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Volver al pasado.

Pues sí, volver a las cosas buenas del pasado, a lo mejor de ellas, para revalorarlas y para no repetir errores, y así entrar con buen pie en el futuro profundo. ¿Qué cosas buenas son esas que valorábamos en el pasado, y que ahora las estamos relegando al ático de las cosas inservibles? Para decirlo en corto: valorábamos los valores éticos, la familia, la naturaleza, la vida. De esto trata el presente artículo.

No es que en el pasado hayamos sido buena gente, no. Siempre hemos sido proclives a practicar el mal; siempre ha habido maldad y abuso. Lo que pasa es que ahora estamos no solo repitiendo pretéritoss errores sino que también somos más creativos para multiplicarlos y magnificarlos, incluso enancándonos en la tecnología. Por ejemplo, ya no se trata solamente de que fulano extorsione a zutano; se trata de que un hacker, sentado frente a su computadora, puede chantajear a millones de personas de todas partes del mundo.

Es claro que el nivel de espiritualidad está en declive, asediado por un creciente materialismo. Hay quienes ingenuamente creen que gracias a prótesis y otros implantes el ser humano puede llegar a ser mejor, menos egoísta, más ético[1]. Es una forma simplista y materialista de entender la naturaleza humana. Por el contrario, las cosas que el humano actual hace con el apoyo de los artilugios tecnológicos que ya posee, lo muestran más bien menos ético, más egoísta y menos consciente de las necesidades de la gente que le rodea. Desprecio por la vida, incluso de la propia; nuevos ropajes con los que viste al mal causado por el hombre (mal moral); corrupción en todos los niveles sociales; guerras despiadadas inspiradas en la intolerancia y en la ambición; ansias desmedidas de protagonismo y poder; crímenes ecológicos; demencial frenesí por el dinero, etc. Eso es lo que se ve en el mundo actual. Claro que hay actitudes opuestas, algunas muy conspicuas, pero el punto es que, a nivel planetario, el desfase en favor del mal moral es abrumador.

En el mundo del siglo XXI, las más aberrantes formas de degradación moral son cada vez más frecuentes y aceptadas. Incluso a algunas de ellas no solo que se les da status de legalidad, sino que además les ponemos alfombra roja de bienvenida. Conductas antaño reprobables, adquieren hoy visos de «normalidad» cuando son practicadas por una mayoría. Es como si se pensase que si una conducta inmoral es practicada por uno o por pocos individuos, es reprobable, pero si es practicada por todos o casi todos, entonces se vuelve normal y aceptable.

 Hay que rescatar la espiritualidad. Ante todo, es necesario volver la atención al mandato de amor de Jesús. ¿A qué clase de amor se refería?  A un amor que, a diferencia del amor espontáneo, ligado al sentimiento, se basa en la razón. Este amor es construible. No es de naturaleza sentimental sino producto de la voluntad. Es comprensión de la condición del prójimo; es un esfuerzo deliberado por tratar de entender sus motivaciones y sus circunstancias, de ponerse en sus zapatos.El rescate de la espiritualidad pasa, como es lógico, por la revalorización de los valores en los ámbitos ético y religioso.

Antaño el cinismo no era tan común como lo es ahora; la gente sentía vergüenza cuando incurría en alguna falta reprochable, había una cultura de la vergüenza. Hoy mucha gente parece no sentirla. Con motivo de la barbarie del 11 de septiembre de 2001 se produjo una serie de manifestaciones de cinismo inaudito en todo el mundo. Algunos “intelectuales” la minimizaron y hasta la justificaron. Hubo gente que sostuvo que fue el propio Estados Unidos el culpable de lo que sucedió ese día. Otros, haciendo gala de un reduccionismo ramplón, dijeron que “cuando desaparezcan las injusticias también desaparecerá el terrorismo”. Periodistas latinoamericanos reunidos en La Habana dijeron que Estados Unidos “responde al terror con el terror”, pretendiendo equiparar el asesinato masivo de miles de inocentes con la posterior acción punitiva antiterrorista de USA. Otros cerraron los ojos a la tragedia de ese día, y sólo tuvieron memoria para recordar el hecho de que, en su momento, Bin Laden fue armado y apoyado por Estados Unidos para combatir al comunismo en Afganistán, con lo cual pasaron a un segundo plano lo principal de ese momento crítico, que era la masacre de inocentes.

Luego de producidos los atentados Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda declararon, con increíble desparpajo, que los que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”, y que agradecían a Alá por el “éxito” de su misión.

Así pues, el mundo empezó a lucir más degradado y más cínico después de ese 11 de septiembre. Emergió lo peor de la miseria humana: un nuevo y más feroz terrorismo; una pobreza espiritual sin parangón de quienes justificaron el mal.

La persistente memoria tampoco nos permite olvidar (y qué bueno que así sea) lo que ocurre en materia de degradación y cinismo en escenarios diferentes a los del terrorismo. Hace algunos años la prensa internacional informó sobre la celebración de matrimonios civiles entre homosexuales. Con evidente sentido de orgullo el alcalde de Amsterdam, ciudad donde se realizaron los matrimonios, dijo: “Estamos escribiendo una página de historia; por primera vez en el mundo las parejas de homosexuales tienen la posibilidad de contraer matrimonio civil”. Luego, en medio del aplauso de un centenar de invitados, los contrayentes -tres parejas masculinas y una femenina- se besaron, partieron las tortas y brindaron por su felicidad.

Por otra parte, en la misma Holanda se legalizó la prostitución por los ingresos fiscales que generará su “formalización”. ¿Qué habría dicho Erasmo de Rotterdam (1466-1536) de sus compatriotas holandeses en su célebre “Alabanza de la Estupidez”, al enterarse de semejante “argumento”?

Los homosexuales de todo el mundo suelen realizar multitudinarios desfiles a los que llaman de “orgullo homosexual”. ¿Orgullo de qué? ¿Qué circunstancia noble o virtuosa hay en esa desviación anti natura como para sentir orgullo? Nada noble, desde luego. En cierta ocasión el Papa Francisco condenó el homosexualismo al que consideró como contrario al orden natural. La reacción de los homosexuales, que no se hizo esperar, fue la de declarar ofensivas las críticas del Papa. Cinismo puro y duro.

En muchos otros espacios sociales ese maridaje entre degradación y cinismo se repite hasta la náusea. Un análisis económico elaborado en la República Checa concluye que el consumo de cigarrillos no es una carga para el presupuesto del país, porque -dicen sus autores- “la muerte prematura de los fumadores ayuda a reducir los gastos médicos”.

Ciertas acciones y declaraciones de Rafael Correa, durante su larga gestión como Presidente del Ecuador (2007-2017), fueron verdaderos monumentos al cinismo, como la de negarse a jurar defender la Constitución durante el acto de su posesión como Presidente; la proclama de que él era el jefe de todas las funciones del Estado, y la de que le metería  mano a la Justicia, como en efecto lo hizo.

El cinismo adquiere ribetes apocalípticos cuando de manipular inocentes se trata. ¿Hay un denominador común entre acciones tan diferentes, como el secuestro de una persona para exigir rescate, y el ataque terrorista del 11-S? ¿O entre los atentados que perpetró Sendero Luminoso en el Perú de los años ochenta y el lanzamiento de bombas atómicas sobre ciudades japonesas en la segunda guerra mundial? ¿O entre un paro médico y un cierre de vías? Aunque estas comparaciones parezcan extravagantes, en rigor sí hay un denominador común: la manipulación de los inocentes.

Se trata de conductas basadas en una misma y a menudo diabólica idea: la de hacer sufrir a inocentes, a veces hasta su exterminio, con el objeto de amedrentar a un tercero, o de obligarlo a hacer o a no hacer algo.  Una forma de pensar abominable que se instala en la mente de cualquier perverso individuo sin escrúpulos, que juega a creerse Dios, y que se repite con alarmante frecuencia. Es una forma de pensar que gana adeptos en todos los niveles de la paranoia humana, y siempre para hacer sufrir a inocentes,  que puede llegar a tener dimensiones monstruosas. Para quienes practican ese tipo de conducta los seres humanos que manipulan no valen nada; son solo fichas en el tablero de sus intereses. Para ellos, los derechos del prójimo no existen, o si existen son insignificantes frente a sus sobrevalorados propios fines. Tan insignificantes que ni remotamente los toman en cuenta. Más aún, la idea de que es legítimo manipular inocentes, con el objeto de alcanzar determinados fines, se propaga más y más, y en la medida que así se lo hace, va desapareciendo el respeto a la vida. En el mundo contemporáneo la manipulación de los inocentes se ha extendido tanto, que está poniendo en peligro la existencia misma de la civilización.

Tomas de rehenes siempre ha habido, pero las de ahora son más sádicas, más presentes en la cotidianidad, involucran a mayor cantidad de víctimas y son más dramáticas. Además los medios de comunicación modernos hacen que el drama lo sienta en carne propia hasta el último habitante de este desdichado planeta, y así el sufrimiento se mundializa. Esta barbarie ha existido siempre, cierto, pero ahora con más  intensidad,  extensividad y frecuencia.

Así pues, la humanidad del siglo XXI se encuentra abocada a tener que volver a sus viejos valores, so pena de caer en un inimaginable agujero negro de inhumanidad. Se trata de una tarea que hay que entenderla como necesidad de la especie humana en su conjunto, esto es, a nivel planetario. Tarea indispensable para redefinir nuestro futuro, para que éste llegue a ser diferente a aquel hacia el cual hoy nos encaminamos.

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[1] Rosi Braidoti, filósofa italiana, en “The Posthuman” (2013)

Publicado enFilosofía y religión

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