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Insensatez y pensamiento

INSENSATEZ y  SELECCIÓN DE PENSAMIENTOS.

El magisterio de Jesús cala profundo en lo que realmente importa, no se queda en la superficie de las cosas, ni en su inmediatez. Con ello nos está invitando a pensar y obrar de la misma manera. Una consecuencia de este talante es la sensatez, esto es, el ejercicio de la razón, la prudencia, el buen juicio, la madurez, la reflexión y valores similares, que nos elevan, nos hacen mejores seres humanos y nos evitan caer en un abismo de insensatez sin fondo.

A lo largo y ancho de su magisterio también se advierte un mandato moral que parece insólito pero que es absolutamente racional. Un mandato que podría resumirse de esta manera: disciplinar los pensamientos y los sentimientos. ¿Disciplinar pensamientos y sentimientos? ¿Es que acaso no son espontáneos? Claro que lo son, especialmente los segundos, pero por eso mismo, y más allá de que sean o no espontáneos, debemos encauzarlos, domesticarlos.

Con razón dijo que “… del corazón salen razonamientos inicuos, asesinatos, adulterios, fornicaciones, hurtos, testimonios falsos, blasfemias”[1]. Sobre ellos actúa nuestra voluntad, para bien o para mal. Posteriormente Pablo abundaría en el tema englobando todas estas aberraciones en la expresión “estado mental desaprobado”. Estos dos textos dejan ver con claridad la necesidad de administrar concienzudamente nuestros pensamientos y sentimientos, haciendo para ello buen uso de nuestra voluntad-libertad.

Ahora bien, ¿qué implica disciplinar pensamientos y sentimientos? Básicamente confrontarlos con nuestra mejor consciencia, aquella que nos evita caer en esos graves errores del entendimiento que son las aberraciones (RAE), y nos obliga a sopesar los pros y los contras que surgen en cada recodo de nuestras vidas, que nos aconseja a no dejarnos arrastrar por emotividades desmedidas, que nos susurra al oído que enmarquemos nuestro pensamiento y nuestra acción en el mensaje de amor cristiano. En fin, que nos invita a no caer en la insensatez.

Con razón Emmet Fox[2] dice que: “… está en nosotros elegir la clase de pensamientos que albergamos en nuestro receptáculo mental”; que “Acaso sea difícil cambiar el rumbo ordinario de nuestro vicioso modo de pensar, pero es posible, y puede hacerse”; y nos recuerda que Jesús “… sabía que cuando se piensa con rectitud la conducta resulta así mismo recta, y, por el contrario, cuando el pensamiento toma una dirección torcida, nada puede salir bien”; que “el tipo de pensamientos que permitamos hacerse hábito en nuestra mente, irá más tarde o más temprano a expresarse en el plano de la acción”; y, que nuestra conducta depende exclusivamente “… de la selección mental que hagamos de nuestros pensamientos”.

 ¿Qué es lo que nos induce a controlar nuestros pensamientos y sentimientos, a hacer una selección mental de ellos? Es algo propio de la naturaleza humana, una noción natural de lo que es correcto e incorrecto, de lo que es bueno y de lo que es malo, que subyace en lo más profundo de nuestro ser, y que configura nuestra consciencia. Lamentablemente en muchas personas esa condición natural está confundida, distorsionada, sofocada, debido a toda clase de perspectivas e influencias culturales, que impiden desarrollar una recta consciencia.

Necesitamos una guía superior para utilizar esa capacidad selectiva nuestra, y para eso está ese gran compendio de sabiduría y guía que nos dio el Maestro: “Por lo tanto, todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos[3]. Querer que el prójimo actúe con sensatez y amor frente a nosotros es lógico, pero también lo es que seamos recíprocos. Así como no quisiéramos que el prójimo nos haga sufrir con sus insensateces, tampoco debemos hacerle sufrir con las nuestras.

Empero, parece que a nivel del conjunto humano algo malo -muy malo- está pasando, lenta pero inexorablemente, que tiene que ver con el declive de la sensatez. Algo que no es difícil entender pero sí detener. Es un curso general de acontecimientos que nos acerca cada vez más al borde de un abismo de insensatez cuyo fondo no se avizora. En últimas, la insensatez de la sociedad en su conjunto se basa en las insensateces individuales. Pero “insensateces individuales” es una expresión que no desvela la enormidad del asunto, esto es, el ominoso curso general de los acontecimientos a que dan lugar.

El mundo de la insensatez es enormemente complejo; su gama es inmensa, y va desde aquellos casos de muy poca importancia hasta aquellos que la tienen en gran medida, desde las meras frivolidades hasta las grandes y equivocadas decisiones que provocan mucho sufrimiento.

Quizás cuando se inició la destrucción de la biosfera, o cuando los seres humanos empezaron a distribuirse tan caóticamente sobre la faz de la tierra, o cuando dieron pábulo al relajamiento de los valores morales, para citar tres de los más grandes errores humanos, no hubo consciencia individual, y por ende tampoco colectiva de que se estaba incurriendo en insensateces cuyas consecuencias tarde o temprano habrían de ser pagadas.

La base para una solución razonable de los grandes problemas humanos no puede ser otra que el desarrollo espiritual individual. Y eso es precisamente lo que no está sucediendo de una manera generalizada. Entonces, el desafío inmenso que se nos presenta es el de superar el subdesarrollo espiritual individual.

Sirva todo lo anterior como antecedente para aclarar que mi énfasis no apunta solo a la responsabilidad individual en sí, sino también a la forma como lo individual interactúa con el conjunto social, condicionándolo. 

Entonces, amerita considerar cuidadosamente lo que tal vez sea la más importante forma de relacionamiento de lo individual con lo social: los efectos acumulativos que se generan a partir de la operatividad de ciertos mecanismos específicos: los efectos dominó, demostración y presión. 

Los efectos dominó son inherentes a nuestra vida en comunidad. Son prácticamente automáticos, casi inconscientes, casi inevitables. Imaginemos una larga hilera de automóviles viajando a lo largo de una autopista con visibilidad restringida por la niebla, y que en esas circunstancias el conductor que va en punta frena intempestivamente. Es fácil prever que los vehículos de la fila, incluido el primero, sufrirán las consecuencias. Este es un tipo de efecto dominó sencillo.

Pero hay otros efectos dominó más difíciles de explicar, por ejemplo, los que suelen ocurrir en el campo económico. La Gran Depresión iniciada en Estados Unidos el 29 de octubre de 1929 con el desplome de la bolsa de valores de Nueva York, se propagó a casi todos los países del mundo, generando inseguridad y miseria.

El llamado “efecto tequila” fue otro ejemplo claro: en 1994 la crisis financiera de México se propagó a los países latinoamericanos, incluyendo los más grandes, Brasil y Argentina, y su raíz, según se señaló entonces, fueron decisiones equivocadas de los líderes del gobierno mexicano saliente, que se habían dedicado a gastar a manos llenas los recursos públicos. 

Si se rastrea la causa última de estos casos se verá que se originan en decisiones individuales, en especial de líderes carismáticos que se encargan de proponer, imponer y propagar sus aberraciones ideológicas. Y cuando éstas son insensatas, entonces el efecto dominó deviene en resultados nocivos para la sociedad en su conjunto.

A diferencia del efecto dominó, en el que la inevitabilidad parece jugar un rol protagónico en la mayoría de los casos, en el efecto demostración el deseo de imitar resulta ser lo más relevante, aunque no inevitable. La expresión se utiliza principalmente en el campo económico. James Duesenberry[4] fue quien la acuñó para expresar que el consumo de un individuo depende no solo de su ingreso y sus necesidades normales, sino también de su deseo de emular el consumo de grupos de ingresos mayores al suyo, aspiración que intenta satisfacer a toda costa, incluso privándose de otros consumos básicos y necesarios.

El efecto demostración trasciende el campo del consumo y se revela en otros campos sociales. Hacia abril del 2012 circuló en la prensa de varios países un artículo de Nicholas Kristof[5] , sobre la corrupción en la China actual[6]. Decía que un informe del Banco Central chino había denunciado que 18.000 funcionarios corruptos huyeron de ese país llevándose 120 mil millones de dólares. También decía que los médicos, los periodistas, los directores de centros educativos y los jueces recibían dinero en pago de sus decisiones corruptas. Además relataba la expulsión del politburó, por corrupción, de uno de los políticos más prominentes de China, Bo Xilai, quien el 2012 también fue expulsado del Partido Comunista por abuso de poder. Pero lo que más llama la atención en su artículo es una frase medio perdida en su largo texto. Decía el autor que hasta las buenas personas recibían sobornos, “porque todos los demás lo hacen”.  Ahí está de cuerpo entero el efecto demostración. Inicialmente alguno o algunos cayeron en la tentación de aceptar sobornos, y de ahí en adelante otros los imitaron hasta que la magnitud de la corrupción se volvió alucinante, para usar las mismas palabras de Kristof.

En ocasiones la imitación raya en lo ridículo, como ocurrió con cierta resolución legislativa aprobada por la Asamblea Nacional ecuatoriana a principios del 2012, durante el gobierno de Rafael Correa, mediante la cual se condenó el asesinato de Ernesto Che Guevara, por haber sido ejecutado vivo. La moción, presentada por un asambleísta del partido de gobierno fue rápidamente respaldada por muchos de sus colegas. Tan disparatada moción fue aprobada por mayoría absoluta de votos. Y no solo eso; el texto de la resolución también afirmaba que el Che había combatido a los gobiernos de Margaret Tatcher y Ronald Reagan, ignorando que Tatcher y Reagan llegaron al poder 15 años después de la muerte del Che. Todo un monumento a la estupidez. ¿Y todo por qué? Pues por una conducta imitativa atolondrada, carente de cualquier reflexión responsable, una aberración semiótica que transformó al Che Guevara en personaje icónico, pese a la violencia que caracterizó su vida. Mucho más pesó en el imaginario de los asambleístas su halo de guerrillero idealista, su gorra con su estrella inspiradora de no se qué valores, y hasta su espesa barba de santón de las montañas, que su vida real.   

En un ensayo de Mario Vargas Llosa[7], se destaca que la búsqueda del escándalo y la chismografía barata, especialmente con respecto a los políticos, ha tenido como secuela que en muchas democracias lo que más se conozca de ellos sea solo lo peor. Y concluye: “No se trata de un problema, porque los problemas tienen solución y éste no lo tiene. Es una realidad de la civilización de nuestro tiempo ante la cual no hay escapatoria.

Por ciertola búsqueda del escándalo y la chismografía barata en modo alguno se limita a los políticos, y por supuesto no es eso lo que el autor quiso decir. En realidad, cualquier famoso, artista, deportista, millonario, prostituta, delincuente, o cualquier otro personaje que se destaque, es potencial objeto de toda suerte de habladurías y chismografía; todos son elegibles para satisfacer esa infinita sed de banalidad que caracteriza a mucha gente. ¿Pero por qué no tiene solución el problema? ¿Por qué no hay escapatoria posible? La respuesta está en ese “porque todos los demás lo hacen”. Así, la conducta de los primeros individuos banales que surgen en torno a un determinado asunto, prontamente es emulada, y el problema, en vez de quedar acotado a esos pocos, se extiende como mancha de aceite a prácticamente toda la sociedad.

En el mismo ensayo Vargas Llosa aborda lo que constituye el nexo con lo que estoy tratando. Cito: “Así como tengo la firme convicción de que el laicismo es insustituible en una sociedad de veras libre, con no menos firmeza creo que, para que una sociedad lo sea, es igualmente necesario que en ella prospere una intensa vida espiritual…pues, de lo contrario, ni las leyes ni las instituciones mejor concebidas funcionan a cabalidad y, a menudo, se estragan o corrompen”. Complementa lo anterior señalando que la cultura democrática “…no puede ser realidad sin unos valores y paradigmas cívicos y morales profundamente anclados en el cuerpo social…”.

Veamos la conexión. Para que una sociedad sea    de veras democrática y libre, es necesaria una intensa vida espiritual. Cierto. ¿Pero qué implica una intensa vida espiritual? Implica que los buenos paradigmas y valores -cívicos y morales- que con razón el autor reclama, se acaten y se practiquen por todos y cada uno de los individuos que componen una sociedad, o al menos por una gran mayoría, de modo que tales valores queden “profundamente anclados en el cuerpo social”. Si los buenos valores y paradigmas no prosperan en el plano individual, ni se propagan, de nada servirán las mejores soluciones organizacionales que la sociedad pueda crear.  Si los valores y paradigmas no prosperan en el plano individual, las instituciones mejor concebidas a menudo “se estragan o corrompen”. Ahí está el meollo del asunto. Ahí está el link entre lo individual y lo social. Si esa intensa vida espiritual no se “ancla” en el nivel individual, sino solo en el nivel normativo-nominal, el efecto demostración hará que todas las banalidades, frivolidades, imposturas y falsedades, que preocupan al autor, sean prontamente imitadas por una irresponsable mayoría de personas.  

Un tercer factor acumulativo es la presión, que para bien o para mal ejerce el entorno social sobre la actitud y la  conducta individual. Y aquí nuevamente nos enfrentamos a algo que en muchos casos apunta hacia el mal. Se trata de una conducta individual que una persona adopta, porque se ve obligado a someterse a ella, muy a su pesar.

Un destacado ejemplo de esto último lo encontramos en un trabajo profundo y bien documentado de Hernando de Soto [8], sobre la informalidad en el Perú[9]. Una sección del trabajo  reseña un experimento social que realizó su grupo de apoyo, consistente en tramitar el establecimiento de una pequeña industria de confecciones, como lo haría una persona común y corriente, sin pagar coimas, sino solo “…en aquellos casos donde, pese a contar con todos los requisitos legales exigidos, esa fuera la única posibilidad de superar el trámite y continuar con el experimento”. El autor relata que en diez oportunidades se les ofreció a sus investigadores acelerar el trámite a cambio de una coima. Lo desolador de todo esto fue que “En dos de ellas hubo que ceder, ya que no existía otra manera de seguir el procedimiento”, esto es, la investigación.Obligada conducta hacia el mal debida a la presión del entorno.

Las autoridades a menudo abusan de su capacidad regulatoria, imponiendo frondosos, repetitivos e innecesarios requisitos, y eso constituye el caldo de cultivo ideal para el florecimiento de la corrupción. El libro de Hernando de Soto contiene una serie de fotografías sobre la informalidad, una de las cuales es por demás reveladora. Ahí aparece en fila el grupo de apoyo sosteniendo una tira de papel, del ancho de una hoja de escribir corriente, de 31 metros de largo, que contenía la lista de los requisitos y trámites necesarios para constituir legalmente una pequeña industria.

En síntesis, los mecanismos acumulativos: efecto dominó, efecto demostración y presión del entorno, se fortalecen con la insensatez individual, la cual conduce a la irracionalidad colectiva. En todo caso, lo decisivo para alcanzar la racionalidad colectiva anida en la actitud y conducta individuales.

¿Tiene algo que ver lo que he señalado respecto a la insensatez y sus mecanismos de propagación, con la sabiduría y mensaje de Jesús? Por supuesto que sí. Jesús no entró a detallar la variedad de cosas que no se deben hacer, de las equivocaciones que no se debe cometer, y mucho menos de los mecanismos de propagación del error en el cuerpo social. Nada de eso; él no se detuvo a considerar los aspectos operacionales de la dinámica asocial, que ni siquiera los tocó, sino que, más bien, fue al fondo de las cosas, a lo que realmente importa. El mensaje de Jesús apunta al desarrollo espiritual individual, y con ello a que la humanidad evite el cometimiento de tales insensateces mediante una conducta y actitud individual inspirada en la justicia profunda, en el respeto a valores universales, en la solidaridad, y sobre todo en la construcción de amor; y al mismo tiempo, en el rechazo a los antivalores. Entonces, ¿sigue siendo válido el mandato de amor de Jesús, antídoto contra el veneno de la insensatez? ¿La sociedad contemporánea ha sabido asimilarlo debidamente? Juzgue usted, estimado lector.

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[1] Mateo 15:19

[2] Emmet Fox, escritor irlandés (1886-1951) en “El Sermón del Monte y la Oración Dominical”

[3] Mateo 7:12

[4] Economista estadounidense (1918-2009)

[5] Periodista Norteamericano (1959) Premio Pulitzer

[6] Nicholas Kristof, “Un cuerpo, un escándalo y China”

[7] Mario Vargas-Llosa, “La Civilización del Espectáculo”, Editorial Alfaguara. Primer libro del autor después de  recibir el Premio Nobel de Literatura 2010.

[8] Economista y político peruano (1941)

[9] Hernando de Soto, “El Otro Sendero”, Editorial El Barranco, 1986.

Publicado enFilosofía y religión

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