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Realidad y verdad.

¿Qué es la realidad? Hay dos posibles respuestas básicas a esta  pregunta existencial:

  • La realidad es como yo me la imagino.
  • La realidad es como es.

La primera es claramente irracional, aceptarla implicaría aceptar la existencia de tantas realidades cuantos seres humanos existan. Es puro solipsismo, centrada en el yo, no aporta nada. Solo la segunda es racional, y es un símil de ese “yo soy el que soy” con el que Dios contestó a Moisés en el desierto cuando éste le preguntó por su identidad.

La realidad total o universal -la realidad cósmica- no necesariamente es sinónimo de verdad, pues al ser “todista” contiene todo, lo bueno y lo malo, lo material y lo no material, lo verdadero y lo falso. Solo en temas específicos puede ocurrir que realidad y verdad sean sinónimos, es decir, que algo esté en la realidad y sea verdad, como cuando decimos que la Tierra orbita alrededor del sol  formando una elipse.

Independientemente de lo que la realidad universal sea, siempre existen actitudes humanas respecto a ella. Hay muchos que a pesar de lo irracional de la primera alternativa se atrincheran en ella y se convencen de que la verdad es como ellos se la imaginan. Entonces surge el discurso seductor, que habla mucho y solo dice simplismos que no buscan la verdad sino impresionar y atraer la atención de la gente, u otros objetivos menores.

Pero también hay quienes reconocen que la verdad es como es, admitiendo así, implícitamente, sus limitaciones cognitivas, lo cual suele inducirlos a rectificar actitudes previas cuando se percatan que habían estado equivocados. Un conocido ejemplo es el del filósofo inglés Antony Flew, quien durante más de 50 años fue el ateo más conspicuo del del mundo, pero que hacia el final de su vida declaró que: “Ahora creo que el universo fue traído a la existencia por una inteligencia infinita…”

Todas las enseñanzas de Jesús se relacionan con la búsqueda de la verdad. Consejos específicos como el de ser sencillos y responsables en el uso del lenguaje (“que tu sí signifique sí, y tu no signifique no”, por ejemplo); el de ser sinceros y transparentes, no hipócritas como los fariseos; el ser coherentes consigo mismos (la viga en el ojo propio), son consejos estrechamente vinculados a la verdad.

La actitud individual respecto a la realidad debe ser sincera y fiel consigo misma. Ha de seguir el hilo de la reflexión o de la investigación que emprenda, independientemente de hasta donde eso le conduzca. Solo un genuino compromiso con la verdad puede inducirnos a actuar de esta manera. No tener la verdad por norte convierte a ese trillado “ir hasta las últimas consecuencias” en una expresión hueca y caricaturesca, que la profieren muchos, especialmente ciertos políticos. Pero también hay prístinos ejemplos de honestidad intelectual, como los de Charles Darwin y el ya mencionado de Antony Flew.

Darwin fue creyente incluso durante su temprano periplo en el Beagle.Pero después, ya en la segunda etapa de su vida, se convirtió en un ser atrapado por las dudas en lo que a religión concierne, producto de lo cual su fe se fue debilitando hasta hacerlo recalar en el agnosticismo, lo cual no le impidió decir que no existe fundamento alguno para creer que la vida surgió espontáneamente a partir del mundo inanimado (abiogénesis). Sencillamente le pareció absurdo “…sugerir que la hazaña del origen de la vida pudiese haber sido lograda por casualidad”.

Como puede verse, la honestidad intelectual llevó a Darwin y a Flew por caminos diferentes: al primero lo llevó de la creencia en Dios al agnosticismo, y al segundo del ateísmo a la creencia en Dios. Pero pese a posiciones tan dispares, tuvieron algo en común, la búsqueda honesta de la verdad. Y eso es lo fundamental, la búsqueda de la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad.

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Publicado enFilosofía y religión

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