- La naturaleza humana es espiritualidad y materialidad. Nos extasiamos ante el aroma que exhala la tierra seca recién bañada por la lluvia o ante la armonía de una bella sinfonía. Nos conmueve la ternura con la que una madre acaricia a su hijo recién nacido. Todo eso es espiritualidad.
Por otra parte, también dedicamos grandes esfuerzos para desarrollar procedimientos y artilugios que usamos para el bien en unos casos y, lamentablemente, para el mal en muchos otros. Todo eso es materialidad.
La realidad actual, en particular la degradación moral, suscita grandes dudas sobre si somos o no capaces de guardar un razonable equilibrio entre lo espiritual y lo material, y en consecuencia, también grandes dudas sobre el futuro, sobre todo del futuro profundo, de la naturaleza humana. ¿Seguirá la dualidad espiritual-material siendo lo que ahora es o será diferente? ¿Llegará el desarrollo tecnológico a alcanzar niveles alucinantes, hasta el punto de apagar la espiritualidad, o por el contrario, respetará lo mejor de esta última?
- La mayor y más trascendente manifestación de nuestra espiritualidad es el amor. Existen dos clases de amor, uno que es espontáneo como el amor familiar y el amor romántico, y otro que es producto de la voluntad y la decisión y suele llamárselo amor agape. Por su naturalezaeste último se puede crear, construir, y por lo tanto también se lo puede exigir, como lo hace el mandato bíblico: “Ama a tu prójimo, que es como ti mismo” [1]
- Pero he aquí que sin ese tipo de amor construible no solo que no puede mejorar la naturaleza humana, o al menos mantenerse igual, sino que se degrada. Así, la decisión sobre construir o no construir amor es crucial. Ahora bien, construir amor no es otra cosa que hacer o no hacer al prójimo lo que quisiéramos que el prójimo nos haga o no nos haga a nosotros mismos. En otras palabras, la decisión sobre acatar el mandato bíblico de hacer o no hacer al prójimo lo que quisiéramos que el prójimo nos haga o no nos haga es crucial para construir amor, pero construir amor no es cualquier cosa. Es algo de enorme trascendencia.
- Existen ciertos mecanismos sociales que propagan las actitudes individuales más allá de que sean buenas o malas. Se los conoce con diversos nombres, siendo “efecto demostración” uno de los más conocidos. Una explicación de cómo una conducta individual se propaga al conjunto social puede verse en detalle en mi artículo “ El centésimo mono” [2], artículo en el cual puede advertirse que cuando una nueva conducta individual es practicada por una determinada y suficiente cantidad de individuos se vuelve irreversible. Lamentablemente en el mundo actual, y no solo en el mundo actual sino desde siempre, la irreversibilidad ha servido para que el mal se propague más que el bien en el conjunto social, con la diferencia de que en el mundo actual el mal dispone de herramientas más potentes que en el pasado. No es lo mismo matar con lanzas o flechas que hacerlo con bombas atómicas.
- La degradación de la humanidad del ser humano, esto es, de su naturaleza humana, se advierte por todas partes y de múltiples maneras. El hacer sufrir a inocentes para doblegar a otros y lograr determinados objetivos es una de las prácticas más abominables, antigua, pero ahora más potente, más extendida y más dañina.
Los atentados terroristas perpetrados contra Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 fueron un dramático ejemplo de esta clase de degradación moral, pero no solo por el atentado en sí mismo sino también por la reacción de algunas personas que minimizaron, justificaron y hasta alabaron los ataques terroristas perpetrados ese día. Se dijo que fue el propio Estados Unidos el culpable de lo que sucedió ese día, y que “cuando desaparezcan las injusticias también desaparecerá el terrorismo”. Puro simplismo, degradante simplismo. Líderes de Al Qaeda se regocijaron con lo sucedido y dijeron que los miles de seres humanos que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”. Muchos palestinos salieron a las calles a manifestar su júbilo apenas conocida la noticia de la tragedia. Pero lo más ofensivo fue el caso de una activista de los derechos humanos, ¡nada menos que de los derechos humanos!, que manifestó su alegría por lo ocurrido, añadiendo que así se expresaba porque “no era hipócrita”.
Así pues, el mundo empezó a lucir más degradado y más cínico después de ese 11 de septiembre. Emergió lo peor de la miseria humana: un nuevo y más feroz terrorismo; una pobreza espiritual sin parangón de quienes justificaron el mal, y sobre todo de quienes se regocijaron por sus nuevas y más ominosas manifestaciones. Ahora, 25 años después, nuevos acontecimientos terroristas, por ejemplo, el ataque de octubre/2024 de Hamas a Israel y los excesos cometidos en la represalia de éste, no hacen más que confirmar esa nueva realidad de desprecio absoluto por la vida humana. Uno llega a preguntarse si cuando colapsaron las torres gemelas de Nueva York no empezó también el colapso final de la humanidad del humano.
- En conclusión, sin amor, especialmente sin aquel que se puede construir con voluntad y decisión, lo que nos espera no es una mera continuación de la degradación actual, es una degradación extrema de la naturaleza humana, es la desolación, la nada.
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[1] Levítico 19:18
[2] De junio 4/2025, en el sitio web carlospalaciosmaldonado.com
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