Búsqueda de inteligencia extraterrestre, SETI, señal “wow”, diseño inteligente, gravedad universal, Bertrand Russel.
Lo que configura una ley de la naturaleza es la repetición de un fenómeno siguiendo un mismo patrón de manera regular y constante. Por ejemplo, en condiciones de interacción entre dos cuerpos físicos, éstos se atraerán en proporción directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa sus núcleos. Esta ley -ley de la gravitación universal- opera siempre de la misma manera en el cosmos, siguiendo ese mismo patrón.
Hay quienes dicen que los patrones bajo los cuales operan las leyes de la naturaleza no obedecen a voluntad ni diseño inteligente alguno, que nadie los puso ahí, que surgieron de manera espontánea, así por que sí, explicación que ciertamente resulta insatisfactoria. Con relación a este debatido tema, el de los patrones que se observan en la naturaleza, convendría recordar ahora los programas de búsqueda de vida extraterrestre inteligente, SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence), por su relación con el tema tratado en este artículo.
Esos programas procuran encontrar evidencias de vida extraterrestre inteligente mediante la captura de señales electromagnéticas procedentes del espacio exterior. Entre la maraña del ruido cósmico intentan detectar señales que sean artificiales, que sigan algún patrón claramente discernible como no atribuible a causas naturales, y que, por ende, pongan en evidencia la existencia de civilizaciones extra terrestres. Nótese que los programas SETI parten de este supuesto: el de que si se encontrasen señales con patrones artificiales, no naturales, ello significaría que algo inteligente las produjo y las diseñó.
¿Pero qué clase de patrones específicos busca SETI? Patrones audibles con intensidades fuera de lo común, como fue el sorprendente caso de la señal “wow!” de 1977. Era una señal de radio de intensidad muy superior a la del ruido de fondo cósmico, llegada desde algún lugar situado a miles de años luz. Fue captada por el radiotelescopio Big Ear de la Universidad de Ohio, lo que dio lugar a que, al detectarla, el profesor Jerry R. Ehman, de esa universidad, expresara su enorme sorpresa escribiendo al margen del papel continuo de la computadora del observatorio esa expresión con la que la señal se hizo mundialmente famosa: wow! La conjetura a la que esto dio origen fue la de que la señal pudo haber sido producida por alguna civilización extraterrestre.
Ahora bien, en esta oportunidad mi punto de interés no es la señal wow! en sí misma, sino otro que podría resumirlo con la siguiente pregunta: ¿por qué la presencia de patrones artificiales habría de significar que alguien inteligente y volitivo los produjo, y en cambio, cuando consideramos los patrones cósmicos de las leyes naturales debemos creer que nadie los produjo, sino que están ahí porque sí, y que fueron producto de la pura espontaneidad, la casualidad y el azar? Adobemos la pregunta agregando que los patrones de las leyes de la naturaleza tienen implicaciones infinitamente más complejas que las que podrían tener los patrones artificiales, y volvamos a preguntar: ¿cuál es la razón para pensar que alguien inteligente produjo los patrones artificiales, en tanto que los naturales, infinitamente más complejos y relevantes, no los produjo nadie?
El presupuesto de SETI, de que un eventual patrón artificial sería producido por algo inteligente, corresponde a una forma de pensar claramente basada en la noción de causa-efecto. Ahora supongamos que el patrón que configura la Ley de la Gravedad no hubiere sido creado por inteligencia alguna, sino que hubiere surgido espontáneamente. Nótese que si quisiéramos explicar la presencia de entes no materiales, como son los patrones, basándonos solo en la evolución, tendríamos dificultades mayores a aquellas que tenemos cuando apelamos a la evolución para explicar la presencia de seres materiales. Una cosa es explicar la presencia y origen de la atracción mutua entre dos cuerpos físicos, y otra muy diferente explicar la presencia y origen de un chimpancé, todo por evolución.
Evidentemente, si pensáramos que las leyes de la naturaleza y sus patrones no han sido creados por nadie, estaríamos aplicando una forma de pensar enteramente diferente al caso de los patrones artificiales, en una especie de doble discurso. Compliquemos un poco más las cosas y supongamos que un patrón comunicacional como el de la señal recibida por SETI, es diferente a un patrón estructural como el de la Ley de la Gravedad. Aún así el hecho es que ambos son patrones, por lo cual sigue siendo válida la pregunta de por qué la presencia de patrones artificiales habría de significar que alguien inteligente los produjo, no así en el caso de los patrones naturales.
En este punto quiero aclarar que no estoy negando a nadie el derecho a creer lo que quiera respecto a la génesis de los patrones naturales. Nada de eso, más allá de que, en lo personal creo que sí hay algo inteligente y volitivo detrás del patrón natural. Lo que estoy tratando de entender es cuál sería la razón que justificaría esa diferencia en la forma de reflexionar: en el primer caso, basada en la noción causa-efecto; y, en el segundo, rechazando de plano esa noción, y por lo tanto rechazando también que el patrón natural haya sido establecido por algo inteligente, y que, más bien, es producto de la mera espontaneidad.
El tema en debate es pues esa inconsistencia que se observa en algunas personas cuando comparan la causalidad que tendrían los patrones artificiales que SETI busca, con la causalidad de los patrones de la naturaleza. En el primer caso (patrones artificiales) asumimos que habría causa inteligente. En el segundo caso (patrones naturales) no. He ahí tan importante diferencia, a pesar de que en ambos casos estamos partiendo de la misma base: patrones. Aún no logro entender cuál podría ser la razón que justificaría la diferencia en esa manera de pensar.
Pero hay quienes creen que a diferentes problemas deben aplicarse diferentes formas de pensar. Uno de quienes así lo creían fué el filósofo inglés Bertrand Russell, quien pensaba que no existe motivo alguno para pensar que haya una causa de la existencia del todo, es decir, del cosmos, aunque sí para la existencia de sus partes: galaxias, estrellas, planetas, etc. Creía que ni siquiera es legítimo plantear la cuestión de la causa del cosmos, pues eso corresponde a una lógica diferente. Ponía como ejemplo el hecho de que todo hombre (la parte) existente tiene una madre, pero que evidentemente la raza humana en su conjunto (el todo) no la tiene. Empero, el argumento de Russel no desvirtúa la observación sobre el doble discurso relativo a los patrones artificiales y naturales.
En la actualidad también hay quienes creen que el sentido común es válido solo para lo cotidiano, para lo fenoménico, para lo que se muestra a nuestros sentidos. Tal vez lo hacen pensando en la física cuántica, cuya realidad nuestros sentidos no acaban de entender. Pero esto tampoco justifica la idea de que el sentido común vale solo para lo cotidiano.
En este punto solo quiero señalar los peligros que implica ese doble discurso cuando no está respaldado por razonas válidas que lo justifiquen. No se trata solo de diferencias en las formas de pensar derivadas de las metodologías analítica y sintética, lo cual es absolutamente razonable y justificable por nuestras necesidades cognitivas: hoy parto de lo general para ir a lo particular, mañana lo hago de lo particular para ir a lo general. Eso sí es explicable y razonable. Tampoco se trata de cambios de mentalidad sinceros y honestos, debido a realidades que tocan a la puerta de nuestra conciencia para que rectifiquemos aquello en lo que hemos estado errados, como fue el caso del filósofo inglés Antony Flew, quien después de haber sido el ateo más conspicuo del mundo por más de cinco décadas, se volvió creyente en la existencia de Dios. No, no se trata de estas clases de pensamiento, legítimas. Se trata más bien de un pensamiento postizo y deleznable; de algo que ubica al prejuicio o a la ideología, por sobre la verdad, se trata de incoherencias que nos ubican en arenas movedizas que, si nos descuidamos, nos pueden hundir en el error.
Se trata de un tipo de pensamiento degradado, postizo, que supedita sus reflexiones a sus prejuicios[1] e ideologías, por considerar a éstos últimos como algo de valor superior. Se trata de los que optan por una forma de pensar dual: forma causa-efecto cuando se trata de patrones artificiales, y otra de mera espontaneidad cuando se trata de los patrones cósmicos naturales.
También hago notar que en la espontaneidad no hay objetivos, solo resultados, pues para que haya objetivos (en los patrones, en este caso) se necesita que algo inteligente y volitivo los establezca. La espontaneidad, en cambio, no es inteligente ni volitiva, funciona como funciona y resulta lo que resulta, y punto.
En la evolución se observan patrones de funcionamiento, como las leyes que rigen la selección natural en el caso de la evolución biológica. ¿Qué patrones? ¿Patrones surgidos por pura espontaneidad? ¿Pero cómo puede una evolución con objetivos, como la evolución biológica, tener patrones surgidos de la mera espontaneidad? Hay una clara contradicción entre la supuesta espontaneidad absoluta de la evolución y el hecho de que se rija por determinados patrones de funcionamiento. Todo apunta a que el ser de la evolución no es espontáneo sino que debe haber algo que lo explique. Darwin, adalid de la espontaneidad, sostuvo en El Origen de las Especies que la evolución de los seres vivos sí tiene objetivos. Después se volvió agnóstico, pero no renegó de su idea de que la evolución de los seres vivos tiene objetivos.
Llegados a este punto resulta inevitable arribar a la idea de que el mundo se explica mejor con la existencia de un Creador, que sin Él. Un Creador, entidad espiritual, con atributos que expliquen la creación inteligente del universo, en especial los atributos divinos de omnisciencia, omnipresencia, potencia y volición, todo lo cual constituye otro indicio de su existencia. Pensar que existen las leyes pero no el legislador, es como poner la carreta delante de los bueyes; es creer que las cosas sucedieron por pura espontaneidad sin razonamientos que lo sustenten.
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[1] No digo “creencias”, porque me parece que este último término tiene, en el hablar cotidiano, una connotación más honorable que “prejuicios”.
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