Saltar al contenido

Conocer a Dios

CONOCER A DIOS

Conocer a Dios es una pretensión que solo es posible si Dios mismo lo permite. Jesús ya advirtió sobre esto al decir que solo el Hijo puede conocer al Padre[1]. Lo que sí es posible es la búsqueda y el acercamiento a Dios. Menciono todo esto a propósito del libro “Conocer a Dios” del médico y filósofo indio Deepak Chopra, del cual se desprende no solo la posibilidad de búsqueda y acercamiento sino también la certeza de que la realidad se explica mejor con Dios que sin Él, aunque no sepamos en qué consiste Dio,

Pero más allá de la probable pretensión implícita en el título del libro, de que es posible conocer a Dios, y de alguna otra expresión igualmente poco afortunada, la obra constituye el mejor acercamiento no eclesial  a Dios, así como  una argumentación sólida de que Dios es la explicación última de todas las cosas.

En algunas oportunidades ya me he referido a diversos aspectos de ese libro; ahora lo voy a hacer una vez más, pero focalizándome en lo que considero que es lo esencial de él.

Chopra llama “virtual” al nivel más primordial de la realidad, es decir, a aquel que es absolutamente el primero, el más fundamental de todos los niveles de la realidad. Más específicamente: el nivel virtual es el más profundo de la tríada de niveles material, cuántico y virtual, que según el autor conforman la realidad.

En el tercer nivel,  el nivel virtual, no hay nada; no hay energía, ni tiempo ni espacio, y sin embargo -dice  Chopra- ese aparente vacío “es el origen de cualquier cosa que pueda medirse”, tiempo y espacio incluidos. Pero, pregunto yo, si no hay absolutamente nada, ni tiempo ni espacio, ¿cómo se explica que de ahí se originen todas las cosas? Es posible porque el nivel que Chopra llama virtual, en el que parece no haber nada, es en realidad la morada de ese ser espiritual supremo, creador de todas las cosas, que es Dios: “Si Dios tiene una morada, ésta tiene que estar en el vacío ya que de otro modo sería limitado”, precisa el autor, por lo cual hay que entender que el vacío del que habla Chopra no es un vacío absoluto, pues ahí está Dios.

Era de esperarse que un Dios tan absolutamente metafísico, tan absolutamente espiritual, tan soberano sobre la nada, como lo presenta el autor,  refleje su existencia en su acción creadora, cosa que claramente Chopra lo muestra, sobre todo cuando aborda el tema de la mente de Dios. Ahí en el abordaje de ese tema es cuando con más nitidez se intuye su existencia. Ahí el autor hace un símil con la fuerza electromagnética, aquella que, aunque invisible e intangible, obliga a las partículas de hierro a moverse de una determinada manera. De la misma forma, agrega, la mente hace que el cerebro actúe de una u otra forma. Ahí también cita al neurocirujano canadiense Wilder Penfield quien, luego de realizar un notable experimento, dijo que la mente y el cerebro no son la misma cosa, y que “es la mente la que percibe, y el cerebro el que registra la percepción”.

El que la mente y el cerebro sean cosas diferentes, como en efecto lo son, es una diferencia que es necesario entender para poder tener un acercamiento no eclesial a Dios. La diferencia se hace patente cuando nos percatamos que la mente precede al cerebro, lo cual el autor lo ilustra con los procesos de construcción del cerebro. Por ejemplo, dice que ciertas células saben que están destinadas a construir el cerebro, y en consecuencia emiten señales para unirse a otras que tienen el mismo fin, y que una neurona que aún no está madura continúa su desarrollo hasta diferenciarse de otras células, porque sabe de antemano lo que deberá llegar a ser (a ser parte del cerebro).

También sabían lo que tenían que construir las primeras moléculas en los albores de la vida que, según la ciencia, constituyeron las primeras células.  También lo saben las células  de los seres vivos actuales en las etapas tempranas de formación de éstos, pesea que ellas no tienen cerebro ni algo que pudiera asimilarse a un cerebro. Es que “La memoria, el aprendizaje y la identidad preceden a la materia y la gobiernan”, dice el autor, queriendo significar con ello que cuando el ser vivo está en sus primeras etapas de formación, la memoria, el aprendizaje y la identidad de sus células solo pueden ser manifestaciones de algo inmaterial, la mente, no de una materia que aún no ha sido construida (el cerebro).

Si creyésemos que la cosa es al revés, esto es, que es el cerebro el que produce la mente, tendríamos que preguntarnos cómo puede un cerebro que aún no existe generar la mente. Son las células individuales las que construyen el cerebro, para lo cual la mente (¿cuál mente?, lo veremos más adelante) hace que las células hagan lo que tienen que hacer, incluso relacionarse entre sí.

Pero insistamos: ¿cómo entender que el cerebro no sea lo que realmente crea la mente, siendo que es la base física de la mente humana, y siendo que cuando muere el cuerpo físico también desaparecen los pensamientos y los sentimientos, los cuales  evidentemente son manifestaciones mentales? La explicación es que una cosa es la construcción del cerebro con sus estructuras con cualidades cognitivas y creativas, y otra, muy diferente, su funcionamiento luego de haber sido creado.

Veamos el asunto de la diferencia mente-cerebro desde otra perspectiva, la perspectiva del cerebro ya construido.  Una vez construido, un bombillo puede emitir luz solo si se hace pasar corriente eléctrica a través de él; no podría hacerlo sin la corriente eléctrica que lo activa. Entonces, el bombillo y la corriente eléctrica son cosas diferentes. Así mismo el cerebro y la mente con cosas diferentes. Una vez creado, el cerebro produce pensamientos y sentimientos, pero no podría hacerlo sin algo, fuera de él, que lo active: la mente. Es que, repito, cerebro y mente son cosas diferentes, el cerebro es el instrumento; la mente aquello que primero lo crea y luego lo activa y le permite construir pensamientos y sentimientos. Suponer que el cerebro crea la mente es como creer que el bombillo es el que crea la corriente eléctrica.

El hecho de que el cerebro tenga capacidad de pensar no significa que la materia de la que está constituido, por sí sola haya creado esa capacidad. En últimas, esa capacidad le fue dada por la mente al impulsar y direccionar las células para que lo construyan, y después al activar el cerebro.  A más abundamiento: una cosa es la precedencia en el sentido de que la mente existe antes que el cerebro, y otra muy distinta la relación que se establece entre la mente y el cerebro una vez que éste ha sido creado,

Ahora bien, llegados a este punto tenemos que preguntarnos algo que al lector ya le estará inquietando: ¿qué mente es esa que precede al cerebro, que  impulsa y direcciona a las células para construirlo, y que después de construido lo activa?. Solo cabe una respuesta racional: esa mente es la la mente infinita de Dios.

La mente humana, en tanto tal, es decir, en tanto perteneciente a un ser vivo pero mortal, no es, no puede ser, igual a la mente de Dios, solo puede ser imagen y semejanza de la mente de Dios, no igual. Esto explica por qué después de la muerte se acaba la consciencia, se acaban los pensamientos y los sentimientos del ser humano físico. Si la mente del ser humano físico fuera igual a la mente de Dios, no le afectaría la muerte del cuerpo físico.

Pero Chopra tiene una visión más compleja de este asunto. Al final de su libro sostiene “que la mente no se localiza en el cerebro sino que se extiende como un campo de fuerza más allá del espacio y el tiempo”. ¿Cuál es el alcance de tan audaz afirmación? Considerada en el contexto de su libro significaría que el autor cree que la mente humana es parte, y por lo tanto de la misma naturaleza que esa mente que se extiende más allá del espacio y el tiempo: la mente infinita de Dios, todo lo que equivaldría a igualar la mente humana a la mente de Dios, lo cual es absurdo. La mente humana no es igual a la mente de Dios, solo parecida o semejante.

Para analizar racionalmente este asunto es necesario considerar dos momentos existenciales de la mente humana muy diferentes: durante la vida física del ser que la posee, y, lo que de ella queda después de la muerte del cuerpo físico.

En el primer momento la mente humana solo es imagen y semejanza de la mente de Dios, de modo que solo debe ser pensada en esos términos.

En el segundo momento entramos en territorio  desconocido, en el que no sabemos lo que ocurre con el componente inmaterial del ser humano, aquel al que llamamos mente, espíritu, consciencia, alma, o de cualquier otra manera, cuando abandona el cuerpo físico. Eso solo Dios lo sabe. Pero de lo que sí podemos estar ciertos es de que algo se trae entre manos el Creador; de que  hay algo después de la muerte, y que el componente inmaterial del ser humano no desaparece. Así nos lo enseñó nuestro más grande maestro, Jesucristo.

———— o ————


[1] “… nade conoce realmente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer”. (Mateo 11:27).

Publicado enFilosofía y religión

Los comentarios están cerrados.