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Cambio climático. Tensiones y contradicciones.

El Acuerdo de París (2015) busca dar una respuesta mundial al cambio climático sin perjudicar el desarrollo sostenible. Fija objetivos específicos, como el de limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5°C con respecto a los niveles preindustriales, y, en cualquier caso, a mantenerlo “muy por debajo” de los 2°C. Ese medio grado, que parece poca cosa, no lo es, pues su ocurrencia causaría nuevos y graves perjuicios a la naturaleza, por ejemplo, la desaparición de todos los arrecifes del planeta.

Lo polifacético del problema climático da lugar a una variedad de situaciones conflictivas en las que afloran contradicciones y tensiones cuando se trata de encontrar soluciones. La más abarcante de todas, la que es el telón  de fondo de la crisis climática, es sin duda la necesidad de enfrentar el problema climático pero atendiendo las crecientes necesidades derivadas del aumento de la población mundial.

Si bien la tasa de crecimiento poblacional del mundo ha disminuido en los últimos 50 años, la carga poblacional que en 1970 era de 3.000 millones seres humano, y s hoy es de 8.000 millones, sigue creciendo. El control de la natalidad es un mecanismo demográfico efectivo pero tropieza con objeciones éticas inspiradas en la santidad de la vida. Se trata de una situación típicamente conflictiva, creadora de tensiones. Quizás la solución radique en una idea tan sencilla como ésta: medidas anticonceptivas sí, abortivas no.

El aumento de la carga poblacional conlleva la necesidad de incorporar nuevas tierras a la producción de alimentos, lo cual, a la larga, significa reducir áreas que debieran mantenerse vírgenes por razones ambientales y de preservación de ciertas especies, otro ejemplo de las contradicciones y tensiones que se producen en la lucha por salvar nuestro hábitat.

A menudo la disciplina ambiental que se impone desde el poder público choca con intereses sociales y económicos legítimos, especialmente con la necesidad de atender inmediateces por razones de supervivencia, de modo que, por ejemplo, no se puede prohibir a rajatabla que los campesinos más pobres deforesten y quemen lo que no deben deforestar ni quemar, si no se les da alternativas de supervivencia y vida digna. Es una situación en la que la racionalidad colisiona con la justicia, y requiere medidas equilibradas. Otro claro ejemplo de conflictividad y tensión.

El consumo superfluo y frívolo conlleva consumo irracional de recursos naturales, pero reducirlo a un nivel de racionalidad afectaría al empleo, tanto más cuanto más extendido sea el consumo objeto de la reducción.

Es conocido que el consumo masivo del carbón es tal vez la fuente más importante de emisión de CO2 pero su eliminación súbita provocaría una elevación generalizada del precio de los demás combustibles fósiles.

Ahora bien, la actitud individual de todos, pobres y ricos, débiles o poderosos,juega un papel decisivo en la solución del problema. En tratándose de individuos que tienen a su cargo los asuntos públicos, su incidencia es prominente, y lamentablemente suele volverse negativa cuando a la hora de cumplir con sus responsabilidades, no asumen una actitud responsable. Pero la responsabilidad individual nos alcanza a todos, y todos debemos arrimar el hombro. Lamentablemente muchas personas creen que el asunto no les atañe como individuos, sino a la organización social.   Grave error, equivale a creer que no importa que la conducta individual sea mala con tal que la orientación de la organización social no lo sea. En realidad la forma correcta y más básica de encarar el problema ambiental es desde lo individual, sin perjuicio, claro está, de hacerlo también desde la organización social.

La actitud individual que se necesita es una basada en la sinceridad y en la coherencia consigo mismo. Incoherencia es pronunciarse en contra de la inoperancia de quienes deben liderar la lucha contra el problema climático, y en lo personal mantener actitudes y conductas que atentan contra el ambiente. Incoherencia es, por ejemplo, reconocer los daños que se está haciendo a los mares por la contaminación de plásticos, y al mismo tiempo consumir productos plásticos de un solo uso, o que a la hora de adquirir un coche la emisión de CO2 sea lo que menos se tenga en cuenta.

Es indispensable una actitud individual generalizada que sea coherente con la necesidad de conservar el planeta, pues sin ella seguiremos agravando el problema. Una actitud individual responsable es una forma de amor cristiano no solo hacia nosotros mismos sino también hacia los que vendrán después.

En su encíclica Laudato Si (2015) el Papa Francisco resaltó con gran agudeza la importancia del ejemplo individual: luego de destacar la importancia de las actitudes individuales concretas de preservación ambiental, y de decir que Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas”, agrega que ellas “…derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar”. Cierto, es posible que pensemos que nuestro buen ejemplo es apenas una gota de agua en el desierto, pero la verdad es que produce frutos “más allá de lo que se pueda constatar”. Alguien, en alguna parte, toma conocimiento de nuestro ejemplo y lo adopta como guía.

En suma, está probado que la actividad humana está contribuyendo al cambio climático, y eso hay que parar. Pero por otra parte hay que considerar la crisis climática en contexto, pues todo está conectado. Ello es requisito indispensable para solucionar, de manera racional y justa, las contradicciones y tensiones que a menudo se presentan. ¿Y qué es lo que  le falta hacer a la raza humana ante tan grande desafío? Contar con un cuerpo de compromisos básicos en materia ambiental, vinculantes,  eficientes, no solamente declarativos, ya a nivel planetario Pero por sobre todas las cosas hace falta asumir actitudes individuales conscientes de la situación, orientadas a cumplir un deber de consciencia, de consciencia ambiental, aunque otros no las asuman. Actitudes masivas de este tipo serían fuerzas irresistibles que empujarían la sociedad humana por el buen camino. Los logros tecnológicos presentes y futuros, de los que tanto nos ufanamos, podrían no servirnos para nada si perdemos la batalla contra el deterioro ambiental.

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Publicado enFilosofía y religión

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