ataque terrorista del 11-S? ¿O entre los atentados que perpetró Sendero Luminoso en el Perú de los ochenta y el lanzamiento de bombas atómicas sobre ciudades japonesas en la segunda guerra mundial? ¿O entre un paro médico y un cierre de vías? Aunque parezcan extravagantes estas comparaciones, en rigor sí hay un denominador común: la manipulación de los inocentes.

Se trata de conductas basadas en una misma y a menudo diabólica idea: la de hacer sufrir a inocentes, a veces hasta su exterminio, con el objeto de amedrentar a un tercero, o de obligarlo a hacer o a no hacer algo. Una forma de pensar abominable que se instala en la mente de cualquier perverso individuo sin escrúpulos, que juega a creerse Dios, y que se repite con alarmante frecuencia. Es una forma de pensar que gana adeptos en todos los niveles de la paranoia humana, siempre para hacer sufrir a inocentes, y que puede llegar a tener dimensiones monstruosas. Una conducta execrable es condenable venga de donde venga, cualquiera que sea el pretexto bajo el que pretenda cobijarse -cultural, religioso o de cualquier otra índole- o dondequiera que se la practique.

Para quienes practican ese tipo de conducta -individuo o grupo de individuos- los seres humanos que manipulan no valen nada; son solo fichas en el tablero de sus  intereses. Para ellos, los derechos del prójimo no existen, o si existen, son insignificantes frente a sus sobrevalorados propios fines; tan insignificantes que ni remotamente los toman en cuenta. Más aún, la idea de que es legítimo manipular inocentes, con el objeto de alcanzar determinados fines, se propaga más y más, y en la medida que así lo hace, va desapareciendo el respeto a la vida. En el mundo contemporáneo la manipulación de los inocentes se ha extendido tanto, que está poniendo en peligro la existencia misma de la civilización.

Tomas de rehenes siempre ha habido, pero las de ahora son más sádicas, más presentes en la cotidianidad, involucran a mayor cantidad de víctimas y son más dramáticas. Además los medios de comunicación hacen que el drama lo sienta en carne propia hasta el último habitante de este desdichado planeta, y así el sufrimiento se mundializa. Esta barbarie ha existido siempre, cierto, pero antes con menos intensidad y extensividad. ¿Por qué la diferencia? Desde luego hay múltiples factores; sería simplista atribuirlo a uno solo, pero hay uno que quiero destacar: antes se valoraba más la vida humana, ahora menos, muchísimo menos. Nada puede justificar el 11-S Todos los errores juntos cometidos por Estados Unidos no pueden hacerlo. La barbarie es barbarie, quien quiera que la cometa, donde quiera y cuando quiera que se la cometa, incluso si en una entendible y necesaria acción punitiva también se incurre en ella.

Así pues, la humanidad del siglo XXI se encuentra abocada a tener que volver a sus viejos valores, so pena de caer en un inimaginable agujero negro de inhumanidad. Se trata de una tarea que hay que entenderla como necesidad de la especie humana en su conjunto, esto es, a nivel planetario. Tarea indispensable para redefinir nuestro futuro; para que llegue a ser diferente a aquel hacia el cual hoy nos encaminamos.

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[1] Rosi Braidoti, filósofa italiana, en “The Posthuman” (2013)

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