En teoría lucen justas y convincentes, pero de nada valen cuando en su aplicación no hay lo más básico y necesario: la verdad, la justicia y el amor al prójimo. En esas condiciones -que se dan permanentemente- el socialismo restringe las libertades y los derechos humanos, y el capitalismo excluye a muchos del desarrollo socio-económico. En el socialismo el ideal de justicia para todos pasa a ser letra muerta, en tanto que en el capitalismo los egoísmos individuales y de grupo generan toda suerte de problemas individuales y sociales.
Por el contrario, si se las ideologías se aplicaran con humanidad, las diferencias formales entre ellas perderían relevancia, y solo tendrían valor organizativo, pues en esas condiciones simplemente darían lo mejor de sí y sin desmedro de la libertad y los derechos humanos. El socialismo procuraría el bienestar de todos, no solo el de sus líderes, y el capitalismo daría rienda suelta a la creatividad humana en un ambiente de libertad y de justicia.
Lamentablemente ese no es el escenario actual, nunca lo ha sido. En la práctica las ideologías siempre han estado vacías de calor humano. El accionar de los ejecutores, de los ideólogos y de los políticos se ha caracterizado por no practicar lo que proclaman. Y no solo vacías de calor humano sino también llenas de injusticia y corrupción. Es que, debido al subdesarrollo espiritual individual, los “ismos”, entre ellos el capitalismo y el socialismo, tienen debilidades y vulnerabilidades intrínsecas que en la práctica les impiden acercarse a la verdad y la justicia. A su vez, el impedimento se explica porque las actitudes individuales, que a menudo adolecen de esas debilidades y vulnerabilidades, las transmiten al conjunto. En el fondo toda organización social depende de las actitudes individuales, y si éstas fallan, todo el edificio organizativo falla.
Un ejemplo de vacío humanitario fue la revolución industrial de los siglos 18 y 19 en los que florecieron el mecanicismo, la producción fabril y el capitalismo. En lo social se produjo una fuerte migración campo-ciudad, así como largas, agotadoras y peligrosas jornadas de trabajo. Otro ejemplo fue el colapso de la Unión Soviética en 1991, que también venía funcionado con ese mismo vacío humanitario. Claro que hubo circunstancias concretas que desencadenaron el colapso, tales como la desintegración del poder central de la URSS, la caída del “Bloque del Este” formado por países aliados de la URSS, la guerra de Afganistán, la ineficiente burocracia (“nomenklatura”) y el accidente nuclear de Chernóvil en 1986, pero en el fondo, bien en el fondo, el origen de todo fueron actitudes individuales insolidarias, de desmotivación, nepotismo y corrupción incluyendo cuotas de producción impuestas a las empresas que propiciaron toda clase de engaños y falsedades para fingir que las cumplían. En resumidas cuentas: la experiencia soviética confirma una vez más que si las actitudes individuales, no se alinean con la realidad, la verdad y la justicia, las esperanzas de tener una sociedad mejor siguen siendo solo sueños, sueños de perro, por muy imaginativa que hubiere sido la ideología en la que se basaban.
Muy por arriba de las ideologías está ese bíblico “amarás a tu prójimo como tú mismo”. Sin cumplimiento de este mandato, de naturaleza espiritual-individual, no hay ideología que valga.
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