En el mandato de no hacer a otros lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros mismos, proclamado recurrentemente por Jesús, hay otro, implícito: el de rechazar todo aquello que contraríe al primero. Era como que si hubiera sabido que eso es lo que sucedería en el futuro: que prosperarían antivalores contrarios a su mandato.
Infortunadamente lo que más se ha desarrollado, lo que más se advierte en la dinámica social, es la proliferación de antivalores, que van ganando terreno a sus valores polares. En lugar de la verdad se practica el sofisma, en lugar de la espiritualidad el materialismo, en lugar del hablar respetuoso y comedido el sarcasmo y la ironía, en lugar del respeto al derecho ajeno el abuso y el “todo vale”, en lugar del respeto a la vida, el terrorismo y la delincuencia, etc., etc.
Uno de los antivalores que quiero destacar en calidad de ejemplo es la corrupción por intereses económicos. Desde luego la corrupción no es nada nuevo. En una muy ilustrativa parábola[2] Jesús describe un acto de corrupción, que viene al pelo en el mundo actual. Cuenta la historia de un mayordomo que iba a ser despedido de su trabajo por haber malgastado la plata de su patrono, ante lo cual el avispado empleado toma contacto con los deudores de su jefe para ofrecerles rebajar sus adeudos. Lo que perseguía era sacar provecho personal de la situación y de paso tomar venganza contra su patrono.
Tiempo después Lucas describiría otra actitud corrupta por motivos económicos, cuando el gobernador Félix [3] aplazaba su resolución sobre si dejar en libertad o no a Pablo, esperando “que Pablo le diese dinero”.[4]
¡Qué actualidad la de estas historias! Los mecanismos de hoy pueden ser diferentes, pero el fondo es el mismo. Consideremos, también a título de ejemplo, el famoso ten per cent (a menudo mucho más que eso) con que se sobrecargan las contrataciones públicas para satisfacer el voraz apetito de quienes tienen el poder de autorizarlas. Desde luego, si quienes tienen aquel poder fueran de recto proceder, las propuestas corruptas se estrellarían contra un muro de decencia.
En el mundo actual la corrupción cunde por todos lados y en todos los niveles sociales. Florece tanto en la política y el gobierno, como en las actividades privadas. Deprime el alma constatar que la corrupción ha llegado a los más altos niveles de gobierno de algunos países, y de algunas estructuras privadas también.
Pero el problema es aún más grave, pues se trata no solo de la degradación de los valores, sino también de la inversión de éstos. Lo que antes era malo hoy se considera como normal; lo que antes se ocultaba con vergüenza hoy se lo pregona a los cuatro vientos con cínico desparpajo.
Anticipándose a Jesús, el Antiguo Testamento ya registra una advertencia muy clara contra la inversión de los valores: ¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo![5]
Pasemos ahora a otros ámbitos de la inversión de valores. Personajes famosos, con influencia sobre muchos, declaran con orgullo su homosexualidad, considerándola como uno de los mayores bienes que les ha dado la vida. A tal punto ha llegado el descaro y la inversión de los valores, que en 2013 se llegó a publicar en los Estados Unidos la primera biblia gay, a la que se la denominó biblia “Queen James” (alusión sarcástica a la Biblia King James,), aduciendo que la Biblia hay que leerla con nuevos ojos, y que ciertos versículos relacionados con el homosexualismo han sido mal interpretados.
Quienes promueven la biblia gay manipulan conceptos bíblicos básicos para decir que la Biblia no se opone a las desviaciones sexuales. Y en cuanto a la interpretación de versículos específicos, señalan que el bautismo de un eunuco[6] significaba que la desviación sexual era aceptada por la Biblia. Así mismo, y a propósito de la defensa que hace Jesús del matrimonio, así como de la que no a todos conviene el celibato[7], distorsionan sus palabras para llegar a la conclusión de que “…el matrimonio heterosexual no es norma para todos”. Desde luego, se cuidan de no mencionar ninguno de los numerosos versículos que aparecen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, en los que el relato bíblico es claro y explícitamente crítico y adverso a las prácticas sexuales anti natura.
Otra inversión de los valores tiene lugar en torno al tema del adulterio. En varias oportunidades Jesús se manifestó claramente en contra del adulterio. Su respaldo a la ley mosaica ya implicaba un claro rechazo a él, pero además, en varias otras oportunidades también evidenció ese rechazo, como cuando dijo que el hombre que se divorcia de su esposa y se casa con otra comete adulterio[8], o como cuando le advirtió a la mujer adúltera salvada de la pedrea, que no siga pecando[9]. Ahora bien, en la actualidad hay muchas personas que, sin el menor cargo de conciencia, viven en adulterio permanente. Ocurre en todos los niveles sociales, desde los más humildes hasta los más encopetados, y lo practican tanto hombres como mujeres. A tal extremo ha llegado esta práctica, que ahora se trata de darle un cariz de normalidad bajo el eufemismo de “terapia de sustitución sexual”.
Esto ha dado lugar al surgimiento de otro eufemismo: el de la “pareja sexual sustituta”, con lo cual se tata de velar aquello de lo que realmente se trata: prostitución y adulterio. Quienes defienden las mencionadas “terapias”, que incluso se promocionan por internet, aducen que solo buscan enseñar a los “clientes” a tener sexo gratificante. Pero la realidad es otra cuando de por medio está la interacción física, como ocurre ahora con mucha frecuencia. Con el mayor descaro, en 2015 una mujer autodenominada “pareja sexual sustituta” se presentó en televisión contando que en su “ejercicio profesional” había tenido relaciones sexuales con alrededor de 900 “pacientes”, muchos de ellos hombres casados, con varias sesiones con cada uno, y “honorarios” de 240 dólares por sesión. Y todo ello con pleno conocimiento del esposo de la “pareja sexual sustituta”, quien consideraba la actividad de su mujer como práctica profesional. Todo un monumento a la degradación de los valores morales.
También hay quienes propugnan la denominada “infidelidad negociada”, un consentimiento por el cual marido y mujer se ponen de acuerdo para cometer infidelidad mutua. Como siempre ocurre en casos de depravación moral como este, las “justificaciones” abundan, pero ninguna puede borrar aquello de lo que realmente se trata: el descenso de un escalón más en la degradación de los valores morales. Y quién sabe qué otras aberraciones sexuales, o de otro tipo, se producirán y justificarán en el futuro. Lo cierto es que en esos desfases entre valores y antivalores está lo esencial de la degradación moral.
El egoísmo extremo, a contravía del amor construible, se aprovecha de la libertad intrínseca de elegir del ser humano para tomarse por asalto el alma humana. Así se abusa de la libertad y se cae en el libertinaje, el cual le da una gran capacidad de desarrollar antivalores, e incluso de crear nuevos antivalores que antaño ni se soñaba que podrían llegar a existir.
Un ejemplo actual de los extremos a los que ha llegado el egoísmo-individualismo y el consecuente libertinaje, es el aprovechamiento de los avances informáticos para la diseminación y práctica del mal. Sirvan de muestra algunos avisos horrendos que se publican en la web: “Sicario profesional. Puede confiar en mí. Tienes una rata y la quieres muerta. Déjamelo a mí”. “Asesino profesional, experiencia en situaciones complicadas, trabajos realizados con éxito hablan por mí”. “Todo puede tener su solución final y usted seguirá con sus manos limpias; no habrá nada que le ligue al hecho ni a nosotros. Nuestros métodos son efectivos: desde accidentes bien elaborados, hasta la máxima tortura; usamos tecnología de punta”, etc., etc.[10]
Leo estos avisos, me horrorizo y pienso: esto no puede estar sucediendo; no es posible que el libertinaje haya llegado a tales extremos. Pero me equivoco: sí es posible. Está sucediendo.Es parte de ese curso general de acontecimientos ominosos que mencionaba en líneas anteriores; de ese deslizamiento en plano inclinado que conduce a la sociedad hacia la nada, hacia su total deshumanización.
En la actualidad se percibe cierta indiferencia en la generalidad de la gente respecto al futuro espiritual del ser humano. Parece no preocuparles mucho ese curso general de deterioro espiritual que estamos viviendo, y más bien centran su interés en los aspectos materiales y tecnológicos futuristas. Sueñan con tecnologías de punta; con inteligencia artificial avanzada; con viajes espaciales; más aún, elucubran sobre la llamada transhumanización, unaideacentrada en la transformación del hombre en base a los avances de la ciencia y la tecnología. Hablan del trans humano como una especie de superhombre que gracias a los futuros artilugios tecnológicos, incluso aquellos que se incorporan al cuerpo, puede llegar a convertirse en un semi-dios.
Parece como si otra vez estuviésemos embarcándonos en una cosmovisión antropocéntrica; como si el ser humano fuera el que dirá los futuros “fiat”; como si estuviéramos destinados a ser el centro del universo. Mucha arrogancia creo.
Ahora bien, todo eso se mueve en el plano científico-tecnológico. ¿Y en lo espiritual? En este campo son manifiestamente simplistas: su optimismo llega al punto de creer que, gracias a los avances en plano científico-tecnológico, el transhumano del futuro será más ético, menos egoísta y más consciente de las necesidades de la gente que lo rodea[11].
Pero he aquí que las flechas del desarrollo espiritual del humano actual apuntan en sentido contrario a esa creencia. Las cosas que el humano actual hace, con el apoyo de los artilugios tecnológicos que ya posee -que no son pocos- lo muestran, más bien, menos ético, más egoísta y menos consciente de las necesidades de la gente que lo rodea. Desprecio por la vida, incluso de la propia; eufemismos para vestir con nuevos ropajes al mal moral (mal causado por el hombre); corrupción en todos los niveles sociales; guerras despiadadas inspiradas en la intolerancia; ansias desmedidas de protagonismo y poder; crímenes ecológicos; demencial frenesí por el dinero; etc. Eso, por supuesto, no augura nada bueno en el plano espiritual.
Quizás en un futuro no muy lejano, el transhumano, cuyo proceso de desarrollo material ya está en marcha, alcance el nivel del superhombre nietzscheano, ¿pero lo alcanzará también en el plano espiritual? El curso general de la historia humana no parece respaldar esa posibilidad. Quizás lleguemos a ser gigantes tecnológicos, pero con los pies de barro, del barro del subdesarrollo espiritual. Quizás en el futuro, con toda nuestra tecnología, tengamos que reconocer que nos equivocamos al no prestar suficiente atención al desarrollo espiritual individual. Quizás tengamos que arrepentirnos de haber renegado del potencial de humanidad que, de todas maneras, aletea en el fondo de nuestras almas, pugnando por salir a flor de piel. Demasiados “quizás”.
Claro que también hay actitudes opuestas, orientadas al desarrollo de la espiritualidad, y algunas incluso muy conspicuas, pero el punto es que, a nivel planetario, el desfase en favor del mal moral es abrumador. En los años 90 se publicó un extenso pronóstico[12] en el que se identificaban las tendencias a largo plazo en 10 campos de la actividad humana. Las prognosis se enfocaron mayormente en lo tecnológico, y resultaron bastante optimistas en lo que al aspecto espiritual concierne. Destacó, por ejemplo, que el hecho de que se estuviese rechazando el endiosamiento de la tecnología, y de que haya “resurgido la espiritualidad”, eran “grandes señales de esperanza; y, que “La riqueza no ha fomentado la codicia”. Treinta años después de esa publicación los hechos demuestran que en el plano espiritual las cosas van por caminos muy diferentes.
Ahora bien, ¿es que acaso Jesús enseñó que había que preservar los valores morales y rechazar sus opuestos? Lo hizo, pues todo su magisterio estuvo marcado por la proclamación de la verdad y por ende de los valores morales, y por el rechazo a los antivalores. Cuando mostró su apego a la Ley[13] también lo estaba haciendo respecto a los valores en ella contenidos, como el de honrar a los padres, el de respetar la vida del prójimo, el de practicar la fidelidad conyugal, el de ser honrados, el de ser veraces. Cuando pronunció su sermón del monte exaltó a los conscientes de su espiritualidad, a los pacíficos, a los justos, a los misericordiosos, a los de corazón puro. Y así en muchas otras ocasiones y respecto a tantos otros aspectos de las relaciones interpersonales.
En su línea de preservar los valores, hasta el parloteo vano fue objeto de sus advertencias, como cuando dijo que “… de todo dicho ocioso que hablen los hombres, rendirán cuenta en el Día del Juicio…”[14] ¿Se sentirán aludidos los políticos (bueno, algunos políticos), así como muchas otras personas que con tanta enjundia practican el parloteeo vano? ¿Se sentirán aludidos quienes dicen que hablar es un objetivo en sí mismo, sin importar de lo que se hable, o con quién se hable?[15]
El subdesarrollo espiritual suele generar formas de pensar banales y frívolas que se reflejan en el hablar cotidiano. Los efectos de esta forma de pensar y hablar parecen de poca monta, pero no lo son, pues acostumbran a la mente humana a la banalidad, a la superficialidad, a no ir al fondo de las cosas. El mundo moderno está lleno de enfoques superficiales. La banalidad está a la orden del día; a donde quiera que dirijamos nuestra mirada encontraremos evidencias de su imperio. La masa humana parece hambrienta de banalidad. Se advierte, por ejemplo, un interés enfermizo por conocer los escándalos e intimidades de los famosos, y por tejer toda clase de habladurías alrededor de eso. Los guardaespaldas, los choferes, las amas de llave y demás empleados a su servicio, con acceso a sus vidas íntimas, son fuente inagotable de toda clase de información light, codiciada por las editoriales y otros medios, todo lo cual es fuente inagotable para el parloteo vano.
Por otra parte, el lenguaje cotidiano está lleno de palabras innecesarias y vanas, usadas sólo para fingir erudición o para aparentar originalidad, o por pura pedantería. Palabras de relleno, que nada dicen. Palabras innecesarias que caen en desuso y son reemplazadas por otras, también innecesarias. Desde luego, no me estoy refiriendo a los necesarios neologismos derivados del progreso tecnológico y científico, o al lenguaje especializado de las ciencias y las artes, sino a los cambios espurios, inspirados por la banalidad.
Ahora bien, llegados a este punto es necesario aclarar cuál es el verdadero y profundo sentido de esta inversión de los valores morales. No es solo que se están debilitando, dejado un vacío que es llenado prontamente por los antivalores; es más que eso. De lo que se trata es del surgimiento de cierta contracultura que exalta los “valores” contrarios; que pone al descubierto la convicción de que los antivalores es lo real, lo verdadero y lo deseable. Friederich Nietzsche ya lo dijo sin el menor rubor: “…el mal es la mayor fuerza del hombre. ¡El hombre tiene que hacerse mejor y más malo! Eso es lo que yo enseño. Un mal mayor es necesario para el mayor bien del superhombre. Padecer y sufrir por los pecados de los hombres podía ser bueno para aquel predicador de gentes pequeñas (se refería a Jesús). Mas yo me regocijo del gran pecado como de mi gran consuelo” (paréntesis añadido)[16].
Por ejemplo, no es solo que la institución del matrimonio heterosexual se está debilitando, sino que a la homosexualidad ahora se la considera como algo extraordinariamente bueno, que se lo reconoce como tal y se lo proclama con orgullo, al tiempo que se denigra a quienes piensan diferente. Es conocido el caso del sacerdote católico italiano Andrea Gallo, quien en 2012 declaró que el homosexualismo es un “don de Dios”; que el matrimonio heterosexual no es la única forma natural de familia; y que quienes se oponen al matrimonio igualitario “están mal por dentro”.
En resumidas cuentas, Jesús sí enseñó acerca de la necesidad de preservar los valores morales, incluso los que parecen de poca importancia, y de rechazar los antivalores. Esto se puede apreciar con toda claridad cuando se considera el conjunto de sus enseñanzas atingentes a las relaciones interpersonales.
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[1] Artículo basado en el libro “La Sabiduría Profética de Jesús”, del mismo autor.
[2] Lucas 16: 1-8
[3] Marco Antonio Felix, gobernador romano de Judea en el siglo I D.C.
[4] Hechos 24:26
[5] Isaías 5:20
[6] Hechos 8: 26-39
[7] Mateo 19: 12
[8] Mateo 19:9
[9] Juan 8:11
[10] Investigación periodística, diario El Expreso, Guayaquil, junio 2015.
[11] Revista digital “Tendencias de las Religiones”, artículo “El transhumanismo cuestiona las tesis tradicionales de nuestra cultura”, febrero 23/2016
[12] John Naisbit y Patricia Aburdene, “Megatendencias 2000”, Editorial Norma, 1990.
[13] Los 10 mandamientos
[14] Mateo 12: 36
[15] Habla “con tu perro, con tu gato, con las piedras” (comercial de una empresa de telefonía móvil)
[16] “Así Habló Zarathustra”
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