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La actitud contemplativa.

 

Introducción. En mis lecturas desordenadas -como también lo son mis artículos- me topé con una referencia al documento o libro (no sé cómo llamarlo) titulado “La Nube del Desconocimiento” o “La Nube del No-Saber”, de un autor inglés anónimo del Siglo XIV, por lo que me referiré a él simplemente como el “autor”. El libro, de 67 páginas y 75 capítulos cortos, tiene el formato de una carta dirigida a un joven amigo suyo,  también anónimo.

El desconocido autor, probablemente un monje cartujo católico a juzgar por sus frecuentes referencias a dogmas, sacramentos y otras prácticas de la Iglesia Católica, así como por otras referencias documentales, utiliza la palabra nube en el sentido de una oscuridad que se interpone entre Dios y nosotros como consecuencia de nuestro desconocimiento acerca de quién es Dios.

Y solo dentro de esa oscuridad, dice el autor, se puede intuir a Dios, es decir, solo dentro de la ignorancia que tenemos de cómo es Él podemos barruntar su esencia. O para ponerlo en palabras del propio autor: se puede sentir a Dios, pero no pensar en Dios, frase en la cual “pensar” significa tratar de entender mediante la razón, cómo es Él.

El presente artículo expresa mi personal entendimiento del contenido del documento, pero si al lector le interesa conocerlo más a fondo, le recomendaría que lo lea directamente. Tiene una riqueza expositiva que me resulta muy difícil emular en el presente artículo, por lo que solo pretendo destacar sus partes más importantes, comentándolas en ciertas ocasiones y citando sus capítulos especialmente relevantes en otras. Se puede conseguir el documento, sin costo y en formato PDF, ingresando su título en Google, preferiblemente Google Chrome. 

Actividad contemplativa. El eje alrededor del cual gira el documento es la actividad contemplativa, y dentro de ella, el amor, como lo vamos a ver em este artículo.

El libro describe el alcance que puede llegar a tener la actividad contemplativa del espíritu, tan diferente a la vida activa, mundana, hasta transformar en “casi divino” a quien la practica, osada afirmación que requiere una explicación. Cree que en la verdadera y genuina contemplación de la divinidad la persona parece volverse una con Dios, en sentido figurado. Dios es espíritu, y la comunión con Él, que trasciende toda representación terrena, es posible, agrega el autor.

Hay momentos en que el alma contemplativa se ve libre de toda preocupación material, y se encuentra totalmente absorta en el ser mismo de Dios, en su esencia, agrega. En esos momentos el sujeto contemplativo se trasciende a sí mismo haciéndose casi de naturaleza divina, otra vez en sentido figurado, pero siempre por debajo de Dios. Todo esto, que consta en el capítulo 67, es lo que mejor define la condición de quien logra llegar a la cima de su experiencia contemplativa, según el autor.

Durante la actividad contemplativa el sujeto no está físicamente en ninguna parte, lo cual equivale a estar espiritualmente en todas, acercándose así a Dios, dice el autor (cap.68). Pero como la actividad espiritual la realiza un ser dual físico-espiritual, quizás lo que quiso expresar el autor es que la actividad contemplativa se proyecta sobre algo no físico y en consecuencia uno se ubica en un campo puramente espiritual. Por otro lado, cuando oran, dice, los contemplativos raras veces lo hacen con palabras, y cuando lo hacen lo hacen con pocas.

¿Quiénes son aptos para emprender la actividad contemplativa? Según el autor, lo son “todos los que se han apartado sinceramente del mundo y han dado (dejado) de lado las preocupaciones de la vida activa” (cap.27). Me parece radical y exagerado este criterio, y es probable que al considerarlo contextualmente se encuentre que lo que quiso decir haya sido otra cosa, algo así como que son aptos sencillamente todos aquellos que son capaces de abstraerse total y temporalmente de las preocupaciones de la vida activa.

El autor dice que la actividad contemplativa del espíritu es la que más agrada a Dios, pero advierte que existen falsificaciones de la actividad contemplativa tales como ensueños y fantasías, las cuales se originan en un espíritu presuntuoso, curioso o romántico, en tanto que el puro impulso de búsqueda de Dios se origina en un corazón sincero y humilde.

 El papel del amor. Lo que busca la actividad contemplativa es acercarse a Dios y entender el sentido de la vida, pero, explica el autor, no se puede intuir o percibir a Dios por conocimiento, sino solo por amor, por su amor a nosotros y por nuestro amor a Él.

Ahora bien, para entender el papel que desempeña el amor en la actividad contemplativa es necesario entender qué es el amor humano hacia Dios, sobre lo que volveré más adelante. Y no toco el tema del amor de Dios hacia los humanos para no meterme en honduras mayores, por ahora. Lo que sí tengo claro es que, según el autor, una nube de desconocimiento respecto a en qué   consiste Dios se interpone entre el ser humano y su Creador.

No se puede pensar en Dios tal cual es, es decir, en su esencia, en su consistencia. Se puede conocer lo creado por Él, pero no a Él mismo. El pensamiento no puede conocer a Dios, por eso en la contemplación es mejor apartarse de lo que se puede conocer, y concentrarse en amar a Dios. Se puede alcanzar a Dios mediante el amor, pero no mediante el pensamiento. Dios puede ser amado pero no pensado, reitera nuestro anónimo autor.

El amor humano es básicamente un sentimiento espontáneo, se lo siente o no se lo siente y punto. Pero también hay otra clase de amor, a menudo llamado amor agape, que se lo puede construir con voluntad y  decisión, en base a circunstancias diversas. En todo caso parece que este tipo de amor, construible, es la base de la actitud contemplativa a la que se refiere el autor.

Por supuesto que hay humanos cuyo amor a Dios es absolutamente espontáneo, sobre el que habría que hilar más fino. Pero el amor construible, con el que podemos acercarnos a Dios, es otra cosa, es algo que hay que entenderlo en su más amplio sentido: el de apego hacia quien nos creó y nos ha hecho actores y partícipes de su proyecto cósmico. Ese apego es el que explica por qué los que no sienten amor espontáneo por el Creador, sí pueden construirlo.

Pero también creo que el apego a Dios no significa necesariamente desapego del mundo. Total, mundo y humanos en el mundo fimos creados por Dios. El apego a Dios funciona en alto grado en la contemplación, y el apego al mundo en el plano mundano, pero si este último se hace en términos de respeto a la verdad, la razón y la justicia, no tiene por qué ser considerado como opuesto al apego a Dios. Simplemente el apego a Dios y el apego al mundo funcionan en esferas diferentes.

Conclusión. El documento comentado ofrece sorprendentes perspectivas respecto a nuestro relacionamiento con el Dios verdadero, no con aquel otro constreñido por dogmas, tradiciones, ritos y formalidades. Y en cuanto a la esencia divina, me doy cuenta que ratifica la representación del Dios verdadero que tengo profundamente grabada en mi mente: un Dios espiritual y omnisciente, absolutamente metafísico, lo más metafísico que uno se pueda imaginar, en fin, una mente infinita. Un Dios de cuya esencia solo tenemos esa inextricable auto identificación revelada por Dios a Moisés en el desierto: “Yo soy el que soy”[1]. En suma, las reflexiones que suscita el documento van al fondo de nuestras preocupaciones existenciales, y tienen como eje central a la actividad contemplativa, y dentro de ella, el amor, espontáneo o construible, del ser humano hacia su Creador.   Cuando es genuina, la actividad contemplativa del espíritu es la mejor vía de acercamiento místico a Dios, tanto así que el anónimo autor llega a decir que es lo que más agrada a Dios.


[1] Exodo 3:14

Publicado enFilosofía y religión

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