Carlos M. Palacios Maldonado
VISIONES DE VIDA BÁSICAS.
Contenido.
Introducción
- La existencia de Dios
- Amor construíble
- Vida después de la muerte
Introducción.
¿Cuál fue la verdadera misión de Jesús? No fue la de ofrecerse voluntariamente como ofrenda para la redención de la especie humana. Su sacrificio fue más bien el resultado de los fanatismos de la época, básicamente de líderes religiosos obcecados y ególatras. Pero entonces ¿cuál fue la misión de Jesús? Para entenderlo hay que hurgar en la naturaleza y contenido de su mensaje. Mucho se ha dicho y se dice sobre su magisterio, ¿pero cuál es el meollo, la esencia misma, de su mensaje? Es la espiritualidad. En efecto, su magisterio se basa en la necesidad de transformar el interior del hombre, su yo profundo, lo cual implica poner la dimensión espiritual individual del ser humano en un nivel superior al de su materialidad. Es significativo que Jesús haya escogido la espiritualidad como hilo conductor de su mensaje; era como si hubiese pensado que eso es lo que realmente cuenta. Es significativo que su sermón del monte lo haya iniciado precisamente con una alusión a la espiritualidad: “Felices son los que están conscientes de su necesidad espiritual”.
Pero la espiritualidad de la que Jesús nos habla no es una espiritualidad cualquiera; es una espiritualidad indisolublemente ligada a Dios, a diferencia de otras espiritualidades, algunas de las cuales prescinden de Dios, o peor aún, niegan su existencia, como es el caso de la espiritualidad atea.
Jesús nos presenta tres visiones espirituales básicas de la vida, que cobran especial relevancia cuando consideramos sus implicaciones en nuestra vision de vida y en las relaciones interpersonales. Es de esas tres visiones de lo que trata este breve ensayo.
- La existencia de Dios.
La primera espiritualidad básica de Jesús versa sobre la existencia de Dios[1], tema por demás complejo toda vez que conocer a Dios en su mismidad sobrepasa todo entendimiento, por lo cual solo podemos intuirlo y creer en su existencia. Y a eso precisamente apunta el magisterio de Jesús en esta primera vision. Cada referencia suya al Padre lleva implícita la afirmación de su existencia, con lo cual sale al paso del ateísmo, así como del agnosticismo, en particular del agnosticismo fuerte que sostiene que no podemos saber si Dios existe.
Para apuntalar la idea ateísta de que Dios no existe suele argumentarse que es una contradicción, una disonancia cognitiva, decir que todo tiene una causa pero que Dios no la tiene, que es eterno. ¿Anula este argumento la creencia de que Dios existe? Esta disonancia es debilucha, solo aparente y formal. Veamos
En primer lugar, a pesar de que no podemos conocer a Dios, es decir a pesar de que no podemos saber cuál es su consistencia, esto es, en qué consiste Dios, sí podemos tener una gran certeza hacia la que nos guían la razón y la fe: la certeza de que Dios es lo que es, que se desprende de ese “yo soy el que soy”, conocida respuesta bíblica dada por Dios a Moisés en el desierto, y que en tan pocas palabras resume su existencia, su consistencia y su nombre.
Ese “yo soy el que soy” confirma la existencia de Dios, pero también deja entrever que su consistencia no está al alcance del entendimiento humano. Por lo tanto, decir que Dios no tiene causa, que es espiritual y que está más allá de la naturaleza, es solo un acercamiento a Dios, una creencia en Dios, no pretende ser un conocimiento de Dios, y claro, si no podemos conocer la consistencia de Dios tampoco podríamos conocer su origen… (si lo tuviera, pues si es eterno no tiene causa o es causa sui).
En segundo lugar, la debilidad de la disonancia también se pone de manifiesto cuando se considera la excepcionalidad, esto es, el hecho de que la eternidad de Dios y por ende su no causalidad, es una excepción, una inmensa excepción cósmica, a la ley universal de que todo tiene una causa, lo cual significa que, aparte de esa excepción, todo lo demás sí tiene su causa. Como dice la sabiduría popular, la excepción confirma la regla. Así pues, la contradicción que se alega es solo aparente, solo formal si se quiere verla como formal, pero no real.
Hoy en día varios “ismos”[2] alientan el ateísmo, como el spinozismo, que niega que exista algo más allá de la naturaleza, a lo cual denomina “dios” para encubrir su ateísmo; como el cientificismo puro y duro, para el cual solo existe lo que se puede probar mediante el método científico; como el hedonismo, cuya búsqueda desmedida del placer ahoga la espiritualidad y la búsqueda de Dios; y, el fanatismo tecnológico que tiende a eliminar a Dios de la consciencia humana. Un ejemplo destacado de este último fanatismo se encuentra en el libro “Homo Deus” en el que su autor, Yuval Noah Harari, asegura que cuando maduren la biotecnología, la nanotecnología y los demás logros de la ciencia, “Homo sapiens alcanzará poderes divinos”)
Dentro del ateísmo se destaca el ateísmo fuerte, esto es, aquel que de plano niega la existencia de Dios al tiempo que exige a los creyentes pruebas de que sí existe, más allá de que, por su parte, él mismo no pueda presentar pruebas de que Dios no existe. Pero ¿y las pruebas lógicas? ¿Hay pruebas lógicas de que Dios existe? Veamos el tema de manera escueta.
Representémonos a la divinidad como una “Mente Infinita”, y consideremos las maravillas que hay en el universo. Las hay desde las increíblemente pequeñas como las que existen al interior de la célula, incluyendo el ADN que se aloja en el núcleo y que a pesar de su pequeñez posee una cuerda tan larga como la mitad de la circunferencia terrestre, hasta las muy grandes como es el inconmensurable ordenamiento cósmico posterior al big bang.
No se explica el origen de estas maravillas -que implican diseño inteligente- sin entendimiento y sin voluntad de hacer, y solo la mente tiene entendimiento y voluntad, y solo una Mente Infinita puede explicar el origen del cosmos. El cosmos no tiene explicación en ausencia de una Mente Infinita. Así, la grandiosidad de la naturaleza, reflejo de la omnipotencia y omnisciencia de quien la creó, es una clara y convincente prueba lógica de la existencia de Dios.
Por cierto hay infinidad de otros argumentos filosóficos y de otro tipo que persuaden respecto a la existencia de Dios, incluyendo las cinco vías de Tomás de Aquino, y la consciencia innata, connatural, de que Dos existe, o “sensus divinitatis”, como la llamó Calvino, grabada indeleblemente en la mente humana, más allá de las formas que ha adoptado la representación de Dios a lo largo del tiempo.
El ateo fuerte tiene su propia explicación respecto a la existencia del cosmos y de sus maravillas: el “porque sí”, explicación que no explica nada. Por otra parte ¿cuál es la razón para suponer que el “porque sí” sea más plausible que una respuesta basada en la razón, como es la que se remite a una Mente Infinita? La respuesta es obvia: el “porque sí” no es más plausible.
Pero la importancia de la existencia de Dios no es solo por ser lo que explica la existencia del cosmos sino también por su radical influencia en la visión de vida de quien cree en ella. Esta influencia es particularmente decisiva con respecto al deber ser ético. En efecto, el deber ser que proviene de Dios, es de nivel superior a cualquier ética o moral humana, a cualquier deontología humana. ¿Pero de qué clase de divinidad procede? Es hora de preguntarnos: ¿qué Dios es el que nos presenta Jesús?, ¿el del Antiguo Testamento, muchos de cuyos textos lo muestran como vengativo, cruel y sanguinario? De ninguna manera. Tales textos, que devalúan la idea de Dios, no pueden haber sido inspirados por Él. Es a otro Dios al que se refería Jesús, a un Dios de omnisciencia, potencia y amor.
La siguiente cita del filósofo Plotino (203-270 DC) nos ayuda a entender a qué Dios se refería Jesús. Plotino creía que “Dios es todo lo que existe y nada de lo que existe; que es la unidad absoluta, necesaria, inmutable e infinita; no es el ser ni la inteligencia; es superior a ambos. Es superior a todas las cosas, incluidas la esencia y la vida. Entraña en su fondo todas las esencias y todas las formas específicas, sin ser ninguna de ellas; es superior a toda determinación y forma; es el UNO” . Plotino está en lo cierto, la idea de Dios, la verdadera idea de Dios, nos desborda, nos abruma; nada que ver con la idea del dios de Spinoza; nada que ver con el dios sanguinario, cruel y vengativo del Antiguo Testamento. Dios es lo que es, y nadie puede conocer su consistencia, por eso Jesús dijo que nadie conoce al Padre, solo el Hijo y a quienes éste quiera darlo a conocer[3].
La cita de Plotino también nos ayuda a entender la visión de Dios que 18 siglos después de Plotino tuvo Deepak Chopra, filósofo indio en la línea del primero. Chopra considera que la realidad está constituida por tres “niveles”: material, cuántico y virtual. Este último es el más primordial, es decir el primero, el más fundamental y profundo de la realidad. En este tercer nivel, el nivel virtual, no hay nada, no hay energía, ni tiempo ni espacio, y sin embargo -dice Chopra- ese aparente vacío “es el origen de cualquier cosa que pueda medirse”, tiempo y espacio incluidos. Pero, si no hay nada ¿cómo se explica que de ahí se originen todas las cosas? Es posible porque el nivel que Chopra llama virtual, en el que parece no haber nada, es en realidad la morada de ese ser espiritual supremo, creador de todas las cosas, que es Dios: “Si Dios tiene una morada, ésta tiene que estar en el vacío ya que de otro modo sería limitado”, precisa el autor, por lo cual hay que entender que el vacío del que habla Chopra no es un vacío absoluto, pues ahí está Dios.
¿Muestra Jesús al Padre como un Dios trascendente y personal? En realidad Jesús no caracteriza directamente a Dios, como sí lo hace, a veces torpemente, el Antiguo Testamento. Pero sí lo caracteriza indirectamente, pues al ser inspirados por Él, su magisterio refleja la personalidad del Padre; es una especie de retrato hablado de Dios, de un Dios personal, pues solo así se entiende que en el sermón del monte Jesús dé tanta importancia a los valores morales, especialmente al supremo valor del amor, que son valores de personas. Por eso, por ser un Dios personal, tiene sentido que seamos su imagen y semejanza; si no fuera un Dios personal sería solo una fuerza impersonal, spinoziana, y nosotros no podríamos ser lo que somos.
En fin, en todo el magisterio de Jesús está presente la idea de que Dios existe. Este es el momento de resaltar que Jesús nunca dijo, ni siquiera insinuó, que él fuera Dios. Lo que sí está claro es que fue un hombre excepcional, inspirado por Dios según se desprende del evangelio de Juan. Pero el evangelio de Juan, que es el que habla de de la identidad de Jesús[4], es, aparentemente, enigmático, confuso y contradictorio. Decir, como dice Juan, que la Palabra (Jesús) era Dios, y que estaba con Dios, es contradictorio, pues ser Dios y estar con Dios son cosas enteramente dferentes. Sin embargo, el enigma, la confusión y la contradicción se desvanecen si interpretamos que solo “en el principio” la Palabra, al ser parte de Dios, era Dios, y que después sinplemente “estaba con Dios”. La primera fase conlleva fusión, y solo inmediación la segunda. El magisterio de Jesús es coherente con esta interpretación, pues no solo que nunca dijo que fuera Dios mismo, sino que sus enseñanzas siempre implicaban la idea de que él y el Padre eran entidades diferentes, aunque a fin de cuentas estrechamente relacionadas por inmediación, no por fusión.
En todo caso el evangelio de Juan ratifica que Dios existe. Pero ¿qué clase de divinidad es aquella cuya existencia ratifica? Por cierto no una divinidad inmanente, limitada por la naturaleza, como es la divinidad panteísta de Spinoza, sino una trascendente, que sin embargo está en todas partes, que no está limitada por nada; un Dios cuya consistencia desborda nuestro entendimiento, no obstante lo cual sí la podemos intuir gracias al “retrato hablado” que nos da Jesús; que se trata de un Dios de amor, personal y omnisciente.
Por otra parte hay que resaltar que Jesús dio gran importancia a la fe en Dios y en él mismo, cada uno en su respectivo nivel. Reprendió duramente a tres de sus seguidores por no haber podido sanar a un muchacho, por la falta de fe de ellos. Si tuvieran fe “aunque solo fuera del tamaño de una semilla de mostaza”, les dijo, serían capaces de mover montañas[5]. Dado que la semilla de mostaza es muy pequeña -tiene solo 1 o 2 mm de diámetro- esta parábola sugiere que no es indispensable tener la fe de un santo, solo la necesaria, para hacer grandes cosas.
Ese “crean en Dios y crean también en mí”, dicho en ocasión de proclamar que él era el camino, la verdad y la vida, es todo un eje de fe de su magisterio[6]. Razones para creer en Dios abundan. Creer en Jesús es algo de gran importancia a juzgar por lo dicho por el propio Jesús, en cuanto a que es mandato de Dios mismo que creamos en el Hijo [7]. Pero además de esto hay muchas otras razones para tener fe en Jesús: sabiduría profunda que se vislumbra en sus enseñanzas; defensa de la racionalidad y de los valores éticos universales; cabal cumplimiento de todas sus profecías; ejecución de señales milagrosas a la vista de todos; decisión y valentía sin límites para cumplir con su misión enfrentándose a leyes injustas y a líderes religiosos tercos y ególatras, sabiendo de antemano el sacrificio por el que habría de pasar, son razones más que suficientes para creer en él.
En fin, la importancia de la fe es muy grande, toda vez que condiciona la visión de vida, con todas las consecuencias que eso tiene. La fe es el culmen de la espiritualidad.
- Amor construíble.
Ahora bien, hay otra visión que jeesús no la expuso explícitamente pero sí implícitamente; que está estrechamente vinculada al amor construible, y es de importancia incommensurable por: a) las consecuencias sociales de este tipo de amor si fuere practicado por todos, o por casi todos, y b) por la impedancia para el desarrollo del conjunto social que supone la ausencia de amor construable en el tejido social.
Referencias al amor construible existen desde hace mucho tiempo bajo otros nombres, como amor empático o amor agape, pero por el momento debo remarcar en su carácter de construible, por eso lo llamo así. Esta clase de amor tiene dos facetas: su ser y su modo de ser. Su ser es lo permanente, lo inmutable, el concepto mismo o idea misma de amor construible. Su modo de ser es lo circunstancial, lo instrumental, lo mutable, las formas en que se expresa.
Su ser nace de una obligación existencial que está magistralmente sustanciada en el libro de Levítico: “tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”[8]. Esta obligación fue posteriormente ratificada por Jesús, y es de la mayor importancia considerar los términos en que lo hizo.
Luego de hablar sobre la obligación de amar a Jehová, ratificó el mandato de Levítico repitiéndolo con las mismas palabras según el evangelista[9].Luego, a manera de epílogo de lo anterior, expresó algo que es de trascendental y profética importancia: “De estos dos mandamientos (se refería a amar a Dios y al prójimo) pende toda la ley y los profetas”[10], o: “En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas”, según otras traducciones bíblicas. En todo caso lo de fondo está claro: la preeminencia absoluta de estos dos mandatos sobre lo que hubieren dicho la ley y los profetas. En otras palabras, la ley y lo dicho por lo profetas se supeditan a estos dos mandatos. Voy a concentrarme en el segundo mandato, el del amor al prójimo.
Extrapolado a las sociedades actuales, lo que el segundo mandato significa es que toda ley o norma humana, por muy alto que sea su nivel jerárquico (leyes orgánicas, constituciones políticas, tratados internacionales, y con más razón normativas de menor jerarquía), debe basarse en el amor, y como lo veremos más adelante, en la construcción de amor: esta debe ser la razón de ser de toda norma humana. Así, el segundo mandato ha de iluminar no solo el texto bíblico, sino toda normatividad actual que directa o indirectamente regule las relaciones interpersonales. Es que solo bajo la égida de aquel amor que se puede construir es razonable y deseable que la normativa humana también busque la justicia. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿es ese el espíritu de la ley humana actual? Desde luego, la respuesta no puede caer en generalizaciones, pero lo que sí se puede decir es que en muchos casos la normatividad humana no se basa en el amor construible y en la justicia, no en la empatía, sino en cosas menos elevadas, a menudo insolidarias, prosaicas, egoístas, o en una indigente visión de vida.
Ahora, en cuanto a la segunda faceta del amor construible, esto es, su modo de ser, lo primero que hay que señalar es que en algunas partes del texto bíblico son discernibles formas de ser de ese amor basadas en la coherencia.Coherencia básica es la que se exige en aquel “Por lo tanto, todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos”, proferido por Jesús mismo[11]. Coherencia básica también es tratar al diferente como quisiéramos que el diferente nos trate a nosotros [12]. Pero por sobre estas coherencias también hay otra, por demás obvia: la de que al amar al prójimo estamos amando a alguien de nuestra propia especie, que es como nosotros mismos, como bien lo señala Moisés en Levítico 19:18
Si bien se mira, los 10 Mandamientos se dividen en dos grandes categorías: una, que trata sobre la relación de Dios con los hombres, y otra que se refiere a la relación entre los hombres. Esta última, que comprende los mandamientos de honrar padre y madre, no matar, no cometer adulterio, no robar, no levantar falso testimonio contra el prójimo, no desear la mujer ni los bienes del prójimo, son exigencias insoslayables para cumplir con el mandato de amor levítico, y por ende para construir amor de manera coherente.
En todo caso, lo que quiero destacar es que el amor construible es eso precisamente: algo que se puede construir, que no necesariamente es espontáneo como lo es el amor familiar, o el amor romántico. Juntos, el amor levítico y las formas bíblicas de aplicarlo, deberían ser la normativa suprema, esa sí suprema, superior a cualquier normativa social, superior a cualquier constitución política y a cualquier tratado internacional, que regule la vida de relación entre los hombres.
A más abundamiento sobre lo hasta aquí dicho sobre el amor construible he de agregar que el amor general tiene dos orígenes claramente diferenciados: la espontaneidad y la volición, que dan origen al amor espontáneo por una parte y al amor que estoy llamando construible, por otra.
El amor construible tiene implicaciones sociales enormemente variadas. Es como una alta cumbre que proyecta hacia la sociedad exigencias existenciales válidas en cualquier tiempo y lugar. Esa característica cimera del amor construible determina que sus exigencias sean insoslayables por mucho que las circunstancias parezcan no tener relación con esa clase de amor. ¿Qué relación puede tener el mandato de amor al prójimo con mi decisión de no talar el frondoso árbol que hay en el patio de mi casa y que me estorba? La tiene, aunque no lo parezca; si no lo parece, pensemos en el problema ambiental, que atañe a todos, incluyendo a quienes no conocemos pero queremos su bienestar.
Las implicaciones relacionales del amor construible conllevan exigencias de hacer y de no hacer, directamente a través de las relaciones interpersonales directas, o indirectamente a través del poder que uno tenga para enrumbar acciones que atinjan al conglomerado social.
El magisterio de Jesús se refirió, además del amor al Padre y de la relación con Él[13], al amor construible, aunque no haya usado este término. El amor construible es como un faro que sirve para guiar los comportamientos personales de cualquier tipo, incluso problemas y comportamientos que no se conocían en la época de Jesús, pero sí en la nuestra. Al no ser conocidos en esa época, se entiende que el Maestro no se hubiese referido a ellos de manera específica, y que si hubiese podido hacerlo no le hubiesen comprendido. Se trata de problemas sociales que de alguna manera hacen relación a los mandamientos de honrar padre y madre, de no matar, de no cometer adulterio, de no robar, de no levantar falso testimonio, de no desear lo que es de los demás. Son problemas que en la actualidad tienen especificidades que los caracteriza. Claro que si Jesús hubiese hablado de estas especificidades, sencillamente la gente de su tiempo no lo habría entendido, aunque se hubiese esforzado en ponerlo con palabras de su tiempo. Y sin embargo, el mandato de construir amor, como luz guía que es, también exige que se eviten y se rechacen tales prácticas modernas. De modo que el amor construible es de validez permanente, más allá de problemas y comportamientos específicos propios de cada época.
Toda la sabiduría que conlleva el magisterio de Jesús parece resumirse en el mandato de amor construible[14]. Construible, porque esta es la naturaleza de este amor que por ser construible puede ser exigido, puede ser ordenado, y puede ser acatado constructivamente. Además, la posibilidad de ser construido permite entender que el Maestro nos haya dado un mandamiento de amar. El amor espontáneo (las diversas formas de amor espontáneo), en cambio, no necesita mandamiento alguno para existir, para ser.
El amor construible no surge de manera espontánea en el alma humana, por eso tiene sentido a ese: “… tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”[15], cuyo “tienes” es claramente un mandato. Mandato también fue el dado por Jesús a sus discípulos poco antes de su muerte, esto es, el de que se amen los unos a los otros[16], mandamiento que en el fondo no era nuevo, toda vez que en Levítico ya estaba registrado, pero sí oportuna su reiteración, pues la unión solidaria entre los apóstoles era absolutamente necesaria dada la tarea enorme que se les encomendó, la de propagar la fe cristiana.
En su libro Ética Práctica, Peter Singer cita el siguiente párrafo de Richard Dawkins[17]: “Por más que deseemos creer otra cosa, el amor universal y el bienestar de la especie en general son conceptos que simplemente no tienen un sentido evolutivo”. Que el amor universal no tenga sentido evolutivo, significa que el amor construible no emerge espontáneamente como producto de la evolución biológica. Sin entrar a discutir el alcance de la evolución biológica, me parece que probablemente lo dicho por Dawkins es cierto en el caso del amor construible, que al no ser necesariamente espontáneo (en casos excepcionales sí tiene toques de espontaneidad) es más bien resultado de un acto volitivo. Pues bien, de ser verdad que cierta clase de amor, el construible, no emerge espontáneamente como producto de la evolución biológica, entonces el mandamiento de amor tiene plena razón de ser, y plena razón de ser también tiene el aval que Jesús le dio.
En esa clase de amor hay sabiduría. ¿Por qué? Porque con amor, con esa clase de amor, podríamos llegar a tener un mundo mejor, un mundo ideal, a condición de que ese amor se generalice, en cuyo caso la solidaridad también sería generalizada, independientemente de las soluciones organizacionales, y sus consecuencias serían inconmensurables. En realidad, no serían necesarias soluciones organizacionales para disciplinar las conductas, y las que de todas maneras lo fueran, serían básicas y sencillas, y todo lo demás vendría por añadidura. La presencia generalizada de esa clase de amor moldearía de tal manera la idiosincrasia individual de los seres humanos, que éstos llegarían a ser realmente sabios dadas las consecuencias previsibles del amor construible generalizado. Por eso el amor construible también es sabiduría.
El amor construible es la preeminencia del interés de la mayoría sobre el interés individual. En efecto, cuando un individuo sintoniza su personal interés con el de los demás, lo que está haciendo realmente es reconocer el interés de los demás, es decir, el de una mayoría respecto a él. Y si una gran pluralidad de individuos sintoniza, entonces es indudable que se está haciendo prevalecer el interés de la mayoría. Y esto nos lleva a considerar el potencial de grandeza que tiene la construcción individual de amor. El punto es que si esta construcción fuera generalizada, tendríamos una sociedad humana totalmente diferente a la que conocemos. Sería una sociedad en paz consigo misma y con la naturaleza de la cual forma parte. Consigo misma, pues habrían desaparecido todos los motivos de confrontación entre los seres humanos; y, con la naturaleza de la cual forma parte, pues también habría desaparecido la agresión a la que constantemente sometemos a nuestro hogar común. Recordad el árbol en el patio de mi casa.
Por otra parte, al tomar el amor construible como fundamento y punto de partida no hace falta entrar a teorizar sobre los valores, aunque hacerlo alguna utilidad pudiese tener. No hace falta teorizar sobre sus diferentes tipos, sus estructuras y sus aplicaciones; no hace falta debates sobre libertad e igualdad por ejemplo. Muchos devaneos axiológicos saldrían sobrando. Se puede acotar las reflexiones focalizándolas en la naturaleza del amor construible, su construcción y sus consecuencias.
¿En qué consiste el amor que he tomado como punto de partida para estas reflexiones? El amor espontáneo no necesita explicación alguna, pero el construible sí. Pero ¿qué es el amor construible? Aquí tengo que ampliar el análisis que ya inicié en líneas anteriores, respecto a lo que él es. Es un tipo de amor -un valor- que no se lo siente espontáneamente, sino que se lo construye deliberadamente, y está indisolublemente ligado a la verdad. A diferencia del amor espontáneo, que está ligado al sentimiento, el construible lo está al pensamiento. Es un amor que no es de naturaleza sentimental sino producto de la voluntad, y de la capacidad de decidir. Por ejemplo, frente al sufrimiento del prójimo se puede querer ser solidario y actuar en consecuencia; se puede querer ser útil a los demás y serlo efectivamente. El voluntariado social es un buen ejemplo de esa especie de amor-decisión que es el amor construible: esas personas de buena voluntad que dedican su tiempo a ayudar a los más necesitados, sin esperar nada a cambio, son constructores de amor. Aquellos que se dedican a difundir el mensaje divino, el verdadero mensaje divino, sacrificando su comodidad y sus horas de descanso, sin esperar nada a cambio, son constructores de amor. Es otro ejemplo de amor construible, igualmente el relato bíblico sobre el buen samaritano [18].
El amor construible tiene mucho que ver con la justicia, pero no es sólo justicia fría, es algo más; tiene calor humano construido. Quizás sea una síntesis de amor y justicia. Está estrechamente vinculado a la moral, pero es por algo más que por mera moralidad que alguien decide imbuirse de este valor, de este tipo especial de amor. La construcción de amor es esencialmente un ejercicio de comprensión de la condición del prójimo; un esfuerzo deliberado por tratar de entender sus motivaciones y sus circunstancias; por tratar de “ponerse en sus zapatos”. Una forma especial de empatía. Además, entender las motivaciones y circunstancias del prójimo promueve el encuentro de soluciones pacíficas a los conflictos interpersonales, como bien lo anotó Jesús al recomendar los arreglos extrajudiciales entre litigantes[19]. Pero el ejercicio de comprensión de la condición del prójimo no significa hacerse de la vista gorda frente a sus errores, eso sería socapárselos, hay que hacérselos ver, pero sin odio ni rencor, de una manera adecuada.
¿Qué es lo que impulsa a algunos a querer construir este tipo de amor? Quizás podría decir que es algo así como una necesidad de sentirse solidario con la especie a la que pertenece, la especie humana, e identificarse con ella. Quizás un astronauta solitario, en órbita alrededor de la Tierra, mirándola a través de su escotilla, sintiéndose separado de la especie a la que se pertenece, de esa especie que bulle allá abajo, llena de inquietudes, problemas y esperanzas, pudiera explicar mejor este tipo de amor.
En su versión más comprehensiva, “construir” es “Hacer algo utilizando los elementos adecuados”[20] ¿Qué elementos se utilizan para construir amor? La voluntad de hacerlo es el elemento básico e imprescindible. La buena consciencia, la solidaridad, la empatía, la tolerancia, la hospitalidad, el buen ejemplo, y tantas otras actitudes virtuosas, son los puntos de partida para hacerlo, y contribuyen a la construcción del amor. Ahora bien, voluntad sin buenas intenciones no vale nada, y lo mismo ocurre con las buenas intenciones sin voluntad, pues la voluntad es la que hace que las buenas intenciones den fruto. ¿Qué frutos? Amor construible primero, acciones concretas después.
Repito, hay una orden de amar, proveniente de Jesús. Si el amor fuera siempre algo exclusivamente espontáneo, exclusivamente sentimental, que surge espontáneamente en nuestro yo, ¿cómo se explicaría que Jesús nos ordene amar? El asunto se vuelve claro cuando se acepta que hay dos clases de amor: el amor espontáneo y el amor que se construye, y que la orden de amar se refiere a este último. La construcción de amor puede conllevar afecto o no. Es fácil comprender que pueda construir afecto quien decida amar al justo que sufre. Pero probablemente tal afecto no se lo pueda construir cuando de amar al enemigo se trate, caso en el cual lo que puede haber es perdón y cierta comprensión por el comportamiento del enemigo. Puede haber perdón al enemigo cuando perdonar es lo único que se pueda hacer. Pero no se puede olvidar, porque sencillamente nuestra mente no lo permite, tampoco podemos minimizar mentalmente la acción llevada a cabo por el agresor, porque hemos sufrido en carne propia la acción del enemigo, en su real dimensión, y eso lo sabemos perfectamente bien; tampoco se trata de justificarlo, porque no podemos estar de acuerdo en que nos haya hecho lo que nos hizo. Pero entonces, si no es nada de eso, ¿qué debe entenderse por perdonar al enemigo? Pues simplemente exiliar al pasado la ofensa recibida, seguir adelante con nuestras vidas, desistiendo, en el plano personal, de cualquier confrontación, castigo, retaliación o venganza.
Pero no soy iluso, entiendo bien que hay quienes han sufrido ofensas atroces, y que en esas circunstancias no está en su naturaleza ni en su condición humana el poder perdonar, el dejar en el pasado la ofensa sufrida. Pero también reconozco que en otros casos sí es posible perdonar en la forma indicada, facilitando así la construcción de amor, de un amor que ama a quien de otra manera se odiaría.
Así pues, la existencia del perdón y del amor construible hace entendible el hecho de que el mandato cristiano de amor al hombre incluya amar al enemigo, más allá de que en algunos casos no se lo pueda hacer. Cuando Jesús invoca al Padre y le pide que perdone a sus enemigos porque no saben lo que hacen, está demostrando que él sí pudo hacerlo; está entendiendo la situación, circunstancias y motivaciones de sus enemigos; está siendo empático.
En resumidas cuentas, el punto de partida del amor construible es ese “… tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo” del Levítico, ratificado por Jesús. La estructura del amor construible es sencilla pero sublime: voluntad, empatía, solidaridad y demás actitudes virtuosas. El imbuirse de este mandamiento es lo que permite al individuo ver con claridad cuándo y cómo construir amor, incluso discernir con sapiencia si una ley humana es justa o no.
Por ser espontáneo, el amor-sentimiento existe profusamente entre los seres humanos, no así el amor construible (más allá de que éste también pueda tener matices de espontaneidad). Y, como lo destacó el propio Jesús, el amor construible tiene un mérito que el amor espontáneo no lo tiene: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así”[21].
Ahora bien, pese a la apremiante necesidad que existe de construir amor, hay en el mundo actual un enorme déficit de amor construido lo cual ha creado un vacío que ha sido llenado por un antivalor de peso pesado, generador de muchos otros antivalores: el excesivo egoísmo-individualismo. Este antivalor y los demás antivalores a los que da origen ha sido la gran impedancia que ha inhibido el desarrollo ético del ser humano.
Decía en líneas anteriores que referencias a un amor que no es espontáneo sino construido, existen desde hace mucho tiempo. En el griego, idioma original del Nuevo Testamento, existen tres palabras para referirse a tres clases de amor espontáneo: eros, relacionado con el amor romántico o pasional; storge, relacionado con el amor familiar; y, philia, con el afecto entre amigos. Pero hay una cuarta palabra para referirse a una clase de amor que no es espontáneo: agape, que es la más utilizada en el texto griego del Nuevo Testamento. Este agape es amor construible.
Del diccionario de las palabras griegas más utilizadas en el Nuevo Testamento, de William Barclay[22], transcribo estos esclarecedores párrafos: “Agape tiene que ver con la mente. No es una mera emoción que se desata espontáneamente en nuestros corazones (como pudiera suceder en el caso de fi.li.a), sino un principio por el cual vivimos deliberadamente. Agape se relaciona íntimamente con la voluntad. Es una conquista, una victoria, una proeza. Nadie amó jamás a sus enemigos; pero al llegar a hacerlo es una auténtica conquista de todas nuestras inclinaciones naturales y emocionales. Este Agape, este amor cristiano no es una simple experiencia emocional que nos venga espontáneamente; es un principio deliberado de la mente, una conquista deliberada, una proeza de la voluntad. Es la facultad de amar lo que no es amable, de amar a la gente que no nos gusta”.
Por otro lado, al leer la bella y poética caracterización del amor que hace el apóstol Pablo, uno no puede menos que advertir que incluye en ella a esa clase de amor, el amor Agape o amor construible. Dice lo que el amor es, y principalmente lo que no es. Dice que es sufrido y bondadoso; que se regocija con la verdad; que soporta todas las cosas, y que nunca falla. Y en cuanto a lo que no es, dice que “no es celoso, no se vanagloria, no se hincha. No se porta indecentemente, no busca sus propios intereses, no se siente provocado. No lleva cuenta del daño. No se regocija por la injusticia…” [23]
Esto significa que el constructor de amor ha de ser bondadoso, veraz, estoico y confiable, y que, por otra parte, ha de estar exento de las taras morales que aquejan al hombre común y corriente. ¿Está esta condición humana presente en la gente de nuestro tiempo? Desde luego que sí, pero no vastamente, como lo exige el mandato de Jesús, sino escasamente, muy escasamente. Es que para practicar esta clase de amor es preciso ser un espíritu grande y fuerte, a la manera de Gandhi, a quien, con razón, sus compatriotas lo reconocieron como “Mahatma”, esto es, alma grande, alma fuerte. Y no hay proliferación de almas grandes; lo que prolifera es una actitud acomodaticia, inducida por la irresponsabilidad y el egoísmo.
Dramáticos ejemplos de amor construido fueron los que tuvieron lugar durante las tragedias del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. Alrededor de 3000 muertes produjeron los atentados terroristas perpetrados por Al Qaeda ese aciago día, 343 de las cuales fueron las de los heroicos bomberos neoyorquinos que salvaron la vida de muchos al precio de las suyas propias. ¿Qué los impulsó a ofrendar sus propias existencias de esa manera? La solidaridad con las víctimas; la necesidad de cumplir con un deber de conciencia, aún a costa de sus propias vidas. ¡Qué difíciles momentos de decisión habrán tenido que afrontar para cumplir con ese deber! Momentos de dramática construcción de amor. Y ni qué decir de los pasajeros del cuarto avión, pilotado por terroristas suicidas que trataban de estrellarlo contra Washington para producir miles de muertes más. Pasajeros igualmente heroicos que se enfrentaron a los terroristas, producto de lo cual la aeronave se estrelló en campo abierto en Pensilvania evitando zonas pobladas. ¿Qué los indujo a obrar de esa manera sabiendo que en el intento iban a morir? Otra vez el amor construible en instantes de suprema angustia, pero también de supremo valor. Instantes de decisión desesperada de luchar hasta el final para evitar la masacre de inocentes ciudadanos. Esa heróica arenga, “let´s roll”, pronunciada con infinito valor por uno de los pasajeros en los momentos finales del drama, debe haber quedado por siempre grabada en el alma del pueblo estadounidense.
Es conocido en extraño caso de amor construido que tuvo lugar en la Alemania Nazi, en medio del horror del Holocausto. Oskar Schindler era un empresario alemán, miembro del partido nazi. Su conducta personal no era la más recomendable que digamos: era mujeriego, bebedor, arribista y hedonista. Gracias a sus contactos con la inteligencia militar nazi, para la cual espiaba, pudo salvar de los campos de concentración a los trabajadores judíos de sus fábricas, pero, se dice, que su motivación inicial para hacer esto fue exclusivamente económica, habida cuenta de los bajos salarios que pagaba a los trabajadores judíos. ¿Era concebible que este hombre pudiera llegar a ser un real artífice de amor construible? Difícil de creerlo, sin embargo, en eso empezó a transformarse en el momento que inició la contratación de trabajadores judíos que sus fábricas no necesitaban. En ese momento su motivación ya no era económica; era humanista, y surgió del horror que le causaba presenciar de primera mano la crueldad sin nombre con la que sus compatriotas alemanes trataban a los judíos. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, se valió de toda clase de sobornos a los oficiales nazis para evitar que sus trabajadores fuesen enviados a los campos de concentración, gastándose en ello toda su fortuna, y sobre todo, poniendo en riesgo su propia vida. De esa manera salvó la vida a 1300 judíos, episodio que fue recogido en la conocida película “La Lista de Schindler”, de Steven Spielberg. ¿Cómo así su horror devino en construcción de amor? ¿Qué factor intervino en ello? Un desgarrador grito de su consciencia debe haber irrumpido en lo más profundo de su ser al presenciar tanto horror, pero ¿fue eso suficiente para que empezara a actuar de la manera solidaria como empezó a hacerlo? No fue suficiente. Era necesario algo más, que también provino de lo más profundo de su yo. Y ahí aparece eso que es la esencia misma de la naturaleza y la condición humana: la voluntad. Su voluntad de hacer algo en favor de los que sufrían es lo que lo llevó a hacer lo que posteriormente hizo. Por eso es que el amor construible es básicamente volitivo. Y es por eso que se lo puede construir. La vida se le puso difícil a Schindler en el período de posguerra, pero la gratitud de aquellos a los que salvó lo reconfortó hasta su muerte en 1974.
Otros casos similares al de Schindler se dieron durante la segunda guerra mundial. Uno de ellos fue el de Chiune Sugihara, cónsul del Japón en Lituania, que ayudó a miles de judíos a viajar al Japón otorgándoles visados de tránsito, permitiéndoles así escapar del horror nazi. Esta acción le costó su carrera diplomática, toda vez que Japón era aliado de Hitler, y además puso en riesgo la seguridad de su familia. Su motivación fue puramente humanitaria: amor construible.
Otro caso fue el de Arístides Souza Mendes, cónsul de Portugal en Burdeos durante la ocupación de Francia por los alemanes. Al igual que Sugihara, ayudó a decenas de miles de judíos y otros refugiados, otorgándoles visados para entrar a Portugal, país neutral en la guerra, para que desde allí pudiesen viajar a otros lugares, y todo eso pese a la prohibición expresa de su gobierno de otorgar las visas. Pagó caro su rebeldía. Perdió su carrera diplomática y su licencia de abogado. Terminó su vida sumido en la miseria. En estos dos casos, y en el de Schindler: amor construido a un alto precio en términos de sacrificio personal.
Desde luego, casos de amor construible se dan en niveles mucho menos conspicuos que los comentados, y permanecen en el anonimato. El niño que ofrece unas moneditas a un indigente, es un precoz constructor de amor. Pero también es posible que algunos casos que aparentan ser amor construible, en realidad no sean tal, sino amor espontáneo. Si la obra social de la madre Teresa de Calcuta obedeció a un espontáneo sentimiento de amor hacia sus semejantes, entonces fue algo superior al amor construible; pero si se basó en el propósito de cumplir un deber de consciencia, entonces fue una de las más bellas y elevadas expresiones de amor construible. Lo que hace que el amor construible sea tal, es el hecho de que se base en la necesidad de cumplir un deber de consciencia.
En suma, el amor construible es pensamiento y voluntad. El otro es sentimiento y espontaneidad. El amor construible es la piedra angular sobre la que se asientan los valores universales; más aún, por ser construible es un valor en sí mismo, el más alto valor. Es la cúspide de la racionalidad social del ser humano; es el faro que nos guía para discernir con sabiduría y solidaridad la abigarrada gama de situaciones interpersonales que a diario se nos presentan.
Cuando Jesús dice que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos está elevándose por sobre las estructuras éticas teorizadas por los seres humanos, pues su mandato de amor comprende todo lo bueno que podamos hacer al prójimo más allá de los caminos a seguir. Es que Jesús afronta el tema ético de una manera diferente a como lo hacen los teóricos moralistas. En todo caso, lo que ahora debo resaltar es que la sociedad actual no construye amor con la extensividad que el mandato cristiano exige.
Una última reflexión sobre el amor construible. ¿Siempre se lo puede construir? Me temo que no, que puede haber alguna que otra excepción. Me temo que ante una ofensa extrema, ante un agravio atroz, no sea posible perdonar y mucho menos amar al agresor. Son casos de excepción, que como tales confirman la regla de que existe un amor que sí se puede construir.
Y lo más importante de todo lo dicho sobre el amor construible: su esencia, lo que hace posible que finalmente dé fruto es la voluntad, el uso que cada quien haga de su voluntad, para bien o para mal. ¡Pobre de aquel que hace un mal uso de su voluntad! Nada bueno le depara el futuro. ¿Qué futuro? Aquel al que se refiere al siguiente capítulo.
III. Vida después de la muerte.
La visión de una vida después de la muerte física, tercera gran visión espiritual de Jesús, es de la mayor importancia no tanto por los textos que sobre ella se encuentran en los evangelios, parcos y poco claros, sino por la importancia del tema, esto es, por la importancia de la trascendencia misma de lo material a lo espiritual.
Lo primero que tenemos que hacer al abordar tan enigmático tema es preguntarnos si es razonable creer que hay vida después de la muerte. Lo que está claro es que no hay nada que impida creer que haya alguna forma de vida después de la muerte física, por el contrario, la razón nos dice que sería un gran desperdicio si lo aprendido por el espíritu durante el tiempo que estuvo asociado al cuerpo desapareciera junto con éste, para siempre.
Podemos lucubrar sobre lo que podría haber después de la muerte. Podría ser algo a lo que podemos imaginar como parte de un proyecto divino, un gran proyecto cósmico, en el que incluso estén involucrados seres no humanos de mundos lejanos.
Parecería que ciertos avances tecnológicos nos están ayudando a percibir como razonable la existencia de la trascendencia después de la muerte. Un símil sencillo: así como un texto resaltado, de Word, no se pierde pese a haber sido borrado antes de ser “pegado” en su lugar de destino, sino que se conserva en la memoria de la computadora, en el “portapapeles”, igualmente el alma, el espíritu, o como quiera llamársele al componente inmaterial del ser humano, que con la muerte física deja de estar en la dimensión terrenal de la vida, tampoco se pierde, sino que se conserva de alguna manera, en alguna parte, a la espera de algún desarrollo posterior previsto por el Creador.
En los evangelios, especialmente en los sinópticos, y no obstante la parquedad con la que ahí trata el tema, hay algunos conceptos que hacen referencia a la permanencia y la trascendencia del componente espiritual después de la muerte física. Ahí están, por ejemplo, el secreto del reino de Dios, que no es asequible a todos, reino en el que transcurriría la vida después de la muerte; el infierno y su fuego eterno que, como alegoría que es, no cabe entenderlo como fisicidad, y que también sería parte de la vida después de la muerte; la vida eterna, que no cabría imaginarla como física; la resurrección de los muertos; la siembra de corrupción y la cosecha de incorrupción; la alusión a cuerpos espirituales; la nueva tierra, etc. Todos ellos son conceptos que de alguna manera conllevan la idea de que hay algo después de la muerte física. Y en eso precisamente radica la importancia de esta visión: en que la terminación de la vida física no es el fin de todo, sino que hay algo después.
Otra cosa es que no podamos saber las formas de esa nueva vida. Empero lo que realmente importa de esta visión no es tanto la forma o las posibles formas hacia las que se trasciende después de la muerte, sino la trascendencia misma, el proyecto de Dios. Lo realmente importante es estar conscientes de que existe una realidad escatológica, y que la muerte física no es el fin de la vida. En conclusión, sí es razonable creer que hay vida -en su más amplia acepción- después de la muerte; no hay nada que impida creer que hay algo después.
¿Qué podría ser esa realidad escatológica? Esta es una de las temáticas evangélicas más necesitadas de interpretación debido al secretismo y a la parquedad ya mencionados. Los textos bíblicos dan pie a interpretar esa realidad ora como físico ora como espiritual. Lo cierto es que la realidad escatológica no está al alcance de nuestro entendimiento, pero sí de nuestra imaginación, a condición de no caer en el absurdo y la sinrazón.
Quizás esa realidad podría ser reencarnación, que puede verse como nueva oportunidad, pero también como castigo en el sentido de volver al infierno en el que hemos convertido a nuestro mundo. Este castigo, a su vez, podría entenderse como indefinido, pero también como eterno según lo sugiere la alegoría de un fuego que “no se puede apagar”, de la que habla Jesús en Marcos 9:42, versículo en el que Jesús también se refiere a otra vida.
O quizás este “algo más” que hay después de la vida física sea una vida exclusivamente espiritual cuyo alcance no nos es dado conocer. También podríamos limitarnos a imaginar una resurrección simplemente en el sentido de que se trata de una reactivación del espíritu en otro cuerpo físico, diferente a aquel al que estaba originalmente asociado, y a imaginar que el espíritu es lo que realmente da vida, la vida en su más amplio sentido, no solo física[24]. Pero como quiera que sea esa realidad, lo cierto es que, según el mensaje de Jesús, el Creador se trae algo entre manos para después de abandonar nuestro cuerpo físico, y eso es lo que verdaderamente importa.
Existe una muy interesante temática, no bíblica, con respecto al tema de la trascendencia: la de las experiencias cercanas a la muerte (ECM) que abordaré a continuación.
El libro “Vida Después de la Vida” (1975), que se ha convertido en un referente ineludible cuando se aborda el tema de las experiencias cercanas a la muerte, fue escrito por el siquiatra estadounidense Raymond Moody, y es el resultado de sus entrevistas a unas 50 personas que pasaron por esas experiencias.
La parte relacionada con el tema que estoy tratando es aquella en la que Moody informa sobre testimonios comunes de sus informantes en el sentido de que s se habían encontrado con algo así como una frontera o límite que marcaba la separación entre la vida terrenal y otro tipo de vida, y constituía un punto de no retorno. La importancia de este testimonio para efectos del tema que estoy tratando radica en que claramente sugiere que hay algo más tras esa frontera o límite. Ninguno de los informantes de Moody hizo lucubración alguna sobre lo que podría haber allende ese límite, solo que era un punto de no retorno.
Luego de analizar las explicaciones que algunas personas suelen dar a las ECM por las que han pasado otros, Moody da las suyas propias. Demuestra con lujo de detalles por qué las explicaciones farmacológicas, fisiológicas, neurológicas y sicológicas no pueden explicar satisfactoriamente las experiencias relatadas por sus entrevistados. También presenta otros argumentos sólidos que desvirtúan las explicaciones relacionadas con sueños, alucinaciones y engaños.
En un segundo libro Moody también dice que algunos testimonios relataron sobre la presencia de una enorme cantidad de seres con formas no totalmente humanas, confundidos y desorientados, que trataban infructuosamente de comunicarse con seres humanos terrestres, todo lo cual parece sugerir que experiencias cercanas a la muerte también tienen seres de otros mundos.
Ahora debo reiterar por qué he incluido el tema de las experiencias cercanas a la muerte en el análisis de esta tercera gran visión espiritual de Jesús. Simplemente porque los testimonios recogidos por Moody son coherentes con la visión escatológica de Jesús quien, entre otras cosas relacionadas con la vida después de la muerte, dijo que el reino de Dios tiene secretos[25], y que Juan el bautista era el profeta Elías que habría de venir[26] (reencarnación).
—— o ——
[1] En general, el autor de este ensayo escribe Dios con mayúscula para referirse al Dios judeo-cristiano, y con minúscula para referirse al dios de Spinoza y a otros casos, salvo cuando por razones ortográficas o por tratarse de citas textuales, tenga que apartarse de su propia regla.
[2] Ismo, en su acepción de actitud de vida.
[3] Mateo 11:27
[4] Juan, capítulo 1
[5] Mateo 17:20
[6] Juan 14:1
[7] Juan 6: 29 y 40
[8] Levítico 19: 18
[9] Mateo 22: 39
[10] Mateo 22:40
[11] Mateo 7:12
[12] Levítico 19:34
[13] Temas respecto a los cuales tampoco me refiero en este trabajo.
[14] Mateo 7: 12
[15] Levítico 19: 18
[16] Juan 13:34
[17] Destacado biólogo y divulgador científico británico, ateo, autor de El Gen Egoísta (1976), libro en el que consta el párrafo citado por Singer.
[18] Lucas 10:29-37
[19] Lucas 12:58
[20] DRAE
[21] Lucas 6:32 y 33
[22] William Barclay, “Palabras Griegas del Nuevo Testamento”, versión castellana de Javier José Marín, Casa Bautista de Publicaciones.
[23] 1 Corintios 13: 4-8
[24] Juan 6:62
[25] Marcos 4:11
[26] Mateo 11:14
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