La libertad es una condición natural del ser humano que le permite hacer o no hacer, y decir o no decir. Todo ello conlleva responsabilidades por lo que se hace o se deja de hacer, y por lo que se dice o se deja de decir. Por otra parte el libertinaje es, como bien lo define la RAE, el desenfreno con el que se hace o se deja de hacer, y se dice o se deja de decir, lo cual lamentablemente ocurre con demasiada frecuencia.
Mucho se ha teorizado sobre la libertad. Hay un sinfín de conceptos religiosos, filosóficos, sociales y demás, relacionados con la libertad, que embrollan el tema, incluidos conceptos extremistas que niegan que el ser humano sea libre, como es el caso del filósofo neerlandés Baruch Spinoza, quien sostenía que el ser humano individual no es libre debido a un principio de fatalismo según el cual lo que sucede es lo que tiene que suceder y que el mundo es lo que tiene que ser.
En el fondo lo que hay son dos enfoques de naturaleza diferente, el de la teorización y el de la practicidad. No son contrapuestos, pues el primero trata de entender los recovecos del tema, en tanto que el segundo busca arribar a conclusiones prácticas. En cuatro palabras el título de este artículo resume una propuesta de practicidad. Con sencillez, aunque solo hasta cierto punto, pues siempre habrá dudas sobre lo que debe entenderse por libertad y por libertinaje. Pero el punto esencial es que, independientemente de conceptos y definiciones formales, es necesario respetar la libertad y rechazar el libertinaje.
Y ahí es cuando nos enfrentamos a la cruda realidad. Degradación moral que cunde por todas partes, alentada por el cinismo, esa desvergüenza de la que se hace gala al practicar acciones repudiables, que hace tabla rasa de los más caros principios éticos, y que presiona para que se reconozca status de normalidad y legalidad a más y más prácticas inmorales.
Lo peor del cinismo es que con él se contribuye a que en el futuro haya mayores niveles de maldad y de inmoralidad, pues induce a que la sociedad las tolere más y más. Si debido a su cinismo el pecador ya no siente remordimiento por su pecado, si ya no se sonroja al admitir que lo practica sino que más bien siente orgullo por ello, lo practicará con más confianza, sin ocultarlo sino más bien exhibiéndolo. Esas conductas van ganando terreno en todas partes. Con el mayor desparpajo se justifica lo injustificable y se desprecia la decencia. El cinismo es una actitud que, en ocasiones disfrazada de pragmatismo, encubre una rendición incondicional ante el mal. Al cinismo se suele llegar luego de practicar otra conducta reprobable: la hipocresía. Primero se esconde el mal, después se lo exhibe.
En fin, lo que hay tras este deplorable escenario moral es el abuso de la libertad, esto es, el libertinaje. Por eso el título de este artículo.
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