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Hipocresía

HIPOCRESÍA

Cada vez que tenía ocasión Jesús se mandaba durísimas filípicas contra la hipocresía, especialmente de escribas y fariseos. Criticó a los que dicen una cosa y hacen otra, a los que actúan movidos solo por el afán de lucirse ante los demás, a los que procuran parecer magnánimos pero en el fondo se desinteresan por la justicia. Fue particularmente incisivo cuando dijo: “Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque se asemejan a sepulcros blanqueados que por fuera realmente parecen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suerte de inmundicia”[1]. ¡Qué claro retrato de las malas intenciones ocultas de los hipócritas de hoy!

También fue agudo cuando dijo a sus discípulos: “Guárdense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”.[2] Comparar a la hipocresía con la levadura fue otro ingenioso acierto, pues las actuaciones inspiradas en la hipocresía buscan hacer aparecer al hipócrita más grande de lo que realmente es.

Destacó la actitud hipócrita de los maestros de la ley y de los fariseos cuando dijo a sus oyentes que no sigan su ejemplo “porque ellos dicen una cosa y practican otra”[3] 

Todas estas cosas las dijo con palabras propias de su época, y parecería que estaba profetizando que perdurarían a través de los tiempos, incluso bajo nuevos ropajes. Bajo nuevos ropajes pues, en efecto, ahora hay nuevas y variadas formas bajo las cuales se esconde la hipocresía, y aunque parezca inaudito, entre esos ropajes está la mismísima virtud. En efecto, no faltan personas, especialmente en el ámbito de la politiquería, que presentan a su hipocresía como una virtud.

La hipocresía y la doble moral son parecidas, primas hermanas, pero intrínsecamente diferentes. La hipocresía siempre esconde algo, pues se trata de un “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan” (RAE). En cambio la doble moral o doble discurso, no siempre esconde algo. Por ejemplo, hipocresía es declararse probo a carta cabal, al tiempo de disfrutar de riquezas mal habidas, en cambio la doble moral es predicar la honradez pero al mismo tiempo sostener que robar a ciertas personas es aceptable y meritorio, en cuyo caso estamos más bien ante una actitud incoherente y cínica. Ejemplo de doble moral es lo que ocurre con el adulterio, condenado cuando quien lo practica es la mujer, pero minimizado cuando el adúltero es el marido.

En ciertos países es muy común el doble discurso en el campo de la información manejada por los gobiernos: por un lado se pregona transparencia informativa, pero por otra se le niega a la población el acceso a ella, en circunstancias que no hay nada que amerite hacerlo. Por supuesto, en muchos casos la hipocresía y la doble moral o doble discurso forman un solo amasijo, de modo que es difícil distinguir una de la otra. En todo caso las sociedades contemporáneas están plagadas de ambas.

El eufemismo, en cambio, no es primo hermano de la hipocresía, es algo diferente, pero de alguna manera relacionado con ella, pues siempre tiene algo de hipocresía, por ínfimo que sea, lo cual se refleja en los matices con los que se presenta. Existe un eufemismo con un matiz más bien de cortesía, de delicadeza, que evita el uso de palabras duras, tratando de no herir susceptibilidades del oyente o del lector; es común en el lenguaje diplomático, como cuando a los países pobres y atrasados se los menciona como “países en vías de desarrollo”, o “desafortunadas” a las declaraciones agresivas de líderes con los que se tiene conflictos.También es común en el lenguaje corriente, como cuando en vez de negro se dice “de color” o afro-descendiente. También cuando se dice “adulto mayor” en vez de viejo, o con “capacidades especiales” en vez de minusválido, etc. También existe el eufemismo meramente humorístico, como en aquel adagio que dice que lo mejor de ser un bueno para nada es que se tiene tiempo para todo, o aquel otro, de los años sesenta, de que lo mejor del comunismo son las comunistas.

Pero, ya en serio, también hay otro tipo de eufemismo, este sí descaradamente hipócrita, muy común en la actividad política de muchos países, que busca esconder la verdad, los verdaderos propósitos de quien lo profiere. Es a éste al que mejor le calzan las críticas de Jesús. Durante el tercer gobierno dictatorial de Rafael Correa (Ecuador) se echó a la calle a cientos de empleados públicos, por razones esencialmente políticas. A fin de esconder sus verdaderas razones, el gobierno adujo que no eran despidos intempestivos sino “renuncias obligatorias”, oxímoron hipócrita que solo buscaba ocultar la verdad: los despidos intempestivos que realmente fueron. En octubre de 2015 Nicolás Maduro, Presidente de Venezuela, declaró que si la oposición ganaba las próximas elecciones legislativas, haciéndole perder su mayoría en el Parlamento, no entregaría la revolución sino que gobernaría con una “unión cívico-militar”, eufemismo hipócrita para evitar decir abiertamente que buscaría dar un vergonzoso autogolpe de Estado.[4]

Las falacias deliberadas son formas malintencionadas de hipocresía pura y dura. La falacia deliberada es un argumento que parece válido pero no lo es. Y lo que lo hace hipócrita es el hecho de que lo que realmente busca no es sacar a luz la verdad sino esconderla. El abanico de falacias es muy grande, ahí están, solo por mencionar algunas: la generalización apresurada; la falacia del silencio (“el que calla otorga”); la del “francotirador” (manipulación de los resultados); el argumento “ad hominen” (no rebatir los argumentos del contrario, sino desestimar su idoneidad de la persona); la referencia al contexto; y, la falacia del “hombre de paja”. Me referiré solo a algunas de estas últimas, por estar muy en boga en ciertos círculos sociales, especialmente el de los politiqueros.

La falacia del silencio tiene lugar cuando quien la esgrime no tiene evidencia alguna de que el silencio de su oponente significa que éste admite su error o su culpa, no obstante lo cual lo aduce por así convenir a sus intereses. El silencio del oponente bien puede obedecer a una actitud responsable, como podría ser la de abstenerse de emitir juicio alguno por no contar con los elementos de convicción necesarios, por no tener  información suficiente, o por tener una duda razonable, etc.

La referencia al contexto puede dar lugar a falacias deliberadas opuestas. Un argumento podría ser traído fuera de contexto con el objeto de manipularlo, de modo que aisladamente signifique algo diferente a lo que realmente significa en su contexto. En esta forma parecería que significa una cosa, pero en realidad significa otra diferente si se lo ubica en su contexto.  Por el contrario, pese a estar fuera de contexto, el contenido literal del argumento puede seguir siendo válido, sin ser necesario remitirse al contexto para iluminarlo, no obstante lo cual se lo ataca con el argumento de que está fuera de contexto.

La falacia del hombre de paja consiste en distorsionar el argumento del contrario, haciéndole decir lo que no dijo, de modo que el argumento así desfigurado (el “hombre de paja”) se vuelva vulnerable por ser inaceptable para la razón y el buen juicio. De esta manera, lo que no se pudo atacar con argumentos válidos se torna atacable luego de la manipulación. Un ejemplo relevante tuvo lugar en Estados Unidos luego que el Presidente Barack Obama propusiera como norma federal una revisión de los antecedentes de los compradores de armas de fuego, ante lo cual Donald Trump, por entonces precandidato republicano, replicó que: “Obama quiere sus armas” (refiriéndose a las armas en poder de la gente)[5]. Obsérvese que Obama no dijo que quería confiscar las armas en poder de los particulares, sino ejercer cierto tipo de control sobre sus compradores. Así, y como consecuencia de la manipulación, el Presidente que quiere confiscar cientos de millones de armas de fuego a los particulares pasa a ser el hombre de paja, mucho más atacable y vulnerable que el Presidente que no propone la prohibición de la venta de armas de fuego sino más atención y cuidado respecto a quienes las compran.

La hipocresía conlleva siempre una mentira; donde hay hipocresía hay mentira; el hipócrita es de hecho un mentiroso. Ahora bien, ¿cómo reconocer al hipócrita mentiroso? ¿Por sus frutos, como lo advirtió Jesús?[6] Claro que sí, pero ojo, por sus verdaderos frutos, que no siempre son los que aparecen a simple vista. Esto último ocurre en múltiples facetas de la vida social, especialmente en la política, en la que algunos frutos lucen excelentes, pero en el fondo, y sobre todo en el mediano y largo plazo, son malos, a veces malísimos, hasta catastróficos. La promesa de Hitler al pueblo alemán, de recuperar el poder y la autoestima después de la derrota sufrida en la primera guerra mundial, debió parecerles una muy buena cosa a sus compatriotas, pero ya sabemos cuáles fueron los frutos de esa promesa, los verdaderos frutos. 

Lo más nocivo de la hipocresía radica en el hecho de que impide el florecimiento de virtudes que, de practicárselas, sobre todo en forma extendida, ayudarían grandemente al desarrollo espiritual de la humanidad, tales como la veracidad, la sinceridad, la diafanidad, la transparencia. Por eso, por impedir el desarrollo de estos valores, por ser un obstáculo a la elevación espiritual, la hipocresía sigue siendo tan repudiable como siempre lo fue. Entonces, no en vano Jesús arremetió tan duramente contra ella.

¿Subsiste la hipocresía en nuestros días tan arraigada como lo estuvo entre escribas y fariseos? Por supuesto que sí, y en muy diversas formas y circunstancias. En la política, como ya lo mencioné, es muy común. Líderes políticos que se presentan como conductores interesados en el bien común, y que en realidad solo están interesados en el provecho personal, sea político o económico, o ambos. Por eso hacen tantas promesas a sabiendas que no las cumplirán, pues su verdadero objetivo no es hacerlas realidad sino ser populares, ganar elecciones y captar el poder. Así, la hipocresía no solo que engaña a la gente sino que también erige falsos líderes.

El no practicar lo que se predica es igualmente otra forma extendida de hipocresía, que subsiste pese a la advertencia de Jesús de no proceder de esta manera. Y tal vez una de las peores formas de hipocresía es la de ser hipócritas consigo mismo. Eso ocurre cuando se amañan argumentos para convencerse a sí mismos que se ha actuado bien, siendo que lo que realmente se ha querido es acallar los gritos de la mala conciencia.   

En algunos de los protagonistas del movimiento hippie de los años sesenta del siglo pasado hubo una evidente carga de hipocresía; una gran carga de hipocresía en realidad. No generalizo esta crítica a todos quienes participaron de este iconoclasta movimiento, pero es evidente que algunos de ellos (muchos o pocos, no lo sé) fueron unos hipócritas de tomo y lomo. Hipócritas, porque a pretexto de rebeldía, amor, espiritualidad, arte y pacifismo, lo que realmente buscaban y practicaban era el libertinaje. Así lo demostraron con sus prácticas de amor libre con promiscuidad, sexo en público y adulterio incluidos; con el consumo de drogas, especialmente LSD, marihuana y hachís, y con su posterior integración al establishment del que antes habían renegado, transformándose en los “yuppies” como se los llamó en los años 80 (young urban proffesional).

Como ya mencioné anteriormente, el verdadero objetivo de muchas agrupaciones políticas suele no ser la felicidad colectiva, como predican, sino cosas claramente repudiables, como el poder por el poder, el afán de notoriedad y de dominación, el dinero fácil, la apropiación de riquezas ajenas. Esto se ve claramente en el caso del líder populista que proyecta la imagen de ser un gran defensor del bien común, pero que a menudo es en el fondo un gran ególatra que lo que principalmente busca es su propio provecho y el de su grupo.

Una nueva y grave corriente de hipocresía política viene desarrollándose en América Latina desde fines del siglo XX. Oswaldo Hurtado, ex presidente del Ecuador, la retrató fielmente en su libro “Dictaduras del Siglo XXI. El caso ecuatoriano”, publicado el 2012. Ahí se registra que el proceso empezó en 1999 luego de la asunción al poder de Hugo Chávez en Venezuela, que luego se extendió a otros tres países de la región, Bolivia y Ecuador, además de Nicaragua que ya en 1985 había sido gobernada por Daniel Ortega. Los gobiernos de los cuatro países se auto-definieron como bolivarianos, practicantes del denominado socialismo del Siglo XXI.

Hurtado expone con gran lucidez el modus operandi de estos gobiernos. Antes las dictaduras militares declaraban que la Constitución vigente a la fecha del golpe de estado continuaba en vigor en todo cuanto no se opusiera a los fines del nuevo gobierno, lo cual, no era un acto de hipocresía, sino de cinismo. En cambio, y dado su carácter esencialmente hipócrita, las dictaduras del siglo XXI se abstienen de declarar tal cosa, pero los verdaderos fines que persiguen no son los consagrados en las constituciones vigentes o en las nuevas a las que ellas mismas dan origen y que juran defender, sino los suyos propios, por más descabellados que sean (concentración de todos los poderes en el líder, reelecciones indefinidas,  estatización de actividades privadas, etc.) Hipocresía también ha sido valerse de las instituciones democráticas, como lo han hecho estas nuevas formas de dictadura, para acceder al poder, para una vez logrado esto, deformarlas para arrebatarles su carácter democrático, transformándolas, más bien, en instrumentos que les sirvan para perseguir a sus opositores, acallar toda disidencia, y asegurar su permanencia indefinida en el poder. Hurtado hace referencia a los antecedentes europeos de esta situación: “Este modelo de acceder al poder a través de las instituciones democráticas para luego, bajo la conducción de un caudillo, desconocerlas, manipularlas e instalar gobiernos autocráticos y formas disimuladas de dictadura, no es un invento de Hugo Chávez y sus seguidores que se limitaron a darle un toque latinoamericano. Su origen es bastante más antiguo. Se remonta a la segunda y tercera décadas del siglo XX y fue concebido e implantado por el Duche Benito Mussolini en Italia y el Führer Adolfo Hitler en Alemania, con la ayuda de los partidos fascista y nazi”

Tal vez la mayor hipocresía de las dictaduras del siglo XXI latinoamericanas haya sido el haber escondido sus verdaderos propósitos cuando criticaban las aberraciones de los gobiernos que las precedieron. En esas oportunidades prometían terminar con las injusticias sociales, eliminar las violaciones a los derechos humanos, erradicar la corrupción, acabar con el autoritarismo, etc., pero una vez instalados en el poder lo que floreció con inusitado vigor fue precisamente el autoritarismo, la violación de los derechos humanos, el acoso a los medios de comunicación, la degradación de la libertad de expresión, la corrupción, y el sometimiento de los demás poderes del estado a la voluntad omnímoda del líder.

La hipocresía también se hace evidente cuando quienes aún no han captado el poder se dicen partidarios del igualitarismo social, pero una vez instalados en él dan origen a una nueva clase privilegiada, formada por quienes lo detentan, y sus áulicos. Ahí aparecen los nuevos ricos que llegan a serlo no como fruto de su trabajo honrado sino como consecuencia del poder político que ostentan, en unos casos, o de sus vinculaciones con él, en otros.  

En mi país, Ecuador, Rafael Correa, que se mantuvo en el poder por diez años, pretendió mantenerse en él de manera indefinida, pero para lograrlo habría tenido que reformar la norma constitucional que le permitía ser reelecto una sola vez, lo cual ya había ocurrido. Desde luego, una reforma constitucional tan importante, como la de establecer la reelección indefinida, requería la aprobación mediante consulta popular o referéndum, conforme lo manda la propia Constitución, pero Correa no quiso que sea el pueblo el que decida si acepta o no la reelección indefinida, sino la Asamblea Nacional, en la que tenía una amplia mayoría de obedientes seguidores. Su argumento central era el de que, aunque la Asamblea Nacional apruebe la reelección indefinida, será el pueblo el que, en cada evento electoral, el que decida si los reelige. Y aquí es donde se agazapa la hipocresía. Se trata de un argumento que a algunos podría parecerles razonable, pero que, en este caso particular, oculta una enorme dosis de hipocresía. En efecto, una cosa es la reelección indefinida como concepto y norma, y otra la reelección del presidente en funciones con las ventajas que esto implica. En el primer caso el pueblo tendría que pronunciarse sobre un principio que, de aprobarlo, regiría la vida política futura del país. En cambio, más allá de que el personaje que opte por la reelección indefinida haya sido honesto o corrupto, estadista o demagogo, santo o pecador, siempre tendría la opción de presentarse y promoverse como candidato. En el segundo caso, el de la reelección del presidente en funciones, se acepta que un candidato-presidente corra por la presidencia las veces que quiera, munido de las inmensas ventajas que le da el ejercicio del poder sobre los demás candidatos, sobre todo en países con débil vocación democrática. Y aquí es donde aparece la gran hipocresía. Correa intuía que si se consulta al pueblo sobre el concepto mismo de la reelección indefinida llevaba las de perder, por eso dispuso a sus asambleístas que sea suficiente que la Asamblea apruebe la reforma constitucional, a sabiendas de que en su calidad de presidente-candidato dispondría de todos los recursos públicos a su alcance, lo cual le daría una enorme ventaja sobre sus competidores. Dijo ser democrático, pero esta maniobra sugiere que tuvo otras intenciones para imponerse a los demás candidatos: las de utilizar las ventajas que daba el poder, incluso influyendo sobre el ente encargado de organizar los procesos electorales. Todo un caso de gran hipocresía… y de gran mentira.    

La máscara de la hipocresía política del correísmo en el Ecuador de principios del siglo XXI cayó oficialmente el 29 de noviembre de 2015 cuando Gabriela Rivadeneira, Presidenta de la Asamblea Nacional, declaró que la reelección indefinida del presidente, entre otras reformas a la Constitución, eran necesarias para que “aseguren que la Constitución garantice la permanencia política de ese proyecto (político)”, el de Correa.Es decir, las cosas puestas patas arriba: en lugar de que la Constitución sea el marco normativo al que deben sujetarse los proyectos políticos, es el proyecto político el marco referencial supremo, y la Constitución debía adecuarse, cada vez que sea necesario, para asegurar su permanencia. Lo que ocultaron los correístas cuando redactaron la nueva Constitución, que supuestamente habría de durar  300 años, era que ésta solo sería un traje a la medida que se modificaría tantas veces fuere necesario para garantizar la continuidad del proyecto político de Correa y sus secuaces. Absoluta hipocresía política.    

En fin, sepulcros blanqueados. Hermosos por fuera pero llenos de inmundicia por dentro: la inmundicia que proviene de la hipocresía. Las formas hipócritas se han multiplicado desde los tiempos del Maestro, pero su abyección sigue siendo la misma. ¡Cuánta razón tenía Jesús!

Para concluir debo referirme, aunque sea brevemente, a lo que ocurre cuando la hipocresía no consigue los fines perseguidos por aquellos que la practican. Cuando la hipocresía ya no es suficiente, o ya no se la puede maquillar ni ocultar, entonces se opta por el cinismo. Ahí desaparece el pudor y la vergüenza; los que lo practican ya no tienen sangre en la cara; la desvergüenza se extiende como mancha de aceite, se practica el todo vale sin el menor cargo de consciencia. A menudo la expansión del cinismo no parte desde la base social hacia arriba, sino al revés, desde arriba hacia abajo. En no pocos países sus gobiernos han convertido el cinismo en política de estado, contaminando desde ahí todo el cuerpo social. Y siendo la hipocresía la antesala del cinismo, debemos concluir por lógica que cuando Jesús fustigaba a aquella, implícitamente también estaba tratando de evitar que el cinismo prospere. 

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[1] Mateo 23:27

[2] Lucas 12:1

[3] Mateo 23:3

[4] Pocos días después se retractó, ofreciendo respetar el resultado de las elecciones “gane quien gane”

[5] Editorial de The New York Times

[6] Mateo 7: 16

Publicado enFilosofía y religión

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