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EL CENTÉSIMO MONO

EL CENTÉSIMO MONO

http://www.amazon.com/author/carlospalacios

Propagación de las conductas, efecto demostración, momentos críticos, ley de los grandes números.

En la década de los 70 circularon noticias acerca de un experimento que, según se ha dicho, fue realizado en una isla japonesa con una manada de monos. Consistió en proporcionarles camotes con tierra adherida, a fin de dificultarles su consumo. Uno de los monos encontró la solución al problema: lavar los camotes en un río próximo. Otros hicieron lo mismo, y luego otros más, hasta alcanzar un punto en el que la tendencia se volvió masiva e irreversible. Cuando se llegó al número de individuos con el que se alcanzó la tendencia irreversible, número al que después se lo conoció como el del “centésimo mono”, el resto de la manada se sumó a la práctica de lavar los camotes.

De haber sido real, ese experimento fue importante por cierta similitud entre la actitud individual de los macacos y la de los humanos, concretamente, por aquella actitud pionera que, implícita o explícitamente, conlleva una conducta que luego se propaga.

Por supuesto, los mecanismos sociales de propagación de las conductas de los seres humanos se diferencia grandemente de la de los monos, por sus motivaciones. Si bien la motivación de los monos fue la de  conseguir comida, en los mecanismos de propagación de las conductas humanas, como son el “efecto demostración”, la imitación y la presión, las mitivaciones son muy diversas.

Con el perfeccionamiento, abaratamiento y globalización de las comunicaciones, los mecanismos de propagación de las conductas humanas resultaron fuertemente empoderados. Con ello, a su vez, tomó cuerpo el papel crítico de la actitud individual. “Crítico” en el sentidoque la Física da a la palabra “crisis”, esto es, momento en el cual se produce un cambio brusco en un sistema, como el momento en que el centésimo mono lavó sus camotes en el río luego de lo cual los demás lo imitaron.

El papel crítico de la actitud individual también es importante porque a partir del punto de irreversibilidad, el comportamiento del conglomerado ya no es errático, sino predecible. Podríamos imaginar a un conjunto social en el cual una masa crítica, digamos de los dos tercios de su población, llega a comportarse de una determinada manera. La ley de los grandes números nos dirá que aunque la población aumente o disminuya, su comportamiento no cambiará significativamente, será predecible, seguirá siendo de aproximadamente el mismo que tenían  los dos tercios iniciales. O como ocurre con los escrutinios de los resultados de una elección democrática, que cuando la masa de votos escrutada alcanza un alto porcentaje respecto al número de votantes, los resultados ya no varían significativamente cuando se completa el escrutinio.

Por otra parte, esa dinámica social que es echada a andar por una actitud individual pionera, tiene potencial para producir grandes cambios, para bien o para mal. Puede desconocerse en qué punto ocurrirán los momentos críticos o momentos de inflexión, pero están ahí, ocultos, forman parte de la realidad.

La leyenda del centésimo mono contiene los elementos que muestran la importancia de la actitud individual, madre de todas las consecuencias, buenas o malas. ¿Qué elementos? Ahí está el potencial para iniciar y encauzar cambios profundos que alteran la vida del conjunto de individuos. Ahí está la motivación, que es la que mueve a hacer o no hacer algo. Y si seguimos hurgando, encontraremos que ahí están, aunque difíciles de detectar, las causas de la motivación, que pueden ser de la más variada índole y complejidad, hasta volverlas casi inextricables. 

En todo caso, cuando concienzudamente se buscan las causas últimas de las motivaciones siempre se llega a la misma conclusión: que la libertad y la voluntad de la que estamos dotados es lo que a fin de cuentas lo explica todo. No hay escapatoria posible. Siempre que se rastrea el origen último de una conducta colectiva cualquiera, más allá de que sea de racionalidad o de irracionalidad, de amor o de odio, de paz o de violencia, siempre se llega a alguna actitud individual inicial, al primer mono, que, gracias a la libertad-voluntad del individuo pionero puede ser buena o mala; una actitud que levanta vuelo cuando por algún motivo se pluraliza significativamente. Así que mucho cuidado con nuestra conducta individual, mucho cuidado con lo que decimos y lo que dejamos de decir, con lo que hacemos y con lo que no hacemos, alguien puede imitarla, y luego otros más, hasta llegar al centésimo mono y a continuación ser imitada por todos o casi todos. Entonces grande será nuestra responsabilidad: en hora buena si nuestra conducta pionera  fue buena,  y en mala hora si no lo fue. 

¿Hacia dónde apuntan aquellas cuestionables tendencias éticas del mundo actual que ya han sobrepasado el punto crítico del centésimo mono, o que están a punto de hacerlo? ¿Hacia dónde apunta la inversión de los valores éticos, por ejemplo? Y más específicamente, ¿hacia dónde apuntan aberraciones tales como el desamor, el culto a la violencia, el materialismo, la corrupción, las megalomanías económicas y políticas, la banalidad y la hipocresía? A nada bueno por cierto. Apuntan hacia el abismo, hacia la disolución y a la nada.

¿Qué hace que las motivaciones que moldean la actitud de vida de una persona sean nobles y justas, y no abominables e injustas? Más aún ¿qué criterios aplican las personas para dejarse guiar por unas motivaciones   y no por otras? Misterio profundo. Lo que sí está claro es que la esencia del futuro depende de nosotros mismos, y que, por ello, necesitamos guías superiores. Las más elevadas guías son las de Jesús de Nazaret, el Cristo, las cuales son claramente deontológicas, esto es, que se basan en lo que debe ser, en lo que se debe hacer o no hacer, en la obligación ética. Y ahí es cuando llegamos al meollo de la esencia del futuro, que no la podemos prever en sí mismo, pero sí ser conscientes de sus tendencias determinadas por las circunstancias actuales. 

Las tendencias de futuro sugieren cierta rotundidad para la humanidad. Consecuencias rotundas que no admiten medias tintas: evitamos el abismo moral al que nos encaminamos o nos hundimos en el caos. Perfección o fracaso, vida o muerte, seguimos siendo humanos y continuamos nuestra evolución con altibajos tolerables, o nos transformamos en subhumanos bestiales. Es un juego de todo o nada.

Publicado enFilosofía y religión

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